Biografía de Carlos I de España (XXIX Parte), por Víctor Fernández Correas

Os ofrecemos un nuevo capítulo de la vida del emperador Carlos I de España y V de Alemania, cuya biografía publicamos por cortesía del escritor extremeño Víctor Fernández Correas, autor de las novelas La conspiración de Yuste, La tribu maldita y Se llamaba Manuel.


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PÓNGAME UNA CORONA
Víctor Fernández Correas
Que sí, que mi colega Carlos ya era emperador, coronado como tal en Aquisgrán en 1520; que para eso se había dejado una pasta gansa en “favorecer” su candidatura en detrimento de la del francés, Francisco I, que también tenía ganas de serlo. Pero lo que ansiaba de verdad es que le coronara como tal su Santidad, Clemente VIII. La coronación guapa, vamos. La fetén, como se decía antes.
   
Coronación que mi colega estableció para una fecha clave: el 24 de febrero de 1530. El día de su cumpleaños. Para chulo, él. Pero había otra razón para esa fecha: ya llevaba unos cuantos meses en Italia, tiempo en el que le había dado tiempo para ser también coronado con la corona de hierro de Lombardía, y ya iba siendo hora de seguir con su plan de recorrer Italia y el resto de tierras de su imperio que aún le quedaba por visitar. Y qué mejor fecha que la de su onomástica para la coronación. De cajón. Uno de los momentos hors catégorie en la vida de mi colega. Y la cosa ocurrió en Bolonia.
   
Su Santidad ordenó que el emperador se alojara a la verita suya en el palacio del Podestà, al costado de la iglesia de San Petronio, en Bolonia, y en la plaza del mismo nombre. Tan bien comunicados estaban que, incluso, contaban con una comunicación directa entre ambos aposentos para que pudieran echar un rato si así lo querían. Que lo querían. Vaya si lo quisieron.
   
Hasta que llegó el gran día. Del servicio del orden en la plaza, de que a nadie se le ocurriera hacer el tonto ni de pasarse más de la cuenta, se encargaron soldados españoles de los Tercios Viejos y los lansquenetes alemanes; con Bolonia entera más bonita que un San Luis de lo decorada que estaba. Para comérsela a bocados, vamos.
   
Los primeros en aparecer en la plaza fueron Su Santidad y séquito, o sea, el Colegio Cardenalicio y numerosos obispos. Después lo hizo el emperador entre dos cardenales y seguido de lo mejor de cada casa de la nobleza española y flamenca. Por cierto, que mi colega, antes de entrar en la plaza, realizó una encendida defensa de la fe católica y de la Iglesia de Roma. Un deber en ese momento, pero también un leitmotiv que le acompañaría el resto de su vida, de ahí que las tuviera tiesas con el turco en numerosas ocasiones, y asimismo con Lutero y sus luteranos. Lo que no es óbice para que, según la época, alcanzara treguas con unos o con otros según cómo soplara el viento.
 

Por cierto, que cada uno de aquellos desfiles glamurosos pasaron por un puente de madera adornado de flores y tapices que unía el palacio con la iglesia. Sí, lo que estáis pensando. La cosa no acabo en tragedia porque el jefe de Su Santidad dijo que no era plan de estropear el día, porque el puente cedió ante el empuje del gentío reunido en la plaza una vez cruzó mi colega Carlos. No hubo muertos porque el jefe de Clemente VIII, repito, no quiso. Tal cual.
   
¿Y la ceremonia? Pues una ceremonia de coronación sin más. El cardenal Farnesio le ungió con el óleo consagrado, y a continuación recibió los símbolos de su poder de manos de Su Santidad: la espada, el globo, el cetro y, at last but not least, que dicen los ingleses, la corona imperial. A todo esto, la peña que rebosaba la plaza acompañó el sonar de trompetas y las salvas de cañones con el grito de «¡Imperio, imperio!», mientras que los españoles presentes les replicaron «¡España, España!». Cada uno a lo suyo.
   
A continuación, vino una cabalgata que Hogenberg dejó plasmada en sus impresionantes grabados, en los que se puede ver a Clemente VIII y a mi colega Carlos tan amigos, como si nunca hubiera pasado nada. Todo ello entre tambores y trompetas. La leche, vamos, por no decir otra cosa. El gran día en la vida en el emperador hasta el de Mühlberg.
   

Detalle de la “Coronación de Carlos V en Bolonia”
-Nicolas Hogenberg-

Así que, una vez coronado emperador, pacificada Italia y hecha las paces con Clemente VIII, le tocaba darse una vuelta por el imperio, a ver qué se encontraba; que no era otra cosa que asegurar la defensa contra el turco y enderezar lo del luteranismo. O lo que es lo mismo: controlados Flandes, España e Italia, le faltaba poner orden en la cuarta pata del imperio: Alemania.
   
Lo que contaré en la próxima entrega de esta vida de mi colega Carlos
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© Víctor Fernández Correas

Carlos I de España
- Bernard van Orley -

Víctor Fernández Correas nac en 1974 y le dio por empezar a escribir a eso de mediados del año 2000, que fue cuando ganó un certamen de relato corto en su pueblo, Valverde de la Vera (Cáceres). Repitió al año siguiente y también ganó. Y asimismo fuera de su pueblo –por ver si sonaba la flauta-, como le ocurrió con el Primer Certamen de Relato Corto «Princesa Jariza» de Jaraíz de La Vera en ese mismo 2001. En 2008 se publicó su primera novela, La conspiración de Yuste, editada por La esfera de los libros. Cuatro años después, en 2012, volv a aparecer en el mercado literario con La tribu maldita, editada por Temas de hoy (Editorial Planeta). En 2018 ha publicado Se llamaba Manuel (Versátil Ediciones) y recientemente ha terminado una cuarta que saldrá en 2020. También ha colaborado en la antología Cervantes tiene quien le escriba, editada por Ediciones Traspiés en 2016, con el relato «La del alba fue».



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