Como adelanto de la reseña de Tierra de Esperanza (Caligrama, Penguin Random House Grupo Editorial, 2020), la última novela de Juan A. Rodríguez, que en breve publicaremos, os ofrecemos hoy unos fragmentos de esta magnífica novela, reproducidos por cortesía de su autor.
Juan A. Rodríguez es un apasionado de la historia. Afincado en Palma de Mallorca, ciudad en la que nació en 1973, y licenciado en Historia del Arte, ha trabajado como crítico musical en cadenas como COPE y Cadena 100, además de haber trabajado como articulista para diversos medios escritos de Mallorca.
Tras las novelas In nomine Dei y Prostibulum (Ed. ECU), Tierra de esperanza es su tercera publicación.
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| © Caligrama |
Tierra de esperanza es el resultado de cuatro años de documentación sobre la historia de Irlanda.
Fragmentos de «Tierra de Esperanza», de Juan A. Rodríguez,
escogidos por Javier Alonso García-Pozuelo
»El caso es que varios miles de personas murieron durante los primeros meses de plaga, pero los periódicos, sobre todo, los ingleses, silenciaron la gravedad de la situación. Al año siguiente ya fue la práctica totalidad de la cosecha la que se pudrió. Sí, llegaron barcos con alimentos desde América, cargados sobre todo de maíz, pero la corrupción de los funcionarios ingleses impidió que fuera distribuida la mayor parte de aquella ayuda.
»Decían que lo importante era “enseñar a los irlandeses a depender de nosotros mismos y que debíamos aprender de una vez a aprovechar los recursos del país en lugar de recurrir a la ayuda del Gobierno inglés en cada ocasión”.
***
—¿Y qué dicen los ingleses? —preguntó el niño sentándose en el pupitre más cercano a la tarima del maestro.
—La historia que desde el principio cuentan los ingleses culpa a los irlandeses. Según ellos, dependemos por entero de las cosechas de la patata, pues, dicen, somos un país incapaz de cultivar otra cosa. Sin embargo, la realidad es que aún hoy Irlanda envía a Inglaterra cereales y ternera en cantidad más que suficiente para alimentar varias veces a nuestra población. Pero la comida se tiene que vender para pagar el arriendo y para que el terrateniente, su esposa y sus amantes sigan viviendo cómodamente en Inglaterra.
—La historia que desde el principio cuentan los ingleses culpa a los irlandeses. Según ellos, dependemos por entero de las cosechas de la patata, pues, dicen, somos un país incapaz de cultivar otra cosa. Sin embargo, la realidad es que aún hoy Irlanda envía a Inglaterra cereales y ternera en cantidad más que suficiente para alimentar varias veces a nuestra población. Pero la comida se tiene que vender para pagar el arriendo y para que el terrateniente, su esposa y sus amantes sigan viviendo cómodamente en Inglaterra.
***
Todos pudieron comer algo, pues Eliza había terminado por aceptar la generosidad de aquellos vecinos que quisieron colaborar con la ocasión, a fin de conseguir que el joven John saliera de Kilkelly con algo en el estómago. No es que hubieran llegado tiempos mejores. La gente empezaba a tener que prepararse sopa con las malas hierbas que crecían al borde del camino. No, nadie nadaba en la abundancia, así que, si aquel día había algo de comida decente en la mesa de los Hunt, se debía exclusivamente al buen corazón de los muchos vecinos que quisieron aportar algo, por poco que fuera: unos, algunas ramas de tomillo, otros, los que menos, una pequeña patata. Incluso los O’Shea les regalaron amablemente un pollo flaquito y diminuto que Eliza aceptó con lágrimas en los ojos. Pero, eso sí, nada de carbón. Nadie pudo aportar carbón porque nadie tenía. Casi nunca había carbón ni turba en Kilkelly para calentar las comidas, y las patatas siempre quedaban a medio hervir, casi crudas. Pero aquello no les importó o, al menos, nadie dijo nada. Era el día del joven John. En unas horas partiría y no era cuestión de andar quejándose por algo sin importancia.
***
Cuando Eliza empleaba la vieja lengua gaélica, significaba que, o bien lo hacía muy seriamente y que no se debían tomar a la ligera sus palabras, o bien que estaba muy emocionada y triste y que era del todo incapaz de controlar lo que decía y cómo lo decía. Hasta hacía poco más de doscientos años, prácticamente toda la población del Éire hablaba aquella antigua lengua. Sin embargo, el poder británico había minado la cultura irlandesa y la época de la hambruna había hecho que abandonaran el país muchos ciudadanos gaelicoparlantes. Desde entonces, el uso de la anciana lengua había ido disminuyendo y ya solo se utilizaba en la intimidad. De hecho, en la casa de los Hunt, solo Eliza y su padre dominaban la lengua gaélica.
***
—Así es, Willy, los ingleses han violado y desangrado Irlanda desde hace setecientos años.
—Vamos, Art —intervino prudente su hermano Tim—, no hace tanto tiempo que nos acosan.
—Tim, Tim, Tim, déjame recordarte que fue una bula papal de hace un montón de siglos la que concedía Irlanda a Inglaterra. Aquel maldito documento lo otorgó un papa inglés, a requerimiento de un rey inglés, ávido de acumular tierras para sus hijos ingleses. Así que, cada vez que quieren, los muy hijos de perra desempolvan ese documento y dicen: «He aquí nuestro derecho sobre Irlanda». ¡Ni siquiera entonces fue un procedimiento legal! ¿Era el papa dueño de Irlanda acaso?
»Lo único que les falta por conseguir es que terminemos por abandonar nuestro catolicismo para abrazar su maldito anglicanismo. ¿Lo entendéis? En todo momento, han buscado excusas para convencerse a sí mismos de que somos una raza inferior, incapaces de gobernar en nuestro propio país, y de que, si queremos seguir viviendo en él, deberemos volvernos tan asquerosamente ingleses como ellos.
»Sí, amigos, esos bastardos han tratado de convencer al mundo de que somos seres inferiores y de que esto les da licencia para tratarnos peor que a animales, pues a los animales se les da de comer, mientras que a los irlandeses se nos mata de hambre en nuestra propia tierra.
—Vamos, Art —intervino prudente su hermano Tim—, no hace tanto tiempo que nos acosan.
—Tim, Tim, Tim, déjame recordarte que fue una bula papal de hace un montón de siglos la que concedía Irlanda a Inglaterra. Aquel maldito documento lo otorgó un papa inglés, a requerimiento de un rey inglés, ávido de acumular tierras para sus hijos ingleses. Así que, cada vez que quieren, los muy hijos de perra desempolvan ese documento y dicen: «He aquí nuestro derecho sobre Irlanda». ¡Ni siquiera entonces fue un procedimiento legal! ¿Era el papa dueño de Irlanda acaso?
»Lo único que les falta por conseguir es que terminemos por abandonar nuestro catolicismo para abrazar su maldito anglicanismo. ¿Lo entendéis? En todo momento, han buscado excusas para convencerse a sí mismos de que somos una raza inferior, incapaces de gobernar en nuestro propio país, y de que, si queremos seguir viviendo en él, deberemos volvernos tan asquerosamente ingleses como ellos.
»Sí, amigos, esos bastardos han tratado de convencer al mundo de que somos seres inferiores y de que esto les da licencia para tratarnos peor que a animales, pues a los animales se les da de comer, mientras que a los irlandeses se nos mata de hambre en nuestra propia tierra.
***
Para los que le rodeaban era frecuente oír sus quejas. Eso cuando estaba más o menos sobrio. Así que últimamente ya solo le escuchaba el más pequeño de los Hunt. Para Billy, a veces, era peor que no estuviera borracho, pues le aterrorizaba cuando veía a su abuelo presa de espantosas alucinaciones o cuando aparecía cubierto de un preocupante sudor, acompañado por lo general de náuseas, violentos vómitos y aquel interminable temblor en sus delgadísimas manos. A menudo, si llevaba días sin beber, se le podía ver con los brazos cruzados y las manos debajo de las axilas, y entonces todos sabían que el viejo Will lo hacía para evitar que le temblaran. Pero lo hacían, y al final todo él tiritaba.
***
—¡El que habla demasiado escucha muy poco! —acertó a decir el anciano
Ben mientras tomaba el camino embarrado en dirección al O’Briens—. ¡Los
viejos tontos deberían tener la boca cerrada!
—A menos que quieran escucharles otros viejos aún más tontos.
—No te escucharía ni aunque me invitaras a una pinta, viejo Will. Pero si eres lo suficiente hombre para acompañarme, aún conseguirás que sea yo quien te invite a una. ¡Pero, eso sí, querré oír cómo me lo agradeces!
—No me gustan los regalos, viejo Ben. Suelen contener algo más que buena voluntad. ¡Vaya, vaya! Y si no, que se lo pregunten a los griegos. ¿Sabes, Billy, que en cierta ocasión unos griegos muy tontos aceptaron un bonito caballo de madera que…?
—Ahí te quedas, Will, con tus historias de viejos. Adiós.
—A menos que quieran escucharles otros viejos aún más tontos.
—No te escucharía ni aunque me invitaras a una pinta, viejo Will. Pero si eres lo suficiente hombre para acompañarme, aún conseguirás que sea yo quien te invite a una. ¡Pero, eso sí, querré oír cómo me lo agradeces!
—No me gustan los regalos, viejo Ben. Suelen contener algo más que buena voluntad. ¡Vaya, vaya! Y si no, que se lo pregunten a los griegos. ¿Sabes, Billy, que en cierta ocasión unos griegos muy tontos aceptaron un bonito caballo de madera que…?
—Ahí te quedas, Will, con tus historias de viejos. Adiós.
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Para evitar las tasas de las nuevas leyes que limitaban el número de personas que desembarcar, muchos barcos simplemente paraban para descargar pasajeros en las ciudades canadienses de Halifax o New Brunswick antes de viajar hacia Boston o Nueva York. Y ese debía haber sido el destino real del Eliza Ann, pero el mal estado de los pasajeros, azotados en exceso por las epidemias, amenazaba con hacer que no llegaran a la ciudad americana ni la mitad de ellos, por lo que fue preciso acortar en lo posible la travesía, a pesar de la cercanía de las capitales canadienses.
Una vez en Nueva York, nadie los esperaba para darles de forma sincera la bienvenida. Ni una sola sonrisa, ni abrazos, ni amables palabras de acogida. Nadie que les dijera dónde debían dirigirse cuando abandonaran la isla ni con quién hablar. Solo unos oficiales de marina los dirigían, como si fueran una piara de cerdos camino del matadero, para que se adentraran en el centro de inmigración. A John le sorprendió que estuvieran provistos de pañuelos en la nariz y la boca y comprendió que la medida era para no inhalar su pestilencia y evitar contraer enfermedades contagiosas. De hecho, cuando un barco llegaba a puerto tras una travesía tan larga y con tantos pasajeros a bordo, se decía que llegaba envuelto en una pestilente nube que le precedía varios cientos de metros. Incluso se contaba que, al llegar a puerto, si previamente había atravesado un río de agua dulce, esta no podía beberse al estar contaminada por los objetos, cuerpos y restos que eran arrojados por la borda de cientos de barcos que, previamente, habían hecho el mismo recorrido.
Una vez en Nueva York, nadie los esperaba para darles de forma sincera la bienvenida. Ni una sola sonrisa, ni abrazos, ni amables palabras de acogida. Nadie que les dijera dónde debían dirigirse cuando abandonaran la isla ni con quién hablar. Solo unos oficiales de marina los dirigían, como si fueran una piara de cerdos camino del matadero, para que se adentraran en el centro de inmigración. A John le sorprendió que estuvieran provistos de pañuelos en la nariz y la boca y comprendió que la medida era para no inhalar su pestilencia y evitar contraer enfermedades contagiosas. De hecho, cuando un barco llegaba a puerto tras una travesía tan larga y con tantos pasajeros a bordo, se decía que llegaba envuelto en una pestilente nube que le precedía varios cientos de metros. Incluso se contaba que, al llegar a puerto, si previamente había atravesado un río de agua dulce, esta no podía beberse al estar contaminada por los objetos, cuerpos y restos que eran arrojados por la borda de cientos de barcos que, previamente, habían hecho el mismo recorrido.
Reseña de Prostibulum, de Juan Antonio Rodríguez, por Maya Velasco
“Desde ahora la mujer por su condición de adúltera, como también la bruja por sus hechizos, o por su lujuria la prostituta, serían tomadas, junto a otros seres humanos y por la población en general, como despreciables, y vistas todas como las causantes del frío, la nieve, las lluvias y la muerte.”Solo un enamorado de la Historia y de la Edad Media podía ofrecernos este impresionante resumen de la vida en los monasterios y abadías del siglo XV, de la vida en las residencias papales y de la terrible corrupción que llenaba la Iglesia de la época. El trabajo de documentación es excepcional. Retrata perfectamente ...

