Microrrelatos de autores colombianos (I)

La siguiente selección de microrrelatos ha sido escogida para CITA EN LA GLORIETA por Cristian Garzón, colaborador de TOPmicrorrelatos, página de facebook consagrada a la microficción en castellano.


AMANTES
Triunfo Arciniegas
El hombre y la mujer, enloquecidos, se devoraron en la oscuridad. Poco antes del mediodía, distraída y sin prisa, la camarera corrió las cortinas, recogió las prendas desparramadas por el cuarto y las depositó en el bote de los desperdicios. Luego cambió las sabanas.

DE LAS CRÓNICAS DE LA CIUDAD
Jairo Aníbal Niño
Nadie jamás le había hecho caso. Lo empujaban, lo pisaban, le cerraban las puertas en las narices. Ese día, había permanecido horas enteras esperando que el funcionario escuchara todas las verdades que tenía que decirle. Tuvo que marcharse cuando todos habían abandonado las oficinas y él vio que la noche lo había cogido sentado en el taburete.

Cuando a la madrugada llegó a su casa de latas y pedazos de cartón, cuando vio a lo lejos la ciudad como un reguero de leche iluminada, se dijo a sí mismo: No te desesperes. Todo cambiará cuando dejes de ser invisible.

EL CRIMEN PERFECTO
Luis Vidales
Una noche soñé que había matado a una mujer. Paso los detalles. Cuando desperté leí en el periódico el relato del crimen tal y como yo lo había perpetrado. Me presenté a la policía. Se rieron de mí. Dicen que encontraron al criminal. ¡Qué va! Entonces ¿por qué me sigue remordiendo la conciencia?


MORIR ÚLTIMO
Germán Santamaría
Mire, mijo, ahora antecitos que se pierda en el llano, le quiero decir esto para que lo tenga muy en cuenta: la cosa no es ir sino volver. No es que se trate de sacarle el juste o el cuerpo al compromiso. Desde mucho antes se sabía que algún día tocaría ir. Pero eso sí, siempre hay que tirar a que los otros pongan los muertos. Mientras menos mueran de los nuestros mejor. No es miedo a la muerte, sólo es querer que estén más a la hora del triunfo. Uno siempre debe procurar morir último.

BENCHMARKING II
Enrique Hoyos Olier
Y la gente dejó de comunicarse, porque no había quien hablara ni quien escuchara. Los libros desaparecieron de los estantes de bibliotecas y librerías, y en las casas no quedó ni el recuerdo de su existencia. De los rostros desaparecieron las bocas y las orejas, en su incapacidad de comunicación chocaban unos con otros como autómatas fuera de control. Se miraban sin expresión alguna, se retiraban y seguían caminando, siempre sin rumbo. Y se perdió la utopía de los vencedores.