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«Van Dine, el gran olvidado», por Alberto Pasamontes

S.S. VAN DINE, EL GRAN OLVIDADO
Alberto Pasamontes
S.S. Van Dine fue el seudónimo usado por Willar Hantington Wright (1888–1939) para firmar las novelas policiacas protagonizadas por el elegante, culto, inteligente pero también pedante y muchas veces insoportable Philo Vance. Como bien dice Luis Alberto de Cuenca en su prólogo a El caso del Asesinato de Benson editado por Reino de Cordelia, “hoy nadie sabe en España quién es S.S. Van Dine, a excepción de diez o doce nostálgicos”. Bueno, quizás una docena sean demasiado pocos, pero lo que sí podemos afirmar sin temor a equivocarnos es que solo lo recuerdan los aficionados al género negro y policiaco.

Periodista y crítico literario y de arte, Van Dine, o Wright, escribió algunas novelas, ensayos y relatos sin mayor trascendencia hasta que, cosas del destino, fue internado en una clínica debido a su adicción a las drogas. Fue allí donde, carcomido por el mortal aburrimiento que le produjeron los dos años que pasó en cama, se dedicó a leer novelas policiacas hasta que decidió que él mismo podía escribir una. Así nació la primera novela protagonizada por el ya citado Philo Vance, quien al parecer tenía bastante que ver con el mismo Wright. Era el año 1926, y El Caso del Asesinato de Benson se convirtió al momento en un enorme éxito de ventas.




Literariamente hablando, Wright era firme seguidor del naturalismo. Este estilo artístico, al que podríamos considerar hijo del realismo del siglo XIX, trató de reproducir la realidad de modo objetivo en todos sus detalles, de los más particulares a los más generales, de los más hermosos a los más desagradables, y lo hacía exponiendo los hechos con una falta de dramatismo que, en muchas ocasiones, parecía exenta de sentimientos. Si los escritores realistas del siglo anterior se mostraban resueltamente optimistas, los naturalistas, en cambio, revestían sus obras de una evidente negatividad. En su afán por mostrar la realidad de modo analítico y falto de emotividad, solían enfocar sus obras desde un punto de vista científico, identificando, o tratando de hacerlo, las fuerzas de la naturaleza, si se prefiere las leyes físicas, que influyen en los acontecimientos que marcan sus historias o incluso los actos cometidos por sus personajes. Se suele presentar a Émile Zola como el máximo representante del naturalismo, aunque no debemos olvidar a otros autores como Wilde, Gogol o Dostoievski.
 

Pero volvamos a Wright/Van Dine, a quien habíamos dejado postrado en una cama de hospital. El éxito cosechado por aquella primera novela, que convirtió a Wright en una estrella mundial (y le hizo ganar más dinero de lo que jamás hubiese llegado a pensar), le animó a continuar con las aventuras de Philo Vance, quien llegó a protagonizar once novelas más, algunas de las cuales fueron llevadas al cine. Fueron varios los actores que interpretaron el papel de Vance, aunque quizá sea William Powell quien lo encarnó con mayor fidelidad. Además, Van Dine escribió una serie de relatos cortos que se convirtieron en cortometrajes para la Warner Bros y redactó Las 20 reglas de la novela policiaca, que no he querido dejar de aportar al final de todo este cartapacio con el que estoy aporreando a usted, amable lector, y que siguen siendo un referente para aficionados al género aunque, a día de hoy, han quedado un tanto desfasadas. Con la llegada de los escritores norteamericanos que dieron origen y sentaron las bases de la novela negra, la violencia explícita, los tipos duros, el erotismo y sexo más que sugeridos, el hard boyled y la crítica social, los gustos de los lectores comenzaron a cambiar y las novelas de S.S. Van Dine fueron cayendo poco a poco en el olvido, así que conviene recordar que él fue uno de los máximos exponentes del género, dejándonos algunos de los mejores ejemplos de literatura policiaca que podemos disfrutar.
 

En España, Van Dine ha recibido un trato bastante injusto, lo que sin duda ha ayudado a ese olvido que mencionaba al principio de este análisis. La mayoría de ediciones a día de hoy han mutilado las novelas, suprimiendo la multitud de tecnicismos y cultismos tan característica de la serie de Philo Vance y las, en muchas ocasiones, mediocres traducciones, no han hecho sino agrandar la herida.

Las dos novelas de las que nos vamos a ocupar en las siguientes líneas consituyen, probablemente, las mejores de la serie y, afortunadamente, he podido dar con dos de las escasas ediciones en los que se ha tratado con respeto la obra de Van Dine.

Los crímenes del Obispo (Edicomunicación, 1995), o Los crímenes del Alfil (según la diferente interpretación que los traductores hayan querido dar al término Bishop del título original The Bishop Murder Case, que puede tener uno u otro significado) apareció en 1929, y es la cuarta novela de la serie y una de las mejores. Es curioso comprobar cómo, a pesar de lo plasta que Vance puede llegar a ser, acaba por ganarse al lector. En Historia de la novela policiaca (Alianza, 1967), el novelista iraní Fereydoun Hoveyda asegura que “Nunca me ha gustado este aristócrata de palabra fácil y algo pedante; sin embargo, permanece en mi memoria por ser uno de los representantes más notables de los excesos a los que puede llegar la novela-problema”. En este sentido, y a pesar de las evidentes diferencias entre uno y otro, no puede uno dejar de recordar a Hercule Poirot, otro inteligente, extravagante y sagaz sabueso nacido de la soberbia imaginación de la gran dama del crimen Ágatha Christie, un personaje de sobra conocido por todos, a quien muy pocos de nosotros, estoy seguro, querría tener como compañero de apartamento.




En Los crímenes del Obispo, la policía de Nueva York tendrá que investigar una serie de crímenes (como vemos, lo del asesino en serie en la literatura policiaca viene de lejos) en los que el criminal deja su sello particular en forma notas mecanografiadas con pequeños fragmentos de canciones infantiles basadas en Los cuentos de Mamá Oca, de Charles Perrault. Lo más asombroso del caso es que las cancioncillas guardan cierta relación con los nombres de los asesinados y de los posibles culpables. Recordemos: hablamos de novela enigma, con un grupo de sospechosos claramente identificado, que ocurre en un espacio más o menos acotado, similar a lo que hemos visto en otras novelas muy conocidas y posteriores en el tiempo a la que nos ocupa, como pueden ser Asesinato en el Orient Express, Tres ratones ciegos o Diez negritos. De nuevo nos encontramos con la señorita Christie. Conviene recordar que las novelas de Van Dine son anteriores, porque la estructura de la novela, los recursos utilizados y la idea de usar canciones infantiles como medio de anunciar o justificar los asesinatos empleada con tanto acierto por la británica en más de una ocasión parecen inspirados por Los crímenes del Obispo.

Acompañado por el fiscal de distrito Markham, un personaje que le acompañará en todas sus novelas, Vance se encontrará con un grupo de sospechosos bastante peculiar, pues varios de ellos son matemáticos, además de ajedrecistas o arqueros.  Ese afán de los naturalistas por tratar de explicar todo desde un punto de vista analítico y científico se ve reflejado en varios pasajes de la novela, en especial en el capítulo XXI, “Las matemáticas y el crimen”, en el que Vance nos ofrece una larga disertación trufada de numerosas referencias científicas en las que nos sorprenderán numerosos conceptos y términos conocidos en la actualidad, al menos de oídas, tales como parsecs, años luz o la unidad de Rutherford, pero que nos parecen demasiado avanzados para 1929, año en que se publicó la novela. Y, sin embargo, ahí están. Me pregunto, teniendo en cuenta que al lector medio de hoy en día le sonarán casi a chino dichos conceptos (me incluyo en el grupo), qué pensaría quien se los encontrara en su época; con este discurso, decía, Vance trata de convencer a Markham de que los crímenes que están investigando, lejos de ser obra de un loco, guardan una incuestionable y precisa lógica propia de una privilegiada mente analítica.

En cualquier caso, Van Dine logra que semejante despliegue científico no repercuta en la complejidad de la historia, haciendo que el lector pueda seguirla sin perder el hilo en ningún momento. Lo hace atribuyéndose a sí mismo el papel de narrador que asiste a los hechos en su condición de amigo personal de Philo Vance, ya desde la primera novela de la serie, El caso del asesinato de Benson. Lo explica así en el prólogo:

Por aquel entonces yo era asesor legal y amigo personal de aquel hombre, y por eso pude conocer aquellos asombrosos y extraordinarios hechos. Sin embargo, hasta hace muy poco tiempo no he tenido la libertad de hacerlos públicos. Incluso ahora no tengo el permiso para divulgar el verdadero nombre de esa persona. Por esa razón, y de modo arbitrario, he escogido el nombre de Philo Vance para referirme a él a lo largo de estas crónicas. (El caso del Asesinato de Benson, Reino de Cordelia, 2016).

Van Dine se convierte, así, en espectador aventajado de las aventuras de su propio personaje, una especie de Dr. Watson que va más allá, pues en este caso el escritor ficticio y el real comparten identidad.
 

Prácticamente todo lo dicho acerca de Los crímenes del Obispo, nos sirve para El caso del asesinato de la Canario (Reino de Cordelia, 2017), con una excelente traducción a cargo de María Robledano. Una curiosidad: El caso del asesinato de la Canario fue la primera novela de Van Dine llevada al cine, con William Powell como protagonista, y la estrella del cine mudo Louise Brooks en el papel de “la Canario” en una de sus escasísimas incursiones en el sonoro. Es esta novela la segunda entrega de la serie y, en mi opinión, mucho mejor que la primera, El caso del asesinato de Benson, y superior también a Los crímenes del Obispo, de la que acabo de hablar. Philo Vance sigue siendo un dandy insoportable aunque dotado de una ética a prueba de bombas, y le acompañan, como siempre, el fiscal de distrito Markham y el propio Van Dine en el papel de narrador. No abunda tanto en detalles científicos, algo que, sin duda, el público debió de agradecer en la época, del mismo modo que lo hace el lector actual. Y el ritmo de la novela es mucho más vivo, lo que casi siempre conlleva más diversión. Además, los personajes se muestran mucho más asentados, profundos y, por qué no decirlo, menos artificiosos que en la primera entrega.


En esta segunda novela, el lector asiste a un típico caso de «habitación cerrada» en el que una diva del cabaret, Margaret Odell, conocida por el sobrenombre de “la Canario”, aparece estrangulada en su apartamento. Por supuesto (ya saben, hablamos de novela enigma), contaremos con un grupo de sospechosos claramente definido desde el principio, cuatro hombres adinerados en este caso, que cuentan con excelentes motivos para asesinarla, pero también con magníficas coartadas para el momento en el que se cometió el crimen.

A pesar de que tenemos numerosas novelas que plantean el dilema de la habitación cerrada, tantas que casi podríamos abrir un subgénero dentro de la novela policiaca, Van Dine se las apaña para hacer de El caso del asesinato de la Canario uno de los mejores ejemplos, enseñándonos pistas y testimonios contradictorios hasta llegar a proporcionarnos una resolución convincente y sin fisuras, a la que Philo Vance llegará a través de sus dotes psicológicas y conocimientos legales. De hecho, con un irreprochable razonamiento que muestra su asombrosa inteligencia, llega a demostrarnos absurdos que parten de planteamientos totalmente coherentes, como en el siguiente fragmento:

…el testimonio constituye la prueba legal concluyente de que nadie pudo haber estado con la fallecida en el momento de su muerte, ergo, presuntamente está viva. El cuerpo estrangulado de la mujer es, simplemente, una circunstancia irrelevante desde el punto de vista del procedimiento legal. Sé que tus doctos abogados no admitirán un crimen sin cuerpo, pero ahora (…) ¿cómo te enfrentas a un corpus delicti sin crimen?
No pierde ocasión tampoco Van Dine para recordarnos su afición al naturalismo, estilo artístico al que, como ya hemos dicho, se adscribe su obra. Así, Vance se refiere al crimen cometido en los siguientes términos en una conversación con el fiscal Markham:
…es un asesinato naturalista. Por lo tanto, su concepción no es espontánea… Y además, no puedo señalar ningún fallo específico, ya que su gran fallo radica en la perfección. Y nada perfecto, mi querido amigo, es natural o auténtico.
O en esta otra ocasión, que obviamente debemos contemplar con benevolencia desde nuestros días, en la que Van Dine se hace eco de las teorías constitucionales, en boga a finales del siglo XIX y en las primeras décadas del XX, aunque totalmente desmanteladas a día de hoy por la criminalística moderna, según las cuales los individuos con determinados rasgos físicos tendrían una mayor tendencia hacia la conducta violenta:
…deberías estudiar con más atención las indicaciones craneales de tus interrogados, vultux est index animi (la cara es el espejo del alma). ¿Te has dado cuenta de la frente amplia y rectangular de este caballero, sus cejas irregulares, sus ojos pálidos y luminosos, y sus espectaculares orejas de borde superior delgado, trago puntiagudo y lóbulo dividido? Un demonio, este Ambroise, pero moralmente imbécil. Cuidado con estos rostros pseudopiriformes.
Me ha sorprendido encontrar, casi ya al final de la novela, un par de interesantes reflexiones éticas que hace Van Dine, a través de Philo Vance, y que no mencionaré aquí para no privar al posible lector de su disfrute. Como decía, ha sido una agradable sorpresa, pues una de las principales diferencias entre la novela policíaca y la novela negra (y aquí hay tantas opiniones como escritores y lectores) es precisamente que la primera se ocupa únicamente del planteamiento y resolución de un crimen, sin meterse a analizar los aspectos morales del mismo, algo que sí hace la segunda y que es parte esencial de ella. De este modo, Van Dine se adentra con gran acierto, aunque sea levemente, en un terreno que no es el suyo, lo que da aún más valor a este caso de la Canario, y demuestra el gran autor que fue y sigue siendo después de todos estos años. Como decía, por desgracia, se le ha tratado muy mal y prácticamente ha quedado sepultado en el olvido. Sus novelas, mal traducidas y mutiladas, están descatalogadas y son difíciles de encontrar. De hecho, yo mismo me hice con un ejemplar de segunda mano de Los crímenes del obispo en la madrileña Cuesta de Moyano. Afortunadamente, Reino de Cordelia ha tenido el gran acierto de recuperarlas para nosotros, respetando los textos originales y las múltiples anotaciones y citas que en ellos aparecían. De momento, están disponibles los dos primeros títulos, El caso del asesinato de Benson y El caso del asesinato de la Canario, pero con el firme compromiso de publicar la serie al completo.


© Alberto Pasamontes, III Semana Negra en la Glorieta, noviembre 2017.

Este artículo ha sido escrita por Alberto Pasamontes para la III SEMANA NEGRA EN LA GLORIETA, celebrada del 21 al 27 de Noviembre de 2017. Agradecemos a quien quiera reproducirla, total o parcialmente, que cite su fuente original. Si quieres acceder al programa de la Semana Negra PINCHA AQUÍ o en la imagen.


LAS 20 REGLAS DE LA NOVELA POLICIACA
S.S. Van Dine
1-. El lector debe tener las mismas oportunidades que el detective para resolver el misterio. Todas las pistas deben estar claramente presentadas y descritas.
2-. No se debe hacer caer al lector en trampas intencionadas o engaños que no sean los que el criminal tiende legítimamente al detective.
3-. No debe haber intriga amorosa. El asunto es entregar al criminal a la justicia y no llevar a una pareja perdidamente enamorada al altar.
4-. El detective, ni ninguno de sus investigadores, nunca será el culpable. Eso sería una pura patraña, lo mismo que ofrecer un penique brillante a cambio de una moneda dorada de cinco dólares.
5-. Al culpable se debe llegar por deducciones lógicas y nunca por accidente, coincidencias o confesiones sin motivo. Resolver el caso de esta manera es hacer perder el tiempo al lector deliberadamente, para que una vez que ha fallado decirle que el autor se guardaba lo que buscaba, oculto en la manga todo el tiempo. Esta clase de escritor no es mejor que un bromista.
6-. Toda novela policíaca debe tener un detective, y un detective no es solo el que descubre. La función de este es reunir las pistas que le lleven a quien cometió el crimen en el primer capítulo. Si el detective no llega a la conclusión a través del análisis de las pruebas, no será mejor que el escolar que busca las soluciones en su libro de aritmética.
7-. En una novela de detectives siembre ha de haber un cadáver y cuanto más muerto esté, mejor. Un delito menor que el asesinato no basta. Trescientas páginas son demasiadas para otra cosa que no sea un asesinato. Al fin y al cabo, el tiempo y el gasto de energía del lector deben ser recompensados.
8-. El crimen debe ser resuelto por medios estrictamente naturalistas. Los métodos para descubrir la verdad como la escritura automática, la guija, la adivinación, las sesiones de espiritismo, las bolas de cristal y similares están prohibidos. El lector debe tener la oportunidad de confrontar su ingenio con el de un detective racional, ya que si tiene que competir con el mundo de los espíritus y perseguir la cuarta dimensión de la metafísica está derrotado ab initio.
9-. No debe haber más que un detective, un protagonista de la deducción, un deus ex machina. Juntar las mentes de tres o cuatro, o incluso de un grupo de detectives para resolver el caso, es aprovecharse del lector de un modo desleal. Si hay más de un detective, el lector no sabe quién es su co-deductor. Es como hacerle participar solo en una carrera de relevos.
10-. El culpable ha de ser un personaje que haya desempeñado un papel más o menos importante en la trama, alguien a quien ya conoce el lector y que resulta interesante.
11-. Nunca se debe escoger a un criado como culpable. Es demasiado obvio, una solución muy fácil. El culpable debe ser alguien que no levante sospechas.
12-. Con independencia del número de crímenes que se hayan cometido, tiene que haber un solo culpable. Este, claro está, puede tener un cómplice, pero toda la responsabilidad debe recaer sobre los hombros de una sola persona para que la indignación del lector caiga de lleno sobre ella.
13-. Las sociedades secretas, mafias, camorras, etc. no tienen cabida en una historia de detectives. Un asesinato intrigante y exquisito queda arruinado de modo irremediable cuando la culpabilidad es compartida. En cualquier caso, el asesino de una novela policíaca tiene que tener una oportunidad, pero proporcionarle una sociedad secreta para que se aproveche de ella es demasiado. Ningún criminal con clase que se precie aceptaría estas ventajas.
14-. El modo en que se produce el asesinato y los medios para resolverlo han de ser racionales y científicos. Esto quiere decir que la pseudociencia, la pura imaginación y la especulación no pueden ser tolerados. Una vez que el autor se adentra en el reino de la fantasía, a la manera de Julio Verne, se encuentra fuera de los límites de la ficción policíaca, retozando en los confines desconocidos de la aventura.
15-. La solución del caso ha de estar en todo momento a la vista para que el lector atento sea capaz de detectarla. Con esto quiero decir que si el lector, después de conocer la explicación del crimen, volviera a leer el libro, se daría cuenta de que ha tenido la solución ante sus ojos, de que las pistas necesarias apuntaban realmente al asesino y que si hubiese sido tan listo como el detective podría haber resuelto el misterio él mismo sin necesidad de llegar al último capítulo.
16-. En una novela policíaca no debe haber largos pasajes descriptivos, ni descripciones exhaustivas de personajes, ni temas secundarios, ni preocupaciones “atmosféricas” que solo hacen perder el tiempo. Estos asuntos no tienen importancia vital en la crónica del crimen, entorpecen la deducción y la acción e introducen aspectos irrelevantes para el propósito principal, que no es otro que plantear, analizar y resolver un caso. Basta con unas pocas descripciones y perfiles de personajes para aportar verosimilitud a la novela.
17-. Un delincuente profesional no debe cargar con la culpa de haber cometido un crimen en una novela policiaca. Los delitos cometidos por ladrones y bandidos son asunto de la policía y no de autores ni de brillantes detectives aficionados. Un crimen intrigante es el que comete un representante de la iglesia o una solterona caritativa.
18-. El crimen en una novela nunca debe ocurrir por accidente o tratarse de un suicidio. Concluir una aventura detectivesca con tal anticlímax es engañar al lector y abusar de su confianza.
19-. Los motivos para cometer un crimen han de ser personales. Conspiraciones internacionales y guerras políticas corresponden a otra categoría literaria, como son los relatos de espías. Una historia policíaca debe reflejar las experiencias cotidianas del lector y facilitar una vía de escape a sus deseos y emociones reprimidas.
20-. Y para darle a mi Credo una puntualización final, incluyo una lista con algunos recursos de los que solo los escritores mediocres echan mano, pues ya han sido usados a menudo y solo demuestran falta de originalidad e imaginación por parte del escritor:

a. Averiguar la identidad del culpable comparando una colilla encontrada en el lugar del crimen con la marca que fuma el sospechoso.
b. Usar una sesión de espiritismo para asustar al culpable y hacer que así confiese su crimen.
c. Las huellas falsas.
d. El recurso de una figura simulada usada como señuelo.
e. El perro que no ladra y revela que el intruso es alguien a quien conoce.
f. Acusar de un crimen a un gemelo o a alguien con gran parecido físico.
g. La aguja hipodérmica y los somníferos.
h. El asesinato cometido en una habitación previamente precintada por la policía.
i. La prueba de la asociación de palabras para descubrir al culpable.
j. La carta en clave o un código cifrado que descifra el detective.


Alberto Pasamontes (Madrid, 1970) estudió Filología Inglesa y desde 2009 mantiene una constante actividad literaria, con la que ha obtenido el primer premio en la IV edición del concurso de Relato Corto de Ediciones Beta y un accésit en la XIV de los Premios Artísticos y Literarios del Ministerio de Defensa. Algunos de sus cuentos han aparecido en revistas y antologías. Su primera novela, «Entre la lluvia», adscrita al género negro en el que se mueve con gran comodidad, apareció en 2014. Con «La muerte invisible», una fascinante trama policial a la sombra de la tragedia nuclear de Chernobil, ha obtenido por unanimidad el XVIII Premio Francisco García Pavón de Narrativa en 2015.

Reseña de «El sueño eterno», de Raymond Chandler

Reseña de «El sueño eterno», de Raymond Chandler 
por José Javier Navarrete
FICHA TÉCNICA

Título: El sueño eterno
Título original: The big sleep
Autor: Raymond Chandler
Nº de páginas: 368
Editorial: Debolsillo
Fecha publicación: 19 de abril de 2017
Traducción: José Luis López Muñoz.



SINOPSIS

El general Sternwood contrata al detective Philip Marlowe por un chantaje que concierne a su hija menor, y chupadedogordo, Carmen. Asesinatos, pornografía, droga, juego, delincuentes de poca monta y de no tan poca; esta es parte de la flora y fauna de la jungla de perversión en la que se sumerge Marlowe. Jungla en la que parece haber desaparecido el yerno del general, cuya ausencia a lo largo de toda la novela es tan constante como la lluvia.


 
EL AUTOR

Raymond Thornton Chandler (Chicago, 23 de julio de 1888 – La Jolla, California, 26 de marzo de 1959). Educado en Inglaterra realizó todo tipo de actividades antes de dedicarse a la literatura. Participó como voluntario en la Primera Guerra Mundial. Trabajó como empleado de banca, periodista y también fue escalando peldaños en una petrolera de Los Angeles, hasta que en medio de la Gran Depresión se vio en la calle por sus problemas de alcoholismo, su recalcitrante absentismo y sus continuos líos de faldas con las secretarias. Se perdió un vicepresidente de una petrolera y se ganó un magnífico escritor de novela negra.

Comenzó publicando en revistas de ficción criminal, las famosas revistas pulp de aquella época. En 1939 escribió su primera novela: El sueño eterno, después vendrían otras siete y su incursión en el cine como guionista. Murió en 1959, solo, deprimido por la muerte de su mujer y con el alcohol como remedio para su tristeza.

Caníbal

El sueño eterno fue la primera novela de Raymond Chandler. Para crearla canibalizó algunas historias escritas por él con anterioridad, fundamentalmente El telón y Asesino bajo la lluvia (ambas incluidas en esta edición de Debolsillo). Supone la aparición estelar de Philip Marlowe, un detective privado al más puro estilo hard-boiled (de acuerdo con el Brewer’s Dictionary of Phrase and Fable: alguien endurecido por la experiencia; una persona sin ilusión ni sentimentalismo).

¿Vamos al cine?

Al igual que me ocurre con Sam Spade, el protagonista de El halcón maltés de Dashiell Hammett, no puedo pensar en Philip Marlowe sin hacerlo en Humphey Bogart. En 1946 protagonizó, junto a Lauren Bacall, una película, titulada también El sueño eterno, dirigida por Howard Hawks. Si aún no la has visto, no esperes más. En realidad sí, léete primero la novela.


 

La ruptura con el pasado

Chandler, como otros correligionarios del género, rechaza el legado de predecesores que hacían de sus novelas un problema de lógica y deducción. El mismo Marlowe dice:
No soy Sherlock Holmes ni Philo Vance. No es lo mío repetir investigaciones que la policía ha hecho ya, ni encontrar una plumilla rota y construir un caso a partir de ahí. Si cree usted que hay alguien trabajando como detective que se gana la vida haciendo eso, no sabe mucho de la policía.
Chandler no solo rechaza esta tradición, como ya habían hecho otros, incluyendo al mismo Hammett, sino que la desafía, llegando hasta el punto de dejar sin resolver el asesinato del chófer del general Sternwood. Bien es cierto que no tiene mayor transcendencia en el desarrollo de la trama, pero no deja de ser curioso que quede un cabo suelto en una novela de este tipo, al menos hasta que llegó Chandler.

La presentación en sociedad de Philip Marlowe

Me había puesto el traje azul añil, con camisa azul marino, corbata y pañuelo a juego en el bolsillo del pecho, zapatos negros, calcetines negros de lana con dibujos laterales de color azul marino. Iba bien arreglado, limpio, afeitado y sobrio y no me importaba nada que lo notase todo el mundo. Era sin duda lo que debe ser un detective privado bien vestido. Me disponía a visitar a cuatro millones de dólares.
Esta es la presentación de Philip Marlowe en El sueño eterno, lo curioso es que su apariencia es lo que menos importa, lo esencial es que a lo largo de la novela se puede disfrutar de un detective privado ocurrente, hastiado del mundo, irónico y cínico. También algo misógino y bastante homófobo:
Las tiras de seda en las paredes, la alfombra, las lámparas recargadas, los muebles de teca, el violento contraste de colores, el tótem, el frasco con éter y láudano…; todo aquello, a la luz del día, resultaba de una obscenidad vergonzante, como una fiesta de mariquitas.
Lo que no resulta extraño dado que Chandler era homófobo.

Lo que si es más curioso es que el escritor quisiese para el papel de Philip Marlowe en la gran pantalla a Cary Grant, sobre el que pendía la sospecha de su bisexualidad.

El balón se pone en juego

La trama de El sueño eterno comienza cuando el de los cuatro millones de dólares entrega la siguiente nota de chantaje a Marlowe:
Muy señor mío: Pese a la imposibilidad de reclamar legalmente lo que aquí le incluyo (reconozco con toda sinceridad que se trata de deudas de juego) doy por sentado que preferirá usted pagarlas.
Respetuosamente,

A. G. GEIGER
La deuda es de la hija pequeña del general Sternwood, Carmen; una joven de vida disipada y un trasfondo que pasa desapercibido. Una caprichosa joven rica, cuyos límites morales se difuminan en sus apetitos mundanos. Marlowe la define así al poco de conocerla:
Comprendí, pese a lo breve de nuestra relación, que pensar sería siempre una cosa más bien molesta para ella.
Aunque pudiésemos pensar que la novela girará en torno al chantaje con el que comienza, no es más que la línea de salida, la verdadera carrera es la que sigue el recorrido de Rusty Regan, un antiguo contrabandista irlandés que ha dado el braguetazo al casarse con Vivian, la hija mayor del general. Tenía todos los boletos para caer mal al viejo Sternwood y sin embargo:
—Fue un soplo de vida para mí…, mientras duró. Pasaba horas conmigo, sudando como un cerdo, bebiendo brandy a litros y contándome historias sobre la revolución irlandesa. Había sido oficial del IRA. Ni siquiera estaba legalmente en Estados Unidos. Su boda fue una cosa ridícula, por supuesto, y es probable que no durase ni un mes como tal matrimonio. Le estoy contando los secretos de la familia, señor Marlowe.
Será una carrera repleta de cadáveres que se internará en un mundo de perversiones regido por personas de pocos escrúpulos con tendencia a la corrupción. Una auténtica yincana por Los Angeles de los años finales de la Gran Depresión.
Estaba tan vacío de vida como los bolsillos de un espantapájaros. En la cocina me bebí dos tazas de café solo. Se puede tener resaca con cosas distintas del alcohol. Resaca de mujeres. Las mujeres me ponían enfermo.
Es el tipo de detective conocedor del carácter ajeno, pero también de fuerte intuición. Desencantado con su vida y con la sociedad en la que le ha tocado vivir:
—¿Y por esa cantidad de dinero está dispuesto a enemistarse con la mitad de las fuerzas de policía de este país?
—No me gusta nada —dije—. Pero ¿qué demonios voy a hacer si no? Trabajo en un caso. Vendo lo que tengo que vender para ganarme la vida. Las agallas y la inteligencia que Dios me ha dado y la disponibilidad para dejarme maltratar si con ello protejo a mis clientes. Va contra mis principios contar todo lo que he contado esta noche sin consultar antes al general. Por lo que respecta a encubrimientos, también yo he trabajado para la policía, como usted sabe. Se encubre sin descanso en cualquier ciudad importante. Los polizontes se ponen muy solemnes y virtuosos cuando alguien de fuera trata de ocultar cualquier cosa, pero ellos hacen lo mismo un día sí y otro también para contentar a sus amigos o a cualquier persona con un poco de influencia. Y todavía no he terminado. Sigo en el caso. Y volveré a hacer lo mismo si tengo que hacerlo.
Solo quiere el dinero ganado con honestidad y así lo demuestra:
—Tiene usted una ventaja sobre mí, general. Una ventaja de la que no quisiera en absoluto privarle, ni en su más mínima parte. No es mucho, considerando lo que tiene que aguantar. A mí me puede decir lo que se le antoje y jamás se me ocurrirá enfadarme. Me gustaría que me permitiera devolverle el dinero. Quizá no signifique nada para usted. Pero puede significar algo para mí.
—¿Qué significa para usted?
—Significa que no acepto que se me pague por un trabajo poco satisfactorio. Eso es todo.
—¿Hace usted muchos trabajos poco satisfactorios?
—Algunos. Es algo que le pasa a todo el mundo.

El estilo de Chandler

El estilo narrativo de Chandler muestra diálogos repletos de jerga, símiles tan exagerados que te hacen sonreír, y su narrador, en primera persona, describe las escenas como lo haría una cámara cinematográfica, lo cual no es extraño, ya que años después comenzaría su carrera como guionista. Pero en algunos momentos su prosa alcanza una gran belleza:
¿Qué más te daba dónde hubieras ido a dar con tus huesos una vez muerto? ¿Qué más te daba si era en un sucio sumidero o en una torre de mármol o en la cima de una montaña? Estabas muerto, dormías el sueño eterno y esas cosas no te molestaban ya. Petróleo y agua te daban lo mismo que viento y aire. Dormías sencillamente el sueño eterno sin que te importara la manera cruel que tuviste de morir ni el que cayeras entre desechos.

Fin de línea

El sueño eterno es una lectura más que recomendable, no tanto por la trama como por los personajes, verlos crecer en cada página es un deleite. El ritmo es vivo y seguir a Marlowe agotador, aunque casi siempre llegue con el cadáver ya servido. Chandler , en su sencillez, me parece un maestro, hay frases que revolotean en mi cabeza, algunas de ellas acabarán posándose y, si no hay demasiadas letras empujando, puede que resistan el ímpetu de las que han de llegar.

El arquetipo del detective-dandi, por Inés Mendoza

EL ARQUETIPO DEL DETECTIVE-DANDI 
Inés Mendoza
El dandismo es el último destello del heroísmo de las decadencias. [Charles Baudelaire]

¿Qué lector apasionado no se ha sentido atraído por un personaje de ficción? Quién, al menos una vez, no ha querido abrazar a Swann, charlar con Adriano, Nemo, Bartleby; despertar a la Sophie de Novalis, besar a La Maga en un muelle del Sena. Cuántos de nosotros no habremos experimentado hacia el osado barón rampante o el infeliz Joseph K. un afecto comparable al que se tiene por un amigo. Da igual que guardemos el secreto bajo llave: cualquier amante de los libros reconocerá este singular género de enamoramiento. Y los aficionados a la novela detectivesca o “de misterio” no somos una excepción. De hecho, puede que haya más entusiastas de Lord Wimsey, Hércules Poirot o Sherlock Holmes que adeptos a los autores que les dieron vida. En el fondo es menos sorprendente de lo que parece, pues estos personajes encarnan el arquetipo del detective-dandi, tan seductor en la ficción como improbable en la vida real.

Respecto a la figura genérica del dandi, Lluis María Todó sugiere que en el origen del dandismo arde una protesta romántica, un desdén por las directrices que fundamentan la sociedad industrial. Directrices como el utilitarismo, la productividad, la hiperactividad, el optimismo o la uniformización de la conducta. No por nada Baudelaire declaró que los dandis son “representantes de lo que hay de mejor en el orgullo humano, de esa necesidad –excesivamente rara entre las gentes actuales- de combatir y destruir la trivialidad. Es de ahí de donde nace esa actitud altanera de casta provocadora, que tanto caracteriza a los dandis incluso en su frialdad”. La herejía principal del dandi, en una palabra, consiste en dedicar su vida a contravenir las costumbres de la vida burguesa. Por eso coquetea con la muerte recurriendo a paraísos artificiales. Por eso se conduce con excentricidad. Por eso cultiva su imagen con esmero y se niega a practicar actividades socialmente útiles como trabajar o tener hijos. Una ofensiva contra el mandato de normalidad que es característica de la cosmovisión romántica.

Si recordamos que uno de los padres del género detectivesco fue el escritor romántico Edgar Allan Poe, no nos extrañará que también el detective clásico se rebele contra la Doxa u opinión común. Y lo hace, explica Fernando Savater, derribando los prejuicios de los lectores; demostrando mediante la resolución del crimen que el culpable no era ninguno de los sospechosos que nos habíamos apresurado a señalar. Hace más: nos previene contra las terribles consecuencias que en la vida real podría tener semejante negligencia acusadora.

Naturalmente, la oposición romántica que ejerce el dandi contra el establishment y contra la doxa que lo refrenda, se extiende al ámbito de su vida individual: a sus emociones, temperamento, preferencias, conducta, etc. En la narrativa detectivesca, el correlato de este fenómeno es lo que el especialista Julian Symons llama el “encanto byroniano trasnochado” del detective clásico. Y es que si hay un rasgo que se repite en bastantes novelas de misterio es la excentricidad del protagonista. De hecho, se podría considerar este rasgo como un tópico del género, al menos durante la Edad Dorada británica (la ficción criminal norteamericana iba por otros derroteros), que podemos situar, aunque con ciertas reservas, en el período de entreguerras.

En realidad, la estirpe de los investigadores extravagantes tiene una raíz anterior al siglo XX: el sargento Cuff de La piedra lunar (1868), uno de los primeros detectives-dandi de la literatura. Para algunos expertos es harto probable que este personaje de Wilkie Collins fuera el modelo de Poirot, Wimsey, Holmes, y otros sabuesos de ficción. En efecto, ahí donde Cuff es lo bastante excéntrico como para conciliar su peligroso y violento oficio con el delicado pasatiempo de cultivar rosas, sus homólogos hacen otro tanto: el afectado Poirot viste con atildamiento, Holmes toca el violín, el agente Philo Vance es erudito, ama la cerámica y juega al ajedrez, y Lord Peter Wimsey, refinado gourmet y catador de vinos, es descrito como un políglota que colecciona libros raros, juega al cricket, y hasta usa monóculo. 

Con todo, la extravagancia no es el único rasgo byroniano del detective clásico. Ya  Umbral situaba al dandi del lado de lo demoníaco, pues no le mueve la humildad, sino “la más soberbia indiferencia”. O para decirlo con Eugenio D’Ors, la denuncia del dandi recurre a la “manera cínica”, en lugar de articularse como una “lírica de la indignación”. Quizá esto explique que tantos detectives-dandi tengan un perfil que oscila entre la ironía y lo melancólico. No son pocos los que atraviesan fases sombrías o arrastran un hastío parecido al Spleen simbolista. Pensemos si no en Adam Dalgliesh, el detective-poeta de P. D. James, atormentado por su pérdida de inspiración literaria. O en Lord Wimsey, que se deprime en varias ocasiones: cuando su prometida de juventud se casa con otro, cuando vuelve del frente tras la Primera Guerra Mundial, e incluso cuando los criminales que atrapa son condenados a la pena de muerte. Hasta el divertido Poirot, un dandi más mundano que rebelde, exhibe un talante casi apesadumbrado en Asesinato en el Orient Express.

Rebeldía, gustos estrafalarios, hastío, propensión a la soledad, indiferencia, melancolía, altanería, compasión, ironía, ingenio: son estas las cualidades que, dentro y fuera de la literatura, han prestado al arquetipo del dandi su irresistible encanto byroniano. También son estos los atributos, románticos en su mayor parte, que han configurado el arquetipo del detective-dandi, capaz de enamorar a generaciones y generaciones de lectores en todo el mundo.

En el prólogo a una novela de Dorothy L. Sayers, la escritora británica P. D. James proclama que “Lord Wimsey vive”. Ciertamente, para los que seguimos prendados de este inolvidable sabueso, la existencia literaria que le dio Sayers puede ser tan contundente como la de una persona real. Algo parecido experimentarán los lectores enamorados del Sherlock de Arthur Conan Doyle, el Poirot de Agatha Christie, y de tantos otros detectives-dandis. Contra lo que se pueda creer, no se trata de una pasión descabellada. Se trata de esa costumbre tan humana que nos hace vivir ideas, ficciones, sueños o deseos como si fueran reales. Porque el hecho es que lo son. Son tan reales como la imaginación, el juego o la invocación al mito. Tan reales y atemporales, en suma, como las prodigiosas estructuras invisibles que nos convierten en seres simbólicos
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Este artículo ha sido escrito por Inés Mendoza para la II SEMANA NEGRA EN LA GLORIETA, celebrada del 21 al 27 de Mayo de 2017. Agradecemos a quien quiera reproducirlo, total o parcialmente, que cite su fuente original.

es escritora y arquitecta. Trabaja como profesora en la Escuela de Escritores. Ha impartido talleres en instituciones como el Museo del Romanticismo y colaborado en medios nacionales e internacionales de prensa y revistas de arquitectura. Sus cuentos han sido premiados en varios concursos y recogidos en antologías, entre las que destaca Mar de pirañas, nuevas voces del microrrelato español. También ha publicado artículos sobre literatura en libros como Diodati. La cuna del monstruo. Su libro de relatos «El Otro Fuego» fue publicado en 2010 en la editorial Páginas de Espuma.

Agradecemos a Elena Martín Barce que nos haya permitido incluir la fotografía de Inés Mendoza para esta ficha biográfica.


Os ofrecemos la intervención de David G. Panadero para clausurar la II SEMANA NEGRA EN LA GLORIETA, celebrada del 21 al 27 de Mayo de 2017, en la que nos habla sobre el artículo «El arquetipo del detective-dandi», de Inés Mendoza.
 

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Reseña de «Cara a cara», de Ellery Queen

RESEÑA DE «CARA A CARA», DE ELLERY QUEEN, 
por Yolanda Rocha Moreno
Cuando una infancia no es especialmente feliz buscas espacios propios en los que refugiarte. Burbujas de un mundo que es sólo tuyo y que no compartes con nadie. Por suerte en mi casa siempre hubo muchos libros y en ellos encontré paisajes y hechos que se convertían en los muros de mi castillo. Enseguida me aficioné a lecturas tan eclécticas como los volúmenes de la colección Otros Mundos, las novelas de Pearl S. Buck, los cómics de Astérix y la colección de libros de misterio que mi madre iba aumentando a pequeños pasitos. En ella conocí a Miss Marple, a Poirot, a Maigret, a Dupin, a Sherlock Holmes y a quien hoy os traigo, Ellery Queen.

Ellery se convirtió en uno de mis detectives favoritos y sus novelas me fascinaban y me siguen fascinando por la habilidad con que era capaz de llevarte a los finales más inesperados tras casos diabólicamente enrevesados. Sin tecnología, sin alardes científicos, sólo con datos, hechos y una mente analítica. Pero me preguntaba por qué sus novelas, con él de protagonista, estaban firmadas con su mismo nombre si no se narraban en primera persona. Y para todo hubo respuesta…

PERO ¿QUIÉN ES ELLERY QUEEN?


Ellery Queen es el seudónimo que usaban dos primos estadounidenses de origen judío. Se llamaban Frederick Dannay y Manfred Bennington Lee y se dedicaban a escribir literatura policiaca. Ambos crearon al personaje del mismo nombre que su seudónimo, un personaje que se mantuvo en lo más alto entre 1929 y 1970 no sólo con sus propias novelas, sino con las que se escribieron bajo su patrocinio y las que recibieron autorización por parte de los autores para usar el mismo seudónimo. Tal fue la fama que Ellery Queen adquirió que Dannay y Lee decidieron crear la revista Ellery Queen’s Mystery Magazine, que fue considerada en su tiempo una de las más influyentes publicaciones de literatura de misterio de la segunda mitad del siglo XX.

Como personaje, Ellery al principio tiene un cierto parecido a Philo Vance, el detective creado por S.S. Van Dine tres años antes de la aparición de Queen. Pero ese aire cínico y algo snob de sus primeras novelas va dejando paso a los rasgos que harían a Ellery Queen inconfundible: una apabullante inteligencia crítica, una acomodada independencia económica (herencia de su madre fallecida, perteneciente a una rica familia de Nueva York), un gran interés por la justicia y, por influencia de su padre, un sentido práctico y realista de la vida. Alguna vez veremos aflorar algún rasgo más íntimo de los protagonistas, pero lo fundamental en sus novelas es la eficacia del razonamiento deductivo.

Desde la primera novela de Ellery Queen, publicada en 1929, los autores dejaron claro el modelo de argumento que iban a usar en sus obras: siempre se partía de un crimen insólito, muchas  y a veces extrañas pruebas contradictorias, la presencia del inspector Richard Queen, padre de Ellery, y de su ayudante, el sargento Velie. Y lo que es más importante y que da carta de naturaleza a todas las novelas: el “desafío al lector”. Se ponen a disposición de quien lee sus novelas todos los elementos suficientes para que sea capaz de descubrir al culpable. No hay trampas, no hay ases guardados en la manga: lo que los protagonistas saben y descubren es lo mismo que tú sabes mientras lees. Te lo ponen todo ante los ojos. Otra cosa es que seas capaz de colocar las piezas del puzle.

¿Os animáis a aceptar el reto y le pondréis cara al asesino?

CARA A CARA

Cuando Ellery Queen regresa de un viaje a Inglaterra se encuentra con la noticia del asesinato de Gloria Guild, una mítica y millonaria cantante que fascinó a la ciudad de Nueva York en los años 30. Gloria ha sido tiroteada en su loft y la única pista de la que dispone la policía son cuatro letras que dejó escritas en su libreta antes de morir. Ellery, ayudado por su nuevo amigo Harry Burke, exinspector de Scotland Yard, se une a la investigación policial y a su padre, el inspector Richard Queen, para tratar de resolver el caso.

A priori hay un sospechoso fundamental: el actual marido de Gloria, Carlos Armando, mucho más joven que ella y reconocido cazafortunas, que ya cuenta en su haber con varios matrimonios con millonarias de edad que le duraron poco tiempo y le dejaron herencias muy sustanciosas. Incluso se hace llamar “conde” sin serlo realmente. También cuenta con una lista de amantes y rendidas admiradoras que harían cualquier cosa por él. El problema es que Carlos cuenta con una coartada sólida e inapelable para la noche del crimen, por eso la primera pregunta que se plantea es a cuál de todas ellas manipuló para que matase a su mujer.

La investigación da un giro inesperado cuando el arma del crimen es encontrada en casa de la sobrina de Gloria Guild, heredera universal según el testamento de la cantante. ¿Y si las apariencias engañan?

Cara a cara es una de las últimas novelas de Ellery Queen. Publicada en 1967, supuso un nuevo éxito arrollador de ventas de los autores. A pesar de que se sabe a priori (según era norma de la casa) que todas las pruebas y los indicios están a la vista, la resolución del caso es tan sorprendente que dejó boquiabiertos a los lectores. Y al mismo tiempo se asombraron, como me ocurrió a mí, de no haber sido capaces de desentrañar el misterio. Todo estaba ahí. Todo. Envuelto en un argumento que parece simple y que, sin embargo, se va complicando a cada capítulo y que te va tirando abajo todas las certezas que creas tener. Sólo otra novela de Ellery Queen me dejó tan estupefacta con su final: la magnífica El misterio del ataúd griego, que también aprovecho para recomendaros.

Ante todo tenemos que recordar, cuando nos enfrentamos a la lectura de Cara a cara, el año en el que está escrita y las diferencias con el estilo de vida actual y nuestras costumbres. Las mujeres aún pecan de ser algo frágiles y los hombres, a veces, pecan a su vez de cierto paternalismo. También la ausencia casi total de método científico en el tratamiento de pruebas para dejar paso al ejercicio mental, en el que Ellery es un maestro aunque en esta novela en alguna ocasión se vea superado por la conveniencia o no de contar lo que sabe.

Cara a cara es una novela negra de corte clásico: un asesinato, pocas pruebas, una investigación policial, algunos sospechosos… y Ellery, el verso suelto, el que gusta de ver las cosas desde prismas diferentes, a veces un poco desesperante en su certeza de estar en posesión de un gran cerebro y la mejor de las lógicas. Ese alto concepto de sí mismo y su fabulosa capacidad de análisis tiene un toque un poco de Holmes y un poco de Poirot, aunque con formación universitaria, gran cultura y algunos grados más de sofisticación. Hoy día podemos encontrar bastantes de esos rasgos de Ellery en el agente Pendergast, protagonista de varias novelas de Douglas Preston y Lincoln Child, y que también es una de mis debilidades.

Del mismo modo que la creación de la personalidad personaje de Ellery Queen es el gran hallazgo de los autores, ambos consiguen un elenco de protagonistas que no dejan indiferente. Carlos Armando resulta odioso desde su primera aparición, un sospechoso que deseas con toda tu alma que sea el culpable. La gran protagonista en elipsis, Gloria Guild, de la que iremos sabiendo su vida, sus amores, sus grandes éxitos, retrotrae con cierta melancolía al Nueva York de los clubs, de las cantantes capaces de volver locos a los hombres, mundano, elegante. Gloria, amante de la música y de los crucigramas, mucho más inteligente de lo que gustaba aparentar, dará la clave para resolver el caso con sólo cuatro letras apenas esbozadas mientras la vida se le escapaba. Pero ¿serán suficientes para poner cara al culpable?

Es posible que haya lectores a los que el estilo narrativo de las novelas de Ellery Queen les resulte un tanto obsoleto, pero basta con leer el primer capítulo para rendirse con armas y bagajes: estás perdido y atrapado por completo. Deja de importar la fecha en que está escrito, dejan de importar las ausencias de métodos criminalísticos y tecnológicos. Te quedas al lado de Ellery tratando de averiguar quién mató a Gloria Guild incluso antes que él.

No hay nada más engañoso que un hecho evidente, decía Sherlock Holmes. Aceptad el desafío al lector de Cara a cara y dejaos seducir por un misterio redondo, impecable y con un final de los que marcan. Os aseguro que no os vais a arrepentir
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Esta reseña ha sido escrita por Yolanda Rocha moreno para la III SEMANA NEGRA EN LA GLORIETA, celebrada del 21 al 27 de Noviembre de 2017. Agradecemos a quien quiera reproducirla, total o parcialmente, que cite su fuente original. Si quieres acceder al programa de la Semana Negra PINCHA AQUÍ o en la imagen.


es una madrileña enamorada de su ciudad, que vio su primera luz en Chamberí y pasó buena parte de su infancia junto al Rastro y la Plaza Mayor. Lectora precoz, desde siempre ha sentido predilección por la novela policiaca y de misterio. Aunque ha hecho alguna pequeña incursión en la escritura, leer se ha convertido en su principal pasión. Después de colaborar en otros medios, actualmente administra el blog  "Que el sueño me alcance leyendo".