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La “non nata”, por Eduardo Montagut

En solo unas horas se abrirán las Cortes y, pese al batallón de diputados unionistas llegado esta semana de provincias y a que los rumores de un intento de atentado por agentes socialistas han surtido efecto entre los diputados que ayer mismo se planteaban retirar su apoyo al gabinete del general O’Donnell,nadie puede estar seguro esta mañana de que las oposiciones coaligadas no le vayan a hacer la pascua al Gobierno, arrebatándole la presidencia de la mesa del Congreso.
Ningún prócer de la Unión Liberal debe de estar tranquilo esta mañana. Desde luego, no lo parece el marqués de la Vega de Armijo, gobernador civil de Madrid y uno de los hombres que más parte tuvo, junto con el general O’Donnell y el actual subsecretario de Gobernación, el señor Cánovas del Castillo, en la revolución de 1854.
–Entiendo que quiera hablar con el amigo de su sobrino y hasta entiendo que mi negativa le haya contrariado –concede el marqués de la Vega de Armijo–, pero ¿por qué tanto interés en interrogar a Vilanova?
Ha formulado la pregunta con extrema cortesía y en un tono asaz amable. Sin embargo, algo en su rostro de ojos claros, entrecejo ceñudo, nariz puntiaguda e inmensas patillas, augura que, en cualquier momento, el marqués puede ser presa de uno de sus célebres arrebatos de cólera.
La cajita de rapé (Ediciones MAEVA)
Javier Alonso García-Pozuelo

Os ofrecemos una nueva entrega de Historia del Siglo XIX en España  escrita para CITA EN LA GLORIETA por Eduardo Montagut.
 

La “non nata”, por Eduardo Montagut
La Década moderada entró en crisis en 1854, a causa de la profusión de casos de corrupción, especialmente relacionados con la construcción del ferrocarril. Además, la situación de crisis económica alentó la tensión social. Bravo Murillo reaccionó gobernando con más dureza, por lo que la presión de la oposición se radicalizó. Como el sufragio era censitario y el sistema electoral estaba manipulado, los progresistas utilizaron el procedimiento del pronunciamiento para acceder al poder. El 28 de junio de 1854 se produjo la Vicalvarada, con los generales Dulce, O’Donnell y Ros de Olano como protagonistas. La situación se mantuvo incierta hasta que los sublevados publicaron el Manifiesto de Manzanares, que recogía algunas de las propuestas progresistas. Se dieron varios levantamientos en algunas ciudades que terminaron por forzar a Isabel II a recurrir a Espartero, quien se autoproclamó presidente del Consejo de ministros. O’Donnell ocuparía la cartera de la Guerra. El nuevo gobierno restauró provisionalmente la Constitución de 1837. Se aprobó una nueva ley municipal en línea progresista: ampliación del derecho de sufragio y no intervención del gobierno en la elección de los alcaldes. En el Bienio se emprendió una nueva desamortización (1855), la impulsada por Pascual Madoz, de mayor envergadura que la de Mendizábal, ya que puso en venta el doble de bienes. Además, no sólo se ocupó de propiedades eclesiásticas, sino, sobre todo, de las de uso y propiedad común. Fue importante también la Ley de los ferrocarriles de 1855.


Leopoldo O'Donnell
- litografía de 1889 -

El Gobierno convocó elecciones a Cortes Constituyentes, una promesa de la Vicalvarada. Ganaron los candidatos gubernamentales, en una especie de coalición formada por los puritanos, es decir, los moderados menos conservadores, y los progresistas más moderados, entre los que destacaría Manuel Cortina. Estaríamos en los orígenes de la futura Unión Liberal. En este sentido, un joven Antonio Cánovas del Castillo, autor del Manifiesto de Manzanares, pronunció un discurso en diciembre en el Congreso donde manifestaba la voluntad de crear un tercer partido, la Unión Liberal. A la derecha había un pequeño grupo de moderados y a la izquierda los demócratas, aunque hay que destacar un grupo, que podríamos denominar de “centro-izquierda”, formado por liberales progresistas que no deseaban ingresar en la coalición, como serían Salustiano Olózaga o el joven Sagasta.

El debate constitucional comenzó pronto, y fue intenso en relación con la cuestión religiosa, especialmente por la postura intransigente de la Iglesia Católica, a pesar de que se establecía una propuesta muy tímida, ya que la idea de los demócratas de que se aprobase la plena libertad de cultos fue rechazada por la mayoría gubernamental. Se pretendía que no se podría perseguir a nadie por sus creencias religiosas, siempre y cuando no se manifestasen en actos públicos contrarios a la religión católica, y partiendo de la reafirmación de que el Estado tendría obligación de sostener a la Iglesia y el culto, como se había establecido en la década moderada. La nueva desamortización provocó más tensiones, y se llegaron a romper relaciones diplomáticas con la Santa Sede. Por otro lado, hubo un resurgimiento de partidas carlistas.

También es interesante relatar el debate sobre la necesidad de que la educación primaria fuera verdaderamente gratuita y sobre el sufragio universal, propuestas de los demócratas que no prosperaron. El liberalismo progresista o algo más templado de la coalición, aunque deseaba superar el excesivo conservadurismo de los moderados, no pretendía, realmente democratizar el régimen político.

La Constitución partía del reconocimiento de la soberanía nacional, sin alusiones a que se compartiera con la Corona, pilar ideológico del liberalismo conservador o doctrinario español. Se establecía un más amplio reconocimiento de derechos individuales, frente al modelo de la Constitución moderada de 1845. En algunos aspectos, constituyó la base de la futura Constitución de 1869, después de la Revolución Gloriosa de 1868.

En 1855, el estallido de una huelga en Barcelona y la propagación de una epidemia de cólera contribuyeron a enrarecer la situación política, marcada, desde 1854, por los sucesivos cambios de gobierno, a causa de la difícil convivencia en el poder de progresistas y unionistas.

En el verano de 1856, aprovechando el desconcierto provocado por unas revueltas populares en Madrid, O’Donnell abolió la Milicia Nacional y volvió a proclamar la Constitución de 1845, al tiempo que apartaba a Espartero del poder. Pero tres meses después, la reina optó por Narváez, más afín a sus planteamientos, apartando a O’Donnell del poder. Así pues, la Constitución de 1856 nunca sería promulgada, y no entró en vigor, de ahí su apelativo de “non nata”.

Si quieres recibir un aviso cada vez que publiquemos un artículo de Historia del siglo XIX en CITA EN LA GLORIETA, mándanos un mensaje a través del mail de CONTACTO, indicando "Siglo XIX".

Muchas gracias por visitar La Glorieta. 

Javier Alonso García-Pozuelo 

Eduardo Montagut (Madrid, 1965)
es Doctor en Historia por la UAM y profesor de Secundaria en un Instituto de Alcalá de Henares en la especialidad de Geografía e Historia. Socio de las ilustradas Reales Sociedades de Amigos del País de Madrid y Bascongada, pertenece también a la ARMH, y mantiene un constante compromiso por la memoria histórica. Pertenece al Grupo de Memoria Histórica del PSOE y tiene la responsabilidad de Educación, Cultura y Memoria Histórica en la Ejecutiva de la Agrupación Socialista de Chamartín (PSOE-M). Colabora diariamente en diversos medios digitales con artículos de Historia y Política. Tiene publicados un libro sobre los árboles y la Ilustración, y diversos artículos sobre la enseñanza de la agricultura en los siglos XVIII y XIX, así como, sobre Historia social.

Isabel II, Larra y la sublevación de La Granja

[...] Pronto se cumplirá un cuarto de siglo de aquel trágico pistoletazo –el mismo cuarto de siglo que Benítez lleva siendo policía– y, aunque el país ha experimentado notables avances en derechos y libertades, el veterano inspector está convencido de que aunque Larra hubiese nacido veinticinco años más tarde, aunque no hubiese crecido en la España absolutista de Fernando VII sino en la España constitucional de Isabel II, igualmente se habría ido a dormir el Día de Difuntos con la idea del suicidio madurando en su cabeza. España sigue siendo hoy, igual que hace un cuarto de siglo, un país de pandillas, banderías y fanáticos. Un país de ciegos que se apalean entre sí por procurarse un pedazo del presupuesto. Un país en el que, a fuerza de repetirlo, no son pocos los que han terminado creyéndose libres.
La cajita de rapé (Maeva, 2017)
Javier Alonso García-Pozuelo

Os ofrecemos una nueva entrega de Historia del Siglo XIX escrita para CITA EN LA GLORIETA por Eduardo Montagut y Javier Alonso García-Pozuelo. En esta ocasión publicamos dos artículos relacionados por un tema en común: la sublevación de La Granja, que tuvo lugar en agosto de 1836 y que, entre otras consecuencias, forzó a la regente María Cristina y restablecer la Constitución de 1812.

El Panorama Español. Crónica Contemporánea,
tomo III, 1845.
Firma por la reina gobernadora de
la reinstauración de la constitución de 1812

LA SUBLEVACIÓN DE LA GRANJA EN AGOSTO DE 1836
Eduardo Montagut
La sublevación de La Granja, acontecida en el 13 de agosto de 1836, fue un suceso clave en la Regencia de la Reina Gobernadora, en la minoría de edad de la reina Isabel II. Fue protagonizada por los sargentos de la Guardia Real para obligar a la regente María Cristina a jurar la Constitución de 1812, contra el gobierno de Istúriz, y terminar con el sistema político, harto conservador, del Estatuto Real de 1834.

Francisco Javier de Istúriz
- Antonio Gisbert -

Efectivamente, el modelo diseñado por Martínez de la Rosa con el Estatuto Real para intentar implantar un sistema liberal muy moderado no había convencido ni a los carlistas, ya en plena guerra, ni tampoco a una gran parte de los liberales, especialmente a los progresistas. El Estatuto era, realmente, una convocatoria de unas Cortes bicamerales con pocas competencias y no realmente una constitución. Los progresistas comenzaron muy pronto a conspirar y a moverse para que se implantase de nuevo la Constitución de 1812 que, como bien sabemos, estuvo muy poco tiempo en vigor, realmente sólo en el Trienio Liberal. Se dieron varios pronunciamientos en el verano del año 1836, protagonizados en varias ciudades por la Milicia Nacional, un instrumento de clara tendencia liberal progresista.

El motín o sublevación en el palacio de La Granja tuvo éxito, ya que la regente repuso la Constitución de Cádiz, y cambió el gobierno por uno presidido por Calatrava, aunque el hombre fuerte sería Mendizábal en Hacienda, deseoso de emprender la desamortización eclesiástica.


José María Calatrava
- Antonio Gisbert -

La sublevación tiene su importancia histórica porque desechó para siempre el extremado conservadurismo de la fórmula del sistema diseñado en el Estatuto Real, que avanzaba muy poco o casi nada en el desmantelamiento del Antiguo Régimen.

***

ISABEL II Y LARRA. AMOR Y POLITICA.
Javier Alonso García-Pozuelo
Aunque ni Larra ni Isabel II son personajes de «La cajita de rapé», tanto al primer suicida español enterrado en camposanto como a la primera reina constitucional de España los tuve muy presentes durante el largo proceso de escritura de la novela.

Isabel II y Larra son un buen ejemplo de cómo dos matrimonios con un comienzo radicalmente opuesto pueden terminar exactamente igual. Larra, en un arrebato de juventud del que pronto se arrepintió, se casó con la mujer que él quiso, a pesar de la oposición de sus padres. A Isabel II la obligaron a casarse con su primo, la última persona del mundo con quien ella hubiese deseado compartir lecho. Ambos enlaces acabaron del mismo modo: con la infelicidad de la pareja y la búsqueda del amor fuera del matrimonio. 

Isabel II
- Federico Madrazo (1849) -
Museo del Romanticismo de Madrid

Las figuras de Isabel II y Larra son un exponente muy representativo de la primera mitad del siglo XIX, una época de transición del Antiguo Régimen al Estado Liberal, y del Romanticismo, movimiento cultural que a España llegó con retraso al final del reinado de Fernando VII y que influyó en muy distintos ámbitos, desde la creación artística y literaria a la filosofía y la política.

En la noche del 13 de febrero de 1837 Mariano José de Larra, el periodista español mejor pagado de su época, el más grande satírico del siglo XIX, el autor de tantos y tantos artículos inmortales, acabó con su vida pegándose un pistoletazo. Al otro lado de la puerta de su gabinete, en la madrileña calle de Santa Clara, se hallaba su hija Adela, de apenas cuatro años de edad. El que en aquella trágica decisión influyó la visita, esa misma tarde, de la que había sido su amante, Dolores Armijo, es indudable. Pero no debemos olvidar que en el verano anterior una de las muchas asonadas del siglo XIX español impidió que Larra tomara posesión de su escaño de diputado y que aquel contratiempo tuvo mucho que ver con el desánimo que arrastró hasta el final de sus días.

El 31 de julio de 1836 Mariano José de Larra obtuvo el tercer escaño de la provincia de Ávila para diputado en el Estamento de Procuradores de las Cortes españolas. Había concurrido a las elecciones en las filas de los moderados, quienes aunque liberales consideraban que la única forma de combatir al carlismo era fortaleciendo la Corona. El otro bloque liberal era el de  los progresistas; estos eran contrarios a ciertas prerrogativas de la Corona, como el poder real para la disolución de las Cortes, y defendían el dogma de la soberanía nacional.

De haber tenido la oportunidad de hacerlo
Larra, diputado electo del partido moderado, tal vez hubiese alzado su voz en el Palacio de las Cortes para defender algunas ideas no muy alejadas de las de los progresistas; ideas que por aquellas fechas expresaba de esta manera en el prólogo a su traducción de «El dogma de los hombres libres. Palabras de un creyente», de Lamennais:
"Religión pura, fuente de toda moral, y religión, como únicamente puede existir, acompañada de la tolerancia y de la libertad de conciencia, libertad civil; igualdad completa ante la ley, e igualdad que abra la puerta a los cargos públicos para los hombres todos, según su idoneidad, y sin necesidad de otra aristocracia que la del talento, la virtud y el mérito; y libertad absoluta del pensamiento escrito. He aquí la profesión de fe del traductor de las Palabras de un creyente."

Pero las ideas del diputado Larra -más progresistas de lo que su acta de diputado pudiera sugerir- no llegaron a ser oídas. El 13 de agosto se produjo el motín de La Granja y María Cristina, la reina regente, se vio forzada a proclamar la Constitución de 1812. El día 14 Calatrava sustituía como presidente del Consejo de Ministros a Istúriz. El siguiente paso fue anular, mediante un decreto de 23 de agosto, la previa convocatoria a Cortes, de modo que Larra perdía su acta de diputado sin que su voz hubiese llegado a oírse en sede parlamentaria.


Mariano José de Larra
- José Gutierrez de la Vega (1835) -
Museo del Romanticismo de Madrid

Es de suponer que cuando la noche del 13 de febrero de 1837 Larra se pegó un tiro, en su ánimo pesaba la profunda decepción que le provocó la visita de Dolores Armijo; su antigua amante, lejos de buscar una reconciliación con él, lo que pretendía con aquella visita era recuperar viejas cartas que pudieran comprometerla. Todo se había acabado entre ellos. Su última esperanza de ser feliz se le escapaba definitivamente y solo le quedaba el abatimiento en que se sumió tras su fracasado paso por la política, aquel desencanto que le llevó a escribir lo siguiente en «El día de Difuntos de 1836. Fígaro en el cementerio»:
 

“Una nube sombría lo envolvió todo. Era la noche. El frío de la noche helaba mis venas. Quise salir violentamente del horrible cementerio. Quise refugiarme en mi propio corazón, lleno no ha mucho de vida, de ilusiones, de deseos.

¡Santo cielo! También otro cementerio. Mi corazón no es más que otro sepulcro, ¿Qué dice? Leamos. ¿Quién ha muerto en él? ¡Espantoso letrero! «Aquí yace la esperanza»”

Larra no encontró en el amor extraconyugal el bálsamo que le ayudase a olvidar el ambiente de mediocridad y de atraso de la España en que le tocó vivir. Isabel II sí fue feliz en los brazos de sus amantes, circunstancia ésta aprovechada por muchas personas de su entorno para favor propio o para influir en las decisiones políticas de la reina. Amor y política nuevamente, como dos de los ingredientes esenciales del balbuciente estado liberal español.

«La cajita de rapé» es una novela policiaca, en la que se describe una investigación policial tal y como se llevaban a cabo a mediados del siglo XIX; pero no por eso me podía abstraer de la época en la que está ambientada: una época de grandes pasiones. Sentimentales y políticas. De ahí que las figuras de Isabel II y Larra estuvieran tan presentes mientras la escribía.

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Muchas gracias por visitar La Glorieta.

Eduardo Montagut (Madrid, 1965)
es Doctor en Historia por la UAM y profesor de Secundaria en un Instituto de Alcalá de Henares en la especialidad de Geografía e Historia. Socio de las ilustradas Reales Sociedades de Amigos del País de Madrid y Bascongada, pertenece también a la ARMH, y mantiene un constante compromiso por la memoria histórica. Pertenece al Grupo de Memoria Histórica del PSOE y tiene la responsabilidad de Educación, Cultura y Memoria Histórica en la Ejecutiva de la Agrupación Socialista de Chamartín (PSOE-M). Colabora diariamente en diversos medios digitales con artículos de Historia y Política. Tiene publicados un libro sobre los árboles y la Ilustración, y diversos artículos sobre la enseñanza de la agricultura en los siglos XVIII y XIX, así como, sobre Historia social.

***

es licenciado en Medicina y Cirugía por la Universidad Autónoma de Madrid, y diplomado en Cooperación Internacional por la Universidad Complutense de Madrid. Ha ejercido durante más de una década como profesor de salud pública, epidemiología y educación sanitaria, además de trabajar como redactor, corrector y editor de textos científicos. Compagina su actividad docente con su pasión por la literatura, la historia (mantiene desde hace años Cita en la Glorieta, blog colaborativo de historia y literatura) y la música, llevando a los escenarios sus propias canciones en solitario o acompañado de una pequeña banda acústica. El 28 de febrero de 2017 ha publicado con Ediciones MAEVA, La cajita de rapé, una novela policíaca ambientada en el Madrid de Isabel II.

Isabel II, Larra y la sublevación de La Granja

[...] Pronto se cumplirá un cuarto de siglo de aquel trágico pistoletazo –el mismo cuarto de siglo que Benítez lleva siendo policía– y, aunque el país ha experimentado notables avances en derechos y libertades, el veterano inspector está convencido de que aunque Larra hubiese nacido veinticinco años más tarde, aunque no hubiese crecido en la España absolutista de Fernando VII sino en la España constitucional de Isabel II, igualmente se habría ido a dormir el Día de Difuntos con la idea del suicidio madurando en su cabeza. España sigue siendo hoy, igual que hace un cuarto de siglo, un país de pandillas, banderías y fanáticos. Un país de ciegos que se apalean entre sí por procurarse un pedazo del presupuesto. Un país en el que, a fuerza de repetirlo, no son pocos los que han terminado creyéndose libres.
La cajita de rapé (Maeva, 2017)
Javier Alonso García-Pozuelo

Os ofrecemos una nueva entrega de Historia del Siglo XIX escrita para CITA EN LA GLORIETA por Eduardo Montagut y Javier Alonso García-Pozuelo. En esta ocasión publicamos dos artículos relacionados por un tema en común: la sublevación de La Granja, que tuvo lugar en agosto de 1836 y que, entre otras consecuencias, forzó a la regente María Cristina y restablecer la Constitución de 1812.

El Panorama Español. Crónica Contemporánea,
tomo III, 1845.
Firma por la reina gobernadora de
la reinstauración de la constitución de 1812

LA SUBLEVACIÓN DE LA GRANJA EN AGOSTO DE 1836
Eduardo Montagut
La sublevación de La Granja, acontecida en el 13 de agosto de 1836, fue un suceso clave en la Regencia de la Reina Gobernadora, en la minoría de edad de la reina Isabel II. Fue protagonizada por los sargentos de la Guardia Real para obligar a la regente María Cristina a jurar la Constitución de 1812, contra el gobierno de Istúriz, y terminar con el sistema político, harto conservador, del Estatuto Real de 1834.

Francisco Javier de Istúriz
- Antonio Gisbert -

Efectivamente, el modelo diseñado por Martínez de la Rosa con el Estatuto Real para intentar implantar un sistema liberal muy moderado no había convencido ni a los carlistas, ya en plena guerra, ni tampoco a una gran parte de los liberales, especialmente a los progresistas. El Estatuto era, realmente, una convocatoria de unas Cortes bicamerales con pocas competencias y no realmente una constitución. Los progresistas comenzaron muy pronto a conspirar y a moverse para que se implantase de nuevo la Constitución de 1812 que, como bien sabemos, estuvo muy poco tiempo en vigor, realmente sólo en el Trienio Liberal. Se dieron varios pronunciamientos en el verano del año 1836, protagonizados en varias ciudades por la Milicia Nacional, un instrumento de clara tendencia liberal progresista.

El motín o sublevación en el palacio de La Granja tuvo éxito, ya que la regente repuso la Constitución de Cádiz, y cambió el gobierno por uno presidido por Calatrava, aunque el hombre fuerte sería Mendizábal en Hacienda, deseoso de emprender la desamortización eclesiástica.


José María Calatrava
- Antonio Gisbert -

La sublevación tiene su importancia histórica porque desechó para siempre el extremado conservadurismo de la fórmula del sistema diseñado en el Estatuto Real, que avanzaba muy poco o casi nada en el desmantelamiento del Antiguo Régimen.

***

ISABEL II Y LARRA. AMOR Y POLITICA.
Javier Alonso García-Pozuelo
Aunque ni Larra ni Isabel II son personajes de «La cajita de rapé», tanto al primer suicida español enterrado en camposanto como a la primera reina constitucional de España los tuve muy presentes durante el largo proceso de escritura de la novela.

Isabel II y Larra son un buen ejemplo de cómo dos matrimonios con un comienzo radicalmente opuesto pueden terminar exactamente igual. Larra, en un arrebato de juventud del que pronto se arrepintió, se casó con la mujer que él quiso, a pesar de la oposición de sus padres. A Isabel II la obligaron a casarse con su primo, la última persona del mundo con quien ella hubiese deseado compartir lecho. Ambos enlaces acabaron del mismo modo: con la infelicidad de la pareja y la búsqueda del amor fuera del matrimonio. 

Isabel II
- Federico Madrazo (1849) -
Museo del Romanticismo de Madrid

Las figuras de Isabel II y Larra son un exponente muy representativo de la primera mitad del siglo XIX, una época de transición del Antiguo Régimen al Estado Liberal, y del Romanticismo, movimiento cultural que a España llegó con retraso al final del reinado de Fernando VII y que influyó en muy distintos ámbitos, desde la creación artística y literaria a la filosofía y la política.

En la noche del 13 de febrero de 1837 Mariano José de Larra, el periodista español mejor pagado de su época, el más grande satírico del siglo XIX, el autor de tantos y tantos artículos inmortales, acabó con su vida pegándose un pistoletazo. Al otro lado de la puerta de su gabinete, en la madrileña calle de Santa Clara, se hallaba su hija Adela, de apenas cuatro años de edad. El que en aquella trágica decisión influyó la visita, esa misma tarde, de la que había sido su amante, Dolores Armijo, es indudable. Pero no debemos olvidar que en el verano anterior una de las muchas asonadas del siglo XIX español impidió que Larra tomara posesión de su escaño de diputado y que aquel contratiempo tuvo mucho que ver con el desánimo que arrastró hasta el final de sus días.

El 31 de julio de 1836 Mariano José de Larra obtuvo el tercer escaño de la provincia de Ávila para diputado en el Estamento de Procuradores de las Cortes españolas. Había concurrido a las elecciones en las filas de los moderados, quienes aunque liberales consideraban que la única forma de combatir al carlismo era fortaleciendo la Corona. El otro bloque liberal era el de  los progresistas; estos eran contrarios a ciertas prerrogativas de la Corona, como el poder real para la disolución de las Cortes, y defendían el dogma de la soberanía nacional.

De haber tenido la oportunidad de hacerlo
Larra, diputado electo del partido moderado, tal vez hubiese alzado su voz en el Palacio de las Cortes para defender algunas ideas no muy alejadas de las de los progresistas; ideas que por aquellas fechas expresaba de esta manera en el prólogo a su traducción de «El dogma de los hombres libres. Palabras de un creyente», de Lamennais:
"Religión pura, fuente de toda moral, y religión, como únicamente puede existir, acompañada de la tolerancia y de la libertad de conciencia, libertad civil; igualdad completa ante la ley, e igualdad que abra la puerta a los cargos públicos para los hombres todos, según su idoneidad, y sin necesidad de otra aristocracia que la del talento, la virtud y el mérito; y libertad absoluta del pensamiento escrito. He aquí la profesión de fe del traductor de las Palabras de un creyente."

Pero las ideas del diputado Larra -más progresistas de lo que su acta de diputado pudiera sugerir- no llegaron a ser oídas. El 13 de agosto se produjo el motín de La Granja y María Cristina, la reina regente, se vio forzada a proclamar la Constitución de 1812. El día 14 Calatrava sustituía como presidente del Consejo de Ministros a Istúriz. El siguiente paso fue anular, mediante un decreto de 23 de agosto, la previa convocatoria a Cortes, de modo que Larra perdía su acta de diputado sin que su voz hubiese llegado a oírse en sede parlamentaria.


Mariano José de Larra
- José Gutierrez de la Vega (1835) -
Museo del Romanticismo de Madrid

Es de suponer que cuando la noche del 13 de febrero de 1837 Larra se pegó un tiro, en su ánimo pesaba la profunda decepción que le provocó la visita de Dolores Armijo; su antigua amante, lejos de buscar una reconciliación con él, lo que pretendía con aquella visita era recuperar viejas cartas que pudieran comprometerla. Todo se había acabado entre ellos. Su última esperanza de ser feliz se le escapaba definitivamente y solo le quedaba el abatimiento en que se sumió tras su fracasado paso por la política, aquel desencanto que le llevó a escribir lo siguiente en «El día de Difuntos de 1836. Fígaro en el cementerio»:
 

“Una nube sombría lo envolvió todo. Era la noche. El frío de la noche helaba mis venas. Quise salir violentamente del horrible cementerio. Quise refugiarme en mi propio corazón, lleno no ha mucho de vida, de ilusiones, de deseos.

¡Santo cielo! También otro cementerio. Mi corazón no es más que otro sepulcro, ¿Qué dice? Leamos. ¿Quién ha muerto en él? ¡Espantoso letrero! «Aquí yace la esperanza»”

Larra no encontró en el amor extraconyugal el bálsamo que le ayudase a olvidar el ambiente de mediocridad y de atraso de la España en que le tocó vivir. Isabel II sí fue feliz en los brazos de sus amantes, circunstancia ésta aprovechada por muchas personas de su entorno para favor propio o para influir en las decisiones políticas de la reina. Amor y política nuevamente, como dos de los ingredientes esenciales del balbuciente estado liberal español.

«La cajita de rapé» es una novela policiaca, en la que se describe una investigación policial tal y como se llevaban a cabo a mediados del siglo XIX; pero no por eso me podía abstraer de la época en la que está ambientada: una época de grandes pasiones. Sentimentales y políticas. De ahí que las figuras de Isabel II y Larra estuvieran tan presentes mientras la escribía.

Si quieres recibir un aviso cada vez que publiquemos un artículo de Historia del siglo XIX en CITA EN LA GLORIETA, mándanos un mensaje a través del formulario de CONTACTO, indicando "Siglo XIX".

Muchas gracias por visitar La Glorieta.

Eduardo Montagut (Madrid, 1965)
es Doctor en Historia por la UAM y profesor de Secundaria en un Instituto de Alcalá de Henares en la especialidad de Geografía e Historia. Socio de las ilustradas Reales Sociedades de Amigos del País de Madrid y Bascongada, pertenece también a la ARMH, y mantiene un constante compromiso por la memoria histórica. Pertenece al Grupo de Memoria Histórica del PSOE y tiene la responsabilidad de Educación, Cultura y Memoria Histórica en la Ejecutiva de la Agrupación Socialista de Chamartín (PSOE-M). Colabora diariamente en diversos medios digitales con artículos de Historia y Política. Tiene publicados un libro sobre los árboles y la Ilustración, y diversos artículos sobre la enseñanza de la agricultura en los siglos XVIII y XIX, así como, sobre Historia social.

***

es licenciado en Medicina y Cirugía por la Universidad Autónoma de Madrid, y diplomado en Cooperación Internacional por la Universidad Complutense de Madrid. Ha ejercido durante más de una década como profesor de salud pública, epidemiología y educación sanitaria, además de trabajar como redactor, corrector y editor de textos científicos. Compagina su actividad docente con su pasión por la literatura, la historia (mantiene desde hace años Cita en la Glorieta, blog colaborativo de historia y literatura) y la música, llevando a los escenarios sus propias canciones en solitario o acompañado de una pequeña banda acústica. El 28 de febrero de 2017 ha publicado con Ediciones MAEVA, La cajita de rapé, una novela policíaca ambientada en el Madrid de Isabel II.