Las elecciones de febrero de 1936 y la Guerra Civil Española

EL FRACASO DE LA POLÍTICA
Javier Alonso García-Pozuelo
En febrero de 1936, en el contexto de una Europa sumida en una grave crisis económica y en plena efervescencia de la pugna ideológica entre democracia liberal, fascismo y comunismo, se celebraron en la España de la II República unas elecciones trascendentales para la Historia del país. Si las elecciones de abril de 1931 se convirtieron, de facto, en un plebiscito sobre Monarquía o República, en febrero de 1936 se libró en España una feroz batalla entre la Izquierda y la Derecha. Pero en la cita electoral del 16 de febrero de 1936  no sólo se enfrentaron dos bloques ideológicos: el del Frente Popular (coalición electoral que aglutinó a la izquierda republicana junto a la mayoría de fuerzas obreras de la izquierda, a excepción de la CNT, que, sin embargo, en esta ocasión, no se manifestó en contra de que sus simpatizantes acudiesen a las urnas) contra una derecha, mucho menos cohesionada que en las elecciones de noviembre de 1933, que se agrupó en torno a la coalición de la CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas) con distintos partidos políticos según las circunscripciones (con monárquicos en unas, con republicanos de derecha en otras). En aquellas elecciones se enfrentaban dos proyectos de sociedad diametralmente opuestos, dos mitades de España cuya visión del mundo se había demostrado no sólo antagónica sino totalmente incompatible desde comienzos del siglo previo. La revolución frente a la contrarevolución.
 


En la batalla electoral del 36 ninguno de los “frentes” estaba en condiciones de obtener una victoria holgada que le permitiese gobernar con una mínima estabilidad. Incluso en el improbable caso de que alguno de los bloques consiguiera una clara mayoría parlamentaria, dentro de cada frente existían grupos con  expectativas tan dispares que la labor del ejecutivo salido de las urnas se antojaba harto complicada. Una vez más en la historia de España, dos bloques enfrentados. Y dentro de cada bloque, distintas facciones tratando de hacerse con el poder.


Una vez más resonaban en la memoria colectiva las banderías políticas nacidas con la revolución liberal del XIX. Patriotas contra afrancesados, doceañistas frente a exaltados, liberales contra carlistas, moderados contra progresistas, alfonsinos frente a carlistas. Etcétera,  etcétera, etcétera.
 

Con aquellos polvos poco extrañan los lodos que vinieron después.
 

Nada más conocerse el resultado de las elecciones –en las que el Frente Popular obtuvo una clara victoria en diputados, aunque con estrecha diferencia en número de votos, se pusieron de manifiesto dos evidencias. Por un lado, que entre los obreros y campesinos existía la urgencia de que se cumpliesen algunas de las expectativas que albergaban al darle su voto al Frente Popular (por ejemplo, que se liberase de inmediato a los encarcelados tras la revolución de octubre de 1934 y se readmitiese a los trabajadores despedidos por motivos políticos). Por otro, que un amplio sector de los vencidos en las urnas no iba a permitir que cundiera lo que ellos calificaban de anarquía; no iban a dejarse arrebatar sus privilegios de clase sin dar antes la batalla. 

Con esa difícill coyuntura tuvo que lidiar el nuevo presidente del gobierno, Manuel Azaña, el único, por otra parte, que parecía capaz de mantener unidas a las dispares fuerzas políticas englobadas en el Frente Popular.

En un clima enardecido por el discurso contrarevolucionario del diputado monárquico José Calvo Sotelo y de revolución social de Largo Caballero, dirigente del ala más radical del PSOE, Azaña trató de apaciguar a la izquierda y la derecha con un mensaje conciliador y moderado, pero los ánimos estaban muy caldeados y además existían fuerzas muy interesadas en enardecerlos más todavía.
 
José Calvo Sotelo

El proletariado, no contento con algunas importantes medidas tomadas por el presidente Azaña (como la amnistía para los procesados por la revolución del 34), aumentó sus demandas y a lo largo de la primavera del 36 se desató una oleada de protestas, huelgas y ocupación de tierras en distintas regiones de España.
 

Pero si las protestas y altercados protagonizados por obreros y campesinos contribuyeron a crear un clima de extrema agitación social en los meses previos al estallido de la Guerra Civil, más lo hizo, si cabe, el sangriento enfrentamiento callejero entre miembros de la Falange Española, por un lado, y militantes de sindicatos y partidos obreros, por otro.
 

Azaña, el «gran generador de consensos», acosado por el sector más incendiario de la izquierda revolucionaria y la fracción más inmovilista y belicosa de la derecha, fue incapaz de conservar la paz social y el país se sumió en una espiral de violencia insostenible.

La situación empeoró notablemente cuando, a mediados de abril, Manuel Azaña dejó la presidencia del gobierno para ser proclamado presidente de la República (en sustitución de Niceto Alcalá-Zamora).  Después de que el ala más radical del PSOE, encabezada por Largo Caballero, impidiera que Indalecio Prieto, representante de la sección más moderada,  sustituyese a Azaña en el cargo, Santiago Casares Quiroga ocupó la presidencia del gobierno.
 

Mientras tanto los disturbios, los actos de violencia callejera y las represalias de unos y otros se multiplicaron y un sector de la derecha, para caldear aún más el ambiente, puso el grito en el cielo contra el desorden público, llegando a insinuar en el Parlamento la necesidad de que el ejercito actuara. Paralelamente a todo esto, una fracción del ejército, en connivencia con las fuerzas tradicionalistas, con banqueros y grandes empresarios, preparaba el alzamiento contra la República. Varias voces alertaron a Casares Quiroga de lo que se estaba cocinando en contra de su gobierno, pero el presidente hizo caso omiso, tachando a esas voces de alarmistas y minusvalorando los inquietantes informes que le llegaban a su despacho un día tras otro.
 

El golpe de Estado militar se sigue gestando, pero hay una circunstancia que acaba por hacer que los altos mandos indecisos, entre ellos el general Franco, terminen por sumarse a quienes hacía meses el minuto siguiente a conocerse el resultado de las elecciones de febrero decidieron que había llegado el momento de tomar cartas (castrenses) en el asunto.

El detonante del golpe de Estado militar –el detonante o excusa; no la causa– fue el secuestro y asesinato en la madrugada del 13 de julio de Calvo Sotelo, por un grupo de guardias de asalto en respuesta al asesinato de José del Castillo, teniente de la Guardia de Asalto e instructor de milicias socialistas, por cuatro pistoleros de extrema derecha el día previo.
 
José del Castillo

La exaltación desatada con la muerte del dirigente monárquico fue la chispa que prendió una hoguera cuyos troncos no habían dejado de apilarse desde que el mismo 18 de febrero el general Franco se reuniese con los generales Fanjul, Goded y Rodríguez Barrio para discutir la posibilidad de dar un golpe de estado.
 

Una facción del ejército, la formada por aquellos que no estaban dispuestos a dejar que la Revolución pusiese España patas arriba, se sublevaba contra un régimen legítimo, sabedora de que para alcanzar el control del Estado debería primero acabar con el sector del ejército que permanecía fiel a la República. Dicho de otro modo, que los primeros a los que habría que liquidar eran los compañeros de armas desafectos a la sedición. «Se tendrá en cuenta que la acción ha de ser en extremo violenta para reducir lo antes posible al enemigo», por expresarlo en palabras del general Mola.
 

El 18 de julio media España se alzaba contra la otra media, comenzando así uno de los periodos más negros de nuestra historia, abriendo una sangrienta y honda brecha entre esas dos Españas irreconciliables.
 

Ochenta años después de aquel 18 de julio (fecha gloriosa del «Alzamiento Nacional» para unos, ignominioso emblema de una insensata felonía para otros), aunque parezca mentira, algunos españoles siguen enredados en discutir en la Red sobre las verdades y mentiras que unos y otros han escrito, en papel o en digital, sobre José del Castillo y José Calvo Sotelo. Como si alguna de esas verdades y mentiras pudiera cambiar el hecho de que ambos, independientemente de cuál fuese su ideología y conducta política, fueron asesinados. Como si aquellos dos asesinatos fueran la causa de la cruenta contienda fraticida que nos apartó durante décadas del progreso y la democracia, en vez de ser el efecto de una querella ideológica que venía de largo. Del miedo patológico a perder una porción de los privilegios de clase. De un clamoroso fracaso de la política.

Camioneta en la que fue asesinado Calvo Sotelo


LA FORJA DE UN REBELDE III - LA LLAMA (fragmento)
Arturo Barea
En diciembre de 1935 Alcalá Zamora disolvió las Cortes y anunció la fecha del 16 de febrero de 1936 para celebrar las nuevas elecciones. Hubo que restablecer los plenos derechos constitucionales de los ciudadanos y comenzó la batalla de propaganda. Las derechas izaron la bandera del anticomunismo y comenzaron a aterrorizar a los futuros electores con visiones horribles de lo que sería el país en caso de una victoria de las izquierdas. Predecían el caos y dieron colorido a sus predicciones multiplicando los incidentes callejeros provocativos. Los partidos de la izquierda formaron un bloque electoral. La lista de candidatos comprendía todos los matices, desde los simples republicanos hasta anarquistas; enfocaron su propaganda sobre las atrocidades que se habían cometido con los prisioneros de izquierda después del levantamiento de Asturias y la petición de una amnistía general.

Al mismo tiempo, sin embargo, las disensiones entre los partidos de izquierda se agravaron. Su prensa dedicaba al menos tanto espacio en atacarse mutuamente como en atacar a las derechas. Cada uno de ellos tenía miedo de un golpe de Estado fascista y voceaba este miedo, proclamando a la vez su tipo particular de revolución como la única solución posible. Largo Caballero aceptó el título de «Lenin de España» y el apoyo de los comunistas. Su grupo dijo a las masas que una victoria de las elecciones no sería la victoria de un Estado democrático-burgués, sino de un Estado revolucionario. Los anarquistas anunciaron también la victoria inminente de un Estado revolucionario, no a imitación de la Rusia soviética, sino basado en los ideales libertarios. Después de los años del bienio negro aquello era como una intoxicación. La válvula de seguridad había saltado y cada simple individuo estaba hundido en discusión y en tomar parte activa en la propaganda de sus ideas
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RIÑA DE GATOS (fragmento)
Eduardo Mendoza
En España las cosas van mal desde hace siglos, pero en los últimos meses esto es la casa de tócame Roque. Los falangistas andan a tiros con los socialistas; los socialistas, con los falangistas, con los anarquistas y, de vez en cuando, entre sí. Y mientras tanto todos hablan de hacer la revolución. Menudo despropósito. Para hacer una revolución, de derechas o de izquierdas, lo primero es tomarse la cosa en serio: unidad y disciplina.   
 

Anthony dio un sorbo a su vaso de cazalla y sintió que se le abrasaba el gaznate. Tosió y dijo:   
 

—Es preferible que no haya revolución, aunque sea por desidia.   
 

—Revolución no habrá —replicó Higinio—, pero habrá golpe de Estado. Y lo darán los militares, eso está cantado. Queda saber el cuándo: esta noche, mañana, de aquí a tres meses; el tiempo lo dirá.



es licenciado en Medicina y Cirugía por la Universidad Autónoma de Madrid, y diplomado en Cooperación Internacional por la Universidad Complutense de Madrid. Ha ejercido durante más de una década como profesor de salud pública, epidemiología y educación sanitaria, además de trabajar como redactor, corrector y editor de textos científicos. Compagina su actividad docente con su pasión por la literatura, la historia (mantiene desde hace años Cita en la Glorieta, blog colaborativo de historia y literatura) y la música, llevando a los escenarios sus propias canciones en solitario o acompañado de una pequeña banda acústica. El 28 de febrero de 2017 ha publicado con Ediciones MAEVA, La cajita de rapé, una novela policíaca ambientada en el Madrid de Isabel II.