Biografía de Carlos I de España (X Parte), por Víctor Fernández Correas

Os ofrecemos un nuevo capítulo de la vida del emperador Carlos I de España y V de Alemania, cuya biografía publicamos por cortesía del escritor extremeño Víctor Fernández Correas, autor de las novelas La conspiración de Yuste y La tribu maldita.


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AQUISGRÁN BIEN VALE UN IMPERIO
Víctor Fernández Correas
En la anterior entrega dejábamos a Carlos recién nombrado Emperador, capricho que le costó lo suyo tanto en perras como en disgustos. De lo segundo empezaremos a hablar a partir de la siguiente entrega y posteriores. Avisados quedáis: vienen curvas, y de las gordas. Pero que muy gordas.
   
Pero no adelantemos acontecimientos, que disfrute un poco, el hombre. Y qué mejor que hacerlo a lo grande. ¡Nada menos que con su coronación como Emperador! Una vez recibida la noticia, la maquinaria se puso en marcha. Es decir, dónde, cuándo, cómo. Esas cosas. El cómo estaba claro: sin reparar en gastos, oigan. Y no era para menos, pues el asunto le había salido por un ojo de la cara, así que como para no celebrarlo. El dónde, también: Aquisgrán. Es decir, la vieja ciudad corte de Carlomagno -sus restos estaban enterrados allí-, en cuya catedral le aguardaba el trono simbólico del fundador del Imperio. Desde hacía 700 años, cada nuevo emperador era consagrado en Aquisgrán, y Carlos no iba a ser menos.

Resueltos el dónde y el cómo, faltaba el cuándo. Se decidió que fuera el 29 de septiembre de 1520, en pleno veranillo de San Miguel. Buen tiempo, el pueblo deseando recibir a su nuevo Emperador…

―Que esto es Alemania…
―Ya. Es lo que tiene no haber pisado nunca estas tierras.
―¿Y no se lo puede decir alguien de su entorno? ¡Será por gente!
―Con la ilusión que tiene…
―¡Y vos por verlo!
―Natürlich
1!

Diálogos como éste se repitieron varias veces por aquellos días en diversas ciudades alemanas, y también en Aquisgrán. ¿Alguien le dijo algo a Carlos? Él lo veía todo de color de rosa. Es más, consideraba la fecha como un buen augurio, como si presintiera que algo grande y magnífico estaba a punto de empezar.

―¿Y de los rumores no sabe nada?
―¡Quita, quita!
―Pues alguien se lo tendrá que decir…

¿De qué rumores se hablaba en las calles de Aquisgrán fechas previas a la coronación? De una posible epidemia de peste. Y eso sí que asustaba. Ni los genízaros a las puertas de la ciudad acongojaban tanto a los Príncipes Electores alemanes. Aquellos turcos con cara de cabreo perpetua y cuerpo con eternas ganas de jarana eran un cuento para críos comparado con la peste. Y, claro, con ello le fueron al Emperador.

―Convendría buscar otra ciudad, mi Señor ―le aconsejó uno de aquellos príncipes.
―Mi señor, cualquier catedral servirá ―le quiso convencer otro―. Sólo se trata de una toma de juramento y de unos actos religiosos.
―Además, los arzobispos de Colonia, de Maguncia y de Tréveris os coronarán emperador donde lo estipuléis… ―quiso colaborar un tercero con su opinión.

No lo cuentan las crónicas, pero el grito de Carlos se tuvo que escuchar hasta en Valladolid, como poco. O Aquisgrán, o Aquisgrán. Dejémoslo en que eso soltó a los Príncipes Electores presentes en la reunión que acabamos de relatar.

Volvamos atrás y hagamos un corta y pega a palo seco: Aquisgrán, la vieja ciudad corte de Carlomagno -sus restos estaban enterrados allí-, en cuya catedral le aguardaba el trono simbólico del fundador del Imperio. Desde hacía 700 años, cada nuevo emperador era consagrado en Aquisgrán, y Carlos no iba a ser menos ¿A todo eso iba a renunciar Carlos por un amago de peste? ¡Eeeh, Macarena, aaay! Un retraso de fecha, y listos. En lugar del 29 de septiembre, el 23 de octubre.

Y mereció la pena. Un desfile el día anterior de los que quitan el hipo. Allí se reunieron el Margrave de Brandemburgo con su séquito; a continuación, altos personajes del Imperio seguidos de cerca de 3.000 infantes en sus tres secciones de arcabuceros, alabarderos y piqueros; los Príncipes Alemanes y Grandes de España a cascoporro; y, por último, Carlos. Tras él, los cardenales de Salzburgo, Sion y Toledo; y, cerrando la marcha, la guardia regia.

Resumiendo el asunto, al día siguiente, esto es, el ya consabido 23 de octubre, se ofició una ceremonia dividida en cuatro partes y que concluyó con la consagración de Carlos con el óleo santo en sus manos, pecho y cabeza a cargo de los arzobispos de Colonia y de Tréveris. Y el coro, acompañando el momento. Voces que se elevaban al cielo, música que atronaba por doquier… El acabose para el nuevo Emperador, que disfrutaba como un niño con zapatos nuevos luciendo los ornamentos propios de su nueva condición: la espada de Carlomagno, el anillo imperial, el cetro y la corona imperial.

Un día feliz para Carlos, sin duda. Que la celebración fue lo más de lo más lo recordaría Alberto Durero, espectador de excepción del momento, de la siguiente manera:  

“Yo, que he asistido a todo el espectáculo, he visto cosas tan soberbias, preciosas y exquisitas como no ha visto jamás ninguno de los vivos”.
Carlos, contento, decía. Y bien que hizo en aprovechar el instante fugaz de su coronación. Las curvas no tardarían en llegar. La primera, Lutero. Hors catégorie, que dicen los franceses.
___
1. Naturalmente.

© Víctor Fernández Correas

Carlos I de España
- Bernard van Orley -

Víctor Fernández Correas nac en 1974 y le dio por empezar a escribir a eso de mediados del año 2000, que fue cuando ganó un certamen de relato corto en su pueblo, Valverde de la Vera (Cáceres). Repitió al año siguiente y también ganó. Y asimismo fuera de su pueblo –por ver si sonaba la flauta-, como le ocurrió con el Primer Certamen de Relato Corto «Princesa Jariza» de Jaraíz de La Vera en ese mismo 2001. En 2008 se publicó su primera novela, La conspiración de Yuste, editada por La esfera de los libros. Cuatro años después, en 2012, volv a aparecer en el mercado literario con La tribu maldita, editada por Temas de hoy (Editorial Planeta). Hace unos meses terminó una tercera pendiente de publicar y ahora está con una cuarta encima de la mesa. También ha colaborado en la antología Cervantes tiene quien le escriba, editada por Ediciones Traspiés en 2016, con el relato «La del alba fue».



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