Os ofrecemos un relato de Pablo Aguilera, miembro fundador de LA GATERA DE LA VILLA, una iniciativa sin ánimo de lucro que publica una revista gratuita sobre historia y urbanismo de Madrid.
Puedes descargarte la última colaboración de mi amigo Pablo con la Semana Negra en la Glorieta, pinchando a AQUÍ.
Un fuerte abrazo,
Javier Alonso García-Pozuelo
Puedes descargarte la última colaboración de mi amigo Pablo con la Semana Negra en la Glorieta, pinchando a AQUÍ.
Un fuerte abrazo,
Javier Alonso García-Pozuelo
![]() |
| Diseño: Pedro López Carcelén |
EL COCINERO
Pablo Jesús Aguilera Concepción
Pablo Jesús Aguilera Concepción
El enviado del duque, mi señor, llegó poco antes de la caída de la tarde. Sin descabalgar de su montura, con la arrogancia que presta la juventud y la altanería que otorga el cargo, me comunicó que debía presentarme en la residencia del duque a la mañana siguiente. La visita del rey, que tanto tiempo llevaba aguardando mi señor, había sido por fin anunciada para la próxima luna. Tanto su obligación como anfitrión, como los beneficios que esperaba obtener de este encuentro, exigían al duque satisfacer plenamente a su invitado, y por ello, sabedor de que el rey era un gran amante de los placeres de la mesa -quizás los únicos a los que no se daba el duque- y careciendo de un buen cocinero, mi buena fama y cualidades le habían hecho pensar en mí para encargarme el banquete con el que pensaba honrar y festejar a tan egregio huésped.
¡Cómo iba a rabiar mi rival, el maldito d'Armagnac, cuando se enterara de que había sido yo, y no él, el elegido para tan alto cometido!
–Padre, llevadme con vos. Me gustaría tanto poder ver al rey...
Dios, que me ha otorgado tantos dones, sin embargo me ha dado un único hijo, torpe y bueno para nada. Su compañía no serviría más que para distraerme continuamente de mi labor, vigilando que no le ocurriera percance alguno –como verterse alguna marmita encima o cortarse con algún cuchillo– y yo no podía permitírmelo, porque sabía que el duque, mi señor, no me perdonaría un fracaso que iría aparejado con el suyo. Pero mi esposa –sin duda todas las mujeres tienen algo de brujas- debió leerme el pensamiento y antes de que acertara a responder lo hizo ella por mí.
–Tu padre te llevará complacido con él, hijo, y bien podrás ver no sólo al rey, sino también a los altos señores que le guardan, caballeros todos que le han servido en innumerables batallas y por cuyas venas corre la sangre más noble del reino.
No quise discutir con mi esposa –pues la lengua de las mujeres bien puede semejar las de las víboras picando con su veneno– y me refugié en mi cocina, pensando en cómo satisfacer el paladar de aquel que ha probado los más exquisitos y exóticos bocados. Delicadas lenguas de flamencos, muslos del animal que llaman jirafa –de un cuello tan largo como la torre de un castillo–, los pescados más extraños, las más sabrosas especias traídas de lejanos países –como el de los cinocéfalos o el de los esciápodos–,… eran algunos de los manjares que de continuo poblaban sus mesas. ¿Cómo sorprender a tan exigente comensal?
Acompañado por el boquirrubio de mi hijo partí al alba a la residencia del duque, donde se nos asignó una habitación y las cocinas fueron puestas a mi disposición.
Durante las jornadas siguientes busqué y revisé viejas recetas y cociné y deseché decenas de platos. Semejaba al alquimista que, entre matraces y alambiques, se afana en pos de la piedra filosofal, y aquella piedra era el plato que coronaría el banquete regio y que significaría mi triunfo o mi ruina. Pero las horas se sucedían con inusual rapidez y los días iban arrancando grandes bocados del plazo de que disponía, cada vez más escaso, hasta que finalmente la noche anterior a la llegada del rey, solo y abatido en la cocina, no pude más que llorar mi fracaso. ¡Ah, cómo gozaría el maldito d'Armagnac cuando se enterara!
–Padre, ¿qué os ocurre? Es tarde. Aguardaba vuestro regreso y me preocupaba que pudiera haberos ocurrido algo, pero… ¿estáis llorando?
Levante la cabeza y miré a mi hijo, aquel boquirrubio bueno para nada, y fue entonces cuando comprendí por qué Dios me lo había enviado.
No creo que mi mujer lo entienda, pero tampoco me preocupa, porque las mujeres no ven más allá del reducido mundo que conforman su casa y su familia. Yo, en cambio, me complazco en imaginar cómo rabiará el maldito d'Armagnac cuando reciba la noticia de que yo, Louis Labastide, he sido nombrado cocinero real. Sin duda que todo ello bien merece el sacrificio de un hijo.
¡Cómo iba a rabiar mi rival, el maldito d'Armagnac, cuando se enterara de que había sido yo, y no él, el elegido para tan alto cometido!
–Padre, llevadme con vos. Me gustaría tanto poder ver al rey...
Dios, que me ha otorgado tantos dones, sin embargo me ha dado un único hijo, torpe y bueno para nada. Su compañía no serviría más que para distraerme continuamente de mi labor, vigilando que no le ocurriera percance alguno –como verterse alguna marmita encima o cortarse con algún cuchillo– y yo no podía permitírmelo, porque sabía que el duque, mi señor, no me perdonaría un fracaso que iría aparejado con el suyo. Pero mi esposa –sin duda todas las mujeres tienen algo de brujas- debió leerme el pensamiento y antes de que acertara a responder lo hizo ella por mí.
–Tu padre te llevará complacido con él, hijo, y bien podrás ver no sólo al rey, sino también a los altos señores que le guardan, caballeros todos que le han servido en innumerables batallas y por cuyas venas corre la sangre más noble del reino.
No quise discutir con mi esposa –pues la lengua de las mujeres bien puede semejar las de las víboras picando con su veneno– y me refugié en mi cocina, pensando en cómo satisfacer el paladar de aquel que ha probado los más exquisitos y exóticos bocados. Delicadas lenguas de flamencos, muslos del animal que llaman jirafa –de un cuello tan largo como la torre de un castillo–, los pescados más extraños, las más sabrosas especias traídas de lejanos países –como el de los cinocéfalos o el de los esciápodos–,… eran algunos de los manjares que de continuo poblaban sus mesas. ¿Cómo sorprender a tan exigente comensal?
Acompañado por el boquirrubio de mi hijo partí al alba a la residencia del duque, donde se nos asignó una habitación y las cocinas fueron puestas a mi disposición.
Durante las jornadas siguientes busqué y revisé viejas recetas y cociné y deseché decenas de platos. Semejaba al alquimista que, entre matraces y alambiques, se afana en pos de la piedra filosofal, y aquella piedra era el plato que coronaría el banquete regio y que significaría mi triunfo o mi ruina. Pero las horas se sucedían con inusual rapidez y los días iban arrancando grandes bocados del plazo de que disponía, cada vez más escaso, hasta que finalmente la noche anterior a la llegada del rey, solo y abatido en la cocina, no pude más que llorar mi fracaso. ¡Ah, cómo gozaría el maldito d'Armagnac cuando se enterara!
–Padre, ¿qué os ocurre? Es tarde. Aguardaba vuestro regreso y me preocupaba que pudiera haberos ocurrido algo, pero… ¿estáis llorando?
Levante la cabeza y miré a mi hijo, aquel boquirrubio bueno para nada, y fue entonces cuando comprendí por qué Dios me lo había enviado.
No creo que mi mujer lo entienda, pero tampoco me preocupa, porque las mujeres no ven más allá del reducido mundo que conforman su casa y su familia. Yo, en cambio, me complazco en imaginar cómo rabiará el maldito d'Armagnac cuando reciba la noticia de que yo, Louis Labastide, he sido nombrado cocinero real. Sin duda que todo ello bien merece el sacrificio de un hijo.
***


