«Van Dine, el gran olvidado», por Alberto Pasamontes

S.S. VAN DINE, EL GRAN OLVIDADO
Alberto Pasamontes
S.S. Van Dine fue el seudónimo usado por Willar Hantington Wright (1888–1939) para firmar las novelas policiacas protagonizadas por el elegante, culto, inteligente pero también pedante y muchas veces insoportable Philo Vance. Como bien dice Luis Alberto de Cuenca en su prólogo a El caso del Asesinato de Benson editado por Reino de Cordelia, “hoy nadie sabe en España quién es S.S. Van Dine, a excepción de diez o doce nostálgicos”. Bueno, quizás una docena sean demasiado pocos, pero lo que sí podemos afirmar sin temor a equivocarnos es que solo lo recuerdan los aficionados al género negro y policiaco.

Periodista y crítico literario y de arte, Van Dine, o Wright, escribió algunas novelas, ensayos y relatos sin mayor trascendencia hasta que, cosas del destino, fue internado en una clínica debido a su adicción a las drogas. Fue allí donde, carcomido por el mortal aburrimiento que le produjeron los dos años que pasó en cama, se dedicó a leer novelas policiacas hasta que decidió que él mismo podía escribir una. Así nació la primera novela protagonizada por el ya citado Philo Vance, quien al parecer tenía bastante que ver con el mismo Wright. Era el año 1926, y El Caso del Asesinato de Benson se convirtió al momento en un enorme éxito de ventas.




Literariamente hablando, Wright era firme seguidor del naturalismo. Este estilo artístico, al que podríamos considerar hijo del realismo del siglo XIX, trató de reproducir la realidad de modo objetivo en todos sus detalles, de los más particulares a los más generales, de los más hermosos a los más desagradables, y lo hacía exponiendo los hechos con una falta de dramatismo que, en muchas ocasiones, parecía exenta de sentimientos. Si los escritores realistas del siglo anterior se mostraban resueltamente optimistas, los naturalistas, en cambio, revestían sus obras de una evidente negatividad. En su afán por mostrar la realidad de modo analítico y falto de emotividad, solían enfocar sus obras desde un punto de vista científico, identificando, o tratando de hacerlo, las fuerzas de la naturaleza, si se prefiere las leyes físicas, que influyen en los acontecimientos que marcan sus historias o incluso los actos cometidos por sus personajes. Se suele presentar a Émile Zola como el máximo representante del naturalismo, aunque no debemos olvidar a otros autores como Wilde, Gogol o Dostoievski.
 

Pero volvamos a Wright/Van Dine, a quien habíamos dejado postrado en una cama de hospital. El éxito cosechado por aquella primera novela, que convirtió a Wright en una estrella mundial (y le hizo ganar más dinero de lo que jamás hubiese llegado a pensar), le animó a continuar con las aventuras de Philo Vance, quien llegó a protagonizar once novelas más, algunas de las cuales fueron llevadas al cine. Fueron varios los actores que interpretaron el papel de Vance, aunque quizá sea William Powell quien lo encarnó con mayor fidelidad. Además, Van Dine escribió una serie de relatos cortos que se convirtieron en cortometrajes para la Warner Bros y redactó Las 20 reglas de la novela policiaca, que no he querido dejar de aportar al final de todo este cartapacio con el que estoy aporreando a usted, amable lector, y que siguen siendo un referente para aficionados al género aunque, a día de hoy, han quedado un tanto desfasadas. Con la llegada de los escritores norteamericanos que dieron origen y sentaron las bases de la novela negra, la violencia explícita, los tipos duros, el erotismo y sexo más que sugeridos, el hard boyled y la crítica social, los gustos de los lectores comenzaron a cambiar y las novelas de S.S. Van Dine fueron cayendo poco a poco en el olvido, así que conviene recordar que él fue uno de los máximos exponentes del género, dejándonos algunos de los mejores ejemplos de literatura policiaca que podemos disfrutar.
 

En España, Van Dine ha recibido un trato bastante injusto, lo que sin duda ha ayudado a ese olvido que mencionaba al principio de este análisis. La mayoría de ediciones a día de hoy han mutilado las novelas, suprimiendo la multitud de tecnicismos y cultismos tan característica de la serie de Philo Vance y las, en muchas ocasiones, mediocres traducciones, no han hecho sino agrandar la herida.

Las dos novelas de las que nos vamos a ocupar en las siguientes líneas consituyen, probablemente, las mejores de la serie y, afortunadamente, he podido dar con dos de las escasas ediciones en los que se ha tratado con respeto la obra de Van Dine.

Los crímenes del Obispo (Edicomunicación, 1995), o Los crímenes del Alfil (según la diferente interpretación que los traductores hayan querido dar al término Bishop del título original The Bishop Murder Case, que puede tener uno u otro significado) apareció en 1929, y es la cuarta novela de la serie y una de las mejores. Es curioso comprobar cómo, a pesar de lo plasta que Vance puede llegar a ser, acaba por ganarse al lector. En Historia de la novela policiaca (Alianza, 1967), el novelista iraní Fereydoun Hoveyda asegura que “Nunca me ha gustado este aristócrata de palabra fácil y algo pedante; sin embargo, permanece en mi memoria por ser uno de los representantes más notables de los excesos a los que puede llegar la novela-problema”. En este sentido, y a pesar de las evidentes diferencias entre uno y otro, no puede uno dejar de recordar a Hercule Poirot, otro inteligente, extravagante y sagaz sabueso nacido de la soberbia imaginación de la gran dama del crimen Ágatha Christie, un personaje de sobra conocido por todos, a quien muy pocos de nosotros, estoy seguro, querría tener como compañero de apartamento.




En Los crímenes del Obispo, la policía de Nueva York tendrá que investigar una serie de crímenes (como vemos, lo del asesino en serie en la literatura policiaca viene de lejos) en los que el criminal deja su sello particular en forma notas mecanografiadas con pequeños fragmentos de canciones infantiles basadas en Los cuentos de Mamá Oca, de Charles Perrault. Lo más asombroso del caso es que las cancioncillas guardan cierta relación con los nombres de los asesinados y de los posibles culpables. Recordemos: hablamos de novela enigma, con un grupo de sospechosos claramente identificado, que ocurre en un espacio más o menos acotado, similar a lo que hemos visto en otras novelas muy conocidas y posteriores en el tiempo a la que nos ocupa, como pueden ser Asesinato en el Orient Express, Tres ratones ciegos o Diez negritos. De nuevo nos encontramos con la señorita Christie. Conviene recordar que las novelas de Van Dine son anteriores, porque la estructura de la novela, los recursos utilizados y la idea de usar canciones infantiles como medio de anunciar o justificar los asesinatos empleada con tanto acierto por la británica en más de una ocasión parecen inspirados por Los crímenes del Obispo.

Acompañado por el fiscal de distrito Markham, un personaje que le acompañará en todas sus novelas, Vance se encontrará con un grupo de sospechosos bastante peculiar, pues varios de ellos son matemáticos, además de ajedrecistas o arqueros.  Ese afán de los naturalistas por tratar de explicar todo desde un punto de vista analítico y científico se ve reflejado en varios pasajes de la novela, en especial en el capítulo XXI, “Las matemáticas y el crimen”, en el que Vance nos ofrece una larga disertación trufada de numerosas referencias científicas en las que nos sorprenderán numerosos conceptos y términos conocidos en la actualidad, al menos de oídas, tales como parsecs, años luz o la unidad de Rutherford, pero que nos parecen demasiado avanzados para 1929, año en que se publicó la novela. Y, sin embargo, ahí están. Me pregunto, teniendo en cuenta que al lector medio de hoy en día le sonarán casi a chino dichos conceptos (me incluyo en el grupo), qué pensaría quien se los encontrara en su época; con este discurso, decía, Vance trata de convencer a Markham de que los crímenes que están investigando, lejos de ser obra de un loco, guardan una incuestionable y precisa lógica propia de una privilegiada mente analítica.

En cualquier caso, Van Dine logra que semejante despliegue científico no repercuta en la complejidad de la historia, haciendo que el lector pueda seguirla sin perder el hilo en ningún momento. Lo hace atribuyéndose a sí mismo el papel de narrador que asiste a los hechos en su condición de amigo personal de Philo Vance, ya desde la primera novela de la serie, El caso del asesinato de Benson. Lo explica así en el prólogo:

Por aquel entonces yo era asesor legal y amigo personal de aquel hombre, y por eso pude conocer aquellos asombrosos y extraordinarios hechos. Sin embargo, hasta hace muy poco tiempo no he tenido la libertad de hacerlos públicos. Incluso ahora no tengo el permiso para divulgar el verdadero nombre de esa persona. Por esa razón, y de modo arbitrario, he escogido el nombre de Philo Vance para referirme a él a lo largo de estas crónicas. (El caso del Asesinato de Benson, Reino de Cordelia, 2016).

Van Dine se convierte, así, en espectador aventajado de las aventuras de su propio personaje, una especie de Dr. Watson que va más allá, pues en este caso el escritor ficticio y el real comparten identidad.
 

Prácticamente todo lo dicho acerca de Los crímenes del Obispo, nos sirve para El caso del asesinato de la Canario (Reino de Cordelia, 2017), con una excelente traducción a cargo de María Robledano. Una curiosidad: El caso del asesinato de la Canario fue la primera novela de Van Dine llevada al cine, con William Powell como protagonista, y la estrella del cine mudo Louise Brooks en el papel de “la Canario” en una de sus escasísimas incursiones en el sonoro. Es esta novela la segunda entrega de la serie y, en mi opinión, mucho mejor que la primera, El caso del asesinato de Benson, y superior también a Los crímenes del Obispo, de la que acabo de hablar. Philo Vance sigue siendo un dandy insoportable aunque dotado de una ética a prueba de bombas, y le acompañan, como siempre, el fiscal de distrito Markham y el propio Van Dine en el papel de narrador. No abunda tanto en detalles científicos, algo que, sin duda, el público debió de agradecer en la época, del mismo modo que lo hace el lector actual. Y el ritmo de la novela es mucho más vivo, lo que casi siempre conlleva más diversión. Además, los personajes se muestran mucho más asentados, profundos y, por qué no decirlo, menos artificiosos que en la primera entrega.


En esta segunda novela, el lector asiste a un típico caso de «habitación cerrada» en el que una diva del cabaret, Margaret Odell, conocida por el sobrenombre de “la Canario”, aparece estrangulada en su apartamento. Por supuesto (ya saben, hablamos de novela enigma), contaremos con un grupo de sospechosos claramente definido desde el principio, cuatro hombres adinerados en este caso, que cuentan con excelentes motivos para asesinarla, pero también con magníficas coartadas para el momento en el que se cometió el crimen.

A pesar de que tenemos numerosas novelas que plantean el dilema de la habitación cerrada, tantas que casi podríamos abrir un subgénero dentro de la novela policiaca, Van Dine se las apaña para hacer de El caso del asesinato de la Canario uno de los mejores ejemplos, enseñándonos pistas y testimonios contradictorios hasta llegar a proporcionarnos una resolución convincente y sin fisuras, a la que Philo Vance llegará a través de sus dotes psicológicas y conocimientos legales. De hecho, con un irreprochable razonamiento que muestra su asombrosa inteligencia, llega a demostrarnos absurdos que parten de planteamientos totalmente coherentes, como en el siguiente fragmento:

…el testimonio constituye la prueba legal concluyente de que nadie pudo haber estado con la fallecida en el momento de su muerte, ergo, presuntamente está viva. El cuerpo estrangulado de la mujer es, simplemente, una circunstancia irrelevante desde el punto de vista del procedimiento legal. Sé que tus doctos abogados no admitirán un crimen sin cuerpo, pero ahora (…) ¿cómo te enfrentas a un corpus delicti sin crimen?
No pierde ocasión tampoco Van Dine para recordarnos su afición al naturalismo, estilo artístico al que, como ya hemos dicho, se adscribe su obra. Así, Vance se refiere al crimen cometido en los siguientes términos en una conversación con el fiscal Markham:
…es un asesinato naturalista. Por lo tanto, su concepción no es espontánea… Y además, no puedo señalar ningún fallo específico, ya que su gran fallo radica en la perfección. Y nada perfecto, mi querido amigo, es natural o auténtico.
O en esta otra ocasión, que obviamente debemos contemplar con benevolencia desde nuestros días, en la que Van Dine se hace eco de las teorías constitucionales, en boga a finales del siglo XIX y en las primeras décadas del XX, aunque totalmente desmanteladas a día de hoy por la criminalística moderna, según las cuales los individuos con determinados rasgos físicos tendrían una mayor tendencia hacia la conducta violenta:
…deberías estudiar con más atención las indicaciones craneales de tus interrogados, vultux est index animi (la cara es el espejo del alma). ¿Te has dado cuenta de la frente amplia y rectangular de este caballero, sus cejas irregulares, sus ojos pálidos y luminosos, y sus espectaculares orejas de borde superior delgado, trago puntiagudo y lóbulo dividido? Un demonio, este Ambroise, pero moralmente imbécil. Cuidado con estos rostros pseudopiriformes.
Me ha sorprendido encontrar, casi ya al final de la novela, un par de interesantes reflexiones éticas que hace Van Dine, a través de Philo Vance, y que no mencionaré aquí para no privar al posible lector de su disfrute. Como decía, ha sido una agradable sorpresa, pues una de las principales diferencias entre la novela policíaca y la novela negra (y aquí hay tantas opiniones como escritores y lectores) es precisamente que la primera se ocupa únicamente del planteamiento y resolución de un crimen, sin meterse a analizar los aspectos morales del mismo, algo que sí hace la segunda y que es parte esencial de ella. De este modo, Van Dine se adentra con gran acierto, aunque sea levemente, en un terreno que no es el suyo, lo que da aún más valor a este caso de la Canario, y demuestra el gran autor que fue y sigue siendo después de todos estos años. Como decía, por desgracia, se le ha tratado muy mal y prácticamente ha quedado sepultado en el olvido. Sus novelas, mal traducidas y mutiladas, están descatalogadas y son difíciles de encontrar. De hecho, yo mismo me hice con un ejemplar de segunda mano de Los crímenes del obispo en la madrileña Cuesta de Moyano. Afortunadamente, Reino de Cordelia ha tenido el gran acierto de recuperarlas para nosotros, respetando los textos originales y las múltiples anotaciones y citas que en ellos aparecían. De momento, están disponibles los dos primeros títulos, El caso del asesinato de Benson y El caso del asesinato de la Canario, pero con el firme compromiso de publicar la serie al completo.


© Alberto Pasamontes, III Semana Negra en la Glorieta, noviembre 2017.

Este artículo ha sido escrita por Alberto Pasamontes para la III SEMANA NEGRA EN LA GLORIETA, celebrada del 21 al 27 de Noviembre de 2017. Agradecemos a quien quiera reproducirla, total o parcialmente, que cite su fuente original. Si quieres acceder al programa de la Semana Negra PINCHA AQUÍ o en la imagen.


LAS 20 REGLAS DE LA NOVELA POLICIACA
S.S. Van Dine
1-. El lector debe tener las mismas oportunidades que el detective para resolver el misterio. Todas las pistas deben estar claramente presentadas y descritas.
2-. No se debe hacer caer al lector en trampas intencionadas o engaños que no sean los que el criminal tiende legítimamente al detective.
3-. No debe haber intriga amorosa. El asunto es entregar al criminal a la justicia y no llevar a una pareja perdidamente enamorada al altar.
4-. El detective, ni ninguno de sus investigadores, nunca será el culpable. Eso sería una pura patraña, lo mismo que ofrecer un penique brillante a cambio de una moneda dorada de cinco dólares.
5-. Al culpable se debe llegar por deducciones lógicas y nunca por accidente, coincidencias o confesiones sin motivo. Resolver el caso de esta manera es hacer perder el tiempo al lector deliberadamente, para que una vez que ha fallado decirle que el autor se guardaba lo que buscaba, oculto en la manga todo el tiempo. Esta clase de escritor no es mejor que un bromista.
6-. Toda novela policíaca debe tener un detective, y un detective no es solo el que descubre. La función de este es reunir las pistas que le lleven a quien cometió el crimen en el primer capítulo. Si el detective no llega a la conclusión a través del análisis de las pruebas, no será mejor que el escolar que busca las soluciones en su libro de aritmética.
7-. En una novela de detectives siembre ha de haber un cadáver y cuanto más muerto esté, mejor. Un delito menor que el asesinato no basta. Trescientas páginas son demasiadas para otra cosa que no sea un asesinato. Al fin y al cabo, el tiempo y el gasto de energía del lector deben ser recompensados.
8-. El crimen debe ser resuelto por medios estrictamente naturalistas. Los métodos para descubrir la verdad como la escritura automática, la guija, la adivinación, las sesiones de espiritismo, las bolas de cristal y similares están prohibidos. El lector debe tener la oportunidad de confrontar su ingenio con el de un detective racional, ya que si tiene que competir con el mundo de los espíritus y perseguir la cuarta dimensión de la metafísica está derrotado ab initio.
9-. No debe haber más que un detective, un protagonista de la deducción, un deus ex machina. Juntar las mentes de tres o cuatro, o incluso de un grupo de detectives para resolver el caso, es aprovecharse del lector de un modo desleal. Si hay más de un detective, el lector no sabe quién es su co-deductor. Es como hacerle participar solo en una carrera de relevos.
10-. El culpable ha de ser un personaje que haya desempeñado un papel más o menos importante en la trama, alguien a quien ya conoce el lector y que resulta interesante.
11-. Nunca se debe escoger a un criado como culpable. Es demasiado obvio, una solución muy fácil. El culpable debe ser alguien que no levante sospechas.
12-. Con independencia del número de crímenes que se hayan cometido, tiene que haber un solo culpable. Este, claro está, puede tener un cómplice, pero toda la responsabilidad debe recaer sobre los hombros de una sola persona para que la indignación del lector caiga de lleno sobre ella.
13-. Las sociedades secretas, mafias, camorras, etc. no tienen cabida en una historia de detectives. Un asesinato intrigante y exquisito queda arruinado de modo irremediable cuando la culpabilidad es compartida. En cualquier caso, el asesino de una novela policíaca tiene que tener una oportunidad, pero proporcionarle una sociedad secreta para que se aproveche de ella es demasiado. Ningún criminal con clase que se precie aceptaría estas ventajas.
14-. El modo en que se produce el asesinato y los medios para resolverlo han de ser racionales y científicos. Esto quiere decir que la pseudociencia, la pura imaginación y la especulación no pueden ser tolerados. Una vez que el autor se adentra en el reino de la fantasía, a la manera de Julio Verne, se encuentra fuera de los límites de la ficción policíaca, retozando en los confines desconocidos de la aventura.
15-. La solución del caso ha de estar en todo momento a la vista para que el lector atento sea capaz de detectarla. Con esto quiero decir que si el lector, después de conocer la explicación del crimen, volviera a leer el libro, se daría cuenta de que ha tenido la solución ante sus ojos, de que las pistas necesarias apuntaban realmente al asesino y que si hubiese sido tan listo como el detective podría haber resuelto el misterio él mismo sin necesidad de llegar al último capítulo.
16-. En una novela policíaca no debe haber largos pasajes descriptivos, ni descripciones exhaustivas de personajes, ni temas secundarios, ni preocupaciones “atmosféricas” que solo hacen perder el tiempo. Estos asuntos no tienen importancia vital en la crónica del crimen, entorpecen la deducción y la acción e introducen aspectos irrelevantes para el propósito principal, que no es otro que plantear, analizar y resolver un caso. Basta con unas pocas descripciones y perfiles de personajes para aportar verosimilitud a la novela.
17-. Un delincuente profesional no debe cargar con la culpa de haber cometido un crimen en una novela policiaca. Los delitos cometidos por ladrones y bandidos son asunto de la policía y no de autores ni de brillantes detectives aficionados. Un crimen intrigante es el que comete un representante de la iglesia o una solterona caritativa.
18-. El crimen en una novela nunca debe ocurrir por accidente o tratarse de un suicidio. Concluir una aventura detectivesca con tal anticlímax es engañar al lector y abusar de su confianza.
19-. Los motivos para cometer un crimen han de ser personales. Conspiraciones internacionales y guerras políticas corresponden a otra categoría literaria, como son los relatos de espías. Una historia policíaca debe reflejar las experiencias cotidianas del lector y facilitar una vía de escape a sus deseos y emociones reprimidas.
20-. Y para darle a mi Credo una puntualización final, incluyo una lista con algunos recursos de los que solo los escritores mediocres echan mano, pues ya han sido usados a menudo y solo demuestran falta de originalidad e imaginación por parte del escritor:

a. Averiguar la identidad del culpable comparando una colilla encontrada en el lugar del crimen con la marca que fuma el sospechoso.
b. Usar una sesión de espiritismo para asustar al culpable y hacer que así confiese su crimen.
c. Las huellas falsas.
d. El recurso de una figura simulada usada como señuelo.
e. El perro que no ladra y revela que el intruso es alguien a quien conoce.
f. Acusar de un crimen a un gemelo o a alguien con gran parecido físico.
g. La aguja hipodérmica y los somníferos.
h. El asesinato cometido en una habitación previamente precintada por la policía.
i. La prueba de la asociación de palabras para descubrir al culpable.
j. La carta en clave o un código cifrado que descifra el detective.


Alberto Pasamontes (Madrid, 1970) estudió Filología Inglesa y desde 2009 mantiene una constante actividad literaria, con la que ha obtenido el primer premio en la IV edición del concurso de Relato Corto de Ediciones Beta y un accésit en la XIV de los Premios Artísticos y Literarios del Ministerio de Defensa. Algunos de sus cuentos han aparecido en revistas y antologías. Su primera novela, «Entre la lluvia», adscrita al género negro en el que se mueve con gran comodidad, apareció en 2014. Con «La muerte invisible», una fascinante trama policial a la sombra de la tragedia nuclear de Chernobil, ha obtenido por unanimidad el XVIII Premio Francisco García Pavón de Narrativa en 2015.