«La barbaridad», de Esteban Gutiérrez Gómez y otros microrrelatos

La siguiente selección de microrrelatos ha sido escogida para CITA EN LA GLORIETA por Fernando Gómez Lamadrid, fundador de la página de facebook TOPmicrorrelatos.  


EL TIEMPO DE LA GUERRA
Ángel Carrasco Sotos
Cuando aquello de la guerra civil –recuerdan los viejos del lugar–, fue bombardeado el vecino pueblo de El Provencio. En la noche de aquel día doloroso, las gentes de Pedroñeras huyeron al campo para pasarla allí, amparados paradójicamente por el raso del cielo abierto y estrellado. Durante el tiempo duro, eterno y mágico de esa noche extraña y extensa, el pueblo quedó vacío, desamparado. El silencio ocupó el interior de las casas y el viento corrió libertino por las calles oscuras, desiertas. Algunos perros deambulaban con rumbo incierto por las calles de tierra. Esa ausencia imprevista lo había convertido en un pueblo fantasma que, desde una lejanía relativa, era observado por sus habitantes insomnes y temblorosos. Como ese pueblo abandonado a la fuerza, que espera las aguas injustas de un nuevo pantano, así quedó Pedroñeras, inerme y solo, vulnerable a las bombas que, al final, no cayeron. Parecía como si el tiempo, silente, se hubiese parado. El reloj del ayuntamiento, sin embargo, siguió dando la hora para nadie.

EN LA SIERRA
Arturo Barea
Esto fue en el primer otoño de la guerra.
    El muchacho –veinte años– era teniente; el padre, soldado, por no abandonar al hijo. En la Sierra dieron al hijo un balazo, y el padre le cogió a hombros. Le dieron un balazo de muerte. El padre ya no podía correr y se sentó con su carga al lado.
    –Me muero, padre, me muero.
  El padre le miró tranquilamente la herida mientras el enemigo se acercaba. Sacó la pistola y le mató.
    A la mañana siguiente, fue a la cabeza de una descubierta y recobró el cadáver del hijo abandonado en mitad de las peñas. Lo condujo a la posición. Le envolvieron en una bandera tricolor y le enterraron.
   Asistió el padre al entierro. Tenía la cabeza descubierta mientras tapaban al hijo con la tierra aterronada, dura de hielo.
    La cabeza era calva, brillante, con un cerquillo de pelos canos alrededor. Con la misma pistola hizo saltar la tapadera brillante de la calva.
   Quedó el cerquillo de pelo gris rodeando un agujero horrible de sangre y de sesos.
     Le enterraron al lado del hijo.
     El frío de la Sierra hacía llorar a los hombres
.

1936
Inmaculada Porcel
Los campesinos, agachados sobre su labor, alzaron la vista al cielo cuando les pilló la sombra. Entonces vieron al dragón; recorría el horizonte escondiéndose tras la línea de luz que esa noche extraña había dejado a salvo. Después vino el fuego. En procesión huían las ratas, los niños, las mujeres, los hombres con palos. Sólo quedaba en el pueblo un niño berreando. Junto a él, un bulto negro.
    Cuenta el más viejo que la situación se instaló durante tres años y no fue mejor durante los siguientes. Ya no había llamas, sólo humo, silencio, algún gemido
.

Composición blanda con judías hervidas
(Premonición de la Guerra Civil)
- Salvador Dalí -
Philadelphia Museum of Art

DESPUÉS DE LA GUERRA
Alejando Jodorowsky
El último ser humano vivo lanzó la última paletada de tierra sobre el último muerto. En ese instante mismo supo que era inmortal, porque la muerte sólo existe en la mirada del otro.

Ellos llegaron y sembraron de sal el camino. Marcharon después en busca del mar. Allí quedó vacía, ennegrecida, calcinada, toda la inmensidad de la montaña, el refugio de la soledad, el sentido idílico de la vida: nuestro santuario.
    Mucho tiempo después, ellas comenzaron a arar de nuevo la tierra, a buscar el cristal de los arroyos, los torrentes bravíos de los niños al jugar.
    Y de nuevo la fe, de nuevo el buen sentido, de nuevo las risas y las noches con palabras de amor, de nuevo la esperanza en cada amanecer.
    Así trascurrió aquel tiempo en el que no se miraba al pasado para dejar de ver aquel bosque quemado lleno de amargura y desolación. Así pasaron los años, hasta que alguno de aquellos niños se atrevió a mirar atrás. Fue entonces cuando le sorprendió el verdor cubriendo las laderas de las montañas, y el agua corriendo por las acequias y los árboles velados de frondosidad. Fue entonces cuando, como estaba escrito, aquella piña cayó y la simiente de la vida se esparció entre la hierba; cuando, tres generaciones después, apenas recordaban la guerra que había arrasado aquel sagrado lugar.
    Todo ese tiempo hizo falta para sanar el odio de su corazón, el miedo inscrito en él, sin él saberlo; todo ese tiempo para borrar
el estigma
de la barbaridad
humana
.


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