Reseña de «Algunos me llaman Rubio», de Juan M. Velázquez

RESEÑA DE «ALGUNOS ME LLAMAN EL RUBIO», DE JUAN M. VELÁZQUEZ (Arte Activo Ediciones, 2016), por
Manu López Marañón
Juan M. Velázquez (San Sebastián, 1964), profesor de Derecho Internacional Privado en la Universidad del País Vasco, escoge al célebre atracador José Juan Martínez Gómez, alias El Rubio, para que protagonice su tercer libro, «Algunos me llaman el Rubio». Una biografía novelada en la que, tras días enteros de inacabables conversaciones, el autor cede el testigo a José para que repase su complicada y azarosa vida, que arranca en Almería y acaba –de momento– con la salida, en 2016, de la cárcel de Martutene.

Al prestar su voz al Rubio, Velázquez, de entrada, sortea la sospecha de que un «negro» haya pergeñado estas memorias, como en efecto ocurría con «Hasta la libertad» (Ediciones B, 2001), autobiografía firmada con desparpajo por Juan José Moreno Cuenca, alias El Vaquilla. El autor real (que no tenía sonrojo al poner en boca de Moreno Cuenca sus lecturas, que incluían a Jung, Voltaire y Flaubert…) no evitaba caer en el infantil narcisismo de quien se cree el ombligo del mundo solo por haber robado con intimidación una Caja de Ahorros antes de convertirse en leyenda gracias al cine: sus motines, fugas, autolesiones y enfrentamientos con los funcionarios de prisiones quedaban reflejados con evidente exageración y buenismo en la saga «Perros callejeros».

En «Confesiones de un gánster de Barcelona» (Ediciones B, 2010) se recurre al escritor y guionista profesional Lluc Oliveras para narrar, en tonos más ajustados, las andanzas de Miguel Ángel Soto Martín –un alter ego del mítico Dani el Rojo–. Sin necesidad de hacerse el bandolero para caer simpático o dar pena, el autor retrata en primera persona las andanzas de un tipo que da palos para alimentar su vena con heroína, consiguiendo una atmósfera cínicamente veraz (aunque la capacidad del cuerpo del tal Miguel Ángel para aguantar droga resulte inverosímil). La abundancia de atracos y sus metodologías, de datos como tipos de pistolas o precios de cualquier cosa en los 80, así como un exceso de páginas carcelarias lastraban a «Confesiones de un gánster de Barcelona» convirtiéndola en una especie de guía casi banal por lo reiterativa.

En las andanzas de El Rubio, Velázquez casi consigue aquella transparencia que preconizaba Flaubert. Mientras nos da un preciso y entero retrato de «su» personaje el autor parece quedarse «fuera», y aunque entre líneas se adivine cierta admiración hacia El Rubio, es siempre dentro de un margen que no rehúye la indagación en los motivos íntimos, a veces ridículos o despreciables, que motivaron las acciones más sorprendentes e imprevisibles de este peculiarísimo atracador. El tamaño del libro –220 páginas que se devoran– da fe de cómo se han usado con profesionalidad las elipsis y de que se ha hecho un esfuerzo por evitar repeticiones.

José Juan Martínez Gómez, de 59 años (de los cuales ha pasado 41 en la cárcel), nacido en Almería, se escapa de su casa a los 7 años para no volver a la escuela. Tras unos primeros hurtos en 1965 es admitido en un campamento de la OJE (la Organización Juvenil Española que, en un régimen paramilitar, enseñaba a los niños a amar la disciplina y el orden). Ser sigiloso, estar alerta y concentrado, calcular el riesgo de cada acción y no tener miedo al fracaso son cosas que servirán de mucho al Rubio. Tras atracar una joyería entra en el reformatorio de Alicante, una cárcel con celdas de castigo, de donde se fuga. A los 16 años El Rubio es un atracador que roba con armas de fuego. Al salir de la cárcel de Teruel entra a formar parte del grupo «Bakunin» que lo envía a Francia para que se haga un experto en dinamita y goma 2. Con el apodo de «Jacinto» atraca para la causa anarquista. En una librería de Perpiñán ha conocido a Cristina, su compañera más fiel y la madre de sus hijos. Regresa a España en 1975, donde prosigue su carrera ya fuera del anarquismo. Es en ese momento cuando se empieza a decir que El Rubio es un confidente de la policía. Harto de chapuzas a las que es llevado por organizadores de poco fiar –y que acaban con él en la cárcel–, se convierte en un atracador previsor y meticuloso. Al tiempo que nace su hijo Sergio la policía propone al Rubio organizar un comando para atentar contra anarquistas, pero él se niega por lealtad a sus amigos. Con 24 años, El Rubio es un atracador perseguido pero aún no muy conocido.

En una reunión celebrada en Perpiñán el capitán Emilio Manglano y otro militar de nombre Antonio Luis contratan a El Rubio para que se haga con la caja 156 del Banco Central de Barcelona. Desideologizado, El Rubio trabaja igual para la extrema derecha que para la extrema izquierda. «Quien mejor me pague consigue mis servicios». En este caso el precio es 1 millón de dólares en una cuenta suiza para él y 50 millones de pesetas para cada uno de sus colaboradores. Estamos en una época de conspiraciones y se estudia la posibilidad de hacer un comunicado para la liberación de los del 23F. El Rubio seleccionó a los 11 asaltantes (9 fueron detenidos, 1 murió y sólo el que sacó los documentos se salvó). El grupo entra en el Banco Central el sábado 23 de mayo a las 9.30 y en su primer comunicado exige la libertad de Tejero, que saldrá de España en un avión preparado en Barajas; otro avión, en el Prat, esperará a los asaltantes. Si no se atiende a sus exigencias, morirán rehenes cada hora. Los GEO rodean el edificio. Salen los primeros 60 rehenes; entre ellos Miguel Vilagrau, que lleva en un maletín los documentos que contenía la caja 156 y en donde aparecían detalladas las capitanías generales que iban a sumarse al 23F, cómo se había designado a Armada para encabezar el gobierno, y, lo más comprometedor, que la Monarquía estaba de acuerdo. En sus conversaciones con el delegado del gobierno en Cataluña fomentar la confusión es lo que más conviene al «número 1». En un tiroteo muere un asaltante. El resto descubre que no podrá escapar por el sótano porque las paredes de piedra resultan imposibles de taladrar y decide hacerlo camuflados entre los rehenes que quedan. El domingo 24, en una tumultuosa salida en la que resulta imposible una diferenciación, todos consiguen huir. Detenidos, les caerá una condena de 30 años por robo con violencia e intimidación y tenencia ilícita de armas. Borrar rastros de implicación política se convirtió en una obsesión para la policía, que se esforzó por buscar una verdad «vendible». Así, el Rubio pactó una versión según la cual entraron al Banco solo para robarlo. Todavía hoy no desvela dónde se encuentran los documentos que guardó allí el militar golpista Sánchez Valiente. Su silencio es un seguro de vida, aunque su importancia es relativa: la lista de interesados en ellos es cada vez menor.

En 1988, tras fugarse de Ocaña, El Rubio es detenido tras un tiroteo en el que mueren 2 policías. Salva la vida en la UCI. Al recuperarse se siente una pieza que no encaja, alguien que nunca debió de salir vivo del Banco Central. Ingresado en Castellón se escapa en un permiso. Detenido en Barcelona en compañía de Cristina es trasladado a la cárcel zaragozana de Daroca. El Rubio conoce a un miembro del GAL al que protege de los etarras que penan sus culpas allí. Al salir, El Rubio y su protegido atracan un bingo. En la noche de San Juan de 1997 se produce una fuerte discusión entre el Rubio y Cristina. Él decide no verla más. Por su necesidad patológica de meterse en líos, el Rubio acepta ser correo de una cocaína muy pura para unos marselleses. Detenido por los gendarmes, consigue tragarse la droga, pero la vomita. De Moulins –una cárcel para prisioneros peligrosos– sale en 2008. Con 52 años el Rubio es libre. En Irún se casa con una guineana, pero durante ese año en libertad se entrampa con el juego y acumula una deuda de 100.000 euros, lo que le lleva a atracar una Caja Laboral. Detenido por la Ertzaintza ingresa en Martutene, donde permanece hasta enero de 2016
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nació en Bilbao en 1966 y es diplomado en Relaciones Laborales y máster en Prevención (especialidad Seguridad e Higiene en el Trabajo). Residió un año en Buenos Aires tras ser becado por el Gobierno Vasco para llevar a cabo un trabajo sobre la legislación laboral argentina. En la actualidad se dedica en exclusiva a escribir guiones cinematográficos y a la literatura. En 2015 ha editado con Ediciones Oblicuas su primera novela, “Alcohol de 99º”. Recientemente ha terminado “Prosas para eunucos”, un libro de relatos en busca de editorial. Además de para Cita en la Glorieta, también reseña para las revistas Calibre. 38 y Moon Magazine.


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Javier Alonso García-Pozuelo