Os ofrecemos un nuevo capítulo de la vida del emperador Carlos I de España y V de Alemania, cuya biografía publicamos por cortesía del escritor extremeño Víctor Fernández Correas, autor de las novelas La conspiración de Yuste, La tribu maldita y Se llamaba Manuel.
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UNA DIETA DE LA QUE SALIR HARTO
Víctor Fernández Correas
Víctor Fernández Correas
¿Cómo acabó la Dieta de Ausgburgo? Malamente, tra tra. Y eso que mi colega llegó a ella con buenos propósitos, que esto te va a salir bien, tío, se decía, y todas esas cosas. La Dieta se convocó por tres razones: lo del turco ―Solimán el Magnífico―, que todavía andaba rumiando cuál sería su siguiente hazaña en sus cuarteles de invierno; lo de Lutero y sus luteranos; y de qué manera reorganizar el imperio en Alemania. Reorganizar Alemania y tratar la manera de contener las ansias expansionistas de Solimán era como remar por el estanque del Retiro de Madrid un domingo cualquiera, o sea, pan comido, pero lo de la cuestión religiosa fue harina de otro costal. Vamos, que lo de Lutero y sus luteranos daría para liarnos a darle a la tecla durante horas.
Por resumir, que tampoco es cuestión de que esto se vaya de madre, se establecieron negociaciones para arreglar un problema que, ya en ese momento, tenía peor pinta que los pollos de algún que otro supermercado, y que se enquistaría hasta saltar por los aires años más tarde; negociaciones que llevaron Juan Eck, por parte imperial, y Melanchton por la de los luteranos ―a Martín se le había prohibido la entrada, que ya fue bastante con la que lio en Worms―.
Los segundos se descolgaron con la llamada “Confesión de Augsburgo”, que es lo más cerca que llegarían estar de aproximarse a la que consideraban la antigua fe. Y ahí apareció un rayo de esperanza que hasta el propio emperador manifestaría en forma de carta a su mujer, a la que confesó: «Espero en Nuestro Señor que en todo se hará lo que cumpla a su servicio y bien de la Cristiandad». Tan esperanzado estaba, que pensaba que lo de la Dieta de Hagsburgo sería cuestión de días, si acaso semanas, y que en nada estaría de vuelta en su compañía para lo que fuera menester ―ese hombre fuera de casa durante de meses. Imaginaos el percal―, y así se lo comunica en aquella misma carta: «Darse en ello toda la priesa que ser pueda, para que con mayor brevedad pueda salir de aquí».
Pero no. Aquello se alargó más de lo que pretendía el emperador porque no hubo manera cristiana ―si se me permite― de encontrar un punto de común entre unos y otros: Melanchton, el hombre, intentó ser conciliador, pero Lutero desde Alemania le insistía en aquello de ni un paso atrás; y desde Roma, tres cuartas partes de lo mismo. Que prisioneros, ni uno. Vencer o morir, por sintetizar el asunto. En consecuencia, no quedaba más que la convocatoria de un Concilio para dirimir las diferencias y encontrar una entente cordial que satisficiera a ambas partes.
Tan cristalino lo veía mi colega, que escribió a su Santidad Clemente VIII dos meses después de comenzar la Dieta para confesarle que había príncipes alemanes fieles a la causa, pero flojos en lo que imponer el credo de Roma se refiere, mientras que, por el contrario, los afectos a la causa luterana expandían su mensaje que daba gusto y no se apeaban de la burra así les pegaran cuatro arcabuzazos, por lo que el Concilio, en su opinión, «a todos les parece que es el verdadero remedio».
Pero, como recordaréis, al Papa lo de convocar un Concilio le daba tanto pavor como el tendido del 7 de Las Ventas a un torero así así, por lo que mi colega le insistió en aquella misma misiva que «enteramente se puede confiar en mí que le obedeceré y serviré como obediente hijo». Que se las tuvieron tiesas y tal, vale, pero al Papa de Roma respeto absoluto y amén a lo que dijera.
Y Clemente VIII, como era de esperar, no quería ver el Concilio ni en pintura; lo que le expresó a vuelta de correo, para que se viera que tenía prisas por contestar, en forma de evasivas. Lo que viene siento tú aguántame a esos ahí que, si eso, yo ya eso. Y eso era dejar pasar el tiempo sin convocar Concilio alguno, intención de la que se percató mi colega. Tanta dilación no era buena. Por lo que, por su cuenta y riesgo, decidió escribir a los príncipes alemanes afectos a la causa para decirles que los que seguían la causa luterana no se apeaban de la burra por razones de conciencia; y que, como emperador que era, tal y como hizo asimismo en la Dieta de Worms, estaba dispuesto a defender la fe verdadera empeñando su vida si era preciso.
Así se lo hizo saber a Su Santidad por medio de un mensajero especial, don Pedro de la Cueva. Su mensaje era claro: si le apoyaba, y los príncipes alemanes afectos lo hacían, estaba dispuesto a repartir cera como si no hubiera un mañana entre los defensores de la causa luterana. Además, le instaba a la convocatoria de un Concilio cuando regresara el buen tiempo, que el invierno ya se les echaba encima, mientras, en paralelo, se recaudaban perras de donde fuera ―vendiendo bienes de la Iglesia, por ejemplo― para armar un ejército gordo gordo para meter en vereda a los disidentes. Y, además, le dejaba la potestad de celebrarlo donde le diera la santísima gana.
Concilio que Clemente VIII nunca llegó a celebrar, como se puede desprender de todo esto. Y eso que era consciente de que, en la primavera siguiente, Solimán se volvería a presentar en las fronteras del imperio y no a repartir caramelos, precisamente, por lo que cuanta más unidad hubiera, mejor les iría a todos.
Y para rematar el asunto, y en plena Dieta ―noviembre de 1528―, Carlos recibió la noticia de la muerte del infante Fernando, por cuya educación y cuidado, como recordaréis, pugnaba su tía, Margarita de Austria.
En consecuencia, un hijo muerto; la emperatriz Isabel, muerta de dolor; los príncipes alemanes afectos al luteranismo, dándole al torno, Perico; Clemente VIII, que de Concilio ya hablaremos en el próximo programa, como Tip y Coll del Gobierno; y Solimán el Magnífico, oliendo el olor a Napalm de la próxima primavera igual que lo olía Robert Duvall.
Un panorama precioso, como digo.
Por resumir, que tampoco es cuestión de que esto se vaya de madre, se establecieron negociaciones para arreglar un problema que, ya en ese momento, tenía peor pinta que los pollos de algún que otro supermercado, y que se enquistaría hasta saltar por los aires años más tarde; negociaciones que llevaron Juan Eck, por parte imperial, y Melanchton por la de los luteranos ―a Martín se le había prohibido la entrada, que ya fue bastante con la que lio en Worms―.
Los segundos se descolgaron con la llamada “Confesión de Augsburgo”, que es lo más cerca que llegarían estar de aproximarse a la que consideraban la antigua fe. Y ahí apareció un rayo de esperanza que hasta el propio emperador manifestaría en forma de carta a su mujer, a la que confesó: «Espero en Nuestro Señor que en todo se hará lo que cumpla a su servicio y bien de la Cristiandad». Tan esperanzado estaba, que pensaba que lo de la Dieta de Hagsburgo sería cuestión de días, si acaso semanas, y que en nada estaría de vuelta en su compañía para lo que fuera menester ―ese hombre fuera de casa durante de meses. Imaginaos el percal―, y así se lo comunica en aquella misma carta: «Darse en ello toda la priesa que ser pueda, para que con mayor brevedad pueda salir de aquí».
Pero no. Aquello se alargó más de lo que pretendía el emperador porque no hubo manera cristiana ―si se me permite― de encontrar un punto de común entre unos y otros: Melanchton, el hombre, intentó ser conciliador, pero Lutero desde Alemania le insistía en aquello de ni un paso atrás; y desde Roma, tres cuartas partes de lo mismo. Que prisioneros, ni uno. Vencer o morir, por sintetizar el asunto. En consecuencia, no quedaba más que la convocatoria de un Concilio para dirimir las diferencias y encontrar una entente cordial que satisficiera a ambas partes.
Tan cristalino lo veía mi colega, que escribió a su Santidad Clemente VIII dos meses después de comenzar la Dieta para confesarle que había príncipes alemanes fieles a la causa, pero flojos en lo que imponer el credo de Roma se refiere, mientras que, por el contrario, los afectos a la causa luterana expandían su mensaje que daba gusto y no se apeaban de la burra así les pegaran cuatro arcabuzazos, por lo que el Concilio, en su opinión, «a todos les parece que es el verdadero remedio».
Pero, como recordaréis, al Papa lo de convocar un Concilio le daba tanto pavor como el tendido del 7 de Las Ventas a un torero así así, por lo que mi colega le insistió en aquella misma misiva que «enteramente se puede confiar en mí que le obedeceré y serviré como obediente hijo». Que se las tuvieron tiesas y tal, vale, pero al Papa de Roma respeto absoluto y amén a lo que dijera.
Y Clemente VIII, como era de esperar, no quería ver el Concilio ni en pintura; lo que le expresó a vuelta de correo, para que se viera que tenía prisas por contestar, en forma de evasivas. Lo que viene siento tú aguántame a esos ahí que, si eso, yo ya eso. Y eso era dejar pasar el tiempo sin convocar Concilio alguno, intención de la que se percató mi colega. Tanta dilación no era buena. Por lo que, por su cuenta y riesgo, decidió escribir a los príncipes alemanes afectos a la causa para decirles que los que seguían la causa luterana no se apeaban de la burra por razones de conciencia; y que, como emperador que era, tal y como hizo asimismo en la Dieta de Worms, estaba dispuesto a defender la fe verdadera empeñando su vida si era preciso.
Así se lo hizo saber a Su Santidad por medio de un mensajero especial, don Pedro de la Cueva. Su mensaje era claro: si le apoyaba, y los príncipes alemanes afectos lo hacían, estaba dispuesto a repartir cera como si no hubiera un mañana entre los defensores de la causa luterana. Además, le instaba a la convocatoria de un Concilio cuando regresara el buen tiempo, que el invierno ya se les echaba encima, mientras, en paralelo, se recaudaban perras de donde fuera ―vendiendo bienes de la Iglesia, por ejemplo― para armar un ejército gordo gordo para meter en vereda a los disidentes. Y, además, le dejaba la potestad de celebrarlo donde le diera la santísima gana.
Concilio que Clemente VIII nunca llegó a celebrar, como se puede desprender de todo esto. Y eso que era consciente de que, en la primavera siguiente, Solimán se volvería a presentar en las fronteras del imperio y no a repartir caramelos, precisamente, por lo que cuanta más unidad hubiera, mejor les iría a todos.
Y para rematar el asunto, y en plena Dieta ―noviembre de 1528―, Carlos recibió la noticia de la muerte del infante Fernando, por cuya educación y cuidado, como recordaréis, pugnaba su tía, Margarita de Austria.
En consecuencia, un hijo muerto; la emperatriz Isabel, muerta de dolor; los príncipes alemanes afectos al luteranismo, dándole al torno, Perico; Clemente VIII, que de Concilio ya hablaremos en el próximo programa, como Tip y Coll del Gobierno; y Solimán el Magnífico, oliendo el olor a Napalm de la próxima primavera igual que lo olía Robert Duvall.
Un panorama precioso, como digo.
© Víctor Fernández Correas
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| Carlos I de España - Bernard van Orley - |
Víctor Fernández Correas nació en 1974 y le dio por empezar a escribir a eso de mediados del año 2000, que fue cuando ganó un certamen de relato corto en su pueblo, Valverde de la Vera (Cáceres). Repitió al año siguiente y también ganó. Y asimismo fuera de su pueblo –por ver si sonaba la flauta-, como le ocurrió con el Primer Certamen de Relato Corto «Princesa Jariza» de Jaraíz de La Vera en ese mismo 2001. En 2008 se publicó su primera novela, La conspiración de Yuste, editada por La esfera de los libros. Cuatro años después, en 2012, volvió a aparecer en el mercado literario con La tribu maldita, editada por Temas de hoy (Editorial Planeta). En 2018 ha publicado Se llamaba Manuel (Versátil Ediciones) y recientemente ha terminado una cuarta que saldrá en 2020. También ha colaborado en la antología Cervantes tiene quien le escriba, editada por Ediciones Traspiés en 2016, con el relato «La del alba fue».
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