«Joaquín Tornado, un detective muy criollo», por Henry Amariles Mejía

«Joaquín Tornado, un detective muy criollo»
por Henry Amariles Mejía
Emilio Restrepo es médico de la Universidad Pontificia Bolivariana, especialista en ginecobstetricia de la Universidad de Antioquia y en laparoscopia del CES; profesor universitario y conferencista en temas médicos, con más de 20 artículos publicados. Su incursión en el mundo de la literatura se remonta unos 15 años atrás, al ingresar al taller de escritores de Mario Escobar Velásquez, de quien fue uno de sus discípulos aventajados. Ha publicado 13 libros y tiene otros 10 inéditos.

En estas líneas nos referiremos a dos libros en los que aparece el detective con el cual la editorial de la UPB ha apostado por Restrepo: Joaquín Tornado, detective (2015) y El abrazo de la Viuda Negra. Un caso de Joaquín Tornado, detective (2017); ambos, dentro de la colección Policías y Bandidos. En el primero encontramos dos novelas, Música de buitres, de 132 páginas y otra de 52 páginas y 14 capítulos, Tornado y el Obregón. El segundo es una novela de 111 páginas.

La pretensión de
Restrepo, con el apoyo de la editorial de la UPB, es hacer de Tornado una saga, con distintos casos que resolver en cada libro. Habrá que esperar si cuenta con el favor de sus lectores, aunque con el divertimento y la maestría de los textos en cuestión no me extrañaría que dicha empresa se lleve a cabo.

Música de buitres nos introduce a la figura de Tornado, un sujeto al que echan del Servicio Secreto del Estado, que se queda sin empleo y con mala fama. Luego aparece el fiscal Agustín Restrepo y lo contrata como detective privado. La misión: servir de mediador en un secuestro. Labor que resulta humillante pero efectiva, con pérdidas humanas y todo.

 Tornado y el Obregón trata el enigma del robo de un cuadro de Alejandro Obregón y la posterior venta de una serie de réplicas de este. En mi opinión, una pequeña pieza maestra del género.




El abrazo de la Viuda Negra. Un caso de Joaquín Tornado, detective relata el declive de un famoso futbolista al que atracan y le pegan un tiro en su pierna derecha, lo que hace que este no pueda volver a jugar fútbol y, ante tal circunstancia adversa, dilapida su fortuna en seis meses en drogas, licor y mujeres, hasta morir. La tarea de Tornado es encontrar a la persona que originó el desastre. Y vaya sorpresa que se lleva.



Ambos libros nos ayudan a entender que Restrepo, como su maestro Escobar Velásquez, se toma su oficio muy en serio. Y es que hay que reconocer que, sin saberlo, desde su infancia y adolescencia se ha preparado para ser escritor; porque que un mozalbete se devore con pasión desaforada los 56 relatos cortos, las cuatro novelas de Arthur Conan Doyle, 70-80 novelas de Agatha Christie, además de a Poe, es, si no revelador, al menos premonitorio. Son unas primeras lecturas en las que “el crimen es (…) el tema central, el corazón del asunto, el punto de partida, su razón de ser y su conclusión” (Giardinelli, 1984, citado por Forero, 2012, p.11). Nos referimos a la novela policíaca, la que “habla siempre (pero no solamente) de una crisis del Estado” (Rosso de, 2015: 196).

Años después, Emilio Restrepo enriquecería sus lecturas con novelas de crimen, un tipo de ficción cuya temática “es un reflejo de las transgresiones graves a las leyes penales en una sociedad dada. Esta especificidad es lo que hace que haya una novela de este género si no hay delito (asesinato, secuestro, robo, extorsión, corrupción, violación, lesiones, etc.)” (Ídem). En palabras de
Restrepo, con estos autores “íbamos más allá del enigma, del ingenio, de esa habilidosa forma como un rufián cometía y cómo un personaje detective lo resolvía; nos metíamos en esa historia donde además del asesinado, el detective y el crimen, la ciudad era la protagonista” (Entrevista personal, octubre 24, 2017).

Lo anterior nos pone en contexto para entender por qué desde hace tres lustros sus lecturas han hecho metástasis en su escritura, y por qué James Mallahan Cain, Dashiell Hammett y Raymond Chandler, entre otros, le ayudaron a encontrar su propia versión de un detective, que:

"Ya no era ese personaje brillante, de ojos acuciosos, sino que era un personaje oscuro, enmarcado dentro de una situación difícil personal y peor, de ciudad; donde todo el mundo atentaba contra él, donde era un incomprendido, un insatisfecho, donde era una persona hasta con más defectos que virtudes, pero con una gran obsesión por la búsqueda de la verdad (…) Y aparecen esos grandes detectives de los 30, 40, 50 (…) oscuros, neuróticos, atormentados por sus fantasmas, por sus adicciones. Eso fue otra cosa, fue otro mundo” (Ibíd., 2017).
Al tener claras las leyes que rigen la novela de crimen la tarea es extrapolarlas a sus libros, pero en un entorno propio, con unos personajes y un lenguaje local. ¿Cómo? Restrepo construye una completa biografía de cada uno de sus personajes, la parte invisible del iceberg que incluye lo macro y lo micro de sus vidas, así no vayan a ser incluidos en los libros; de manera que lo narrado sea verosímil. Tal labor de carpintería posibilita que los personajes posean una urdimbre sicológica, una particular fuerza narrativa que las hace intensas, cambiantes, complejas e inesperadas. Esto, mediante una estructura redonda, contundente, sin piezas sueltas o tramas inconexas, que combina entretenimiento con rigurosidad, gracias a la fórmula aristotélica, tan antigua como efectiva: principio, nudo y desenlace.

Tornado no es, entonces, un gentleman agudo, cercano a la imagen del superhéroe: es un simple mortal con visos de antihéroe, una confusa mixtura de defectos, antivalores y problemas, pese a lo cual siempre sale bien librado, así en algún momento se vea abocado a situaciones límite en las que sale lastimado, directa o indirectamente, en su cuerpo o en su dignidad:

"Mi estómago entró en una revolución del tamaño de una bomba atómica que cuando explotó dejó un reguero que hizo palidecer de mediocridad e insignificancia a Hiroshima y Nagasaki. ¡Quedé como si hubiera pisado una mina quiebrapatas cargando un bulto de boñiga!" (Restrepo, 2015: 53)
Lo que sí es, de sobra, es un sabueso callejero curtido en vivencias, esas que da la experiencia; lo que le da una especial habilidad para interactuar en el bajo mundo con delincuentes, traficantes e informantes. Él mismo dice que “Casi ningún callejón tiene secretos para mí. Me he deslizado como un roedor por sus laberintos” (Restrepo, 2015: 10). Su sapiencia está ligada a lo turbio, en un claro oscuro ambivalente, en donde se debaten las contradicciones que no le dan cabida a una ética ortodoxa, que lo que importan son los resultados, pues de Tornado podrá decirse de todo menos que sus prácticas investigativas sean poco efectivas, por bizarras que lleguen a ser:
“Por estar haciendo un seguimiento por encargo he consumido pastas, poppers, yerba, polvos y toda cuanta porquería le entra a uno por la nariz y por la boca” (Íbid., p. 10-11).
De hecho, el propio Restrepo reconoce “no tener mucha imaginación” como para escribir historias que no hayan pasado por sus experiencias, por las sus vecinos, familiares o amigos, en las que la observación de su entorno es clave. Su obra, más que un ejercicio intelectual, de escritorio, está directamente cruzada por las emociones, sean propias o ajenas.

En estos libros de Tornado hay un elemento común: la presencia de los diálogos. A partir de estos se escenifican las peripecias de los personajes, se reconstruye el pasado, se arma la trama. En estos, Tornado, como narrador protagonista, hace las veces de puente, de bisagra, de punto de encuentro de esas voces que se cruzan y nos sumergen en la entraña de los sucesos narrados, dándoles la palabra a los personajes, sin filtros que enmascaren esa verdad que lucha por salir a flote. Estos diálogos son variados: algunos son interrogatorios, un juego de preguntas y respuestas que buscan aclarar una información que en ese momento se muestra confusa, esa verdad que permanece oculta.

También son el espacio para aligerar la tragedia que se retrata, de modo que los encuentros entre Tornado y el fiscal suelen tener un humor cargado de ironía
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“─¡Ay, hombre! ─resopló─. ¡Mucho pedazo de bestia peluda! ¡No sé por qué me desgasto hablando con usted Tornado, que salió reprobado de un instituto de tarados con apoplejía y encefalitis!”  (Restrepo, 2017: 37).

De hecho, los saludos de ambos son una verdadera sarta de insultos, sarcasmos y burlas, muy cercanos a lo que por estas tierras llamamos “charlas pesadas”, y son más evidentes en El abrazo de la Viuda Negra que en Joaquín Tornado, detective. Es entendible: ambos personajes ya han compartido las aventuras y desventuras de al menos dos casos, los del primer libro, lo que los hace verdaderos compinches:
“─ ¿Y qué hubo, montañero? ¿Por qué esa cara como si estuviera escuchando la transmisión de una partida de ajedrez por radio, con un locutor boquineto y tartamudo?” (Restrepo, 2017: 47).

El tono provocador de Tornado se evidencia por milésima vez en las referencias a sus guayabos:
“En ese momento, la resaca de los excesos de la noche anterior me estaba pasando la cuenta de cobro en forma de un taladro que perforaba la mitad izquierda de mi cabezota. El ojo del mismo lado me lloraba en forma involuntaria y una mezcladora de cemento daba vueltas haciéndome un embrollo en el estómago” (Ibíd., p. 13).
Sin embargo, la presencia del humor no exime a Restrepo de una prosa poética, pulcra y depurada, como las reflexiones de Tornado sobre las rutinas de una clienta suya:
"Desde hacía varios años tenía la costumbre de entrar por el garaje a ejercer el mismo ritual: la impostergable visita a su madre, afectada por las nebulosas complejidades de una demencia feroz que le había licuado el cerebro y la tenía postrada en una silla de ruedas mirando por horas hacia ninguna parte, encerrada en la coraza de un silencio infranqueable" (Ibíd., p. 78).
En estas novelas Tornado es fundamental. No solo es el narrador, sino que además en torno suyo giran los demás: bien sea quienes están del lado de la legalidad, la ilegalidad, los antagonistas y los clientes que lo contratan, por recomendación expresa del fiscal. Al fin y al cabo, con grietas, tachones y cuestionamientos, nuestro detective es un cuasi héroe, fugaz, anónimo; es el guía que conduce a la búsqueda de la verdad, por oscuros que sean sus caminos. Es quien tiene la malicia indígena, la terquedad y las prácticas políticamente incorrectas, que en estos casos es lo que se requiere para completar las piezas del rompecabezas del delito abordado. 
Ezequiel Rosso de, afirma que en las novelas de crimen se configura "Una relación de terceridad que será su esquema básico: El Estado, el criminal y el investigador. La lógica del género sustrae protagonismo al criminal (…) y a la víctima (…) y construye un protagonismo nuevo. En este sentido, el género instituye en su terceridad la figura del investigador, que ya no depende del Estado y puede, eventualmente, responder a intereses privados" (2015: 195-196).
Por momentos Tornado es una suerte de híbrido entre el sujeto que busca hacer cumplir la ley –o que simplemente investiga qué pasó- y la víctima que sufre los rigores de la violación de esa ley rota. Su fragilidad muestra que no es infalible. Tampoco es un idealista con aspiraciones de héroe. Por momentos es un simple subalterno que no aparece en la nómina del Estado, que cumple órdenes y en tal ejercicio arriesga su vida: “Aquí estoy esperando que me den instrucciones. Siempre me da beri-beri, no se lo niego, pero yo tengo palabra. Sigo en esto hasta que esto termine. Ojalá al ángel de la guarda no le dé por hacerme huelga” (Restrepo, 2015: 73).    
En últimas, es nuestro Tornado una especie de alter ego de Restrepo, con sus vicios y/o virtudes, más otros aspectos ajenos a su personalidad. Uno de esos ingredientes propios de Restrepo es el humor y que él le ha “transferido” a su detective, un agudo observador que sabe retratar los temas más minúsculos y cotidianos, verbigracia de su humor e ironía, lo que hace que leer las peripecias de nuestro detective criollo sea, además de interesante, divertido.

REFERENCIAS:
Restrepo, Emilio Alberto. Joaquín Tornado, detective (2015). Medellín, Universidad Pontificia Bolivariana. p. 185.

El abrazo de la Viuda Negra. Un caso de Joaquín Tornado, detective (2017). Medellín, Universidad Pontificia Bolivariana. p. 111. 
Forero, Gustavo. Introducción. En: Trece formas de entender la novela negra. La voz de los creadores y la crítica literaria. Gustavo Forero Quintero (Compilador y editor académico); autores:  Álvarez et al., 2012. Medellín: Alcaldía de Medellín/Planeta colombiana. pp. 9-24.

Roso de, Ezequiel. Entre Sueños de frontera y Balas de plata: algunas hipótesis sobre la relación entre frontera, narco y novela policial. En: Las fronteras del crimen. Globalización y literatura. Gustavo Forero Quintero (Editor académico); autores: Giardinelli et al., 2015. Medellín: Alcaldía de Medellín/Planeta colombiana. pp. 193-216.

Entrevista personal a Emilio Alberto Restrepo emitida por el programa Voz en el espejo, de la emisora de la Universidad Nacional de Colombia, sede Medellín, el día 24 de octubre de 2017.
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Esta reseña ha sido escrita por Henry Amariles Mejía para la IV SEMANA NEGRA EN LA GLORIETA, celebrada del 21 al 27 de Mayo de 2018. Agradecemos a quien quiera reproducirla, total o parcialmente, que cite su fuente original. Si quieres acceder al programa de la Semana Negra PINCHA AQUÍ o en la imagen.

 
es Licenciado en Educación: Español y Literatura (1992), Magíster en Literatura Colombiana (2000), y Periodista (2008), por la Universidad de Antioquia.  Especialista en Literatura: Producción de textos e hipertextos (2012), por la Universidad Pontificia Bolivariana. Autor del libro El espejo fragmentado. Reportaje en cinco actos al teatro de ayer y de hoy en Medellín (2011, con prólogo de José Monleón). Ha sido ganador del Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar, en los años 2011 y 2012. Periodista-Realizador de la emisora de la Universidad Nacional de Colombia, sede Medellín en temas culturales desde hace ocho años.