Biografía de Carlos I de España (XXVI Parte), por Víctor Fernández Correas

Os ofrecemos un nuevo capítulo de la vida del emperador Carlos I de España y V de Alemania, cuya biografía publicamos por cortesía del escritor extremeño Víctor Fernández Correas, autor de las novelas La conspiración de Yuste, La tribu maldita y Se llamaba Manuel.


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VAMOS PARA ITALIA, OH, OH, OH, OH, OH
Víctor Fernández Correas
Bueno, pues en las anteriores entregas de esta vida de mi colega Carlos le dejamos más contento que unas pascuas con su churumbel, con Italia hecha unos zorros por culpa de sus Tercios y el comportamiento de Su Santidad, y el luteranismo, que daba signos de que la cosa iba para largo.
   
Para arreglar lo de la zapatiesta que aquellos tercios montaron en Roma, el emperador se encomendó a la figura de Alfonso de Valdés, hasta entonces un modesto secretario de cartas latinas de la cancillería imperial; a quien Gattinara ―canciller de mi colega Carlos―, le endiñó la tarea de pacificar el asunto y salvar el honor del emperador como fuera. De Valdés, un humanista de los pies a la cabeza, se lo curró para convencer a las cancillerías europeas de que lo ocurrido en Roma era necesario, pero no suficiente. Y todo eso valiéndose de una maniobra de propaganda ágil y hábil; buscando la verdadera raíz del asunto tras defender la inocencia del emperador como cosa de los designios de Dios. Para ello os recomiendo la lectura del Diálogo de Mercurio y Carón, en el que explica el proceder del emperador como resultado del desafío recibido por parte de Francia e Inglaterra. Es decir, la cosa estaba en paz, que para eso Francisco I se comprometió a unas cosas y tal después de ser liberado, pero como se las pasó por el forro de la entrepierna, pues eso.

En cuanto a lo del Saco de Roma, como se conoce ya al episodio protagonizado por la soldadesca comandada por el duque de Borbón hasta que cerró sesión delante de las murallas de la ciudad eterna —que se suele decir—, Alfonso de Valdés fue claro: su señor no era culpable, sino quienes habían desatado toda clase de males declarando la guerra. Blanco y en botella, Su Santidad Clemente VII, entre otros y en especial; y que, si había alguien capaz de restaurar la paz en el cristianismo, ese no era otro que mi colega Carlos.

Vale. A todo lo anterior hay que añadir que mi colega tenía unas ganas que te cagas de darse un garbeo por Italia. Pero no por fardar de imperio o porque le salía de la entrepierna sin más, no, sino porque así lo exigía el buen gobierno de aquel imperio, y de la necesidad de llevar la paz a todas sus tierras; y que pensaba proponer a Su Santidad la celebración de un Concilio General para, además de restañar las heridas entre ambos, reformar la Iglesia y así cortar por lo sano el luteranismo que bullía en Alemania, y que amenazaba con coger la mochila y salir de visita por cuanta más tierras, mejor.

Cierto es que hubo algunos que le recomendaron que mirara al otro lado del Mediterráneo, a esas costas del norte de África de donde procedían los piratas —argelinos, especialmente— que asolaban las costas españolas una y otra vez. Pero Carlos, erre que erre, dijo que Europa, y de Europa le interesaba Italia más que nada, además de sus jaleos con el Papa, para agradecer a los partidarios que habían vuelto a su redil y asimismo a los nuevos —como los Dorias, en Génova, hasta entonces aliados del francés—, su adhesión a la causa.

Por lo tanto, después de visitar a aquellos súbditos que le reclamaban un poco de atención o tírese el rollo y háganos una deferencia, como en el caso de los valencianos —a los que nunca hasta entonces había visitado—, y de dejar encarriladas las Cortes de Monzón celebradas en el verano de 1528, el emperador decidió marcarse un viaje a Italia.

Pero sucedió algo inesperado por entonces, aunque muy habitual en la época, y es que el francés, Francisco I, decidió desafiar al emperador. Un desafío hombre a hombre. O sea, a hostia limpia, sin tonterías, y así poner fin a las diferencias que ambos tenían a cuenta de lo pactado y no cumplido, y que arrancaba desde el mismo momento que ambas figuras optaron a lo mismo —el trono del imperio— y sólo una —Carlos— ganó.

Un desafío la mar de delicioso en lo que
se refiere a la correspondencia epistolar que Carlos y Francisco se cruzaron, y del que os contaré todo, con pelos y señales, en la próxima entrega de esta vida de mi colega.

© Víctor Fernández Correas

Carlos I de España
- Bernard van Orley -

Víctor Fernández Correas nac en 1974 y le dio por empezar a escribir a eso de mediados del año 2000, que fue cuando ganó un certamen de relato corto en su pueblo, Valverde de la Vera (Cáceres). Repitió al año siguiente y también ganó. Y asimismo fuera de su pueblo –por ver si sonaba la flauta-, como le ocurrió con el Primer Certamen de Relato Corto «Princesa Jariza» de Jaraíz de La Vera en ese mismo 2001. En 2008 se publicó su primera novela, La conspiración de Yuste, editada por La esfera de los libros. Cuatro años después, en 2012, volv a aparecer en el mercado literario con La tribu maldita, editada por Temas de hoy (Editorial Planeta). En 2018 ha publicado Se llamaba Manuel (Versátil Ediciones) y recientemente ha terminado una cuarta que saldrá en 2020. También ha colaborado en la antología Cervantes tiene quien le escriba, editada por Ediciones Traspiés en 2016, con el relato «La del alba fue».



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