Os ofrecemos un nuevo capítulo de la vida del emperador Carlos I de España y V de Alemania, cuya biografía publicamos por cortesía del escritor extremeño Víctor Fernández Correas, autor de las novelas La conspiración de Yuste, La tribu maldita y Se llamaba Manuel.
Puedes leer las entregas previas pinchando AQUÍ.
¡VUELA ESTA CANCIÓN PARA TI, ISABEL!
Víctor Fernández Correas
Víctor Fernández Correas
Dejábamos en el capítulo anterior de esta entrega a mi colega Carlos con unas ganas locas de regresar a España tras la retirada del turco y, ahora sí que sí —por ahora, eso sí—, presentarse ante la Cristiandad como su garante y campeón. Vente ‘pa’ España, Carlos, parecían decirle/decirse a sí mismo. Peeero…
Cierto es que la emperatriz Isabel dio palmas con las orejas al recibir aquellas noticias referentes al turco, dado que su fama los ponía de corbata a cualquiera. Luis II, el rey de Hungría, era buena prueba de ello —ya llevaba unos años criando malvas el hombre—, así que como para no tenerle miedo al gachó. Que la emperatriz los tenía como acabo de decir lo prueba esta carta enviada a su amado Carlos allá por el 8 de agosto de 1532, cuando estaba convencida de que iba a haber hondonada de hostias: «En lo del turco, Dios sabe el cuidado en que me tiene su venida, y a ver a V. M en esas partes con tantos trabajos…». Pues eso, rezando para que no le pasara nada a su Carlos. Así que no le quedaba más remedio que rezar, porque la congoja que la embargaba era de aúpa. Y no se cortaba ni un pelo en manifestárselo: «Me ha puesto en congoxa —le escribió el 4 de septiembre, cuando la cosa estaba a punto— y no poco cuidado de ver que el exército del Turco estoviese ya tan cerca de Viena…», a lo que añadió: «Las plegarias y oraciones en las iglesias y monasterios destos Reinos y en los de Aragón y Valencia por la salud de V. M. y por su victoria contra ese enemigo, se continúan…». El nudo de la corbata, el que más os guste.
Conforme recibía noticias positivas al respecto su ánimo fue mejorando, pero era saber que su churri estaba metido en el fregado, porque el emperador no era de ver la corrida desde la barrera, sino de meterse en el ruedo y citar al toro con arte, salero y olé, y llevársela aún los demonios. Y vale que Carlos se sentía fuerte, poderoso y tal, pero la que se lo comía en la distancia sin consuelo era ella, que se pasó más de una y de dos noches en vela rezando y llorando. Normal, entonces, que diera palmas con las orejas al recibir las noticias con las que he comenzado estas líneas.
No obstante, Carlos la avisó de que entraría en Viena y, así, de paso, se veía con su hermano Fernando —no es que la relación nunca fuera muy allá, pero eran hermanos al fin y al cabo—, lo que a Isabel le pareció bien, pues eso significaba que, tras Viena, tocaba regresar a España. Pero ya como que se empezó a mosquear cuando conoció que su churri se iba para Italia allá por el mes de noviembre de 1532. Y como nunca se sabe —ni antes ni ahora— lo que puede pasar, comenzó a meterle prisa. Que ya va siendo hora de que te pases por casa, y eso. «Suplico a V. M. que no dilate [su regreso] por alguna manera», le dice por carta. Pues eso, que para casa a la de ya y sin perderte por el camino.
Pero la cabra siempre tira para el monte, y mi colega se demoró en Italia con la cosa de ir a saludar a Clemente VIII en Bolonia, al que también hacía tiempo que no veía, y cómo le vas a negar al Papa una visita. Faltaría más. Esto, ya a finales de 1532; que había cosas que tratar, alguna que otra alianza que establecer, como la formalizada con el ducado de Milán mediante la boda de su sobrina Cristina de Dinamarca con el duque Francisco Sforza —que su hermana María no deseaba ni de coña al estar muy unida a las huérfanas de su hermana Isabel; y por conocer a fondo a Tiziano, al que ya había tratado pero no demasiado hacia 1530, pues rumiaba desde hacia tiempo contar con un pintor de cámara. Y quién mejor que Tiziano. De ahí el encargo de un retrato de cuerpo entero, a lo cortesano, con perro incluido —expuesto en la actualidad en el Museo del Prado. Por si os apetece—, que le satisfizo. Luego vendría cómo recordar la Batalla de Mühlberg y alguna cosa más.
Total, que el colega inició el regreso a España cuatro años —sí, cuatro— después de haberse marchado. Y no eran pocas las ganas de verse que tenía la pareja, así que Isabel se las piró para Barcelona el 17 de febrero de 1553, llevando consigo a sus hijos Felipe y María para que también los viera el padre, al saber que su churri ya había embarcado en Génova camino de la Ciudad Condal.
¿Y el encuentro? Imaginaos: cuatro años sin verse las caras, y el emperador con unas ganas de darle al asunto —en vida de Isabel le fue fiel por completo. Así que con qué ganas de verla llegó a Barcelona—. Pues eso, dos orejas, rabo, y ovación y vuelta al ruedo. Lo primero, disfrutar, que ya habría tiempo de contarle cómo estaba el patio por España. Y el patio no estaba muy allá, con Barbarroja dando por saco desde Argel todo lo que podía y más, con el consiguiente peligro que suponía eso para la tranquilidad en el Mediterráneo.
Que ya habría tiempo para tratar de todo eso. Que, después de cuatro años sin verse el pelo, lo importante era lo importante. Pues eso.
Cierto es que la emperatriz Isabel dio palmas con las orejas al recibir aquellas noticias referentes al turco, dado que su fama los ponía de corbata a cualquiera. Luis II, el rey de Hungría, era buena prueba de ello —ya llevaba unos años criando malvas el hombre—, así que como para no tenerle miedo al gachó. Que la emperatriz los tenía como acabo de decir lo prueba esta carta enviada a su amado Carlos allá por el 8 de agosto de 1532, cuando estaba convencida de que iba a haber hondonada de hostias: «En lo del turco, Dios sabe el cuidado en que me tiene su venida, y a ver a V. M en esas partes con tantos trabajos…». Pues eso, rezando para que no le pasara nada a su Carlos. Así que no le quedaba más remedio que rezar, porque la congoja que la embargaba era de aúpa. Y no se cortaba ni un pelo en manifestárselo: «Me ha puesto en congoxa —le escribió el 4 de septiembre, cuando la cosa estaba a punto— y no poco cuidado de ver que el exército del Turco estoviese ya tan cerca de Viena…», a lo que añadió: «Las plegarias y oraciones en las iglesias y monasterios destos Reinos y en los de Aragón y Valencia por la salud de V. M. y por su victoria contra ese enemigo, se continúan…». El nudo de la corbata, el que más os guste.
Conforme recibía noticias positivas al respecto su ánimo fue mejorando, pero era saber que su churri estaba metido en el fregado, porque el emperador no era de ver la corrida desde la barrera, sino de meterse en el ruedo y citar al toro con arte, salero y olé, y llevársela aún los demonios. Y vale que Carlos se sentía fuerte, poderoso y tal, pero la que se lo comía en la distancia sin consuelo era ella, que se pasó más de una y de dos noches en vela rezando y llorando. Normal, entonces, que diera palmas con las orejas al recibir las noticias con las que he comenzado estas líneas.
No obstante, Carlos la avisó de que entraría en Viena y, así, de paso, se veía con su hermano Fernando —no es que la relación nunca fuera muy allá, pero eran hermanos al fin y al cabo—, lo que a Isabel le pareció bien, pues eso significaba que, tras Viena, tocaba regresar a España. Pero ya como que se empezó a mosquear cuando conoció que su churri se iba para Italia allá por el mes de noviembre de 1532. Y como nunca se sabe —ni antes ni ahora— lo que puede pasar, comenzó a meterle prisa. Que ya va siendo hora de que te pases por casa, y eso. «Suplico a V. M. que no dilate [su regreso] por alguna manera», le dice por carta. Pues eso, que para casa a la de ya y sin perderte por el camino.
Pero la cabra siempre tira para el monte, y mi colega se demoró en Italia con la cosa de ir a saludar a Clemente VIII en Bolonia, al que también hacía tiempo que no veía, y cómo le vas a negar al Papa una visita. Faltaría más. Esto, ya a finales de 1532; que había cosas que tratar, alguna que otra alianza que establecer, como la formalizada con el ducado de Milán mediante la boda de su sobrina Cristina de Dinamarca con el duque Francisco Sforza —que su hermana María no deseaba ni de coña al estar muy unida a las huérfanas de su hermana Isabel; y por conocer a fondo a Tiziano, al que ya había tratado pero no demasiado hacia 1530, pues rumiaba desde hacia tiempo contar con un pintor de cámara. Y quién mejor que Tiziano. De ahí el encargo de un retrato de cuerpo entero, a lo cortesano, con perro incluido —expuesto en la actualidad en el Museo del Prado. Por si os apetece—, que le satisfizo. Luego vendría cómo recordar la Batalla de Mühlberg y alguna cosa más.
Total, que el colega inició el regreso a España cuatro años —sí, cuatro— después de haberse marchado. Y no eran pocas las ganas de verse que tenía la pareja, así que Isabel se las piró para Barcelona el 17 de febrero de 1553, llevando consigo a sus hijos Felipe y María para que también los viera el padre, al saber que su churri ya había embarcado en Génova camino de la Ciudad Condal.
¿Y el encuentro? Imaginaos: cuatro años sin verse las caras, y el emperador con unas ganas de darle al asunto —en vida de Isabel le fue fiel por completo. Así que con qué ganas de verla llegó a Barcelona—. Pues eso, dos orejas, rabo, y ovación y vuelta al ruedo. Lo primero, disfrutar, que ya habría tiempo de contarle cómo estaba el patio por España. Y el patio no estaba muy allá, con Barbarroja dando por saco desde Argel todo lo que podía y más, con el consiguiente peligro que suponía eso para la tranquilidad en el Mediterráneo.
Que ya habría tiempo para tratar de todo eso. Que, después de cuatro años sin verse el pelo, lo importante era lo importante. Pues eso.
© Víctor Fernández Correas
![]() |
| Carlos I de España - Bernard van Orley - |
Víctor Fernández Correas nació en 1974 y le dio por empezar a escribir a eso de mediados del año 2000, que fue cuando ganó un certamen de relato corto en su pueblo, Valverde de la Vera (Cáceres). Repitió al año siguiente y también ganó. Y asimismo fuera de su pueblo –por ver si sonaba la flauta-, como le ocurrió con el Primer Certamen de Relato Corto «Princesa Jariza» de Jaraíz de La Vera en ese mismo 2001. En 2008 se publicó su primera novela, La conspiración de Yuste, editada por La esfera de los libros. Cuatro años después, en 2012, volvió a aparecer en el mercado literario con La tribu maldita, editada por Temas de hoy (Editorial Planeta). En 2018 ha publicado Se llamaba Manuel (Versátil Ediciones) y recientemente ha terminado una cuarta que saldrá en 2020. También ha colaborado en la antología Cervantes tiene quien le escriba, editada por Ediciones Traspiés en 2016, con el relato «La del alba fue».
¿NOS ECHAS UNA MANO?
Si te gusta alguna de las secciones de CITA EN LA GLORIETA, ayúdanos a crecer, siguiendo el blog. Puedes hacerlo pinchando AQUÍ.
¡Muchas gracias!
¡Muchas gracias!


