Os ofrecedemos a continuación «La calle donde mueren los que matan», relato que publicamos por cortesía del escritor extremeño Víctor Fernández Correas, autor de las novelas La conspiración de Yuste y La tribu maldita.
LA CALLE DONDE MUEREN LOS QUE MATAN
Víctor Fernández Correas
Víctor Fernández Correas
―Acojona, ¿eh?
―¡Y tanto!
Nadie se atrevía a atravesar de noche la calle ante la que se detuvieron dos jóvenes. No pasaba de los veinte el que hizo la pregunta. El que la respondió rebasaba, por poco, esa edad.
―Hay que tenerlos bien puestos para cruzarla ―insistió el primero.
―No hace falta que me lo jures…
Cuando el sol caía, las farolas iluminaban las calles de aquella villa medieval del norte de Extremadura. Una villa de calles empedradas, pinas en algunos casos y estrechas en su casco histórico. Todas menos una, la que nadie se atrevía a cruzar de noche. Sólo dos farolillos ―un punto en la oscuridad― iluminaban su entrada y salida. Donde la luz se extinguía reinaba una negrura lúgubre.
―¿Y por qué no la iluminan más? ―quiso saber el mayor de los dos jóvenes.
―Porque está maldita ―respondió el otro—. Nadie pasa por ella, y menos de noche.
Lo que todos, viejos y jóvenes del lugar, respondían cuando eran preguntados por el particular. Preferían dar un rodeo de varios minutos con tal de no poner los pies en su suelo empedrado.
—¿Maldita? ¿Y eso?
—Y no seré yo quien lo compruebe.
—¿Y qué hay en ella para tener tanto miedo?
El menor regaló los oídos de su compañero con leyendas y chismes acerca de desapariciones y muertes, de lloros y lágrimas que, a fuerza de ser contados, se convirtieron en mitos.
—Hazme caso, ni se te ocurra. Date la vuelta y pega el rodeo.
Advertencias que la cabeza recuerda cuando el ánimo está sereno, pero que olvida cuando algo la embriaga. El alcohol, por ejemplo. De lo que abusó el de más edad al día siguiente. Una de esas curdas de ovación y vuelta al ruedo. Así era la que le acompañaba de camino a casa. El menor, que era primo suyo y natural de la villa, no aguantó tanto como él y ya le llevaba un par de horas de ventaja en la cama.
Hasta que el tipo alcanzó la calle, esa calle que tanto atemorizaba a los del lugar.
—Quien entra no vuelve a disfrutar de la vida una vez la deja. Sus piedras están malditas.
El recuerdo de las advertencias del primo -más que advertencias, amenazas— apenas sobrevoló un instante por su cabeza.
—¿Y voy a tener que dar un rodeo por no querer cruzar una calle? —se preguntó antes de echarse a reír, a resultas de lo cual cayó al suelo—. ¡Que os zurzan a todos, que sois unos acojonados! —gritó mirando a todas partes después de levantarse.
Dio el primer paso, luego el segundo. Allí no pasaba nada. Sonrió. Cuánta tontería, masculló. Habría recorrido una decena de metros cuando sintió que las piedras del suelo, antes frías, ahora quemaban.
—¡Coño, que están ardiendo! —aulló de dolor.
Intentó retroceder, pero le fue imposible. No sabía por qué, pero el suelo estaba ardiendo. Quiso correr, salir de allí cuando antes. Un dulce canto le detuvo. Empezó a temblar.
—¡No me jodas la puñetera garrafa que me han metido para el cuerpo! —protestó buscando una explicación a la situación que estaba viviendo.
La voz se aproximaba, la oía por todas partes, estaba encima de él. Levantó la vista y se topó con ella. Sí, la leyenda no mentía. Nunca había visto en su vida un ser más bello. El espectro vestía una blanca túnica y se movía sin apenas tocar el suelo. Sus ojos eran negros como la noche, al igual que su larga y sedosa melena. Le acarició. Él volvió a temblar.
—Has osado entrar en mi calle, donde mueren los que antes matan.
—Esto es un sueño, esto es un sueño… —balbuceó sin parar de temblar—. ¡La leyenda no existe! ¡La leyenda no existe!
Leyenda que le contó su primo de vuelta a casa el día anterior mientras daban el consabido rodeo. Un hombre tan borracho como lo estaba él llegó a casa y discutió con su mujer, a la que mató. Al amanecer del día siguiente la enterró en silencio a las afueras del pueblo. Pero su espíritu no murió; siguió vagando por el pueblo hasta hacer suya esa calle, la que subía del principal bar de la villa.
—Dicen que era la mujer más guapa que nunca vivió aquí —recordó que le contó su primo—. Al tío se le fue la olla y la cosió el vientre a puñaladas. A los dos meses lo encontraron muerto en el callejón. Volvía borracho de casa, a la que no llegó. Por eso se dice que nadie, ni mucho menos los borrachos, cruzan esta calle. Y que, así, ninguna mujer más correrá la suerte de ella.
—Pero, pero… —balbuceó él de nuevo—. Yo no estoy casado. ¡Ni siquiera tengo novia!
—Veo en tus ojos que no me engañas…
—¡Te lo juro! ¡Si hace un año que no me como una rosca!
El espectro le acarició, sonrío y le dio un beso en los labios.
—No olvides nunca este beso cuando vuelvas a beber. Entonces me recordarás.
El espectro desapareció y el suelo de la calle dejó de arder. El tipo se serenó y llegó a la casa del familiar.
La había visto. La leyenda era verdad. Dudó si despertar al primo para contársela, pero finalmente desistió y se metió en la cama, donde el sueño le venció al instante.
Dos días después, ambos departían en el bar principal de la villa.
—¿Sólo una cerveza? ¿Ya te retiras? —protestó el primo.
—Ya ves.
—Pues aprovecha entonces que estás sereno ―le advirtió el otro dándole un codazo y conminándole a mirar a un punto concreto del bar―. Aquel pibón no te quita el ojo de encima…
El tipo de mayor edad buscó con la mirada a la aludida por su primo. Era preciosa, no se equivocaba. Y se estremeció. La conocía. Porque hay caras que nunca se olvidan. Y mucho menos si era la del espectro que le prometió la eterna felicidad al lado de una mujer si no volvía a beber jamás.
―¡Y tanto!
Nadie se atrevía a atravesar de noche la calle ante la que se detuvieron dos jóvenes. No pasaba de los veinte el que hizo la pregunta. El que la respondió rebasaba, por poco, esa edad.
―Hay que tenerlos bien puestos para cruzarla ―insistió el primero.
―No hace falta que me lo jures…
Cuando el sol caía, las farolas iluminaban las calles de aquella villa medieval del norte de Extremadura. Una villa de calles empedradas, pinas en algunos casos y estrechas en su casco histórico. Todas menos una, la que nadie se atrevía a cruzar de noche. Sólo dos farolillos ―un punto en la oscuridad― iluminaban su entrada y salida. Donde la luz se extinguía reinaba una negrura lúgubre.
―¿Y por qué no la iluminan más? ―quiso saber el mayor de los dos jóvenes.
―Porque está maldita ―respondió el otro—. Nadie pasa por ella, y menos de noche.
Lo que todos, viejos y jóvenes del lugar, respondían cuando eran preguntados por el particular. Preferían dar un rodeo de varios minutos con tal de no poner los pies en su suelo empedrado.
—¿Maldita? ¿Y eso?
—Y no seré yo quien lo compruebe.
—¿Y qué hay en ella para tener tanto miedo?
El menor regaló los oídos de su compañero con leyendas y chismes acerca de desapariciones y muertes, de lloros y lágrimas que, a fuerza de ser contados, se convirtieron en mitos.
—Hazme caso, ni se te ocurra. Date la vuelta y pega el rodeo.
Advertencias que la cabeza recuerda cuando el ánimo está sereno, pero que olvida cuando algo la embriaga. El alcohol, por ejemplo. De lo que abusó el de más edad al día siguiente. Una de esas curdas de ovación y vuelta al ruedo. Así era la que le acompañaba de camino a casa. El menor, que era primo suyo y natural de la villa, no aguantó tanto como él y ya le llevaba un par de horas de ventaja en la cama.
Hasta que el tipo alcanzó la calle, esa calle que tanto atemorizaba a los del lugar.
—Quien entra no vuelve a disfrutar de la vida una vez la deja. Sus piedras están malditas.
El recuerdo de las advertencias del primo -más que advertencias, amenazas— apenas sobrevoló un instante por su cabeza.
—¿Y voy a tener que dar un rodeo por no querer cruzar una calle? —se preguntó antes de echarse a reír, a resultas de lo cual cayó al suelo—. ¡Que os zurzan a todos, que sois unos acojonados! —gritó mirando a todas partes después de levantarse.
Dio el primer paso, luego el segundo. Allí no pasaba nada. Sonrió. Cuánta tontería, masculló. Habría recorrido una decena de metros cuando sintió que las piedras del suelo, antes frías, ahora quemaban.
—¡Coño, que están ardiendo! —aulló de dolor.
Intentó retroceder, pero le fue imposible. No sabía por qué, pero el suelo estaba ardiendo. Quiso correr, salir de allí cuando antes. Un dulce canto le detuvo. Empezó a temblar.
—¡No me jodas la puñetera garrafa que me han metido para el cuerpo! —protestó buscando una explicación a la situación que estaba viviendo.
La voz se aproximaba, la oía por todas partes, estaba encima de él. Levantó la vista y se topó con ella. Sí, la leyenda no mentía. Nunca había visto en su vida un ser más bello. El espectro vestía una blanca túnica y se movía sin apenas tocar el suelo. Sus ojos eran negros como la noche, al igual que su larga y sedosa melena. Le acarició. Él volvió a temblar.
—Has osado entrar en mi calle, donde mueren los que antes matan.
—Esto es un sueño, esto es un sueño… —balbuceó sin parar de temblar—. ¡La leyenda no existe! ¡La leyenda no existe!
Leyenda que le contó su primo de vuelta a casa el día anterior mientras daban el consabido rodeo. Un hombre tan borracho como lo estaba él llegó a casa y discutió con su mujer, a la que mató. Al amanecer del día siguiente la enterró en silencio a las afueras del pueblo. Pero su espíritu no murió; siguió vagando por el pueblo hasta hacer suya esa calle, la que subía del principal bar de la villa.
—Dicen que era la mujer más guapa que nunca vivió aquí —recordó que le contó su primo—. Al tío se le fue la olla y la cosió el vientre a puñaladas. A los dos meses lo encontraron muerto en el callejón. Volvía borracho de casa, a la que no llegó. Por eso se dice que nadie, ni mucho menos los borrachos, cruzan esta calle. Y que, así, ninguna mujer más correrá la suerte de ella.
—Pero, pero… —balbuceó él de nuevo—. Yo no estoy casado. ¡Ni siquiera tengo novia!
—Veo en tus ojos que no me engañas…
—¡Te lo juro! ¡Si hace un año que no me como una rosca!
El espectro le acarició, sonrío y le dio un beso en los labios.
—No olvides nunca este beso cuando vuelvas a beber. Entonces me recordarás.
El espectro desapareció y el suelo de la calle dejó de arder. El tipo se serenó y llegó a la casa del familiar.
La había visto. La leyenda era verdad. Dudó si despertar al primo para contársela, pero finalmente desistió y se metió en la cama, donde el sueño le venció al instante.
Dos días después, ambos departían en el bar principal de la villa.
—¿Sólo una cerveza? ¿Ya te retiras? —protestó el primo.
—Ya ves.
—Pues aprovecha entonces que estás sereno ―le advirtió el otro dándole un codazo y conminándole a mirar a un punto concreto del bar―. Aquel pibón no te quita el ojo de encima…
El tipo de mayor edad buscó con la mirada a la aludida por su primo. Era preciosa, no se equivocaba. Y se estremeció. La conocía. Porque hay caras que nunca se olvidan. Y mucho menos si era la del espectro que le prometió la eterna felicidad al lado de una mujer si no volvía a beber jamás.
© Víctor Fernández Correas
Víctor Fernández Correas nació en 1974 y le dio por empezar a escribir a eso de mediados del año 2000, que fue cuando ganó un certamen de relato corto en su pueblo, Valverde de la Vera (Cáceres). Repitió al año siguiente y también ganó. Y asimismo fuera de su pueblo –por ver si sonaba la flauta-, como le ocurrió con el Primer Certamen de Relato Corto «Princesa Jariza» de Jaraíz de La Vera en ese mismo 2001. En 2008 se publicó su primera novela, La conspiración de Yuste, editada por La esfera de los libros. Cuatro años después, en 2012, volvió a aparecer en el mercado literario con La tribu maldita, editada por Temas de hoy (Editorial Planeta). Hace unos meses terminó una tercera pendiente de publicar y ahora está con una cuarta encima de la mesa. También ha colaborado en la antología Cervantes tiene quien le escriba, editada por Ediciones Traspiés en 2016, con el relato «La del alba fue».
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