Biografía de Carlos I de España (XVI Parte), por Víctor Fernández Correas

Os ofrecemos un nuevo capítulo de la vida del emperador Carlos I de España y V de Alemania, cuya biografía publicamos por cortesía del escritor extremeño Víctor Fernández Correas, autor de las novelas La conspiración de Yuste y La tribu maldita.


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MI QUERIDA ESPAÑA, ESTA ESPAÑA MÍA, ESTA ESPAÑA NUESTRA… (III)
Víctor Fernández Correas
Y tocaba regresar a España. Lo prometido es deuda, etcétera. Tras rendir visita a su tío Enrique VIII —y asegurarse su favor frente a los desvaríos guerreros del francés Francisco I—, Carlos puso rumbo a España.

España. Siempre palabras mayores, curvas de vértigo en su biografía. Apenas diez días duró el viaje. ¿A qué venía? A poner un poco de orden en casa. Y para eso se traía compañía. A saber: 4.000 mercenarios alemanes, 28 falconetes —especie de artillería de campaña—, 15 cañones, 16 serpentinas, una bombarda de tal tamaño y peso que requería el tiro de 30 pares de mulas, 2 trabucos y 7 más de gran envergadura, algunos de los cuales necesitaban el tiro de 34 pares de mulas… Más otros mil hombres para acondicionar los caminos a tamaña tropa y otros mil carros para transportar la pólvora y la pelotería. Relación a cuenta de Sandoval de lo que traía Carlos para poner la casa en orden. Tela.

¿Y qué había que poner en orden en la casa que era Castilla? Vayamos por partes, que diría Jack. Lo primero, qué ocurría en la Casa Real de Tordesillas con su madre, la reina Juana, y su hermana menor, Catalina; arreglar la afrenta de Francisco I, que había puesto sus garras en Fuenterrabía; y el premio gordo: qué hacer con el alzamiento comunero toda vez que la germanía mallorquina, aunque seguía rebelde, no le preocupaba tanto como lo primero. Que era lo que realmente le llevaba los demonios.

Y es que eso de irle con exigencias de todo tipo y, sobre todo, entrar en la residencia de su madre como comunero por su casa… Como que gracia, la justa. Ante todo, y por encima de todo, la de la Reina de España.

Que conste que Carlos llegaba decidido a conceder su perdón dejando claro, eso sí, quién era el rey —él—. Un rey justo y piadoso, algo inusual en la época cuando el perdón se estilaba poco o nada. Sin embargo, Carlos se encontró que sus Gobernadores ya habían decidido por él tras lo de Villalar. Por un lado, mandaron a mejor vida a los líderes de la revuelta —Bravo, Padilla y Maldonado—, y por otro dejaron a su voluntad la suerte de diversos cabecillas comuneros encerrados en la Mota de Medina; y también la de Pedro Maldonado gracias a su parentesco con un condestable de Castilla.

Qué hacer. He ahí la cuestión. El problema, apenas sin resolver. Una situación que exigía actuar de manera meditada, sopesando bien los pasos a dar. Lo acontecido supuso una rebelión contra él con todas las de la ley, pero también es cierto que, tras la derrota de Villalar, el movimiento comunero menguó. Pies de plomo, en consecuencia, y perdonar. Pero dejando claro quién era el Emperador.

Así que se tomó veinte días de reflexión en Palencia antes de llegar a Valladolid, donde lo hizo el 25 de julio de 1522. Y como no se trataba de ofender dando a unos lo que privó a otros, tanto Pedro Maldonado como el resto de encerrados en la Mota de Medina siguieron el camino de Bravo, Padilla y Maldonado. Dura lex, sed lex, que dejó escrito Manuel Fernández Álvarez al respecto de dicho episodio en su monumental e imprescindible Carlos V, el césar y el hombre. Y no hubo más derramamiento de sangre. Punto. Nada de ensañamiento contra los antiguos comuneros vencidos —«eso basta ya —dijo tajantemente—. No se derrame más sangre»—. Veintiún ejecutados en total, una cifra moderada si tenemos en cuenta cómo se solventaban estos asuntos allá por el siglo quince.

Lo de Tordesillas tampoco fue moco de pavo. Juana, presa de sus desvaríos, no se dejó tentar por los comuneros, pero su hija Catalina… Que si las malas compañías, que si los malos consejeros… Con ese cuento le fue el marqués de Denia —encargado de velar por la estancia de ambas mujeres en Tordesillas— a Carlos, exigiéndole que metiera en cintura a su hermana menor. Y vaya si lo hizo. Tanto, que la criatura, aún a sus catorce años, tuvo el valor de responderle por carta “Yo sé que a V. M. han escrito que le deserví en tiempos que la Junta [comunera] estuvo en Tordesillas… […] V. M. me escribió sobrello más recio de lo que yo merescía”.

Lo mejor del asunto es que el de Denia le fue a Carlos con un cuento bastante alejado de la realidad. Más bien hizo todo lo posible para presentarse ante Carlos como el imprescindible. Y no dudó en maltratar a Juana, la reina —de palabra y de obra—, y poner de vuelta y media a Catalina —a la que la señora marquesa, cual mala madrastra del cuento, hizo la vida imposible a más no poder.

¿Solución? Acudió a Tordesillas en persona a comprobar el percal. Y el percal era el que era: Juana con sus desvaríos y Catalina, deseando dejar el cautiverio que suponía Tordesillas para ella. Y poco más se sabe del asunto, ni de cómo contentó a la hermana, ni tampoco del trato que dispensó a los marqueses, encargados de la custodia de madre e hija. Con el tiempo, Catalina se convertiría en reina de Portugal y Juana… Pues eso, en Juana. La que era.

¡Ah! Lo de Francia. Además de Fuenterrabía, también estaba la cuestión del Milanesado, donde Francisco I daba por saco todo lo que podía, y más. El remedio, la guerra. Convocatoria de Cortes en Valladolid durante 1523, exigencias de dineros para formar un ejército como Dios manda, y ¡sus y a por ellos!

Y así vamos preparando el terreno para una cita de altura en la vida de Carlos: Pavía. Palabras mayores, sin duda. Pero eso tocará en la siguiente entrega.


© Víctor Fernández Correas

Carlos I de España
- Bernard van Orley -

Víctor Fernández Correas nac en 1974 y le dio por empezar a escribir a eso de mediados del año 2000, que fue cuando ganó un certamen de relato corto en su pueblo, Valverde de la Vera (Cáceres). Repitió al año siguiente y también ganó. Y asimismo fuera de su pueblo –por ver si sonaba la flauta-, como le ocurrió con el Primer Certamen de Relato Corto «Princesa Jariza» de Jaraíz de La Vera en ese mismo 2001. En 2008 se publicó su primera novela, La conspiración de Yuste, editada por La esfera de los libros. Cuatro años después, en 2012, volv a aparecer en el mercado literario con La tribu maldita, editada por Temas de hoy (Editorial Planeta). Hace unos meses terminó una tercera pendiente de publicar y ahora está con una cuarta encima de la mesa. También ha colaborado en la antología Cervantes tiene quien le escriba, editada por Ediciones Traspiés en 2016, con el relato «La del alba fue».



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