Os ofrecemos un nuevo capítulo de la vida del emperador Carlos I de España y V de Alemania, cuya biografía publicamos por cortesía del escritor extremeño Víctor Fernández Correas, autor de las novelas La conspiración de Yuste, La tribu maldita y Se llamaba Manuel.
Puedes leer las entregas previas pinchando AQUÍ.
CERCO UN CENTRO DI GRAVITÀ PERMANENTE
Víctor Fernández Correas
Víctor Fernández Correas
Tras el pifostio montado en Italia, y serenado el patio con el francés mediante la llamada Paz de las Damas ―una de sus consecuencias fue el matrimonio de Francisco I con Leonor de Austria, hermana del emperador― y también con el inglés, y apaciguado asimismo el asunto con el turco ―retirado a sus cuarteles de invierno tras el fracaso del asedio de Viena―, tocaba el momento de que las aguas llegaran a su cauce. Así que mi colega puso rumbo a Italia para negociar con Clemente VIII los términos de una paz duradera; que incluiría, entre otras cosas, su coronación como emperador a manos de Su Santidad. Que eso, a ojos de Dios, siempre vende más.
Negociaciones que no fueron sencillas, todo hay que decirlo; y que duraron unos cuantos meses, con peticiones del Papa de todos los colores. Una de ellas, que el ejército imperial metiera en cintura a Florencia, cuya familia se había salido del tiesto ―hay que recordar que el propio Clemente VIII era un Médicis. Esas cosas de familia―, ciudad que se rindió antes de correr el mismo riesgo que Roma meses antes. Rendición que ansiaba el emperador, que ya había tenido bastante con lo de aquélla como para verse en otra. Tanto, que llegaría a escribir a su esposa, la emperatriz Isabel, para contarle, entre otros asuntos, que «… y no podría sino recibirse gran daño, aunque se entrase, ni excusarse la perdición de ella acabándose desta manera». Lo que viene siendo que, de suceder otro saqueo como el de Roma, le sentaría como una patada en los huevos; y también que no le quedó más remedio que meterse en ese fregado florentino para terminar de vencer la resistencia de su Santidad. Fregado que, dicho sea de paso, costó unas cuantas vidas entre sus ejércitos. Por ejemplo, la del mismísimo general en jefe de aquéllas, el príncipe de Orange.
Pero, al fin y al cabo, lo que estaba en juego no era sólo la paz con Clemente VIII y, con ello, su extensión a toda Italia, sino también ponerse en paz con toda la Cristiandad, con la mosca tras la oreja después de lo de Roma. Eso se tradujo, asimismo, en acuerdos para solucionar los jaleos pendientes con el ducado de Milán ―motivo de rencillas entre imperiales y franceses― y con la Serenísima República de Venecia ―siempre a su bola―. En este último caso, el asunto se solucionó con su inclusión en la Liga Defensiva de Italia, en la que entraba junto con Su Santidad, el Emperador, su hermano Fernando ―en breve, Rey de Romanos. Un emperador electo a la espera de ser coronado―, y las repúblicas de Génova, Siena y Lucca, además del duque de Saboya y el marqués de Mantua y el de Monferrato, al que el emperador convertiría en duque.
En cuanto a lo del ducado de Milán, motivo de disputas entre españoles y franceses que parecían haber quedado solucionadas después de la batalla de Pavía, pero que la Liga de Cognac se encargó de volar por los aires, fue una obra de arte de los orfebres diplomáticos de una y otra parte. Y como mi colega tampoco quería aumentar sus dominios en Italia, más interesado en alcanzar una paz como fuera, se impuso la cordura en forma de formación de una Liga Defensiva de Italia que la librase de nuevas invasiones, liga que se convertiría en pública en Bolonia el último día del año 1529, y cuyo objetivo primordial sería «para la defensa y la quietud de Italia».
En consecuencia, y tras tantos años de darse unos y otros hostias hasta en el cielo de la boca, era el momento de disfrutar de una paz que intentó socavar a última hora Francesco Sforza, milanés de pura cepa, y para nada de acuerdo con lo alcanzado en aquellas negociaciones diplomáticas a las que me he referido antes ―para eso era miembro de la familia que había llevado las riendas del ducado antes de que las hostilidades se desataran―. Tras recibir el perdón de mi colega en Bolonia, a donde había acudido Sforza con el rabo entre las piernas después de sufrir derrota tras derrota ante el ejército imperial por aquello de no someterse a la voluntad de mi colega, Francesco Sforza fue repuesto al frente de dicho ducado con la condición de que se estuviera quieto y dejara de hacer el tonto durante una buena temporada, con soldados españoles allí presentes por si las moscas.
Por lo tanto, todo estaba listo para que mi colega fuera coronado emperador en Bolonia a manos de Su Santidad, Clemente VIII; y, después, seguir su ruta por tierras del imperio. Pero eso, ya, para la siguiente entrega.
Negociaciones que no fueron sencillas, todo hay que decirlo; y que duraron unos cuantos meses, con peticiones del Papa de todos los colores. Una de ellas, que el ejército imperial metiera en cintura a Florencia, cuya familia se había salido del tiesto ―hay que recordar que el propio Clemente VIII era un Médicis. Esas cosas de familia―, ciudad que se rindió antes de correr el mismo riesgo que Roma meses antes. Rendición que ansiaba el emperador, que ya había tenido bastante con lo de aquélla como para verse en otra. Tanto, que llegaría a escribir a su esposa, la emperatriz Isabel, para contarle, entre otros asuntos, que «… y no podría sino recibirse gran daño, aunque se entrase, ni excusarse la perdición de ella acabándose desta manera». Lo que viene siendo que, de suceder otro saqueo como el de Roma, le sentaría como una patada en los huevos; y también que no le quedó más remedio que meterse en ese fregado florentino para terminar de vencer la resistencia de su Santidad. Fregado que, dicho sea de paso, costó unas cuantas vidas entre sus ejércitos. Por ejemplo, la del mismísimo general en jefe de aquéllas, el príncipe de Orange.
Pero, al fin y al cabo, lo que estaba en juego no era sólo la paz con Clemente VIII y, con ello, su extensión a toda Italia, sino también ponerse en paz con toda la Cristiandad, con la mosca tras la oreja después de lo de Roma. Eso se tradujo, asimismo, en acuerdos para solucionar los jaleos pendientes con el ducado de Milán ―motivo de rencillas entre imperiales y franceses― y con la Serenísima República de Venecia ―siempre a su bola―. En este último caso, el asunto se solucionó con su inclusión en la Liga Defensiva de Italia, en la que entraba junto con Su Santidad, el Emperador, su hermano Fernando ―en breve, Rey de Romanos. Un emperador electo a la espera de ser coronado―, y las repúblicas de Génova, Siena y Lucca, además del duque de Saboya y el marqués de Mantua y el de Monferrato, al que el emperador convertiría en duque.
En cuanto a lo del ducado de Milán, motivo de disputas entre españoles y franceses que parecían haber quedado solucionadas después de la batalla de Pavía, pero que la Liga de Cognac se encargó de volar por los aires, fue una obra de arte de los orfebres diplomáticos de una y otra parte. Y como mi colega tampoco quería aumentar sus dominios en Italia, más interesado en alcanzar una paz como fuera, se impuso la cordura en forma de formación de una Liga Defensiva de Italia que la librase de nuevas invasiones, liga que se convertiría en pública en Bolonia el último día del año 1529, y cuyo objetivo primordial sería «para la defensa y la quietud de Italia».
En consecuencia, y tras tantos años de darse unos y otros hostias hasta en el cielo de la boca, era el momento de disfrutar de una paz que intentó socavar a última hora Francesco Sforza, milanés de pura cepa, y para nada de acuerdo con lo alcanzado en aquellas negociaciones diplomáticas a las que me he referido antes ―para eso era miembro de la familia que había llevado las riendas del ducado antes de que las hostilidades se desataran―. Tras recibir el perdón de mi colega en Bolonia, a donde había acudido Sforza con el rabo entre las piernas después de sufrir derrota tras derrota ante el ejército imperial por aquello de no someterse a la voluntad de mi colega, Francesco Sforza fue repuesto al frente de dicho ducado con la condición de que se estuviera quieto y dejara de hacer el tonto durante una buena temporada, con soldados españoles allí presentes por si las moscas.
Por lo tanto, todo estaba listo para que mi colega fuera coronado emperador en Bolonia a manos de Su Santidad, Clemente VIII; y, después, seguir su ruta por tierras del imperio. Pero eso, ya, para la siguiente entrega.
© Víctor Fernández Correas
![]() |
| Carlos I de España - Bernard van Orley - |
Víctor Fernández Correas nació en 1974 y le dio por empezar a escribir a eso de mediados del año 2000, que fue cuando ganó un certamen de relato corto en su pueblo, Valverde de la Vera (Cáceres). Repitió al año siguiente y también ganó. Y asimismo fuera de su pueblo –por ver si sonaba la flauta-, como le ocurrió con el Primer Certamen de Relato Corto «Princesa Jariza» de Jaraíz de La Vera en ese mismo 2001. En 2008 se publicó su primera novela, La conspiración de Yuste, editada por La esfera de los libros. Cuatro años después, en 2012, volvió a aparecer en el mercado literario con La tribu maldita, editada por Temas de hoy (Editorial Planeta). En 2018 ha publicado Se llamaba Manuel (Versátil Ediciones) y recientemente ha terminado una cuarta que saldrá en 2020. También ha colaborado en la antología Cervantes tiene quien le escriba, editada por Ediciones Traspiés en 2016, con el relato «La del alba fue».
¿NOS ECHAS UNA MANO?
Si te gusta alguna de las secciones de CITA EN LA GLORIETA, ayúdanos a crecer, siguiendo el blog. Puedes hacerlo pinchando AQUÍ.
¡Muchas gracias!
¡Muchas gracias!


