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El Canal de Isabel II (y Bravo Murillo)

EL CANAL DE ISABEL II (Y BRAVO MURILLO)
Javier Alonso García-Pozuelo
A mediados del siglo XIX, salvo en las pocas fincas que dispusiesen de pozos, el agua de consumo de la inmensa mayoría de la población de Madrid -de unos 200.000 habitantes- provenía de las fuentes públicas y era acarreada hasta las viviendas o bien por los propios vecinos o, más frecuentemente, por los aguadores, que por entonces rondaban el millar. El agua de esas fuentes procedía de los manantiales subterráneos y era conducida hasta ellas por el sistema de los viajes de agua (introducido en la Península por los árabes).

Ya desde el siglo XV el suministro de agua a los habitantes de Madrid fue problemático (el agua del río Manzanares era poco aprovechable, tanto por el bajo caudal como por el desnivel respecto a la población), pero lo fue más con el crecimiento que experimentó Madrid tras la elección por Felipe II como Corte de España. 

Con el notable crecimiento demográfico del siglo XIX, el sistema de los viajes de agua se reveló claramente insuficiente, sobre todo en los meses de verano, de ahí que desde la década de los cuarenta se comenzase a hablar de la conducción de las aguas a la capital desde alguno de los ríos cercanos, a fin de asegurar el caudal durante el estío. En 1848 Bravo Murillo, ministro de Comercio, Instrucción y Obras Públicas, nombró una comisión para que se estudiara la viabilidad de la traída de agua a la capital desde alguno de los ríos cercanos y, después de varios proyectos, el río elegido para abastecer de agua a la Villa y Corte fue el Lozoya

La obra para la traída de las aguas, el denominado Canal de Isabel II (la aportación económica de Isabel II a la suscripción abierta para financiar el proyecto fue decisiva para que se pudiese  llevar a cabo), comenzó en agosto de 1851, siendo presidente del consejo de ministros Juan Bravo Murillo, con la construcción de la presa del Pontón de la Oliva). Durante 7 años, cerca de 2.000 operarios, la mayoría de ellos presos que así redimieron parte de la pena, trabajaron en duras condiciones para construir un canal de más de 70 kilómetros de longitud.
 
Construcción de la presa del Pontón de la Oliva
( Tomada de: "Vistas de las obras del Canal de Isabel II
fotografiadas por Clifford".
Madrid, Canal de Isabel II, 1988.)


Con la solemne inauguración de la fuente de la calle Ancha de San Bernardo, el 24 de junio de 1858, se culminaba la colosal obra de ingeniería del Canal de Isabel II dirigida por el ingeniero Lucio del Valle. La traída de las aguas del Lozoya a Madrid palió en buena parte la carestía secular en los meses de sequía y fue uno de los mayores exponentes de ese periodo al que Pedro Antonio de Alarcón bautizó como la «Edad de Oro de las Obras Públicas». Es una obra colosal a la que ha quedado unido para la posteridad el nombre de Isabel II, aunque no debemos olvidar que si se llevo a cabo, a pesar de los innumerables detractores que tuvo en un principio, fue por el empeño de Juan Bravo Murillo. Pero en 1858, cuando se inauguró, muchas tormentas políticas habían llovido desde aquel lejano 1848 en el que Bravo Murillo, siendo ministro de Comercio, Instrucción y Obras Públicas, consideró prioritario la traída de aguas a la capital. Y cuando el 24 de junio de 1858,  a eso de las ocho y media de la tarde, la reina Isabel II contemplaba desde el pabellón real instalado en la calle Ancha de San Bernardo la inauguración de la nueva red de aguas de abastecimiento de Madrid, Bravo Murillo, quien no había recibido invitación para el evento, lo hacía mezclado entre el expectante vecindario que asistió al acto.
 
Fuente de calle Ancha de San Bernardo
(www.viendomadrid.com)

Si Narváez fue el militar más representativo del Partido Moderado, la mano dura del partido a la que recurrió Isabel II cuando soplaban aires de revolución, Juan Bravo Murillo fue una de las figuras civiles más destacadas del reinado de Isabel II. En contraste con Narváez, el Espadón de Loja, Bravo Murillo no solo no era militar sino que, siendo presidente del consejo de ministros (el equivalente al presidente del gobierno actual) intentó hacer un recorte en el presupuesto de gasto militar. Como era de esperar, el elemento militar del partido moderado hizo todo lo posible para que la reina le retirase su apoyo. Pero no solo los militares del partido maquinaron contra él. Bravo Murillo fue un político de hechos al que no le gustaban nada las discusiones bizantinas en el Congreso ni el componente de espectáculo de los debates parlamentarios. De ahí su fama de antiparlamentario y de ahí que muchos de los que cifraban todas sus esperanzas de medrar en que su elocuencia en el hemiciclo tuviese eco en la prensa, no viesen con buenos ojos a un presidente que quería administrar el país de espaldas al Parlamento. Bravo Murillo no tuvo muchos apoyos, ni siquiera entre los miembros de su propio partido. A pesar de eso, sus apenas dos años de gobierno son de los más fructíferos del siglo, y todos, incluso sus más acérrimos enemigos, estuvieron de acuerdo en que fue uno de los políticos más honrados de su época. Sólo por eso, por su honradez, merece ser recordado más a menudo. Al menos cuando se habla del Canal de Isabel II (y Bravo Murillo, lo rebautizaría yo). Que sea cierta o apócrifa la anécdota que nos ha llegado de que no fue invitado al acto es lo de menos. La política española del XIX es perfectamente compatible con esta injusticia.
 
Juan Bravo Murillo
- José Gutiérrez de la Vega (1848) -
Museo del Prado

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Javier Alonso en Monterrey, México
Fotografía: Víctor Eduardo Hernández
es licenciado en Medicina y Cirugía por la Universidad Autónoma de Madrid, y diplomado en Cooperación Internacional por la Universidad Complutense de Madrid. Ha ejercido durante más de una década como profesor de salud pública además de trabajar como redactor, corrector y editor de textos científicos. Actualmente reside en Santo Domingo donde compagina su pasión por la literatura con su cargo como director académico para Latinoamérica en la escuela internacional AMIR. En los  últimos años ha impartido varios seminarios de Creación Literaria, Nacimiento de la Novela Policíaca, Historia del Siglo XIX y Lectura Crítica tanto en España como en diversos países de Latinoamérica. En febrero de 2017 publicó con Ediciones MAEVA, La cajita de rapé, una novela policíaca ambientada en el Madrid de Isabel II de la que se han escrito decenas de reseñas -que puedes leer en Cita en la Glorieta, el blog colaborativo de historia y literatura que Javier dirige y edita- y que ha sido nominada a la mejor novela negra de autor novel en el Festival Morella Negra como la Trufa. A raíz de la publicación de su primera novela, ha participado en festivales de novela negra, en ferias del libro y en diversos clubes de lectura. Ha formado parte del jurado de diversos certámenes literarios, entre ellos el I Premio Tristán Solarte a la mejor novela negra publicada en el año 2018 en Panamá. En febrero de 2018 se publicó una edición en bolsillo de La cajita de rapé, (EmBolsillo, 2018) y actualmente se distribuye, además de en España, en varios países de Latinoamérica (Ecuador, Colombia, México, Panamá...). El 2021 saldrá a la venta su segunda novela, también protagonizada por el madrileño inspector Benítez.


Reseña de «El crimen del sistema métrico decimal», de Miguel Izu

Reseña de «El crimen del sistema métrico decimal», de Miguel Izu, por Maya Velasco
“Puede que se trate de impedir la aprobación de una ley que en estos momentos se tramita en el Congreso de los Diputados, la ley sobre Pesas y Medidas”.
Si sois seguidores de Cita en la Glorieta, estaréis más que familiarizados con el período histórico de Isabel II en España, un período difícil y lleno de intrigas políticas. También estaréis familiarizados con las magníficas reseñas de Miguel Izu que en tantas ocasiones me han dado una visión nueva de Agatha Christie y sus relatos.

Pues bien, El crimen del sistema métrico decimal es una obra histórica de intriga donde hay acontecimientos históricos reales, políticos, sesiones del Congreso y, además, crimen, sospechosos y pistas.

Según nos cuenta el autor, todo en el libro es real salvo el atentado contra Bravo Murillo que es en realidad el punto de partida de esta novela, y el personaje de Arróniz, nuestro héroe.


Juan Bravo Murillo
- José Gutiérrez de la Vega (1848) -
Museo del Prado
Corre el año 1849 y está a punto de aprobarse, o no, la ley de Pesas y Medidas que acabará de una vez por todas con la increíble cantidad de medidas que se utilizan en la España de la época. Cuando el ministro de Comercio, Bravo Murillo y el diputado Olivan pasean por la plaza de las Cortes, dos hombres les disparan resultando muerto uno de los atacantes y herido el otro. La investigación se le encarga a Arróniz el jefe superior de policía Fernández Enciso ¿por qué?:
“¿Por qué me encomendaron a mí una investigación extraoficial? Acepté la explicación que me dieron. Debido a que soy una persona de confianza, y me lo creí porque era halagador.  Pero tiene que haber otras personas de confianza en el Ministerio. Hay otros comisarios con más experiencia que yo y más identificados políticamente con el Gobierno”.
Todo el mundo piensa que el culpable ha de ser un personaje político contrario a esta ley o que se vea afectado económicamente por ella. Rápidamente aparece un sospechoso al que se detiene y al que Arróniz descubre inocente tras indagar un poco. El problema de nuestro investigador es saber si alguien está queriendo jugar con él, si alguien intenta engañarle y, en ese caso, quién. Si es la ley de Pesas y Medidas tan importante como parece o no.

El principal personaje de El crimen del sistema métrico decimal es la ciudad de Madrid, “una ciudad que no dejaba de crecer, ya superaba los doscientos mil habitantes”. El autor nos lleva paseando por sus calles, nos muestra a los personajes que pueblan sus calles, las costumbres de la época, el lenguaje que entonces se usaba. Este es uno de los pilares de la novela, dejarse llevar por las calles de Madrid y ver cómo vivía la gente de la época. Qué hacía, de qué se hablaba.

Otro personaje fundamental es la clase política del momento poniéndose de manifiesto la enorme corrupción que había, lo poco que se interesan los políticos por el pueblo que les vota, los engaños que hacen unos y otros. En estos años, los Diputados se reunían en el Teatro de Oriente, costumbre que llega hasta nuestros días pues el Congreso actualmente parece un teatro. Este es el segundo punto fuerte. Si comparamos la política de entonces con la de ahora, veremos que la tónica general son la intrigas, la corrupción, el poder por el poder.

Pedro Arróniz es el protagonista, comisario del distrito del Prado. Es un hombre sereno y meticuloso que vive con el recuerdo constante de la muerte de su mujer y su hijo en Cuba, destino al que él insistió en trasladarse. Ahora ha encontrado a una viuda culta y moderna y de especial inteligencia, Elena. Con ella comparte las cultas lecturas que tanto le gustan. Poco a poco, irá desentrañando el misterio que nos propone El crimen del sistema métrico decimal.

Hay que reconocer el gran esfuerzo de documentación que se ha tenido que realizar para escribir esta novela y aprovechando el desarrollo de la trama de intriga, El crimen del sistema métrico decimal nos cuenta el contexto histórico, nos traslada de manera excepcional a una época en que España estaba totalmente atrasada con respecto al resto de países. Asistimos asombrados al desarrollo del ferrocarril, el cambio de los sistemas de alumbrado público, la reforma de las calles y el empedrado: “Se derribaban edificios ruinosos, se construían mercados cubiertos, se instalaban nuevas fuentes, se eliminaban de las fachadas rejas y balcones que dificultaran el paso, se colocaban cubetas urinarias y se plantaban árboles”. España intenta modernizarse a pesar de la resistencia de elementos timoratos y contrarios a los cambios y al progreso. En el fondo, el atentado contra
Bravo Murillo no es más que la excusa para poner de manifiesto esta realidad.

La prosa es formal y elegante, el lenguaje se ajusta perfectamente a la época en la que transcurre la acción, así como a los distintos estratos sociales de cada uno de los personajes. Los frecuentes diálogos aportan viveza al relato contado por el narrador omnisciente.

En mi opinión es una buena novela, amena y que entrelaza perfectamente la intriga y la historia creando una atmósfera especial.


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Miguel Izu en la Semana Negra en la Glorieta.
Reseña de «El legado de los espías», de John Le Carré (IV Semana Negra en la Glorieta). «Entre la novela policiaca y la novela negra» (III Semana Negra en la Glorieta). «Un móvil para un crimen», relato (III Semana Negra en la Glorieta).



Maya Velasco
Nací en Madrid (1962) y crecí rodeada de libros. Estudié Filología Hispánica en la Universidad Autónoma de Madrid. Al terminar la carrera, impartí clases de literatura española a través de una ONG realizando dos de mis sueños que son compaginar mi pasión por la literatura con la enseñanza, compartiendo lo que esta me aportaba con ellos. En este periodo también organizaba obras de teatro en las que actuaban sus alumnos. Actualmente trabajo en un Despacho de Abogados de Madrid y escribo reseñas literarias para el blog colaborativo de Historia y Literatura  Cita en la Glorieta.

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Javier Alonso García-Pozuelo

«La Década Moderada (1844-1854)», por Eduardo Montagut

Cedió la palabra don Feliciano a un alabardero, que con noticias frescas del asesino, por haber oído sus primeras declaraciones, fue acometido por los curiosos insaciables. «Es español -nos dijo-, riojano por más señas, y cura. Se llama Martín Merino; dijo misa esta mañana. Al salir de su casa juró que no volvería sin matar a la Reina, o a la Reina madre, o a Narváez...». Nada consternó tanto a mi señor suegro como que el asesino fuera real y efectivo sacerdote, con la agravante sacrílega de haber celebrado aquella mañana; y cuando el alabardero, y otro que vino detrás, dijeron que Merino era exclaustrado y había vivido en Francia muchos años, desempeñando un curato, rompió en estas o parecidas exclamaciones: «¿No lo decía yo? ¡Enciclopedia, demagogia, con su poco de Espíritu del Siglo, cosas que no existían en España cuando ésta era una Nación de caballeros, que no mataban a sus reyes, sino que por ellos morían!».
Episodios nacionales (IV serie)
La revolución de Julio (Capítulo I
)

Benito Pérez Galdós

Os ofrecemos una nueva entrega de Historia del Siglo XIX en España escrita para CITA EN LA GLORIETA por Eduardo Montagut.
 


LA DÉCADA MODERADA (1844-1854)
Eduardo Montagut
La principal figura política de la primera década del reinado de Isabel II fue el general Narváez. Estableció un sistema de fuerte autoritarismo que intentó frenar a las clases sociales desfavorecidas y proporcionó la estabilidad necesaria para que la burguesía pudiera enriquecerse, en línea con lo que hacían otros regímenes políticos europeos contemporáneos. La Constitución de esta época, y que estuvo en vigor hasta el Sexenio Democrático, con la salvedad del corto período del bienio progresista, fue la que se promulgó en 1845. Se trata de un texto constitucional, cuyas principales características son las siguientes: soberanía compartida entre las Cortes y la Corona, limitación de derechos, especialmente los de imprenta y reunión, bicameralismo (Congreso y Senado, siendo los senadores de designación real), convocados por el rey, supresión de la Milicia nacional, catolicismo oficial, y un sufragio censitario muy restrictivo.
 

Los gobiernos de la Década moderada emprendieron una intensa actividad legislativa para asentar las bases del Estado Liberal según sus planteamientos. En relación con la organización territorial se mantuvo la división provincial de Javier de Burgos, pero se estableció en cada provincia la figura del gobernador civil. Los alcaldes pasaron a ser designados por el rey en los grandes municipios, o por los gobernadores en los pequeños. Se reorganizó la instrucción pública centralizándose, perdiendo la Iglesia su monopolio en esta materia. Esta centralización se basó en el establecimiento de planes de estudios iguales para toda España. En teoría, la educación primaria era destinada para todo el pueblo, aunque a la Secundaria solamente pudieron acceder las clases medias. En esta época se aprobó la Ley de José Pidal de 1845.

Se pretendió crear una burocracia con la Ley de Funcionarios, que fijó el sistema de acceso a los cuerpos de la administración y el sistema de ascensos en virtud de la antigüedad y los méritos.

En materia fiscal se aprobó la Ley de Alejandro Mon y Ramón de Santillán de 1845, que pretendía sanear la maltrecha hacienda española. Se reformó el sistema tributario: creación de nuevos impuestos, elaboración de un plan para su cobro y un sistema de contabilidad para comprobar con rigor los ingresos y gastos del Estado. La Ley estableció dos tipos de impuestos: los directos e indirectos. El impuesto indirecto sobre el consumo de bienes fue fuente constante de problemas sociales porque gravaba los productos de primera necesidad.

Los moderados tenían en el mantenimiento del orden público una de sus grandes prioridades. Elaboraron un nuevo Código Penal (1848), que con sucesivas reformas ha llegado hasta los años noventa del pasado siglo. También, crearon la Guardia Civil, cuerpo militar pero con funciones civiles de mantenimiento del orden en el medio rural.
 

Francisco Javier Girón y Ezpeleta
II duque de Ahumada
Primer Director General de la Guardia Civil
En otro orden de cosas, destacaría la preocupación por las obras públicas, especialmente en el gobierno de Juan Bravo Murillo (1851-53): caminos, Ley de ferrocarriles, Ley de puertos, canalización del Ebro y del Lozoya.

Aunque los moderados no dieron marcha atrás en relación con la desamortización emprendida con Mendizábal y los progresistas, intentaron recomponer las relaciones con la Iglesia Católica. En 1851 firmaron un Concordato con la Santa Sede. El Estado reconocía a la religión católica como la única de la nación española, se aceptó la inspección eclesiástica del sistema educativo para adecuarlo a la moral católica, se reconoció el derecho de la Iglesia a adquirir bienes aunque tuvo que aceptar las ventas ya hechas por la desamortización, se permitió la existencia de órdenes religiosas masculinas y se creó la contribución de “culto y clero”, lo que suponía que el Estado iba a mantener a la Iglesia a través de sus presupuestos.

La Década moderada entró en crisis en 1854, muy vinculada a la profusión de casos de corrupción, especialmente los relacionados con la construcción del ferrocarril. Además, la situación económica de crisis alentó la tensión social. Bravo Murillo reaccionó gobernando con más dureza, por lo que la presión de la oposición se radicalizó.
 

Como el sufragio era censitario y el sistema electoral estaba manipulado, los progresistas utilizaron el procedimiento del pronunciamiento para acceder al poder. El 28 de junio de 1854 se dio la Vicalvarada, poniendo fin a la Década Moderada.


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es Doctor en Historia por la UAM y profesor de Secundaria en un Instituto de Alcalá de Henares en la especialidad de Geografía e Historia. Socio de las ilustradas Reales Sociedades de Amigos del País de Madrid y Bascongada, pertenece también a la ARMH, y mantiene un constante compromiso por la memoria histórica. Pertenece al Grupo de Memoria Histórica del PSOE y tiene la responsabilidad de Educación, Cultura y Memoria Histórica en la Ejecutiva de la Agrupación Socialista de Chamartín (PSOE-M). Colabora diariamente en diversos medios digitales con artículos de Historia y Política. Tiene publicados un libro sobre los árboles y la Ilustración, y diversos artículos sobre la enseñanza de la agricultura en los siglos XVIII y XIX, así como, sobre Historia social.