Biografía de Carlos I de España (XV Parte), por Víctor Fernández Correas

Os ofrecemos un nuevo capítulo de la vida del emperador Carlos I de España y V de Alemania, cuya biografía publicamos por cortesía del escritor extremeño Víctor Fernández Correas, autor de las novelas La conspiración de Yuste y La tribu maldita.


Puedes leer las entregas previas pinchando AQUÍ.

CÓMO ANDAS, ENRIQUE
Víctor Fernández Correas
Y tras conocer a Francisco I de Francia, cordial enemigo —ya empezamos a saber de sus andanzas en el anterior capítulo—, a Carlos le tocaba estrechar lazos con otro grande —al igual que el rey galo, en todos los sentidos— de su época: Enrique VIII de Inglaterra.
   
La cuestión es que Carlos había prometido regresar a España, y a ello se puso. Lo que pasa es que viajaba, como dicen en mi pueblo —Valverde de la Vera, Cáceres—, haciendo los abobeos de San Roque, que es ir pasando la figura del susodicho santo por aquella casa que lo solicita. Con Carlos, lo mismo. Que se marchaba para España, lo tenía claro: un 23 de febrero de 1522 anunciaba a la ciudad de Burgos que iba para allá, pero lo que es salir de Flandes… De Bruselas no partió hasta el 2 de mayo para dirigirse a Malinas, y el día 5 todavía estaba en Amberes. Pues eso, los abobeos de San Roque.
   
Por fin, tras pasar por Brujas y Gante —“S.M parte mañana 23 para ir a Calés, y esto es sin falta… Ha ordenado su casa y hoy, día 22, se ha hecho publicación dello…”, nos dejó como testimonio Martín de Salinas, embajador que representaba a Fernando en la corte de su hermano Carlos—, llegó el día 24 a Dunkerque, la última plaza de sus dominios. De allí pasó a Calais, por entonces posesión de Enrique VIII. Y de Calais a Dover, donde le aguardaba una recepción de ovación y vuelta al ruedo, como poco. Por cierto, la segunda ocasión en que pisaba territorio inglés en menos de dos años. A diferencia de la anterior, Carlos había ganado en aplomo y seguridad, ya sin el consejo y compañía de Chièvres, que llevaba un tiempo sirviendo de mantillo para criar malvas y demás especies florales.
   
Que Carlos retrasara su llegada a España para rendir visita a Enrique VIII obedecía a ganarse al inglés de cara a la guerra con Francia. Lo tenía claro: como el asunto con los galos —presumía— iba para largo e iba a ser intenso, mejor contar con una buena cobertura marítima para los Países Bajos. Y la cosa no pintaba bien, como digo, así que tocaba sacar lo mejor de sí mismo para caer de fábula a la corte inglesa, en general, y al monarca Enrique y a su poderoso ministro, el Cardenal Wolsey, en particular.
   
Bien es cierto que Carlos partía con ventaja: su tía Catalina, hermana pequeña de su madre, Juana, y esposa de Enrique VIII —la primera—.
 

Y lo bordó.

Para empezar, detalle de altos vuelos ante su tía, sí, pero también reina de los ingleses: bajó de su caballo, hincó una rodilla en tierra y le pidió su bendición. No se sabe si en español —lengua materna de la reina, que no se olvide—, en su torpe inglés, en francés —la de Carlos—, o una mezcla de todo. Pero como el pueblo allí presente no se enteró del asunto, lo que vio —el gesto del joven Emperador pidiendo protección a su tía— cautivó a todo el mundo. Uno a cero.
   
Y el dos a cero, o sea, el cara a cara con Enrique VIII, igual de sencillo y afable. Nada de “soy el Emperador y a mí me van a venir con esas”, sino más bien un joven soberano atento a escuchar los consejos de su experto tío, más acostumbrado que él en lides internacionales.
   
En consecuencia, un mes en tierras inglesas la mar de fructífero para Carlos. Además de recabar los apoyos necesarios para luchar contra Francisco I —“el verdadero Turco es el rey de Francia”, le contestó Catalina al embajador Martín de Salinas, acompañante de Carlos en aquellas jornadas—, también se llevó la preciada Orden inglesa de la Jarretera, impuesta por el propio Enrique VIII; visitó los grandes castillos de la Corona, como Windsor y Richmond; y disfrutó de banquetes y danzas de toda consideración, donde demostró su gran dominio de la pavana —“hizo el rey [Enrique VIII] gran banquete… y danzaron la pavana”, recogió por escrito Martín de Salinas—, danza consistente en dos pasos, uno sencillo y otro doble. Cerrad los ojos e imaginadle: se adelanta el pie derecho seguido del izquierdo para juntarlos, como caminando. Eso, el paso simple. El doble, adelantando el derecho seguido y adelantado por el izquierdo, para volver a adelantar el derecho y cerrar con el izquierdo con un último avance. Carlos arrasó con este baile, no digo más.
   
Como siempre, el pico y pala de los asuntos delicados, lo negociable, quedó para los diplomáticos. Y éstos ultimaron una alianza militar, económica e, incluso dinástica. De lo último la protagonista sería María —la futura María Tudor—, de seis años, lista para lo que fuera menester. Hasta convertirla en emperatriz de Europa, llegado el caso. Y para el caso aún le quedaban ocho años, dado que la costumbre de la época marcaba en catorce la edad para pasar de ser chiquillas a esposas. Alianza, en consecuencia, que obligaba a Carlos a aplazar sus esponsales durante ocho años.   
   
Así que, rendida la visita al inglés, a Carlos le aguardaba España. Y allí, unas Cortes, las castellanas, poco o nada satisfechas de lo acordado con la diplomacia de Enrique VIII; y tampoco demasiado contentas con eso de que el joven emperador permaneciera soltero tanto tiempo. Y Carlos anhelaba ganarse la voluntad de las Cortes castellanas a toda costa. Cortes que tenían clara la nacionalidad de la futura emperatriz: portuguesa.
   
Y a eso iba a España. Que a ver cómo le recibía. Lo veremos en el próximo capítulo.


© Víctor Fernández Correas

Carlos I de España
- Bernard van Orley -

Víctor Fernández Correas nac en 1974 y le dio por empezar a escribir a eso de mediados del año 2000, que fue cuando ganó un certamen de relato corto en su pueblo, Valverde de la Vera (Cáceres). Repitió al año siguiente y también ganó. Y asimismo fuera de su pueblo –por ver si sonaba la flauta-, como le ocurrió con el Primer Certamen de Relato Corto «Princesa Jariza» de Jaraíz de La Vera en ese mismo 2001. En 2008 se publicó su primera novela, La conspiración de Yuste, editada por La esfera de los libros. Cuatro años después, en 2012, volv a aparecer en el mercado literario con La tribu maldita, editada por Temas de hoy (Editorial Planeta). Hace unos meses terminó una tercera pendiente de publicar y ahora está con una cuarta encima de la mesa. También ha colaborado en la antología Cervantes tiene quien le escriba, editada por Ediciones Traspiés en 2016, con el relato «La del alba fue».



¿NOS ECHAS UNA MANO?
Si te gusta alguna de las secciones de CITA EN LA GLORIETA, ayúdanos a crecer, siguiendo el blog. Puedes hacerlo pinchando AQUÍ.

¡Muchas gracias!