Os ofrecemos un nuevo capítulo de la vida del emperador Carlos I de España y V de Alemania, cuya biografía publicamos por cortesía del escritor extremeño Víctor Fernández Correas, autor de las novelas La conspiración de Yuste, La tribu maldita y Se llamaba Manuel.
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EL DESAFÍO
Víctor Fernández Correas
Víctor Fernández Correas
En efecto, el francés, Francisco I, con sus santos cojones morenazos, desafió a mi colega Carlos; que ambos se creían con la potestad de ofender en público al otro cuando les diera la real gana, y nunca mejor dicho. ¿La manera de hacerlo? Con un cartel de desafío, una manera de limpiar el honor ante las ofensas recibidas. Cosas de la época. Porque las ofensas personales pasaron a ser de palabra cuando Carlos acusó al francés de tener menos de aquélla que un político al uso, el que sea —para que no se me moleste ninguno. O ninguna, ya puestos—; y el francés, apoyado por Enrique VIII —otro que tal bailaba—, tres cuartas partes de lo mismo por desdecirse Carlos en eso de casarse con María Tudor, la hija del inglés, al preferir mil veces hacerlo —como tonto. Lo mismo que comparar el día con la noche— con Isabel de Portugal en lugar de con la hija del inglés.
El caso es que ambos se las tenían tiesas. Se dijeron de todo por carta, acusando el francés a mi colega de declararle la guerra a su Santidad, y mi colega al otro por lo del Tratado de Madrid y su falta de palabra. Total, que Francisco I desafió a mi colega Carlos, y éste lo aceptó, con rey de armas incluido por parte del primero, que se presentó ante Carlos en Burgos para plantearle el desafío a la vieja usanza, como mandaban los cánones de la época. Al respecto, el canciller Gattinara le respondió al francés que muy bien el desafío y tal, pero que con eso no restañaba el incumplimiento de lo dispuesto en el Tratado de Madrid.
Eso sí, fue recibir el cartel de desafío y, por mucho que opinara aquello Gattinara, el emperador lo aceptó. Nos detalla Alfonso de Valdés que “leído el cartel, vieron al emperador hacer una habla con tal gravedad, humanidad y bondad, que quedarás enamorado de sus dulces y cristianas razones”. Renacimiento, el ideal caballeresco y todo eso. Así que decidió enviar al francés a su propio rey de armas, que tuvo que permanecer dos meses en Hondarribia —entonces Fuenterrabía— hasta recibir el permiso del monarca francés para acudir a la corte y presentarle la respuesta al desafío planteado como Dios manda. Vale que sí, que de fondo hubiera una cuestión de orgullo, como se puede ver, pero también estaba el dominio sobre Italia. Vamos, lo que viene a ser qué cojones pesaban más, si los de Francisco I o los de mi colega.
En un documento llamado ‘Cartel del Emperador al rey de Francia’, Carlos desmontó una tras otra todas las argumentaciones/razones que le planteó el francés en su momento; llegando a decirle que estaba deseando conocer el lugar, la fecha y las armas con las que dirimirían la polémica que mantenían en tan singular combate; “y si dentro de qarenta días después de la presentación [de este cartel] désta no respondéis ni avisáis de vuestras intenciones, bien se podrá ver que la dilación del combate será vuestra, que os será imputado y ayuntado con la falta de no haver cumplido lo que prometisteis en Madrid”. Cobarde, gallina, capitán de la sardina y todo eso.
Pero Francisco, después de recibir al rey de armas de Carlos y de comentarlo con sus allegados, contestó que, si ya eso, para otra ocasión mejor, por resumir el asunto. Carlos se llevó una decepción del copón con el francés, al que tenía por valiente; que le había conocido tanto como soldado al frente de los suyos como de prisionero en Madrid. Así que no sabía a qué atenerse con un tipo que le había desafiado para, a continuación, desdecirse y esquivarle. Lo que le llevó a preguntarle a su embajador en París, Granvela, una vez de vuelta a España, quién narices era de verdad Francisco I. Que le reconcomía el particular, para que decir lo contrario.
Y obtendría una respuesta del francés inmediata en forma de invasión del Reino de Nápoles, por lo que mi colega se tuvo que marchar para allá cuanto antes. Para ello, antes, no obstante, dejó firmados unos papeles en los que reconocía a su hijo Felipe como heredero por si le pasaba algo —que aquellos viajes no eran los de ahora—, y a su esposa Isabel, la emperatriz, al frente del rebaño como lugarteniente general, gobernadora y administrador. Y, de paso, también se marchaba para allá con la intención de apaciguar las cosas con Alemania, con la herejía luterana corriendo por ella como Heidi por la pradera, y asimismo aliviar la presión del turco sobre sus tierras, que también tenía tela la cosa.
El caso es que ambos se las tenían tiesas. Se dijeron de todo por carta, acusando el francés a mi colega de declararle la guerra a su Santidad, y mi colega al otro por lo del Tratado de Madrid y su falta de palabra. Total, que Francisco I desafió a mi colega Carlos, y éste lo aceptó, con rey de armas incluido por parte del primero, que se presentó ante Carlos en Burgos para plantearle el desafío a la vieja usanza, como mandaban los cánones de la época. Al respecto, el canciller Gattinara le respondió al francés que muy bien el desafío y tal, pero que con eso no restañaba el incumplimiento de lo dispuesto en el Tratado de Madrid.
Eso sí, fue recibir el cartel de desafío y, por mucho que opinara aquello Gattinara, el emperador lo aceptó. Nos detalla Alfonso de Valdés que “leído el cartel, vieron al emperador hacer una habla con tal gravedad, humanidad y bondad, que quedarás enamorado de sus dulces y cristianas razones”. Renacimiento, el ideal caballeresco y todo eso. Así que decidió enviar al francés a su propio rey de armas, que tuvo que permanecer dos meses en Hondarribia —entonces Fuenterrabía— hasta recibir el permiso del monarca francés para acudir a la corte y presentarle la respuesta al desafío planteado como Dios manda. Vale que sí, que de fondo hubiera una cuestión de orgullo, como se puede ver, pero también estaba el dominio sobre Italia. Vamos, lo que viene a ser qué cojones pesaban más, si los de Francisco I o los de mi colega.
En un documento llamado ‘Cartel del Emperador al rey de Francia’, Carlos desmontó una tras otra todas las argumentaciones/razones que le planteó el francés en su momento; llegando a decirle que estaba deseando conocer el lugar, la fecha y las armas con las que dirimirían la polémica que mantenían en tan singular combate; “y si dentro de qarenta días después de la presentación [de este cartel] désta no respondéis ni avisáis de vuestras intenciones, bien se podrá ver que la dilación del combate será vuestra, que os será imputado y ayuntado con la falta de no haver cumplido lo que prometisteis en Madrid”. Cobarde, gallina, capitán de la sardina y todo eso.
Pero Francisco, después de recibir al rey de armas de Carlos y de comentarlo con sus allegados, contestó que, si ya eso, para otra ocasión mejor, por resumir el asunto. Carlos se llevó una decepción del copón con el francés, al que tenía por valiente; que le había conocido tanto como soldado al frente de los suyos como de prisionero en Madrid. Así que no sabía a qué atenerse con un tipo que le había desafiado para, a continuación, desdecirse y esquivarle. Lo que le llevó a preguntarle a su embajador en París, Granvela, una vez de vuelta a España, quién narices era de verdad Francisco I. Que le reconcomía el particular, para que decir lo contrario.
Y obtendría una respuesta del francés inmediata en forma de invasión del Reino de Nápoles, por lo que mi colega se tuvo que marchar para allá cuanto antes. Para ello, antes, no obstante, dejó firmados unos papeles en los que reconocía a su hijo Felipe como heredero por si le pasaba algo —que aquellos viajes no eran los de ahora—, y a su esposa Isabel, la emperatriz, al frente del rebaño como lugarteniente general, gobernadora y administrador. Y, de paso, también se marchaba para allá con la intención de apaciguar las cosas con Alemania, con la herejía luterana corriendo por ella como Heidi por la pradera, y asimismo aliviar la presión del turco sobre sus tierras, que también tenía tela la cosa.
© Víctor Fernández Correas
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| Carlos I de España - Bernard van Orley - |
Víctor Fernández Correas nació en 1974 y le dio por empezar a escribir a eso de mediados del año 2000, que fue cuando ganó un certamen de relato corto en su pueblo, Valverde de la Vera (Cáceres). Repitió al año siguiente y también ganó. Y asimismo fuera de su pueblo –por ver si sonaba la flauta-, como le ocurrió con el Primer Certamen de Relato Corto «Princesa Jariza» de Jaraíz de La Vera en ese mismo 2001. En 2008 se publicó su primera novela, La conspiración de Yuste, editada por La esfera de los libros. Cuatro años después, en 2012, volvió a aparecer en el mercado literario con La tribu maldita, editada por Temas de hoy (Editorial Planeta). En 2018 ha publicado Se llamaba Manuel (Versátil Ediciones) y recientemente ha terminado una cuarta que saldrá en 2020. También ha colaborado en la antología Cervantes tiene quien le escriba, editada por Ediciones Traspiés en 2016, con el relato «La del alba fue».
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