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Reseña de «Juegos reunidos», de Marcos Ordoñez

RESEÑA DE «JUEGOS REUNIDOS», DE MARCOS ORDÓÑEZ
Manu López Marañón
En el segundo volumen de «Los diarios de Emilio Renzi» su autor, Ricardo Piglia, predice: 
El futuro de la narración no dependerá de la construcción imaginaria de un mapa de los hechos, sino de una combinación de autobiografía, observación y reflexión. 
Para, más adelante, añadir: 
Hay una tensión entre la forma breve y la novela que me gustaría enfrentar, es decir, llevar a la novela la velocidad y la precisión de la prosa del cuento, tratar de trabajar múltiples microrrelatos que se combinen y se expandan a lo largo del libro.
Ambas citas sintetizan el quehacer literario del autor de «Juegos reunidos». Formado por un conjunto de semblanzas, reseñas cinematográficas y musicales, poesías, epifanías, fantasías oníricas, reportajes narrativos y hasta por una novela corta, con este libro inclasificable (¿de relatos?, ¿narración de no ficción?, ¿novela?) Marcos Ordoñez persigue la combinación recetada por Piglia ––a finales de los sesenta–– para las narraciones venideras, y trata de conseguir esa misma velocidad y precisión en la prosa (que el argentino ya había alcanzado para 1997 –y en forma de insuperable cumbre– en «Plata quemada»).

Las veinticuatro partes de
«Juegos reunidos» conforman, a base de autobiografía y observación, pero sin dejar de lado la reflexión que generan los recuerdos, el tono narrativo que suele forjar un texto hábilmente cohesionado.
 

Hay tres reportajes narrativos centrados en Barcelona. Así «Astor» narra una excursión, en autobús y a pie, por barrios como el Carmelo, Can Baró y Guinardó. Pasan bares con música de flamenco, humos de churrería y hombres en camiseta bebiendo en la puerta ––que recuerdan a películas neorrealistas como Accattone–– y una de aquellas ciudades-jardín (tan de moda al comienzo del pasado siglo) diseñadas para existencias saludables. En «Panorama desde el puente» la ruta se centra en los puentes: se enumeran varios, pero acaba por preferirse el de Vallarca, puente de aspecto francés que genera recuerdos relacionados con el barrio en que se encuentra, el de la Salud: así, un encuentro con Gato Pérez, un legendario circo y también alguna casa de citas. El último reportaje, «Alcoholes», bebe tanto de la observación como del recuerdo de aquellas noches de juventud. Este relato hace referencia más a locales que a licores; había poco dinero y apenas se bebía ginebra o whisky, siendo el vino peleón el combustible etílico más utilizado. Desfilan el London, el Pastis o el Boadas, pero se nos descubren otros lugares no menos míticos ya desaparecidos. El Cristal City, severo como un bar de Parador Nacional, por el que eran detectables las sombras de Jaime Gil de Biedma y Carlos Barral. O El Batikano, bar abierto en el Ensanche por un heterodoxo cura al que tocó la lotería. O Les Enfants, frente al London, donde la música de los Stones tenía su guarida. La nómina de personajes ofrece asimismo un alto recuento de bajas: a los citados escritores añadamos los músicos Gato Pérez y Jaume Sisa, empresarios de la noche como Oriol Regàs o musas trágicamente desaparecidas como Bel.

Este libro ofrece buen número de semblanzas. En «Después de la noticia de su muerte» el narrador, recordando los XXV años del fallecimiento de Jaime Gil de Biedma, regala su retrato aprovechando un encuentro que tuvo lugar en su casa con motivo de una entrevista. En «La bandera de Sharon Tate» se nos explica cómo la muerte de Sharon, el 9 de agosto de 1969, fulminó el espíritu de los sesenta. En «En su mejor momento como mujer y como actriz» el narrador recuerda cómo se hizo amigo de Malé Staufeld (trasunto de la actriz y cantante argentina Cecilia Rossetto). Contratada para protagonizar el musical Chansons éperdues el narrador viajará hasta París. En «Redemption song» el autor se relaciona con un cantante aficionado que actuaba en clubs de playa. «Querido François» repasa la filmografía del director Truffaut añadiendo a los títulos recuerdos ligados a ellos. «Cerca de Gaztambide» hace hincapié en «El gran momento de Mary Tribune», novela de Juan Hortelano esencial en la formación del autor.

Las reseñas cinematográficas, musicales y teatrales (a veces amalgamadas en una misma entrada) conforman otro grupo dentro de «Juegos reunidos». «Runaway» rememora American Graffiti, dirigida por George Lucas en 1973. El narrador (que dice haberla visto más de 15 veces) resalta las actuaciones de unos jovencísimos Ron Howard y Harrison Ford, y su banda sonora (formada por clásicos como Runaway, Rock around the clock o Green onions). En «Tres actrices» el narrador opta por transcribir testimonios. La primera actriz, Mercedes de la Aldea, fallecida en un accidente, es recordada por actores y directores como alguien de prometedor futuro. La segunda, una nonagenaria Conchita Bardem, rememora una caótica gira sudamericana de Jardiel Poncela. Y la última, María Asquerino, actualiza sus tiempos de esplendor en el Gijón y en el Whisky Club, donde cantaba a Ava Gardner Dos cruces, con sentimiento, al parecer, inigualable. En «El chico que leía la revista Fans» se nos informa de cómo la revista Fans (editada por Bruguera durante 1965-67) y sus lectores eran paradigma de una modernidad musical que estaba ya a la vuelta de la esquina. En «Los misterios del parque Chas» la película de Adolfo Aristarain, Roma (2004), despierta en el narrador recuerdos de su propia infancia que se proyectan sobre su obra literaria. «Un viejo amigo» habla de La gran belleza (Paolo Sorrentino, 2013). La identificación del autor con el personaje central, Jep Gambardella (interpretado por Toni Servillo) es grande: en Gambardella valora Ordoñez su refinamiento y su sensibilidad, aunque reconozca que su corazón es de hielo, lo que trae como consecuencia que solo su asistenta le dedique alguna frase tierna.

Pero no todo es prosa para Marcos Ordoñez. Cinco composiciones poéticas ofrecen ágil contrapunto. «La edad de oro» recoge las vivencias del autor, allá por 1977. El verano, sus medianoches detenidas en una Rambla abarrotada, y las tiendas de discos y librerías, dan tono a aquellos primeros años sin el caudillo, solo vencido por la muerte. «Alguien no puede más» averigua los motivos que generaron el ataque de locura que sufrió el actor Alfonso Bayard, reducido por la policía y fallecido poco después. «Esqueleto» es un recuento de las horas de un día cualquiera, de aplastante mediocridad. En «Salmo» el autor insta al lector a disfrutar en plenitud de la vida. Y en «Quiero» brinda una lista de deseos, algunos posibles y, la gran mayoría, imposibles.

Un grupo no muy numeroso es el compuesto por epifanías y fantasías oníricas. En «Una función incompleta» se nos cuenta lo que sucede en un autobús londinense cuando un malencarado negro anuncia sus propósitos de suicidarse. «Resurrección» cuenta en tono onírico la imprevista resurrección de la abuela del narrador. Y en «Al anochecer», en un autobús barcelonés, se nos da noticia del inopinado vocabulario de una chica de suburbio.

Hemos dejado para el final la parte más extensa, constituida por la novela «Nuestra canción», dividida en varios capítulos. En el I, Teodoro, un niño gallego, es acogido, en el verano de 1969, por sus tíos de Cambrils. Teo se amista con su primo, «el raro» Mario, capaz de leerse la obra de Agatha Christie sin pagar más que un volumen o de llevar unas gafas súper modernas con las que no ve una mierda. En el II los primos se reencuentran, ocho años después, en Barcelona. Teo ha ido a estudiar Periodismo y se aloja en casa de la madre de Mario, quien, en una onda contracultural, vive con otros estudiantes en un piso. Es la Barcelona de los drugstores, de los cines de reestreno y las tiendas de compraventa de discos. En el capítulo III el narrador-protagonista descubre la marihuana (de la que se hace consumidor) y tiene su primera experiencia sexual. Mario, que colabora en varias revistas renueva sus amoríos con celeridad. Las cargas policiales en la Rambla, el Canet rock, y las experiencias lisérgicas colectivas, dan color local a este capítulo. En el IV el primo Mario se enamora de una joven a la que conoce en una redacción. En su piso de soltero, y tras una cena surrealista, consigue acostarse con ella. En el V Teo cuenta cómo su primo consigue que la chica acepte su propuesta de casarse. El último capítulo, el VI, cuenta la descacharrante boda con Teo de testigo
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Datos técnicos:
Título: Juegos reunidos
Autor: Marcos Ordóñez
Primera edición: Enero de 2016

Editorial: Libros del Asteroide
ISBN: 978-84-16213-65-8

nació en Bilbao en 1966 y es diplomado en Relaciones Laborales y máster en Prevención (especialidad Seguridad e Higiene en el Trabajo). Residió un año en Buenos Aires tras ser becado por el Gobierno Vasco para llevar a cabo un trabajo sobre la legislación laboral argentina. En la actualidad se dedica en exclusiva a escribir guiones cinematográficos y a la literatura. En 2015 ha editado con Ediciones Oblicuas su primera novela, “Alcohol de 99º”. Recientemente ha terminado “Prosas para eunucos”, un libro de relatos en busca de editorial.


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Javier Alonso Gª-Pozuelo

Enciclopedia del Relato Breve de Ricardo Piglia

El siguiente relato, escrito por Javier Alonso García-Pozuelo y narrado por Nacho Arias para el programa de radio "La Rosa de los Vientos", es un pequeño homenaje dedicado al gran escritor argentino RICARDO PIGLIA y su apócrifa Enciclopedia del Relato Breve.



«El hombre de la caja fuerte», relato de Pedro Badrán

«EL HOMBRE DE LA CAJA FUERTE», RELATO DE PEDRO BADRÁN, por Javier Alonso García-Pozuelo

Para Amalia Leal y Pedro Badrán

Escribo estas líneas, poco meditadas, con urgencia. La urgencia que da el haberte topado, de manera inesperada, con un libro de relatos estupendo y una prosa que atrapa como pocas. Escribo esta reseña con la urgencia de saber que hoy, y no cualquier otro, ha de ser el día para hablar de Margarita entre los cerdos en La Glorieta, compartiendo programa en la Semana Negra en la Glorieta con «Cuando Poe encontró a Dupin en la Calle de Morgue. La historia del primer relato policial», de Juan Mari Barasorda, y «Desaparecida», relato de Mariola Díaz-Cano Arévalo.

De Margarita entre los cerdos, Pedro Badrán, me había hablado muy bien mi amigo Jaime Andrés Rivera, que de novela negra colombiana sabe muchísimo, y lo tenía en la larga lista de lecturas pendientes para una vez puesto el punto final a nuestra Semana Negra. Pero anoche, después de una maravillosa cena italocolombiana con un grupo de amigos bogotanos, mi amiga Amalia Leal me dio la sorpresa, no solo de regalarme Margarita entre los cerdos, sino de que el libro viniese dedicado por el autor. Así que hoy, por más embolatado que estuviese, no he podido evitar la tentación de hincarle el diente. ¡Y qué placer lo que llevo probado! 

Dejo para otra ocasión hablar del conjunto de relatos que configuran el libro y hoy me limitaré a hablaros sobre uno de ellos, el segundo, que lleva por título El hombre de la caja fuerte.

Comienza este estupendo relato con un planteamiento muy original. Secuestran a un tipo, experto en abrir cajas fuertes, retirado del oficio (de ahí que le secuestren) para que ayude a unos antiguos socios a dar un golpe. Secuestran a Nino Portaccio, el Mago de las Cerraduras, y mientras llega el momento de dar el golpe, encomiendan su custodia a un pelaíto muy pilo, a la sazón hijo de uno de los secuestradores. Sólo por el original plantemiento narrativo y la charla que entablan Portaccio y el joven Ulises merecería la pena leer este relato, pero es que El hombre de la caja fuerte es mucho más que un inspirado hallazgo argumental. En El hombre de la caja fuerte asistiremos a la noche del golpe que Badrán nos narra con magistral dosificación de suspense, diálogos, descripciones y acción.

El hombre de la caja fuerte es uno de los mejores relatos que he leído nunca, pero sí nada más terminarlo he sentido la necesidad de ponerme a escribir estas líneas no ha sido solo por su enorme calidad literaria. Hace solo un par de días le hemos dedicado la jornada de la IV Semana Negra en la Glorieta a "Los difusos límites del género negro" y este relato me ha parecido un ejemplo ideal para abundar en la idea que exponía José Manuel Cruz de que 
"el noir ha salido de sus cauces originales para acabar visitando entornos insospechados y encontrándose con otros géneros que lo han enriquecido y revitalizado hasta lograr abrir nuevos caminos de indudable valía y calidad". 
Y es que El hombre de la caja fuerte, además de un excelente relato negro, con un pulso y unos diálogos muy propios del género, es un maravilloso relato de aprendizaje en el que tan importante es el golpe y lo qué ocurrirá con la caja fuerte de marras como lo que la experiencia significará para el joven Ulises.

El otro motivo para lanzarme a la computadora nada más leer la última frase del relato ("... sentí que otra claridad, primordial y profunda, empezaba a reverberar muy dentro de mí") es personal. Ahora que mi primera novela ha cruzado el Atlántico y que puedo considerarme un privilegiado por la fortuna de haber comenzado mi carrera literaria con una editorial seria que se preocupa por sus autores, no me puedo olvidar de que los profesores que me enseñaron a escribir fueron profesores de talleres de Narrativa Breve, como tampoco puedo olvidarme de que uno de mis primeros "logros literarios" fue el que un relato mío sonara en La Rosa de los Vientos de Onda Cero, una emisora de radio española. En ese relato rindo un pequeño homenaje a Ricardo Piglia y a todo lo que aprendí de su teoría de la doble historia. Después de leer El hombre de la caja fuerte, he sentido que todo lo que yo puedo enseñar sobre Narrativa Breve a jóvenes aspirantes a escritor se resume en tres consejos: Lean, primero, la Teoría de la doble historia de Ricardo Piglia, lean después este extraordinario relato de  Pedro Badrán y, luego, pónganse a escribir.

Escribo estas líneas con la urgencia que da saber que era hoy, y no cualquier otro, el día que debían ser publicadas. Y, por qué no decirlo, con la urgencia de saber que en un par de horas todo lo que no sea Real Madrid y Liverpool no le importará un carajo a nadie.

Y a los escritores, aunque no siempre lo reconozcamos, nos gusta que nos lean.


El próximo 13 de junio Javier Alonso García-Pozuelo estará en la Librería TANGO de Bogotá conversando con Mauricio Palomo sobre La cajita de rapé, los orígenes de la novela policiaca en el siglo XIX y las similitudes y diferencias entre el siglo XIX en España y Colombia. 

Y después del conversatorio en TANGO, de polas por la Zona T. ¿Te apuntas?



es licenciado en Medicina y Cirugía por la Universidad Autónoma de Madrid, y diplomado en Cooperación Internacional por la Universidad Complutense de Madrid. Ha ejercido durante más de una década como profesor de salud pública además de trabajar como redactor, corrector y editor de textos científicos. Actualmente compagina su cargo como profesor y editor en la escuela de formación médica AMIR con su pasión por la literatura. En febrero de 2017 publicó con Ediciones MAEVA, La cajita de rapé, una novela policíaca ambientada en el Madrid de Isabel II de la que se han escrito decenas de reseñas -que puedes leer en Cita en la Glorieta, el blog colaborativo de historia y literatura que Javier dirige y edita- y que ha sido nominada a la mejor novela negra de autor novel en el Festival Morella Negra como la Trufa. A raíz de la publicación de su primera novela, ha participado en festivales de novela negra, en ferias del libro y en diversos clubes de lectura. En febrero de 2018 se ha publicado una edición en bolsillo de La cajita de rapé, (EmBolsillo, 2018).