Os ofrecemos un nuevo capítulo de la vida del emperador Carlos I de España y V de Alemania, cuya biografía publicamos por cortesía del escritor extremeño Víctor Fernández Correas, autor de las novelas La conspiración de Yuste, La tribu maldita y Se llamaba Manuel.
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EL EMPERADOR CARLOS V Y LA ÚLTIMA CRUZADA
Víctor Fernández Correas
Víctor Fernández Correas
Después de fracasar lo de darle de hostias a Francisco I hasta en el cielo de la boca en su propia casa, el emperador Carlos V regresó a España, donde se reencontraría con la emperatriz Isabel en Tordesillas, a donde acudió a recibirlo con sus tres churumbeles a cuestas tres años después de verlo por última vez. Allí, en Tordesillas, le esperaba el calor buscado, el oído cómplice y su amor de los amores. Fue aquélla una de las estancias más largas del emperador en casa, con los suyos, y también en compañía de su madre —las únicas navidades que pasó con ella—; unos meses para descansar y concederse una tregua para lo que estaba por venir. Como siempre, curvas. Y muy peligrosas.
Para empezar, estaba, como siempre, Francisco I, envalentonado con eso de que el emperador no lo pudo derrotar en su país. Con Flandes en un ojo y el Milanesado en el otro, decidiendo por dónde tirar —María, la hermana de mi colega, llegó a pedirle ayuda por miedo de que el francés entrara a sangre y fuego en aquellas primeras tierras; luego, los asuntos de Estado, como la asistencia a Cortes, las de 1537, que se celebraron en Valladolid tres años después de las anteriores de Madrid; y el turco —ole con ole—, de vuelta a las andadas, cuya marina había echado anclas en el puerto de Marsella. Curvas que ni las del puerto de Los Leones.
Que el turco asustaba más que decenas de Franciscos juntos se ve de aquí a Lima, así que lo esencial para hacerle frente era, precisamente, buscar una paz con el francés. De esas negociaciones se encargaron María de Hungría, la hermana pequeña del emperador, y el delfín Enrique de Francia, el futuro Enrique II, que parecían ir por buen camino; y que serían rematadas con una entrevista cara a cara entre Francisco y Carlos a la que se resistió el primero todo lo que pudo hasta encontrar el momento propicio.
Pero quien también estaba preocupado por el asunto del turco era Su Santidad, Paulo III, que no se quedó con los brazos cruzados y decidió montar una alianza —La Santa Liga se llamó aquello— entre el emperador, su hermano Fernando, y Venecia —harta de los desmanes del turco en el Mar Egeo—; y que se empeñó también en juntar a Francisco y a Carlos para que se dijeran de todo menos guapo a la cara, pero que hicieran las paces de una santa vez para guerrear contra el turco, que era el chungo de verdad. Reunión que tuvo lugar, ahora sí que sí, en Aigues-Mortes, en la costa francesa —terreno de Francisco I, bien sûr–, después de no pocas negociaciones, y con Carlos más mosqueado que un pavo en vísperas de Nochebuena por lo que le pudiera pasar al poner pie en tierras francesas tras navegar hacia ellas con su propia flota. Que no pasó nada de nada: todos buenas palabras, mejores intenciones, y algún que otro episodio de galanteo amoroso entre ambos monarcas con la amante del francés, madame D’Étampes —tela de guapa, según las crónicas de la época— como protagonista. Besos, abrazos, la palabra amigo dicha hasta saciar el oído menos insaciable, etcétera.
En consecuencia, el emperador pensó que, ahora sí que sí, había llegado el momento de convertirse en el gran cruzado que siempre soñó; el tipo que liberaría a Europa de la amenaza del turco por los siglos de los siglos, amén. Todo estaba dispuesto para tal fin. Pero no, la cosa no se dio. Que se quedó compuesto y sin ser cruzado, por resumir.
Para empezar, aquello de la cruzada como que no sentó muy allá a las Cortes de Toledo, convocadas a finales de 1538; que, al ver lo que iba a costar lo de la dichosa cruzada, y más sabiendo que los ingresos no llegaban para cubrir los gastos del asunto ni en sueños, le dijeron que se dejara de guerras y que buscara una paz general y definitiva. Menos viajes y más austeridad. Menos boato y más Castilla. Y el emperador, en consecuencia, con un cabreo de tres pares de cojones; que se quedara a vivir una temporada en Castilla y que se dejara de tanta tontería de ir de acá para allá, que no estaban las arcas del reino para tanto dispendio, para rematar. En casita, con su mujer y sus churumbeles, y a reinar. Que vale ya de tanta tontería.
A lo que hay que unir que lo de La Liga Santa, que de nombre muy bonito, pero de hechos, muchos menos de lo que soñó el emperador. De las tropas prometidas para darle hostias al turco como si no hubiera un mañana a las dispuestas para el asunto, media un abismo; y batallas, si acaso reseñar la de Herzeg Novi, y en especial la de Castelnuovo durante el verano de 1539. Carnicería esta última en la que los viejos Tercios aguantaron lo inaguantable y más, resistieron las acometidas de los turcos con una fiereza sin igual cuando Solimán ya soñaba con sentar su culo en la silla del Papa en Roma; y cuyos supervivientes —moriremos en defensa de Dios y de su Rey, contestaron a la propuesta de rendición honrosa de Barbarroja—, al serles preguntados por cuántos quedaron en pie, miraron al frente, orgullosos de lo padecido y luchado, y respondieron que contaran los muertos a sus espaldas. Gutierre de Cetina parió estos versos como recuerdo de la gesta:
Para empezar, estaba, como siempre, Francisco I, envalentonado con eso de que el emperador no lo pudo derrotar en su país. Con Flandes en un ojo y el Milanesado en el otro, decidiendo por dónde tirar —María, la hermana de mi colega, llegó a pedirle ayuda por miedo de que el francés entrara a sangre y fuego en aquellas primeras tierras; luego, los asuntos de Estado, como la asistencia a Cortes, las de 1537, que se celebraron en Valladolid tres años después de las anteriores de Madrid; y el turco —ole con ole—, de vuelta a las andadas, cuya marina había echado anclas en el puerto de Marsella. Curvas que ni las del puerto de Los Leones.
Que el turco asustaba más que decenas de Franciscos juntos se ve de aquí a Lima, así que lo esencial para hacerle frente era, precisamente, buscar una paz con el francés. De esas negociaciones se encargaron María de Hungría, la hermana pequeña del emperador, y el delfín Enrique de Francia, el futuro Enrique II, que parecían ir por buen camino; y que serían rematadas con una entrevista cara a cara entre Francisco y Carlos a la que se resistió el primero todo lo que pudo hasta encontrar el momento propicio.
Pero quien también estaba preocupado por el asunto del turco era Su Santidad, Paulo III, que no se quedó con los brazos cruzados y decidió montar una alianza —La Santa Liga se llamó aquello— entre el emperador, su hermano Fernando, y Venecia —harta de los desmanes del turco en el Mar Egeo—; y que se empeñó también en juntar a Francisco y a Carlos para que se dijeran de todo menos guapo a la cara, pero que hicieran las paces de una santa vez para guerrear contra el turco, que era el chungo de verdad. Reunión que tuvo lugar, ahora sí que sí, en Aigues-Mortes, en la costa francesa —terreno de Francisco I, bien sûr–, después de no pocas negociaciones, y con Carlos más mosqueado que un pavo en vísperas de Nochebuena por lo que le pudiera pasar al poner pie en tierras francesas tras navegar hacia ellas con su propia flota. Que no pasó nada de nada: todos buenas palabras, mejores intenciones, y algún que otro episodio de galanteo amoroso entre ambos monarcas con la amante del francés, madame D’Étampes —tela de guapa, según las crónicas de la época— como protagonista. Besos, abrazos, la palabra amigo dicha hasta saciar el oído menos insaciable, etcétera.
En consecuencia, el emperador pensó que, ahora sí que sí, había llegado el momento de convertirse en el gran cruzado que siempre soñó; el tipo que liberaría a Europa de la amenaza del turco por los siglos de los siglos, amén. Todo estaba dispuesto para tal fin. Pero no, la cosa no se dio. Que se quedó compuesto y sin ser cruzado, por resumir.
Para empezar, aquello de la cruzada como que no sentó muy allá a las Cortes de Toledo, convocadas a finales de 1538; que, al ver lo que iba a costar lo de la dichosa cruzada, y más sabiendo que los ingresos no llegaban para cubrir los gastos del asunto ni en sueños, le dijeron que se dejara de guerras y que buscara una paz general y definitiva. Menos viajes y más austeridad. Menos boato y más Castilla. Y el emperador, en consecuencia, con un cabreo de tres pares de cojones; que se quedara a vivir una temporada en Castilla y que se dejara de tanta tontería de ir de acá para allá, que no estaban las arcas del reino para tanto dispendio, para rematar. En casita, con su mujer y sus churumbeles, y a reinar. Que vale ya de tanta tontería.
A lo que hay que unir que lo de La Liga Santa, que de nombre muy bonito, pero de hechos, muchos menos de lo que soñó el emperador. De las tropas prometidas para darle hostias al turco como si no hubiera un mañana a las dispuestas para el asunto, media un abismo; y batallas, si acaso reseñar la de Herzeg Novi, y en especial la de Castelnuovo durante el verano de 1539. Carnicería esta última en la que los viejos Tercios aguantaron lo inaguantable y más, resistieron las acometidas de los turcos con una fiereza sin igual cuando Solimán ya soñaba con sentar su culo en la silla del Papa en Roma; y cuyos supervivientes —moriremos en defensa de Dios y de su Rey, contestaron a la propuesta de rendición honrosa de Barbarroja—, al serles preguntados por cuántos quedaron en pie, miraron al frente, orgullosos de lo padecido y luchado, y respondieron que contaran los muertos a sus espaldas. Gutierre de Cetina parió estos versos como recuerdo de la gesta:
«Héroes gloriosos, pues el cielo
os dio más parte que os negó la tierra,
bien es que por trofeo de tanta guerra
se muestran vuestros huesos por el suelo».
os dio más parte que os negó la tierra,
bien es que por trofeo de tanta guerra
se muestran vuestros huesos por el suelo».
Y rematando el percal, unas negociaciones secretas con Barbarroja mientras todo aquello ya relatado se estaba desarrollando, y que se alargaron hasta 1540 para intentar que el Mediterráneo fuera lo más parecido a una balsa de aceite y todo y todos shiny happy people, que canta R.E.M.
Cuando en abril de 1539, por fin, abandonó la idea de convertirse en el cruzado que siempre soñó, más de uno y de dos respiraron tranquilos en Castilla.
La que no lo haría fue su esposa, la emperatriz Isabel. En puertas de ponerse a criar malvas.
Cuando en abril de 1539, por fin, abandonó la idea de convertirse en el cruzado que siempre soñó, más de uno y de dos respiraron tranquilos en Castilla.
La que no lo haría fue su esposa, la emperatriz Isabel. En puertas de ponerse a criar malvas.
© Víctor Fernández Correas
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| Carlos I de España - Bernard van Orley - |
Víctor Fernández Correas nació en 1974 y le dio por empezar a escribir a eso de mediados del año 2000, que fue cuando ganó un certamen de relato corto en su pueblo, Valverde de la Vera (Cáceres). Repitió al año siguiente y también ganó. Y asimismo fuera de su pueblo –por ver si sonaba la flauta-, como le ocurrió con el Primer Certamen de Relato Corto «Princesa Jariza» de Jaraíz de La Vera en ese mismo 2001. En 2008 se publicó su primera novela, La conspiración de Yuste, editada por La esfera de los libros. Cuatro años después, en 2012, volvió a aparecer en el mercado literario con La tribu maldita, editada por Temas de hoy (Editorial Planeta). En 2018 ha publicado Se llamaba Manuel (Versátil Ediciones) y recientemente ha terminado una cuarta que saldrá en 2020. También ha colaborado en la antología Cervantes tiene quien le escriba, editada por Ediciones Traspiés en 2016, con el relato «La del alba fue».
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