Os ofrecemos un nuevo capítulo de la vida del emperador Carlos I de España y V de Alemania, cuya biografía publicamos por cortesía del escritor extremeño Víctor Fernández Correas, autor de las novelas La conspiración de Yuste, La tribu maldita y Se llamaba Manuel.
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NO SOMOS NADIE
Víctor Fernández Correas
Víctor Fernández Correas
Hay un momento para el que ninguno de nosotros está preparado, y es el de la muerte. Porque llega repentina, maleducada como es ella, por mucho que despida señales de lo que tarde o temprano ocurrirá. Nadie está preparado para la suya —como es lógico, salvo Leonard Cohen. Incluso le dedicó un disco al asunto. Para eso era Leonard Cohen—, ni tampoco para la de un ser querido. Así que, ¿cómo iba a estar preparado el emperador Carlos V para que se le marchara su gran amor? Tan bella, tan guapa. Tan todo, pero con un carácter recio como un chopo.
Bien es cierto, como acabo de decir, que a la parca le pirra eso de dejar señales; evidencias, vamos, de que se va a presentar el día que menos se la espere para llevarse a quien tenga enfilado/a. Y a Isabel, la bella y guapa Isabel, la tenía enfilada desde su último aborto, el primer día de mayo de 1539. Tanto, que la puso a criar malvas.
Que tenía peor cara que los yogures caducados a consecuencia del susodicho aborto lo prueba hasta un testimonio que mi colega recogió años después en sus Memorias, llegando a decir a raíz del mencionado parto que «quedó tan mal que desde entonces hasta su muerte tuvo poca salud».
En eso tuvo algo de culpa mi colega, que la dejaba preñada cada vez que volvía a casa. ¡Y con qué ganas volvía, el amigo! Siendo la consecuencia de cada ansiado regreso —recordemos que Carlos le fue fiel a Isabel hasta el momento de su muerte— parto va parto viene y cuando no, aborto va aborto viene.
Echemos cuentas: de la luna de miel en Granada, el resultado fue Felipe, que nació en 1527. Es decir, 14 meses después de la boda; 13 meses después llegó María; a la que siguió, 17 meses después, Fernando, el que tanto deseó Margarita de Austria para que lo acompañara en sus últimos años de vida. Lástima que la palmara a los pocos meses de nacer.
No es hasta 1529 cuando se produjo la primera ausencia del emperador, que se prolongó hasta 1533, siendo el resultado del regreso un aborto de la emperatriz al año siguiente, en 1534. A continuación vino el nacimiento de su hija Juana, en 1535; y el del del infante Juan, en octubre de 1537, que se marchó para el otro barrio a los pocos días. En consecuencia, el último embarazo, el que acabó con su salud —frágil ya—, terminó en aborto y fallecimiento de la emperatriz el 1 de mayo de 1539 a los 36 años. Cinco hijos, de los que sólo sobrevivieron tres, y dos abortos. Siete embarazos en total. Pues eso, cada vuelta del emperador a casa significaba un bombo para la emperatriz, unos más completos que otros, como hemos podido ver. La tranquilidad para su vientre le duró el espacio de tiempo que media entre 1529 y abril de 1533.
Se cuenta que, al desgaste del cuerpo con tanto embarazo hay que sumarle un estado de ánimo muy próximo a una sempiterna melancolía, lo que se traducía no pocas veces en llantinas de muy padre y señor mío. Valga como ejemplo la que se agarró por que su amado esposo siguió adelante con su plan de verse con Francisco I en Aigues-Mortes. Eso, en vísperas de Navidad, que también los tenía cuadrados mi colega; y asimismo que, en ausencia del emperador, la que se encargaba del redil en Castilla era ella. Y por muy buenos consejeros que tuviera —que los tuvo. El cardenal Tavera es el ejemplo—, aquello era un vodevil continuo, con Barbarroja con cuerpo jotero cada dos por tres, la incertidumbre por la integridad de su esposo, y la falta de perras —tan sempiterna o más que su melancolía— que la asfixiaba e impedía servir a su marido y señor como ella deseaba.
En fin, que entre todos la mataron y ella sola la palmó. Y eso que los médicos aseguraban que la veían con buena cara tras el aborto. Todos menos uno, un doctor de origen converso apellidado Villalobos, toda una eminencia de la época, que por no contrariar a sus colegas —cristianos viejos todos ellos—, sólo se confesó por carta con el secretario del emperador, Francisco de los Cobos; al que vino a decir que las fiebres resultantes del aborto tenían más peligro para la salud de la emperatriz que una piraña en un bidé. Bingo para el caballero.
El golpe y consecuente dolor para el emperador fue brutal. Mientras él se refugiaba en el Monasterio de Sisla, en Toledo —algunos sostienen que, de esa estancia, le vino su deseo años después de dejarlo todo y liarse el petate para acabar sus días en la tranquilidad de Yuste—, un cortejo fúnebre de los de época con el cuerpo de Isabel recorría los caminos de España camino de Granada, para ser enterrada en la capilla real donde yacían los abuelos del marido de la finada, es decir, los Reyes Católicos.
Una vez de vuelta a la Corte pidió —casi imploró— un retrato de su amada para recordarla en todo momento, y ahí estuvo al quite su hermana María, que recordaba un retrato suyo en la pinacoteca que su tía Margarita de Austria poseía en Malinas. Malo no, lo siguiente. Se le parecía lo que un alpargata a un Manolo —de Blahnik, por supuesto—; entuerto que resolvería Tiziano unos cuantos años después pintando un retrato como Dios manda, y con una curiosa historia al respecto. Pero esa me la guardo para más adelante.
Bien es cierto, como acabo de decir, que a la parca le pirra eso de dejar señales; evidencias, vamos, de que se va a presentar el día que menos se la espere para llevarse a quien tenga enfilado/a. Y a Isabel, la bella y guapa Isabel, la tenía enfilada desde su último aborto, el primer día de mayo de 1539. Tanto, que la puso a criar malvas.
Que tenía peor cara que los yogures caducados a consecuencia del susodicho aborto lo prueba hasta un testimonio que mi colega recogió años después en sus Memorias, llegando a decir a raíz del mencionado parto que «quedó tan mal que desde entonces hasta su muerte tuvo poca salud».
En eso tuvo algo de culpa mi colega, que la dejaba preñada cada vez que volvía a casa. ¡Y con qué ganas volvía, el amigo! Siendo la consecuencia de cada ansiado regreso —recordemos que Carlos le fue fiel a Isabel hasta el momento de su muerte— parto va parto viene y cuando no, aborto va aborto viene.
Echemos cuentas: de la luna de miel en Granada, el resultado fue Felipe, que nació en 1527. Es decir, 14 meses después de la boda; 13 meses después llegó María; a la que siguió, 17 meses después, Fernando, el que tanto deseó Margarita de Austria para que lo acompañara en sus últimos años de vida. Lástima que la palmara a los pocos meses de nacer.
No es hasta 1529 cuando se produjo la primera ausencia del emperador, que se prolongó hasta 1533, siendo el resultado del regreso un aborto de la emperatriz al año siguiente, en 1534. A continuación vino el nacimiento de su hija Juana, en 1535; y el del del infante Juan, en octubre de 1537, que se marchó para el otro barrio a los pocos días. En consecuencia, el último embarazo, el que acabó con su salud —frágil ya—, terminó en aborto y fallecimiento de la emperatriz el 1 de mayo de 1539 a los 36 años. Cinco hijos, de los que sólo sobrevivieron tres, y dos abortos. Siete embarazos en total. Pues eso, cada vuelta del emperador a casa significaba un bombo para la emperatriz, unos más completos que otros, como hemos podido ver. La tranquilidad para su vientre le duró el espacio de tiempo que media entre 1529 y abril de 1533.
Se cuenta que, al desgaste del cuerpo con tanto embarazo hay que sumarle un estado de ánimo muy próximo a una sempiterna melancolía, lo que se traducía no pocas veces en llantinas de muy padre y señor mío. Valga como ejemplo la que se agarró por que su amado esposo siguió adelante con su plan de verse con Francisco I en Aigues-Mortes. Eso, en vísperas de Navidad, que también los tenía cuadrados mi colega; y asimismo que, en ausencia del emperador, la que se encargaba del redil en Castilla era ella. Y por muy buenos consejeros que tuviera —que los tuvo. El cardenal Tavera es el ejemplo—, aquello era un vodevil continuo, con Barbarroja con cuerpo jotero cada dos por tres, la incertidumbre por la integridad de su esposo, y la falta de perras —tan sempiterna o más que su melancolía— que la asfixiaba e impedía servir a su marido y señor como ella deseaba.
En fin, que entre todos la mataron y ella sola la palmó. Y eso que los médicos aseguraban que la veían con buena cara tras el aborto. Todos menos uno, un doctor de origen converso apellidado Villalobos, toda una eminencia de la época, que por no contrariar a sus colegas —cristianos viejos todos ellos—, sólo se confesó por carta con el secretario del emperador, Francisco de los Cobos; al que vino a decir que las fiebres resultantes del aborto tenían más peligro para la salud de la emperatriz que una piraña en un bidé. Bingo para el caballero.
El golpe y consecuente dolor para el emperador fue brutal. Mientras él se refugiaba en el Monasterio de Sisla, en Toledo —algunos sostienen que, de esa estancia, le vino su deseo años después de dejarlo todo y liarse el petate para acabar sus días en la tranquilidad de Yuste—, un cortejo fúnebre de los de época con el cuerpo de Isabel recorría los caminos de España camino de Granada, para ser enterrada en la capilla real donde yacían los abuelos del marido de la finada, es decir, los Reyes Católicos.
Una vez de vuelta a la Corte pidió —casi imploró— un retrato de su amada para recordarla en todo momento, y ahí estuvo al quite su hermana María, que recordaba un retrato suyo en la pinacoteca que su tía Margarita de Austria poseía en Malinas. Malo no, lo siguiente. Se le parecía lo que un alpargata a un Manolo —de Blahnik, por supuesto—; entuerto que resolvería Tiziano unos cuantos años después pintando un retrato como Dios manda, y con una curiosa historia al respecto. Pero esa me la guardo para más adelante.
© Víctor Fernández Correas
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| Carlos I de España - Bernard van Orley - |
Víctor Fernández Correas nació en 1974 y le dio por empezar a escribir a eso de mediados del año 2000, que fue cuando ganó un certamen de relato corto en su pueblo, Valverde de la Vera (Cáceres). Repitió al año siguiente y también ganó. Y asimismo fuera de su pueblo –por ver si sonaba la flauta-, como le ocurrió con el Primer Certamen de Relato Corto «Princesa Jariza» de Jaraíz de La Vera en ese mismo 2001. En 2008 se publicó su primera novela, La conspiración de Yuste, editada por La esfera de los libros. Cuatro años después, en 2012, volvió a aparecer en el mercado literario con La tribu maldita, editada por Temas de hoy (Editorial Planeta). En 2018 ha publicado Se llamaba Manuel (Versátil Ediciones) y recientemente ha terminado una cuarta que saldrá en 2020. También ha colaborado en la antología Cervantes tiene quien le escriba, editada por Ediciones Traspiés en 2016, con el relato «La del alba fue».
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