Ejecuciones públicas en la historia de Madrid (IV), por Pablo Aguilera

Os ofrecemos la IV parte de un interesantísimo artículo sobre los métodos y lugares de ejecución pública en Madrid a lo largo de su historia. Lo ha escrito para CITA EN LA GLORIETA Pablo Aguilera, miembro fundador de LA GATERA DE LA VILLA, una iniciativa sin ánimo de lucro que publica una revista gratuita sobre historia y urbanismo de Madrid.

Un fuerte abrazo,

Javier Alonso García-Pozuelo


Diseño: Pedro López Carcelén

EJECUCIONES PÚBLICAS EN LA HISTORIA DE MADRID (IV parte)
Pablo Jesús Aguilera Concepción
Auto de fe

En el caso de los condenados por el Tribunal de la Inquisición toda esta parafernalia, esta teatralización de la muerte, cobraba una mayor vistosidad.

Todo comenzaba desde unos días antes a la celebración del auto, cuando se leía por plazas y calles una proclama en la que se invitaba a la población a asistir a dicho juicio. La víspera de la celebración del auto de fe tenía lugar la solemne procesión de la Cruz Verde y de la Cruz Blanca.


«El dia antes del auto se sacaba en procesion una cruz verde, para que, colocada en el altar del teatro, estuviese alentando á los reos para esperar la divina misericordia. Mas porque los que abusan de la divina clemencia quedan espuestos á la indignacion de la justicia armada en venganza de la fé, atendiendo á que esta virtud se representa en la blancura, se sacaba tambien una cruz blanca para que, colocada en el lugar del suplicio delante de la hoguera, se manifestase la causa porque morian los culpados […]

Con este órden pasó la procesion por la plazuela de la Encarnacion , calle del Tesoro á la plaza de Palacio […] Siguió por la plazuela de Santa María á la de la Villa, y por la calle Mayor, entrando por la de los Boteros á la plaza del teatro, donde se colocó la cruz verde, fijando el estandarte al lado de la epístola en un pedestal. Cantó la capilla, y dicha la bendicion de la cruz se disolvió parte de la procesión, quedando para velar la cruz en el tablado aquella noche la comunidad de dominicos, que á su hora acostumbrada cantaron los maitines, y de media noche abajo celebraron misas hasta las seis de la mañana.

La segunda parte de la procesion se dirigió á la plazuela de Santo Domingo,  calle y puerta de Fuencarral hasta el quemadero, que estaba á la izquierda inmediato al camino, distante como trescientos pasos de la puerta. Allí fijaron la cruz blanca en un pedestal de tres pies y medio de alto en medio del frente del brasero á la parte del Norte […] Acabada esta ceremonia á las diez de la noche se quedó en custodia de la cruz un trozo de la compañía y los demas se volvieron á sus casas […]aparato se habia preparado.
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Por la noche se comunicaba la sentencia a los reos, custodiados en la cárcel, y se terminaban de cerrar «las calles que desembocaban en aquellas por donde habia de pasar la procesion y el dia del auto al amanecer estaban ya cortadas con tablados y en ellos muchos nichos donde se pudiese acomodar la gente para ver»28.

La jornada del auto de fe comenzaba temprano, iniciándose el acto con un sermón para posteriormente pasar a leer las sentencias. Aquellas que eran de muerte se cumplían inmediatamente a la finalización del auto.
«A las siete de mañana empezaron á salir los soldados de fé; despues de ellos la cruz de la parroquia de San Martin, vestida con velo negro; doce sacerdotes con sobrepellices, y fueron saliendo ciento veinte reos cada uno de ellos con dos ministros al lado […]

Habiendo salido la procesion de los reos desde las cárceles del tribunal de corte, pasó por la casa del inquisidor general; y bajando por la calle que está en frente (hoy con el nombre de las Rejas) prosiguió volviendo á la derecha á la plazuela de la Encarnacion. Desde esta fué derechamente por lo alto de los caños del Peral y salió á la plazuela de Santa Catalina de los Donados. De allí por el camino mas breve pasó á San Martin, y á la plazuela de las Descalzas Reales, siguiendo toda la acera de la fachada hasta el pasadizo; volvió á la derecha y habiendo andado toda la plazuela bajó por la calle que va á San Ginés; (la de San Martin) y prosiguiendo por la de Bordadores entró en la calle Mayor, continuando sobre la izquierda para entrar, por la de los Boteros en la Plaza Mayor […]

A cosa de las cuatro de la tarde se acabaron de leer las sentencias de los relajados, y en el acto les hicieron dirijirse por la escalera que habían subido,  bajando á la plaza: allí fueron entregados por el secretario de la Inquisicion de Sicilia al corregidor, sus tenientes y mayor del Ayuntamiento, los cuales mandándoles montar en la forma ordinaria, los hicieron poner en hilera, yendo delante las estátuas y detras los personalmente condenados. Con este órden los bajaron por la calle de los Boteros (que ahora lleva el nombre de Felipe III) y volviendo á la izquierda por la calle Mayor, salieron por la de Bordadores á la plazuela de las Descalzas; de allí por el camino mas corto pasaron á la de Santo Domingo y tomaron vía recta por la calle de San Bernardo y puerta de Fuencarral, hasta llegar al quemadero. Delante de esta procesion iba una gran fuerza de los soldados de la fé, y detras de los reos y de los ministros de la justicia seglar, el secretario de la Inquisicion para dar testimonio de como se habian ejecutado las sentencias en todo conforme á lo mandado.
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Auto de Fe en la Plaza Mayor de Madrid
-Francisco Rizi (1683)-
Museo del Prado

En cuanto a la vestimenta, los condenados por la Santa Inquisición vestían una especie de túnica conocida como sambenito.

«Casi todos los acusados vestían la vestidura penitencial que el Santo Oficio imponía a sus condenados, el sambenito, una especie de hopa o poncho a modo de túnica o sotana cerrada, remedo del revestimiento del sacerdote para celebrar la sagrada misa o del juez para dictar sentencia, que tomó el nombre de sambenito por el de saco bendito. Otros decían que el sambenito era una simplificación del hábito de los monjes de San Benito que antiguamente recibían a los acusados en sus conventos. En cualquier caso, el escapulario de lienzo o paño amarillo, que les llegaba hasta las rodillas, tenía pintadas sobre el pecho y la espalda una o varias cruces transversales o de San Andrés. Eso porque a veces, cuando ponían la cruz recta en señal de reconciliación, algunos pecadores contumaces volvían a sus antiguos errores, se desnudaban públicamente y arrojaban el sambenito al suelo para pisotear la sagrada imagen. Los inquisidores interpretaban la cruz oblicua como una representación de la desviación en que habían caído los acusados. Debajo de las cruces habían pintado imágenes en la tela del sambenito. Cuando el reo debía ser relajado o castigado por penitente, pintaban su figura ardiendo en llamas, entre dragones y demonios; cuando iba a ser reconciliado o suelto, llevaba las mismas llamas, pero sin su retrato. Se había salvado del infierno, pero no del oprobio. El trayecto desde la ciudad hasta el lugar de ejecución era realizado de la siguiente forma: el reo, para mayor mofa y escarnio, era conducido a la horca metido en un serón de esparto tirado por un burro, o bien montado en el mismo, pero mirando hacia la grupa. Durante todo el camino, el populacho le dedicaba todo tipo de humillaciones y insultos para darle a entender que estaban todos muy contentos de que el criminal se largarse de este mundo de la peor forma posible como pago por sus delitos.»30

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27. “Anales de la inquisición desde que fué instituido aquel tribunal hasta su total extinción el año 1834”, de Genaro del Valle. 
28. Genaro del Valle, Op. Cit. 
29. El proceso descrito es el del Auto de Fé del 30 de junio de 1680. 
30. “Tres nombres para Catalina, la doña de campofrío”, por Gustavo Frías.

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es aficionado a la música y a la historia, socio fundador de la desaparecida asociación "Amigos del Foro Cultural de Madrid" y de la revista cultural "La Gatera de la Villa". 

Además de diversos artículos sobre la historia de Madrid, es autor del libro El levantamiento del 2 de mayo de 1808.