Os ofrecemos un nuevo capítulo de la vida del emperador Carlos I de España y V de Alemania, cuya biografía publicamos por cortesía del escritor extremeño Víctor Fernández Correas, autor de las novelas La conspiración de Yuste y La tribu maldita.
Puedes leer las entregas previas pinchando AQUÍ.
UNA MOSCA COJONERA LLAMADA LUTERO
Víctor Fernández Correas
Víctor Fernández Correas
Dejábamos en la anterior entrega a Carlos disfrutando de su título de emperador como un crío con zapatos nuevos. Pero gozar de él, lo que se dice disfrutar, lo haría poco. Ya advertimos al final de dicha entrega que afrontaba curvas importantes. Dos, especialmente. Una, en España, con las cosas revueltas por Castilla y un alzamiento de Agermanados en Valencia y Mallorca. Sobre el particular hablaremos en la próxima entrega. Porque, con ser peliagudo el asunto ―que lo era―, la otra le aguardaba en Alemania. De pronóstico reservado. Un nombre, Lutero. Pues eso, que dale a tu cuerpo alegría, Macarena.
Unos pocos años antes, en 1517, Lutero se despachó a gusto contra la Iglesia de Roma. Que si el estómago de Papas y cardenales no tenía fin y se bebían el Tíber y el Nilo juntos, que si aquello era Sodoma y Gomorra… A lo que hay que unir la gran cantidad de dinero que salía de Alemania hacia Roma por los conductos eclesiásticos. Lutero, espantado, horrorizado, interiorizó todos aquellos ingredientes, analizó, comparó con sus ideas, con lo que leía en las Sagradas Escrituras, y la consecuencia fue un vodevil de tres pares de narices en su conciencia, aparte de una crisis interior de campeonato. Sumemos a todo lo anterior el nacionalismo que se expandía por tierras alemanas y el resultado, el esperable: buena parte de Alemania abrazando la causa luterana.
Y eso le provocó a Carlos una urticaria de cuidado. Pero no sólo a él. En su caso se trataba del Emperador de la Cristiandad, que había jurado defender a la Iglesia en Aquisgrán el día de su coronación. En consecuencia, Lutero era visto como la mayor amenaza del ideal de una Europa cristiana en armonía bajo la dirección imperial. La urticaria también se cebó con el Papa del momento, León X. Alarmado por lo que le venía de Alemania, instó al emperador a zanjar aquello de raíz. La receta, sencilla: declarar como proscrito al hereje de Lutero, y luego, para acabar con el asunto como Dios manda, echar mano de la tradición. Y la tradición decía que había que actuar como con Juan Huss, que un siglo antes se salió por peteneras como ahora Lutero. El emperador del momento, Segismundo, quemó a Huss. Muerto el perro, se acabó la rabia.
Pero Carlos decidió actuar de otra manera. La juventud, los nuevos tiempos, otra manera de hacer las cosas. Por eso reunió a la Dieta Imperial en Worms (Alemania) en marzo de 1521 para escuchar a Lutero en persona. Al menos, que tuviera la oportunidad de explicarse, pensó, antes de freírlo vivo. Y la tuvo. Ante la Dieta y Corte Imperial reunidas, Lutero admitió como suyos los escritos que le convertían en hereje a ojos de la Iglesia; y mantuvo sus opiniones a no ser que, Biblia en mano, se le convenciese de sus errores.
―Los tiene bien puestos, el tipo.
―Con un par, sí señor.
―¡Vas a arder en el infierno, hereje del demonio!
El creciente murmullo se convirtió en gritos, y los gritos en amenazas y palabras gruesas contra el monje, que dejó la Dieta más caliente que el palo de un churrero tras su intervención. Con este panorama, Carlos y Lutero se vieron las caras. Si el segundo pidió veinticuatro horas para reflexionar tras enfrentarse por primera vez a la Dieta y Corte Imperial, el primero también pasó la noche en vela antes exponer su visión sobre el asunto, consciente de su responsabilidad. Un discurso de fe, el suyo. Breve, fue el primero al margen del protocolo. Carlos salió con aquello de que era el sucesor de los emperadores del Sacro Imperio Romano Germánico, de los Reyes de la Católica España, fiel siempre a Roma, etcétera. Enfrente, un fraile agustino que, según mantenía el emperador, se enfrentaba a la Cristiandad y su tradición milenaria. Lo mismo que aquel suicida que se cuela por la autovía y oye por la radio que un coche va en sentido contrario, a lo que responde que uno no, sino todos. Y por si había poco, Carlos sacó todo su arsenal para amedrentar al fraile agustino. Reinos, amigos, cuerpo y alma… Todo sería poco para él con tal de defender a la Cristiandad.
Total, que Lutero no sólo no se desdijo, sino que su figura adquirió mayor notoriedad. Algunos príncipes alemanes vieron un filón en él, y uno de ellos, Federico III de Sajonia, lo sacó de Worms antes de que acabara caminito de la hoguera ―o de a saber qué destino le tuviera preparado la Dieta― y decidió darle asilo en su propio castillo. Y, mientras, a preparar cómo tocarle la entrepierna al emperador. Otra curva que, por entonces, se estaba planificando. Sus consecuencias vendrían mucho después. En su momento hablaremos de ellas.
Lutero amenazaba con convertirse en un dolor de muelas para Carlos. Y seguro que hubiera seguido adelante con el particular de no recibir alarmantes noticias desde España. Allí, las Comunidades Castellanas estaban a la greña y las Germanías valencianas y mallorquinas, en pie de guerra. Polvorín al canto.
En definitiva, segunda curva gorda para Carlos, que le dejaría secuelas como también la de Lutero. Y la afrontaremos en la próxima entrega.
Unos pocos años antes, en 1517, Lutero se despachó a gusto contra la Iglesia de Roma. Que si el estómago de Papas y cardenales no tenía fin y se bebían el Tíber y el Nilo juntos, que si aquello era Sodoma y Gomorra… A lo que hay que unir la gran cantidad de dinero que salía de Alemania hacia Roma por los conductos eclesiásticos. Lutero, espantado, horrorizado, interiorizó todos aquellos ingredientes, analizó, comparó con sus ideas, con lo que leía en las Sagradas Escrituras, y la consecuencia fue un vodevil de tres pares de narices en su conciencia, aparte de una crisis interior de campeonato. Sumemos a todo lo anterior el nacionalismo que se expandía por tierras alemanas y el resultado, el esperable: buena parte de Alemania abrazando la causa luterana.
Y eso le provocó a Carlos una urticaria de cuidado. Pero no sólo a él. En su caso se trataba del Emperador de la Cristiandad, que había jurado defender a la Iglesia en Aquisgrán el día de su coronación. En consecuencia, Lutero era visto como la mayor amenaza del ideal de una Europa cristiana en armonía bajo la dirección imperial. La urticaria también se cebó con el Papa del momento, León X. Alarmado por lo que le venía de Alemania, instó al emperador a zanjar aquello de raíz. La receta, sencilla: declarar como proscrito al hereje de Lutero, y luego, para acabar con el asunto como Dios manda, echar mano de la tradición. Y la tradición decía que había que actuar como con Juan Huss, que un siglo antes se salió por peteneras como ahora Lutero. El emperador del momento, Segismundo, quemó a Huss. Muerto el perro, se acabó la rabia.
Pero Carlos decidió actuar de otra manera. La juventud, los nuevos tiempos, otra manera de hacer las cosas. Por eso reunió a la Dieta Imperial en Worms (Alemania) en marzo de 1521 para escuchar a Lutero en persona. Al menos, que tuviera la oportunidad de explicarse, pensó, antes de freírlo vivo. Y la tuvo. Ante la Dieta y Corte Imperial reunidas, Lutero admitió como suyos los escritos que le convertían en hereje a ojos de la Iglesia; y mantuvo sus opiniones a no ser que, Biblia en mano, se le convenciese de sus errores.
―Los tiene bien puestos, el tipo.
―Con un par, sí señor.
―¡Vas a arder en el infierno, hereje del demonio!
El creciente murmullo se convirtió en gritos, y los gritos en amenazas y palabras gruesas contra el monje, que dejó la Dieta más caliente que el palo de un churrero tras su intervención. Con este panorama, Carlos y Lutero se vieron las caras. Si el segundo pidió veinticuatro horas para reflexionar tras enfrentarse por primera vez a la Dieta y Corte Imperial, el primero también pasó la noche en vela antes exponer su visión sobre el asunto, consciente de su responsabilidad. Un discurso de fe, el suyo. Breve, fue el primero al margen del protocolo. Carlos salió con aquello de que era el sucesor de los emperadores del Sacro Imperio Romano Germánico, de los Reyes de la Católica España, fiel siempre a Roma, etcétera. Enfrente, un fraile agustino que, según mantenía el emperador, se enfrentaba a la Cristiandad y su tradición milenaria. Lo mismo que aquel suicida que se cuela por la autovía y oye por la radio que un coche va en sentido contrario, a lo que responde que uno no, sino todos. Y por si había poco, Carlos sacó todo su arsenal para amedrentar al fraile agustino. Reinos, amigos, cuerpo y alma… Todo sería poco para él con tal de defender a la Cristiandad.
Total, que Lutero no sólo no se desdijo, sino que su figura adquirió mayor notoriedad. Algunos príncipes alemanes vieron un filón en él, y uno de ellos, Federico III de Sajonia, lo sacó de Worms antes de que acabara caminito de la hoguera ―o de a saber qué destino le tuviera preparado la Dieta― y decidió darle asilo en su propio castillo. Y, mientras, a preparar cómo tocarle la entrepierna al emperador. Otra curva que, por entonces, se estaba planificando. Sus consecuencias vendrían mucho después. En su momento hablaremos de ellas.
Lutero amenazaba con convertirse en un dolor de muelas para Carlos. Y seguro que hubiera seguido adelante con el particular de no recibir alarmantes noticias desde España. Allí, las Comunidades Castellanas estaban a la greña y las Germanías valencianas y mallorquinas, en pie de guerra. Polvorín al canto.
En definitiva, segunda curva gorda para Carlos, que le dejaría secuelas como también la de Lutero. Y la afrontaremos en la próxima entrega.
© Víctor Fernández Correas
![]() |
| Carlos I de España - Bernard van Orley - |
Víctor Fernández Correas nació en 1974 y le dio por empezar a escribir a eso de mediados del año 2000, que fue cuando ganó un certamen de relato corto en su pueblo, Valverde de la Vera (Cáceres). Repitió al año siguiente y también ganó. Y asimismo fuera de su pueblo –por ver si sonaba la flauta-, como le ocurrió con el Primer Certamen de Relato Corto «Princesa Jariza» de Jaraíz de La Vera en ese mismo 2001. En 2008 se publicó su primera novela, La conspiración de Yuste, editada por La esfera de los libros. Cuatro años después, en 2012, volvió a aparecer en el mercado literario con La tribu maldita, editada por Temas de hoy (Editorial Planeta). Hace unos meses terminó una tercera pendiente de publicar y ahora está con una cuarta encima de la mesa. También ha colaborado en la antología Cervantes tiene quien le escriba, editada por Ediciones Traspiés en 2016, con el relato «La del alba fue».
¿NOS ECHAS UNA MANO?
Si te gusta alguna de las secciones de CITA EN LA GLORIETA, ayúdanos a crecer, siguiendo el blog. Puedes hacerlo pinchando AQUÍ.
¡Muchas gracias!
¡Muchas gracias!


