«El sueño de un hombre ridículo» es el “cuento más bello” de Fiódor Dostoievski, en palabras de Bela Martinova, escritora rusa, hija de padres españoles, que tradujo y prologó la antología de cuentos del autor ruso publicada en el año 2009 por la editorial Debolsillo.
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EL SUEÑO DE UN HOMBRE RIDÍCULO
Fiódor Dostoievski
Fiódor Dostoievski
I
Soy un hombre ridículo. Ahora ellos me llaman loco. Y eso podría haberme
supuesto un ascenso de grado, sí no me siguieran considerando igual de ridículo
que antes. Ahora no me enfado y todos me parecen simpáticos; incluso cuando se
burlan de mí siguen de algún modo pareciéndome especialmente dulces. De buena gana
me reiría con ellos –no ya de mí, sino por afecto hacia ellos- si no fuera por
la tristeza que siento cuando los miro. Y me siento triste porque ellos
desconocen la verdad, y yo sí la sé. ¡Oh, qué difícil le resulta a uno conocer
la verdad! Pero ellos no lo entenderán. No, no lo entenderán.
Antes me angustiaba porque les parecía ridículo. Más que parecérselo lo
era. Siempre fui ridículo, y lo sé probablemente desde el día de mi nacimiento.
Seguramente supe que era ridículo desde que tenía siete años. Después estudié
en la escuela, más tarde en la universidad. Y ¿qué es lo que sucedió? Pues que
cuanto más estudiaba, más me convencía de que era ridículo. De modo que toda mi
ciencia universitaria, a medida que penetraba en ella, pareció a fin de cuentas
haber existido para demostrarme y explicarme que yo era un hombre ridículo. Lo
mismo que ocurrió con la ciencia, también sucedió en la vida real. A medida que
pasaban los años se acrecentaba y afianzaba en mí la conciencia de mi ridículo
aspecto, en todos los sentidos. Siempre se ha reído de mí todo el mundo, que si
había un hombre sobre la faz de la tierra que tenía consciencia de que era
ridículo, ese hombre era yo; ésta era la cuestión que más me ofendía, cosa que
ellos ignoran; pero de esto sólo yo tengo la culpa: siempre he sido tan
orgulloso que por nada del mundo reconocérselo jamás a nadie. Ese orgullo
crecía en mi interior a medida que pasaban los años, y si me hubiera permitido
reconocerme como ridículo, ante cualquier persona, creo que al instante me
habría volado la tapa de los sesos. ¡Oh, cómo sufría en mi adolescencia
pensando que no aguantaría más y que en cualquier momento lo confesaría a mis
compañeros! Pero desde que me hice joven, y a pesar de ir tomando lentamente
conciencia de mi horrible cualidad, no sé por qué, me sentí más aliviado. Y
digo que no sé por qué, pues hasta hoy día no he encontrado la razón. Puede que
fuera por aquello de que en mi alma crecía una terrible melancolía debido a un
hecho, que era infinitamente superior a mí; para ser más exactos, se había
apoderado de mí la única convicción de que en el mundo todo daba igual. Lo
venía presintiendo desde hacía ya tiempo, pero la convicción completa se me
presentó de pronto el último año. De repente sentí que me daba igual que
existiera el mundo o que no existiera en absoluto. Comencé a percibir con todo
mi ser que nada existía a mi alrededor. Al principio creí que, a pesar de todo,
en otros tiempos hubo muchas cosas, pero más tarde llegué a la conclusión de
que tampoco antes las hubo, de que todo era una ilusión. Poco a poco me fui
convenciendo de que jamás existiría nada. Entonces de pronto dejé de enfadarme
con la gente, y apenas me percataba de ellos. La verdad es que eso afloraba incluso
en las nimiedades más insignificantes; por ejemplo, iba por la calle y me
chocaba con la gente. Y no era porque fuera ensimismado y pensativo: no tenía
nada en que pensar; por aquel entonces dejé de pensar completamente: todo me
daba igual. Si al menos hubiera resuelto algún problema; pero no resolví
ninguno. ¡Y cuántos había! Pero todo me daba igual, y todos los problemas se
apartaban de mí por sí solos.
Fue después cuando conocí la verdad. La conocí en noviembre del año pasado;
concretamente, el tres de noviembre, y desde aquel momento recuerdo cada
instante de mi vida. Ocurrió en un anochecer lúgubre, el más lóbrego que puede
haber. Iba de regreso a casa, alrededor de las once de la noche, y recuerdo
haber pensado exactamente que no podía hacer un tiempo más funesto. Incluso en
el aspecto físico. Durante todo el día había estado lloviendo a cántaros una
lluvia fría, siniestra y terrible; recuerdo que incluso resultaba hostil a la
gente; y de pronto, a las once de la noche, dejó de llover y se empezó a sentir
una humedad espantosa, más pegajosa y fría que cuando llovía, todo ello
desprendía una especie de vapor, que salía de todos los empedrados de la calle
y los callejones cuando se mira en su interior desde una cierta distancia. Y de
repente, se me figuró que, de haberse apagado todas las farolas de gas, sería
menos espeluznante, ya que con el gas alumbrando y proporcionando luz hacía que
el corazón se sintiera más triste, porque alumbraba todo eso. Ese día apenas
comí, y desde la primera hora de la tarde estuve en casa de un ingeniero, junto
a otros dos compañeros suyos. Estuve completamente callado y creo que les
aburrí. Hablaban sobre un tema apasionante, y en un momento incluso llegaron a
acalorarse. Pero el tema les resultaba indiferente, yo ya me había percatado de
ello, y se enzarzaron en vano. De pronto les dije: “Señores, si a ustedes les
da igual todo”. Ellos no se ofendieron, pero se rieron de mí. Debe ser porque
lo que dije fue sin intención alguna, sino únicamente porque a mí todo me daba igual.
Se percataron de que a mí todo me daba igual, y eso les hizo gracia.
Cuando de regreso a casa, en la calle, pensé en las farolas de gas, miré
hacia el cielo. Hacía una noche terriblemente oscura, pero en algunos trozos se
podían distinguir con claridad las nubes despedazadas, y entre ellas unas
insondables manchas negras, De golpe, en una de esas manchas, reparé una
estrellita, y la miré fijamente. Sucedió porque la estrellita me había
insinuado una idea: me había propuesto suicidarme aquella noche. Desde hacía
dos meses me rondaba la cabeza aquella idea fija, y, a pesar de mi penosa
situación económica, me compré un espléndido revólver y lo cargué aquel mismo
día. Desde entonces ya habían transcurrido dos meses, y el revólver todavía
permanecía en el cajón; y tanta era mi indiferencia que se me ocurrió
posponerlo hasta encontrar el momento en que no todo me diera igual; no sé por
qué razón. Y de ese modo, durante esos dos meses, cada noche cuando regresaba a
casa, pensaba que iba a suicidarme. No hacía más que esperar el momento
oportuno. Y he aquí que esa estrellita me dio la idea, y me propuse que eso
debía suceder irremisiblemente aquella noche. Sin embargo, ignoro la razón por
la que la estrella me dio la idea.
Y justo cuando estaba mirando al cielo, de repente una niña me agarró por
el codo. La calle estaba prácticamente desierta y apenas había transeúntes. A
lo lejos, sobre el pescante, dormitaba un cochero. La niña tendría unos ocho
años. Llevaba un pañuelo en la cabeza y un vestidito. Estaba completamente
empapada, y se me quedaron especialmente grabadas sus botas mojadas y rotas,
que aún recuerdo: me llamaron la atención especialmente. La niña comenzó a
tirarme del codo y a llamarme. No lloraba, pronunciaba entrecortadamente
algunas palabras, que no lograba articular bien, porque tiritaba y tenía
escalofríos y convulsiones. Estaba horrorizada por algo y gritaba
desesperadamente: “¡Mamita, mamita!”. Yo giré la cabeza hacia ella, y sin
decirle palabra continué andando; pero la niña siguió corriendo detrás de mí
tirándome del brazo. Su voz tenía el tono de desesperación de los niños cuando
están muy asustados. Conozco ese tono. Y aunque no llegara a articular y
terminar las palabras, comprendí que su madre se estaba muriendo en algún
lugar, o que algo por el estilo estaría sucediendo para que la niña saliera
corriendo a llamar a alguien, o encontrar algo, con tal de ayudar a su madre.
Pero yo no fui tras ella; antes al contrario, de pronto se me pasó por la
cabeza la idea de espantarla y echarla. Al principio le dije que buscara al
guardia municipal. Pero ella juntó las manitas y, sollozando y ahogándose,
continuó corriendo a mi lado sin apartarse de mí. Fue entonces cuando di una
patada en el suelo y lancé un grito. La niña sólo exclamó: “¡Señor, señor…!”;
pero de repente me dejó, y al momento cruzó la calle: en la otra acera había un
transeúnte, y al parecer la niña me había dejado para salir corriendo tras él.
Subí al quinto piso en el que vivo. Vivo en una habitación de alquiler. Es
mísera y pequeña, con un ventanuco semicircular, de desván. Tengo un sofá
cubierto con un hule, una mesa llena de libros, dos sillas y un sillón, viejo a
más no poder; pero eso sí, de estilo volteriano. Me senté, encendí una vela y
me puse a meditar. Al lado, en otra habitación, detrás del tabique, continuaba
la juerga. Llevaban así ya tres días. Allí vivía un capitán retirado, que tenía
invitados –unos seis troneras– que bebían vodka y jugaban a las cartas con unos
viejos naipes. La noche anterior hubo pelea, y sé que dos de ellos se habían
tirado de los pelos durante un buen rato. La casera quiso presentar una
denuncia, pero le tiene mucho miedo al capitán. Aparte de nosotros, en otra
habitación, vive de alquiler una señora muy bajita y delgada, mujer de un
militar, que había venido a la pensión con tres niños que enfermaron allí.
Tanto ella como los niños temían al capitán hasta más no poder, y se pasaban la
noche tiritando y santiguándose; el más pequeño hasta tuvo una especie de
ataque por el miedo que le daba el capitán. Sé que ese tal capitán para a la
gente en la avenida Nevski para pedir limosna. No le admiten para prestar
servicio, pero es cosa extraña (y por eso lo cuento), pues durante todo el mes,
desde que él se alojó aquí, no me contrarió en absoluto. Desde el principio
rehuí cualquier contacto amistoso con él, y, además, desde el primer día él
mismo se aburrió conmigo, y por más que puedan gritar al otro lado del tabique,
y por más gente que pueda haber allí, a mí siempre me resulta indiferente.
Permanezco toda la noche sentado, y la verdad es que ni los oigo, hasta tal
punto me abstraigo y me olvido de que están allí. No me duerno en toda la noche
hasta el amanecer; y así ha transcurrido ya un año. Durante la noche entera
estoy sentado en el sillón, delante de la mesa sin hacer nada. Los libros los
leo sólo durante el día. Permanezco sentado y ni siquiera pienso, sino que dejo
que algunas ideas me ronden, y yo las dejo vagar a su libertad. Durante la
noche se gasta toda la vela.
Me senté despacio junto a la mesa, saqué el revólver y lo puse delante de
mí. Cuando lo coloqué, recuerdo que me hice una pregunta a mí mismo: “¿Ha de
ser así?”, y completamente convencido me dije: “Así ha de ser”. Es decir, me
suicidaré. Sabía que probablemente me suicidaría aquella noche, pero ignoraba
cuánto tiempo permanecería así sentado junto a la mesa. Y sin duda alguna me
habría dado un tiro en la cabeza, de no ser por aquella niña.
II
Ya lo ven: aunque todo me daba igual, yo –por poner un ejemplo– sentía
dolor. De haberme dado alguien un golpe, habría sentido dolor. Y lo mismo
sucedía en el sentido moral: si hubiera ocurrido algo muy penoso, habría
sentido la pena de igual modo que entonces, cuando todavía no todo en la vida
me resultaba indiferente. Hacía un rato había sentido compasión: podía haber
ayudado a la niña. ¿Y por qué no la ayudé? Pues por una idea que me asaltó:
cuando ella me estaba tirando del brazo y me llamaba, se me planteó una
cuestión que no pude resolver. La pregunta era ociosa, y eso me enfureció. Me
enfadé porque si ya había tomado la decisión de acabar con mi vida aquella
misma noche, entonces todo cuanto ahora me rodeara debía serme más indiferente
que nunca. ¿Por qué razón sentí de pronto que no todo me resultaba indiferente,
y que sentía compasión hacia aquella niña? Recuerdo que me provocó mucha
lástima; incluso, hasta producirme un dolor extraño, absolutamente inverosímil
dada mi situación. Es cierto que no sé expresar aquel sentimiento mío pasajero,
pero éste continuó cuando me encontré ya en casa y me hube sentado a la mesa
completamente alterado como hacía tiempo que no lo estaba. Una reflexión
sucedía a otra. Se me presentaba con toda claridad que si yo era una persona, y
aún no me había convertido en un cero, y hasta que ello sucediera, en tal caso,
estaba vivo, y por consiguiente era capaz de sufrir, enfadarme y experimentar
la vergüenza por mis actos. Que así fuera. Pero si me suicidara, por ejemplo,
al cabo de dos horas, ¿qué importancia tendrían para mí la niña, la vergüenza,
y todo cuanto hubiera en el mundo? Si yo iba a convertirme en un cero, en un
cero absoluto, ¿acaso la conciencia de que dejaría totalmente de existir, y de
que, por consiguiente, tampoco nada existiría, no influiría mínimamente en el
sentimiento de compasión hacia aquella niña, ni en el de la vergüenza tras
haber cometido aquel acto vil? Porque si le lancé aquel salvaje grito a esa
infeliz criatura dando una patada al suelo, fue porque pensé que no sólo no
sentía lástima por ella, sino que si cometía aquella inhumana bajeza era porque
podía hacerlo en aquel momento, ya que pasadas dos horas todo se acabaría.
¿Pueden creerme que por eso lancé el grito? Ahora estoy casi convencido de
ello. Se me presentaba con claridad la idea de que la vida y el mundo parecían
ahora depender de mí. Incluso podría decir que el mundo, en aquel momento,
estaba hecho únicamente para mí: si me suicidaba, el mundo desaparecería, al
menos para mí. Por no hablar de que en realidad era probable que ya nada
existiera tras mi desaparición, y que cuando se apagara mi conciencia, se
apagaría y desaparecería al instante todo el mundo, como si fuera una aparición
de mi conciencia, pues tal vez todo ese mundo, y toda esa gente, no eran
únicamente más que yo. Recuerdo cómo, cuando estaba sentado y reflexionando,
les daba vueltas a todas estas nuevas interrogantes, que se apretujaban las
unas contra las otras, orientándose incluso en otra dirección y ocurriéndoseme
cosas completamente nuevas. Por ejemplo, se me figuró una idea extraña: si yo
hubiera vivido antes en la Luna o en Marte, y hubiera cometido allí un acto de
lo más atroz y deshonesto que el hombre pueda imaginar, y se me hubiera
reprendido y deshonrado allí por él, de modo tal que un acaso sólo pudiera
sentirlo e imaginarlo en un sueño, viviendo el horror; y después, ya en la
Tierra, continuara yo conservando la conciencia de lo que había cometido en el
otro planeta, y al margen de ello supiera que ya jamás podría regresar a aquel
lugar; en tal caso, si mirara la Luna desde la Tierra ¿me daría todo igual o
no? ¿Habría sentido vergüenza, o no, por aquel acto? Las preguntas eran
ociosas, y estaban de más, puesto que el revólver yacía sobre la mesa frente a
mí, y yo estaba completamente convencido de que aquello ocurriría sin lugar a
dudas, pero las preguntas no dejaban de acalorarme y me enfurecían. Parecía que
no me podía morir ahora sin haber resuelto algo previamente. En una palabra, la
niña me salvó, porque al hacerme todas esas preguntas aplacé la idea del
disparo. Entre tanto, en la habitación del capitán también empezó a cesar el
ruido; dejaron de jugar a las cartas, se disponían para irse a dormir, y
mientras tanto gruñían y reñían entre sí perezosamente. Y he aquí que en aquel
momento me quedé dormido, cosa que jamás me había ocurrido antes, sentado y en
el sillón. Me dormí sin haberme dado cuenta. Los sueños, como es bien sabido,
son algo extraordinariamente extraño: algunas cosas se te presentan con una
claridad pasmosa, con unos detalles minúsculos, similares a la orfebrería, y
otras transcurren como si estuvieras sobrevolando el tiempo y el espacio, sin
darte cuenta en absoluto. Parece que los sueños no los dirige la razón, sino el
deseo; que no es la cabeza, sino el corazón, y mientras tanto, ¡qué cosas más
astutas se le antojaban a mi razón durante el sueño! Además, durante el sueño
suceden cosas absolutamente inconcebibles para la razón. Mi hermano, por
ejemplo, había fallecido hacía cinco años. A veces lo veo en sueños: participa
de mis cosas, tenemos intereses en común, y, mientras dura el sueño, yo sé
perfectamente, y lo recuerdo, que mi hermano está muerto y enterrado. ¿Cómo es
que no me resulta extraño que, a pesar de estar muerto, esté aquí, junto a mí,
haciendo cosas? ¿Por qué mi razón permite que eso ocurra? Pero dejémoslo aquí.
Voy a contar mi sueño. ¡Sí, entonces yo tuve un sueño, mi sueño del tres de
noviembre! Ellos ahora se burlan de mí diciendo que sólo se trataba de un
sueño. Pero ¿acaso no da igual que fuera o no un sueño? ¡Si ese sueño me ha
aportado la Verdad! Ya que una vez que has conocido y visto la verdad, es
cuando reconoces que no hay otra, ni puede haberla, bien esté uno dormido o
despierto. ¡Qué más da que sea un sueño, pues esta vida, que ustedes tanto
ensalzan, quise apagarla yo con un suicidio! ¡Mientras que mi sueño, mi sueño! ¡Oh!
¡Me ha revelado una vida nueva, grandiosa, renovada y fuerte!
III
Ya he dicho que me dormí sin darme cuenta e incluso continué reflexionando
sobre las mismas materias. Y soñé que cogía el revólver, y sentado lo dirigía
directamente al corazón… al corazón, y no a la cabeza; puesto que, cuando me lo
propuse, tenía pensado dispararme precisamente en la sien derecha. Lo dirigí
hacia el pecho, esperé un par de segundos, y tanto mi vela como la mesa y la
pared de enfrente se movieron y se sacudieron de repente. Me disparé lo más
aprisa que pude.
A veces, cuando uno sueña, cae desde una gran altura, o le están dando un
navajazo, o le pegan, pero en ningún momento siente dolor, al margen, claro
está, de que realmente se dé un golpe desde la cama hasta despertarse a causa
del dolor. Del mismo modo me sucedió a mí: yo no sentí dolor, pero se me figuró
que con mi disparo todo en mi interior se sacudió; todo se había apagado y
alrededor de mí oscureció terriblemente. Pareció que me había quedado ciego y
mudo; y he aquí que permanezco tumbado sobre algo duro, completamente estirado
y boca arriba, sin ver nada y sin poder moverme en absoluto. Alrededor de mí va
y viene gente gritando; se oye tronar la voz de un capitán, grita la casera; y
de pronto otra pausa, y ya me están llevando metido en un ataúd cerrado. Puedo
sentir cómo se mueve el ataúd, pienso en ello, y, por primera vez, me
impresiona la idea de estar muerto, de estar completamente muerto, de saber y
no dudarlo; no veo y no me muevo, mientras que siento y pienso. Pero pronto me
conformo con ello, y con normalidad, igual que en el sueño, acepto la realidad
sin rechistar.
Y ya me están enterrando. Todos se van y me quedo solo, completamente solo.
No me muevo. Antes, cuando me figuraba el día de mi entierro, imaginaba siempre
que lo único que me relacionaría con la tumba sería la sensación de la humedad
y el frío. El mismo frío que sentí también en ese momento, especialmente en la
punta de los dedos de los pies; y nada más.
Estaba tumbado y, cosa extraña, ya nada esperaba, aceptando sin discusión
alguna que un muerto nada podía esperar. Pero había humedad. No sé cuánto
tiempo transcurrió, si una hora, si algunos días o si muchos. Sobre mi ojo
izquierdo, que estaba cerrado, cayó una gota de agua que había calado la tapa
del ataúd; a continuación de ésta, otra, al cabo de un minuto, una tercera, y
así sucesivamente, con el intervalo de un minuto. Una profunda indignación
prendió de repente en mi corazón, y pude sentir dolor físico en su interior:
“Es mi herida”, pensé, “es el tiro; ahí está depositada la bala…”. Mientras, la
gota no cesaba de caer a cada minuto en mi ojo cerrado. De repente llamé, y no
ya con la voz, puesto que estaba inmóvil, sino con todo mi ser, al artífice de
todo cuanto me estaba sucediendo.
–Seas quien fueres, pero si existes y hay algo más racional que cuanto
ahora me está sucediendo, en tal caso, permítele que también se persone aquí.
Si, por el contrario, te estás vengando de mí por mi irracional suicido con el
horror y el absurdo de una existencia ulterior, has de saber que ¡jamás me
perseguirá sufrimiento comparable con el desprecio que sentiré en silencio,
aunque mi martirio se prolongue millones de años…!
Imploré y me quedé callado. Un silencio profundo se prolongó durante casi
un minuto, e incluso cayó otra gota más; pero estaba completa e
irremisiblemente seguro de que ahora todo cambiaría inmediatamente. Y he aquí
que mi tumba se removió. Es decir, no sé si fue abierta o desenterrada, pero
fui tomado por un ser oscuro y desconocido, y ambos nos encontramos en el
espacio. De golpe recuperé la vista: hacía una noche profunda, y yo jamás había
visto una oscuridad igual. Nos trasladábamos por el espacio ya muy alejados de
la Tierra. Yo no le hacía ninguna pregunta al que me transportaba; sólo esperaba
y estaba orgulloso. Me convencía a mí mismo de que no tenía miedo, y me sentía
petrificado al fascinarme con la idea de no tenerlo. No recuerdo cuánto tiempo
estuvimos volando y no me lo imagino: todo transcurrió del mismo modo como
sucede en los sueños, dando saltos, dejando atrás el tiempo, el espacio y las
leyes de la existencia y la razón para detenerse únicamente sobre algunos
puntos que anhela el corazón. Recuerdo que de pronto vi en la oscuridad una
estrellita.
–¿Es Sirio? –pregunté yo, ya sin poderme contener, pues no quería preguntar
nada.
–No, es la misma estrella que viste entre las nubes, cuando estabas de
regreso a casa –me respondió aquel ser que me transportaba.
Yo sabía que él parecía tener un aspecto similar al humano. Cosa extraña, yo
no quería a ese ser, e incluso sentía hacia él una profunda aversión. Esperaba
una inexistencia absoluta, y con aquella idea me disparé al corazón. Y he aquí
que estaba en manos de un ser, aunque no humano, pero que indudablemente
existía: “¡Ah! ¡Debe ser que también hay vida de ultratumba!”, pensé, con la
extraña ligereza del sueño; pero la esencia de mi corazón continuaba conmigo en
su profundidad: “¡Y si he de vivir de nuevo…!”, pensé, “¡… haciéndolo, otra
vez, conforme a la ineludible voluntad de alguien! ¡En tal caso no quiero que
me dobleguen y humillen!”.
–¿Sabes que te temo, y por eso me desprecias? –le dije a mi acompañante
sideral, sin poderme contener la humillante pregunta, que incluía
reconocimiento, y sintiendo a la vez, en mi humillado corazón, el pinchazo de
un alfiler. Él no respondió a mi pregunta, pero percibí que no me despreciaba
ni se burlaba de mí; que tampoco me compadecía, y que nuestro viaje tenía un
sentido, desconocido y secreto, que sólo me atañía a mí. El miedo crecía dentro
de mi corazón. Algo sordo, pero torturador, me llegaba desde mi silencioso
acompañante y parecía penetrarme. Nos trasladábamos por espacios oscuros y
desconocidos. Llevaba ya un buen rato sin ver las estrellas que me eran
conocidas. Sabía que existían estrellas de ese tipo en los espacios siderales y
que sus haces de luz llegaban a la tierra al cabo de miles y millones de años.
Puede que ya hubiéramos sobrevolado esos espacios. Estaba a la espera de algo
terrible en el interior de mi angustiado corazón. Y, de repente, me estremeció
un sentimiento familiar y sugestivo en grado sumo. ¡Acababa de ver nuestro sol!
Yo sabía que eso no podía ser nuestro sol, él que había dado a nuestra Tierra,
y que estábamos a una infinita distancia de él, pero no sé por qué reconocí,
con todo mi ser, que se trataba de un sol exactamente igual que el nuestro, su
repetición y su doble. Un sentimiento dulce calmó con asombro en mi interior:
la fuerza familiar de la luz, la misma que me dio vida, resonó dentro de mi
corazón, al que resucitó, y me sentí vivo, igual que antes y por vez primera
después de ser enterrado.
-Pero si esto es el sol, si éste es exactamente el mismo sol que el
nuestro –exclamé-, entonces ¿dónde está la Tierra? –y mi acompañante me indicó
la estrellita que brillaba en la oscuridad con un brillo de color verde
esmeralda. Nos dirigíamos directamente hacia ella.
–¿Acaso son posibles repeticiones de este tipo en el universo? ¿Son así las
leyes de la naturaleza…? Y si aquello de allí es una Tierra, ¿acaso es igual
que la nuestra…?, ¿exactamente igual, infeliz, pobre, pero querida y
eternamente amada, que engendra el mismo amor torturador incluso en sus hijos
más desagradecidos, contenible y asombroso amor hacia aquella querida Tierra de
antes que había abandonado. La imagen de la pobre niña que había ofendido pasó
fugazmente delante de mí.
–Lo verás todo –respondió mi acompañante, y un tono triste resonó en
aquellas palabras.
Pero enseguida nos aproximamos al planeta. Éste crecía ante mi vista, podía
ya diferenciar el océano, los contornos de Europa, cuando un sentimiento
extraño, de enorme y sacro celo, prendió en mi corazón: “¿Cómo es posible una
repetición así? ¿Y con qué finalidad? Yo amo, y todavía puedo amar, aquella
Tierra que abandoné, sobre la que quedó salpicada mi sangre, cuando el
desagradecido de mí terminó con su vida de un disparo en el corazón. Pero jamás
dejé de amar yo aquella Tierra, incluso durante aquella noche en que me despedí
de ella; es posible que la amara de un modo más torturador que nunca. ¿Y en
esta nueva Tierra existe el sufrimiento? ¡En la nuestra, amar de verdad es sólo
posible con el sufrimiento y a través de él! No sabemos amar de otro modo y
desconocemos otro tipo de amor. Yo necesito el sufrimiento para amar. Deseo,
ansío, en este instante, besar y regar de lágrimas sólo aquella otra Tierra que
abandoné; ¡y no quiero, no me haré a vivir en ninguna otra…”!.
Pero mi acompañante ya me había dejado. De pronto, sin darme cuenta, me encontré
en esa otra Tierra sumergido en un día claro, tan maravilloso como el paraíso,
bañado en la luz de sol. Creo que me encontré en una de esas islas que componen
el archipiélago griego en nuestra Tierra, o en algún punto del litoral del
continente cercano al archipiélago. ¡Oh! Todo era igual que en nuestra Tierra,
pero por todas partes parecía irradiar festividad y la consecución finalmente
alcanzada de un grandioso y santo triunfo. El plácido mar, de color esmeralda,
salpicaba suavemente la orilla, la acariciaba cariñosa, visible y casi
conscientemente. Los altos y maravillosos árboles crecían en todo el lujo y
esplendor de la luz, y estoy convencido de que sus innumerables hojas me
saludaban con su suave rumor acariciador que parecía pronunciar palabras de
amor. La hierba ardía desprendiendo luz de aromáticas flores. Los pajarillos
revoloteaban por el cielo en bandadas, y sin temor se posaban sobre mis hombros
y mis manos, aleteando alegremente con sus tiernas y trémulas alitas.
Finalmente vi y conocí a la gente que habitaba esta feliz Tierra. Se acercaron
a mí. Me rodearon y empezaron a besarme. ¡Hijos del sol! ¡Eran los hijos de su
sol! ¡Oh! ¡Qué maravillosos eran! Jamás había visto en nuestra Tierra hombres
tan bellos. Quizás pudiera encontrarse algún reflejo de aquella belleza, aunque
lejano y algo debilitado, entre nuestros sueños en su más tierna infancia. Los
ojos de esta gente feliz brillaban con un esplendor claro. Sus rostros
irradiaban raciocinio y algún grado de conciencia reconciliadora; pero a su vez
caras eran alegres; en las palabras y las voces de aquella gente se percibía
una alegría infantil. ¡Oh! Al instante de ver aquellos rostros, lo comprendí
todo. Era una Tierra que no estaba mancillada por el pecado original, y donde
vivía gente que no había caído; vivían en el mismo paraíso en que, según la
tradición, también habitaron nuestros procreadores, con la única diferencia de
que toda la Tierra aquí era el mismo paraíso. Esas personas, sonriendo
alegremente, se acercaban a mí y me acariciaban; me condujeron consigo, y cada
uno de ellos deseaba tranquilizarme. ¡Oh! No me hacían ningún tipo de
preguntas, pero parecían saberlo todo, o eso es lo que me parecía a mí;
deseaban borrar cuanto antes el sufrimiento de mi rostro.
IV
Volvemos a lo mismo: ¡pues que ha sido sólo un sueño! Pero el sentimiento
de amor de aquellas inocentes y maravillosas personas se me quedó grabado para
siempre, y aún ahora puedo sentir cómo, desde aquel lugar, se derrama amor
sobre mi persona. Los vi con mis propios ojos; los conocí y me convencí de que
los amaba, y después sufrí por ellos. ¡Oh! Ya entonces me di cuenta al instante
de que en absoluto lograría comprenderlos en muchos aspectos; a mí, como ruso
contemporáneo y progresista, como triste petersburgués, me parecía
inconcebible, por ejemplo, que ellos, sabiendo tanto, no tuvieran nuestra
ciencia. Pero enseguida comprendí que sus conocimientos se llenaban y
alimentaban de pretensiones distintas de las que nosotros teníamos en la
Tierra, y que sus aspiraciones también eran completamente diferentes. No
deseaban nada y estaban tranquilos, no ansiaban conocer la vida como lo hacemos
nosotros, porque su vida había alcanzado toda la plenitud. Sin embargo, sus
conocimientos eran más profundos y elevados que los de nuestra ciencia, pues
ésta busca explicar la vida, tendiendo a su vez a adquirir conciencia de ella
con el fin de enseñar a vivir a otros; ellos, por el contrario, sabían cómo
habían de vivir incluso sin la ciencia, y yo lo entendí, pero no conseguí
comprender sus conocimientos. Me mostraban sus árboles, y yo no conseguía
comprender el grado de amor con que los contemplaban: parecía enteramente que
hablaban con seres semejantes. Y ¿saben?: probablemente no me equivocaría si
dijera que hablaban con ellos. Sí, habían encontrado su idioma y estoy
convencido de que los árboles no entendían. Del mismo modo contemplaban toda la
naturaleza: a los animales que vivían en armonía con ellos, sin atacarlos y
amándolos, subyugados por su amor. Me indicaban las estrellas y me decían algo
sobre ellas que no conseguía entender, pero estoy convencido de que, de alguna
manera, estaban en contacto con aquellos cuerpos celestes, y ya no sólo con la
idea, sino de un modo vivo. ¡Oh! Aquella gente ni siquiera se esforzaba para
que la entendiese, pues me amaban sin necesidad de ello; pero, a pesar de todo,
yo sabía que ni siquiera ellos llegarían jamás a entenderme, y por eso apenas
les hablaba de nuestra Tierra. Yo me limitaba a besar en su presencia la Tierra
en que vivían y, sin decir palabra, los adoraba, y ellos lo percibían y se
dejaban amar, pero intimidándose a su vez porque les adorara, ya que ellos
mismos amaban mucho. No sufrían por mí cuando, empapado en lágrimas, a veces
besada sus pies, reconociendo felizmente en mi corazón con qué gran amor me
responderían. A veces me preguntaba con asombro: ¿cómo durante tanto tiempo
podían no ofender a alguien como yo, ni suscitar una sola vez en mí el
sentimiento de celos o envidia? Muchas veces me preguntaba cómo podía un ser
tan petulante y mentiroso como yo no hablarles de mis conocimientos, que ellos,
claro está, ignoraban, al igual que tampoco desear asombrarles con ellos,
aunque sólo fuera por amor a ellos. Ellos eran tan veloces y alegres como los
niños. Paseaban por sus maravillosos sotos y bosques, cantando sus bellas
canciones, se alimentaban de un modo frugal, con los frutos de los árboles, la
miel de sus bosques y la leche de sus queridos animales. Le dedicaban muy poco
tiempo a conseguir comida y confeccionar la ropa. Entre ellos había amor y
nacían los niños, pero jamás observé entre ellos crueles arrebatos de la
lujuria que se apodera de casi todo el mundo en nuestra Tierra, y que es la
fuente de la mayoría de los pecados de nuestra humanidad. Se alegraban cuando
nacían sus hijos por ser nuevos partícipes de su dicha. No había disputas entre
ellos, ni celos, y ni siquiera comprendían lo que eso significaba. Sus hijos
eran de todos, porque todos componían una familia. Apenas tenían enfermedades,
aunque existía la muerte; sus ancianos morían despacio, como si se quedaran
dormidos, rodeados de gente que se despedía de ellos, bendiciéndolos, y
despidiéndose con alegres sonrisas. No se veían ni el dolor ni las lágrimas
cuando esto sucedía, sino un amor que parecía multiplicado hasta el éxtasis,
pero un éxtasis tranquilo, completo y contemplativo. Hasta cabía pensar que se
comunicaban con sus difuntos aun después de la muerte y que con la muerte no se
interrumpía entre ellos la unión terrenal. Apenas me comprendían cuando les
preguntaba acerca de la vida eterna, pero al parecer estaban tan convencidos de
su existencia que eso no provocaba en ellos inquietud alguna. No tenían
templos, pero sí un contacto vital e ininterrumpido con el Todo universal; no
practicaban la religión, pero estaban firmemente convencidos de que, cuando su
alegría alcanzase los límites naturales de la Tierra, llegaría para todos, los
vivos y los muertos, una unión aún más estrecha con el Universo. Esperaban con
alegría ese instante, pero sin prisas ni sufrimiento, como si ya lo
presintieran en sus corazones, y se lo comunicaban los unos a los otros. Por
las tardes, antes de dormir, les gustaba reunirse para cantar en cordiales y
armoniosos coros. Con esas canciones comunicaban las sensaciones que les había
deparado el día, que bendecían y del que se despedían. Alababan la naturaleza,
la tierra, el mar, los bosques. Gustaban de componer canciones los unos de los
otros halagándose, como los niños; eran canciones muy sencillas, pero fluían
del corazón y lo penetraban. Y ya no sólo en las canciones, sino que parecía
que toda su vida se la pasaban ellos adorándose los unos a los otros. Era lo
suyo una especie de enamoramiento mutuo, general y completo. Yo apenas entendía
algunas de sus canciones triunfales y solemnes. Comprendiendo las palabras,
jamás conseguí entender todo su significado. Permanecían inaccesibles a mi
entendimiento y, sin embargo, parecían penetrar cada vez más en mi corazón. A
menudo les decía que ya había presentido aquello antes, que todas aquellas
alegrías y glorias las intuía yo cuando vivía en nuestra Tierra, pero en forma
de evocadora melancolía, rayana, a veces, en un terrible dolor; que ene los
sueños de mi corazón y las ilusiones de mi inteligencia, los presentía a todos
ellos junto a su gloria; que estando en la Tierra, a menudo no podía mirar la
puesta del sol sin que me brotaran lágrimas… Que mi odio hacia la gente de
nuestra Tierra siempre conllevaba tristeza: ¿por qué no podía odiarlos sin
amarlos? ¿por qué no podía perdonarles? ¿por qué en mi amor hacia ellos siempre
había angustia? ¿por qué no podía amarlos sin dejar de odiarlos? Ellos me
escuchaban, y yo veía que advertían que no podían imaginarse lo que les decía,
pero no me arrepentía de decírselo: sabía que entendían el gran pesar que me producían
aquellos a los que abandoné. Sí, cuando me miraban con sus maravillosos ojos
repletos de amor, cuando sentía que, en su presencia, también mi corazón se
tornaba igual de inocente y veraz que el de ellos, no sentía lastima por no
comprenderlos. Al experimentar la totalidad de la vida me quedaba sin aliento,
y en silencio rezaba por ellos.
¡Oh! Todos se ríen ahora mirándome a los ojos y me intentan persuadir de
que durante el sueño es imposible los detalles que yo les transmito ahora; de
que en mi sueño había visto o tenido sólo una sensación, nacida de mi propio
corazón delirante, y de que los detalles los había añadido yo mismo al
despertarme. Y cuando les confesé que probablemente así es como sucedió en
realidad…¡Dios mío, qué carcajadas soltaron así en mi cara! ¡Y cuánta gracia
les hizo aquello! ¡Oh! Claro que únicamente yo estaba convencido del
sentimiento de aquel sueño y de que tan sólo había sobrevivido en mi
profundamente herido corazón, es decir, aquellas que vi durante el tiempo que
duró, estaban tan henchidas de armonía, y hasta tal punto eran fascinantes,
maravillosas y verdaderas, que al despertarme no tuve fuerzas para encarnarlas
en nuestras palabras, de modo que parecieron esfumarse de mi cabeza, y puede
que realmente fuera así; que, inconscientemente, yo mismo me viera obligado
después a inventar detalles, desfigurándolos, sobre todo teniendo en cuenta mi
apasionado deseo de trasladarlos lo antes posible, aunque sólo fueran algunos
de ellos. Sin embargo, ¿cómo no voy a creer que todo ello fue realidad? ¿Puede
que haya sido mil veces mejor, más claro y alegre de lo que yo haya contado?
Que sea un sueño, pero aquello no pudo no haber sucedido. ¿Saben una cosa? Les
confiaré un secreto: es posible que todo aquello no haya sido un sueño, puesto que
sucedió algo tan terriblemente real que era imposible que se presentara en
forma de sueño; vale que mi sueño fuera engendrado por mi corazón, pero ¿acaso
mi corazón, solo, estaba en condiciones de engendrar aquella terrible verdad
que me sucedió después? ¿Cómo podía inventarla yo solo? ¿Acaso mi pequeño y
caprichoso corazón y mi insignificante inteligencia podían alzarse con
semejante revelación de la verdad? Júzguenlo ustedes mismos: hasta hoy día lo
he estado ocultando, pero ahora también declararé esta verdad. ¡La cuestión
estriba en que yo… los pervertí a todos!
V
¡Sí, sí, la cosa terminó con que yo los pervertí a todos! Ignoro cómo pudo
haber sucedido aquello, no lo sé, no lo recuerdo con claridad. El sueño
sobrevoló milenios, dejando en mí únicamente la sensación de totalidad. Sólo sé
que la causa del pecado fui yo. Igual que la espantosa triquina, como el átomo
de la peste que contagia a países enteros, del mismo modo también yo contagié
aquella Tierra, feliz y sin pecado antes de mi llegada. Aprendieron a mentir y
les gustó, hasta ver belleza en ello. ¡Oh! Eso puede que ocurriera de un modo
inocente, como una broma, una coquetería, o un juego amoroso, de veras, puede
que se iniciara como un átomo, pero ese átomo de la mentira penetró en sus
corazones y les gustó. A continuación nació rápidamente la lujuria, ésta
engendró los celos, y los celos la crueldad… ¡Oh! No lo sé, no lo recuerdo,
pero pronto, muy pronto, brotaron las primeras gotas de sangre: ellos se
asombraron y se horrorizaron y comenzaron a dispersarse y a separarse.
Comenzaron a crearse las alianzas, pero ya de los unos en contra de los otros.
Aparecieron los reproches, las recriminaciones. Conocieron la vergüenza y la
convirtieron en virtud. Nació el conocimiento del honor, y en cada agrupación
apareció su bandera. Empezaron a torturar a los animales y éstos se alejaron de
ellos penetrando en el bosque y se convirtieron en sus enemigos. Comenzó la
lucha por la separación, el aislamiento, la individualidad, y la propiedad
privada. Empezaron a hablar diferentes lenguas. Conocieron el dolor y lo
amaron, ansiaron el sufrimiento. Fue entonces cuando surgió entre ellos la
ciencia. Cuando se hicieron malvados, empezaron a hablar de la hermandad y la
humanidad, y comprendieron esas ideas. Cuando se hicieron criminales,
inventaron la justicia, prescribiéndose a sí mismos códigos enteros para
custodiarla; y con el fin de salvaguardar su vigencia, impusieron la
guillotina. Apenas se acordaban de lo que habían perdido y no querían creer que
hubo un tiempo en que fueron inocentes y felices. Se reían incluso de la
posibilidad de su felicidad pasada, denominándola sueño. No podían darle forma
en su imaginación pero, cosa rara y curiosa: una vez perdida la fe en la
felicidad pasada, a la que llamaron cuento, sintieron tantas ganas de ser
nuevamente inocentes y felices que, como niños, cayeron ante el deseo de su
corazón, lo divinizaron y construyeron templos y empezaron a rezar a su misma
idea, a su mismos “deseos”, creyendo plenamente a su vez en la imposibilidad de
su cumplimiento y su realización, pero adorándolo y venerándolo con lágrimas.
Y, sin embargo, si se les hubiera dado la posibilidad de retornar a aquel
estado de felicidad e inocencia que perdieron, y si alguien se lo hubiera
mostrado de nuevo preguntándoles si deseaban regresar a ese estado,
probablemente se habrían negado. Me respondieron: “Sabemos que somos falsos,
malos e injustos, pero lo sabemos y lloramos por ello; nosotros mismos nos
torturamos por ello, y probablemente nos castigamos más que aquel
misericordioso Juez que nos juzgará y cuyo nombre desconocemos. Pero tenemos la
ciencia, y por medio de ella buscaremos nuevamente la verdad, aunque la
acogeremos ya más conscientemente. El conocimiento está por encima del
sentimiento, la conciencia de la vida está por encima de la vida misma. La
ciencia nos proporcionará sabiduría, y ésta nos descubrirá leyes, y el
conocimiento de las leyes, la felicidad que está por encima de la felicidad”.
Esto fue lo que dijeron y, después de esas palabras, empezaron a quererse más a
sí mismos que a sus prójimos, y les resultó imposible obrar de otro modo. Todos
empezaron a ser tan celosos de su persona que procuraban, por todos los medios,
humillar y menoscabar a los demás, convirtiendo esto en la finalidad de su
vida. Surgió la esclavitud, incluso voluntaria: los débiles, de buena voluntad,
se supeditaron a los más fuertes, con la finalidad de ayudarles a oprimir a los
más débiles que ellos mismos. Surgieron los defensores de la justicia que, con
lágrimas en los ojos, veían a ver esa gente y le hablaban de su orgullo, de la
pérdida del equilibrio, la armonía y el pudor. La gente se reía de ellos o los
apedreaba. A las puertas de los templos se derramaba sangre santa. Y, a pesar
de todo, empezó a surgir gente que se planteó la forma de volver a unir a todos
de nuevo, con el fin de que cada cual, sin dejar de amarse a sí mismo más que a
sus prójimos, nos molestara a su vez a nadie, y se pudiera continuar viviendo
de ese modo juntos, como si se tratara de una sociedad conforme consigo misma.
A causa de esta idea se desencadenaron guerras enteras. Todos cuantos luchaban
creían fielmente que la ciencia, la sabiduría y el sentimiento de
autoprotección obligarían finalmente al hombre a reunirse en una sociedad de
concordia y racionalidad, y mientras tanto, para acelerar su llegada, los “más
sabios”, ansiosos de ver triunfar su idea, aniquilaban a los “menos sabios” que
no la entendían. Pero el sentimiento de autoprotección comenzó pronto a
debilitarse; aparecieron los orgullosos y los voluptuosos que exigían
directamente todo o nada. Para obtenerlo recurrían al crimen, y de no
conseguirlo, al suicidio. Surgieron religiones de culto al no ser y a la
destrucción, con el único placer de la eterna futilidad. Finalmente esa gente
se cansó del absurdo esfuerzo, y en sus rostros se dibujó el sufrimiento, y
proclamaron que el sufrimiento era la belleza, ya que únicamente éste tenía
sentido. Dedicaban canciones a sus sufrimientos. Yo daba vueltas sin saber qué
hacer, y lloraba por ellos, pero los amaba probablemente más que antes, cuando
en sus rostros aún no había sufrimiento y eran tan inocentes y maravillosos.
Llegué a amar su mancillada Tierra más que antes, cuando aún era paraíso, sólo
porque en ella había aparecido el dolor. ¡Ay! Siempre amé el dolor y la pena,
pero única y exclusivamente para mí, mientras que ahora lloraba por ellos, y me
compadecía de ellos. Les tendí las manos desesperado, culpándome, maldiciéndome
y despreciándome a mí mismo. Les decía que todo aquello lo había hecho yo, y
sólo yo, que yo les había llevado la perversión, el contagio y la mentira. Les
rogué que me crucificaran, les enseñé cómo se hacía la cruz. No podía ni tenía
fuerzas para quitarme la vida yo mismo, pero deseaba cargar con sus penas, ansiaba
las penas, ansiaba que sobre esas penas se derramara hasta la última gota de mi
sangre. Pero ellos se limitaban a burlarse de mí y a tomarme por un chiflado.
Me disculpaban, diciendo que recibieron aquello que ellos mismos habían
deseado, y que todo cuanto entonces sucedía no podía no haber sucedido.
Finalmente me hicieron saber que yo comenzaba a ser un peligro para ellos, y
que sí, si no me callaba, me encerrarían en un psiquiátrico. Entonces el dolor
penetró con tanta fuerza en mi alma que mi corazón se estremeció y me sentí
morir; en ese instante… bueno en ese instante, me desperté.
Ya había amanecido o, mejor dicho, aún no había luz pero eran cerca de las
seis. Me desperté sentando en el mismo sillón, mi vela se había consumido; en
la habitación del capitán todos estaban durmiendo, y alrededor reinaba un
silencio como en pocas ocasiones se daba en nuestra pensión. Lo primero que
hice fue pegar un salto, extraordinariamente asombrado; jamás me había ocurrido
nada semejante, ni siquiera en los detalles más absurdos e insignificantes: por
ejemplo, jamás me había quedado dormido en el sillón, como me acababa de
suceder. He aquí que, mientras permanecía de pie recobrando el sentido, de
pronto centelleó ante mí el revólver, preparado y cargado; pero al instante lo
aparté. ¡Oh! ¡Ahora sólo quería vivir y vivir! Alcé las manos y clamé por la
Verdad eterna. No clamé, sino que lloré; el asombro, el incalculable asombro,
elevaba mi ser. ¡Sí! ¡Quería vivir y predicar! Decidí dedicarme a la
predicación en aquel mismo instante y, lógicamente, para el resto de mi vida.
Quería predicar, lo quería. ¿Y qué iba a predicar! ¡Pues la Verdad, ya que la
había visto con mis propios ojos y había descubierto toda su gloria!
Y desde entonces predico. A parte de ello, amo a todo el mundo, y más aún a
los que se burlan de mí. Ignoro por qué sucedió de ese modo, no sé ni puedo
explicarlo, pero que así sea. Ellos dicen que ahora me embrollo, es decir, que
si ya ahora me embrollo, entonces ¿qué será más adelante? La verdad es
inapelable: me confundo, y más adelante probablemente me confundiré aún más. Y
claro que me confundiré hasta que encuentre el modo de más. Y claro que me
confundiré hasta que encuentre el modo de predicar mejor, es decir, hasta dar
con las palabras adecuadas y los hechos que vaya a exponer, pues es sumamente
difícil de llevar a cabo. Sí, todo ello lo estoy viendo ahora tan claro como el
día, pero atiéndame: ¿quién no se embrolla? Y mientras tanto, todos tienen la
misma finalidad, o al menos tienden hacia ello, desde el más sabio hasta el
último bandido, sólo que por distintos caminos. Ésta es una verdad antigua,
pero he aquí que hay algo nuevo en ella: no debo desviarme, puesto que yo vi la
verdad; yo vi y sé, que la gente puede ser maravillosa y feliz, sin perder la cualidad
de vivir en la Tierra. No quiero ni puedo creer que el mal sea una condición
normal en las personas. Y, sin embargo, ellos no paran de burlarse de esa fe
mía. Pero ¿cómo podría no creer? Si yo vi la verdad; y no es que la haya
inventado en mi cabeza, sino que la vi; la vi, y su viva imagen llenó mi alma
para toda la eternidad. La vi con tanta plenitud e integridad que no puedo
admitir que no exista entre los hombres. ¿Además, cómo voy a embrollarme? Claro
que es posible que me confunda unas cuantas veces, pero seguiré hablando
incluso con otras palabras, aunque no por mucho tiempo: la viva imagen de lo
que vi siempre estará a mi lado y me corregirá y orientará. ¡Oh! Estoy
optimista y lleno de lozanía, e iré siguiendo mi propósito aunque necesite mil años.
¿Saben una cosa? Al principio incluso quise ocultar que los había pervertido a
todos, pero fue un error. ¡He aquí el primer error! Sin embargo, la verdad me
susurró que estaba mintiendo, me protegió y me dirigió. Pero ignoro cómo se
construye el paraíso, porque no sé transmitirlo con palabras. Después de mi
sueño, perdí las palabras. O al menos los vocablos más importantes, los más
necesarios. Que más da: yo marcharé y predicaré sin descanso, porque, a pesar
de todo, lo vi con mis ojos, aunque no sepa transmitirlo. Pero esto es algo que
no entienden aquellos que se burlan de mí, que dicen: “¡Fue un sueño, un
delirio, una alucinación!”. ¡Oh! ¿Acaso eso es de sabios? ¡Y están tan
orgullosos! ¿El sueño? ¿Qué es el sueño? ¿Acaso nuestra vida no es un sueño?
Diré algo más: ¡que sea cierto que nunca se cumpla y que no exista nuestro
paraíso (eso ya lo entendí yo), pero, a pesar de todo, predicaré! No obstante,
sería tan sencillo: en un día, en tan sólo una hora, todo podría hacerse
realidad. Lo más importante es que ames a tus semejantes como a ti mismo, y eso
es lo fundamental; creo que no se necesita nada más: al instante encontrarías
cómo ordenar tu existencia. ¡Además, sólo se trata de una verdad antiquísima,
leída y repetida billones de veces, pero que no terminó de arraigar! Porque “la
conciencia de la vida está por encima de la vida misma, el conocimiento de las
leyes de la felicidad excede a la propia felicidad”. ¡Contra eso es contra lo
que hay que luchar! Y yo lo haré. Si todos lo desearan, las cosas cambiarían al
instante. Por fin encontré aquella pequeña… ¡Y seguiré adelante, seguiré!
*
Fiódor Dostoievski nació en Moscú, Imperio Ruso, el 11 de noviembre de 1821, y falleció en San Petersburgo, el 9 de febrero de 1881. Es considerado uno de los más grandes autores de la literatura universal. El escritor austríaco Stefan Zweig dijo de él que era "el mejor conocedor del alma humana de todos los tiempos".
En 1844, tras una visita de Honoré de Balzac a San Petersburgo, decidió traducir «Eugenia Grandet» para saldar la deuda de 300 rublos que había contraído con un usurero. Poco después de terminar dicha traducción, pidió la excedencia en la Dirección General de Ingenieros del Ejército, en donde había ingresado al finalizar sus estudios de Ingeniería, con la idea de dedicarse exclusivamente a la literatura. En 1846 publica su primera novela, «Pobres gentes», la cual le granjeó la admiración del influyente crítico Bielinski, quien afirmó que, con su primera obra, Dostoyevski creaba un nuevo género literario, la “novela social”.
Entre sus principales novelas, además de la ya citada «Pobres gentes» (1846), están «El doble» (1846), «Humillados y ofendidos» (1861), «Memorias del subsuelo» (1864), «Crimen y castigo» (1866), «El jugador» (1866), «El idiota» (1868-1869), «Los endemoniados» (1872) y «Los hermanos Karamázov» (1880).
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| Fiódor Dostoievski (1876) |
Entre sus principales novelas, además de la ya citada «Pobres gentes» (1846), están «El doble» (1846), «Humillados y ofendidos» (1861), «Memorias del subsuelo» (1864), «Crimen y castigo» (1866), «El jugador» (1866), «El idiota» (1868-1869), «Los endemoniados» (1872) y «Los hermanos Karamázov» (1880).
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