Os ofrecemos, por cortesía de su autora, Susana Martín Gijón, un fragmento de su novela Vino y pólvora (Anantes, 2016). En él se describe una escena -localizada en el restaurante A de Arco de Mérida- en la que una trabajadora de la bodega donde ha tenido lugar el crimen que se investiga se reúne con uno de los policías protagonistas. En estas páginas de Vino y pólvora, además de enterarnos de las duras condiciones laborales de los trabajadores de la bodega, asistimos a una extraordinaria lección de cata de vinos y, de paso, a una enérgica reivindicación de los caldos extremeños. Maridaje perfecto para este Día de Extremadura.
¡Salud!
Javier Alonso García-Pozuelo
¡Salud!
Javier Alonso García-Pozuelo
VINO Y PÓLVORA (fragmento)
Susana Martín Gijón
Susana Martín Gijón
Gema no tardó mucho en llegar. La vio aparecer y por un momento le costó trabajo identificarla. El cabello rubio que estuviera recogido en una coleta por la mañana se presentaba ahora primorosamente peinado, liso desde las raíces y con unos perfectos tirabuzones en las puntas que caían sedosos enmarcándole el rostro y suavizando sus facciones. Los coloretes de un tono anaranjado le daban vivacidad al rostro, y las largas y espesas pestañas fruto de una de las muchas máscaras extra volumen que proliferaban en el mercado contribuían a darle a sus ojos una inocente expresión de muñeca de porcelana. Avanzó en sus prominentes tacones con una sonrisa y le plantó sendos sonoros besos en las mejillas, tiñéndoselas inevitablemente de un amelocotonado rouge.
—Estás muy guapa —no pudo dejar de decir, realmente impresionado.
—Muchas gracias —su sonrisa se acentuó de una manera terriblemente seductora, dejando a la vista una fila de blanquísimos dientes—. ¿Conocías este lugar?
—No, y me parece extraordinario.
—Es uno de mis sitios preferidos —admitió ella—. Pero espera a subir arriba.
—¿Arriba?
—Sí, esto es el bar, aquí sirven las tapas y raciones.
Mati la siguió por las escaleras mientras repasaba subrepticiamente su figura, que se contoneaba de forma coqueta sabiéndose observada. La planta superior era efectivamente aún más espléndida. El lateral izquierdo seguía dejando el arco de catorce metros de altitud totalmente a la vista, y el conjunto estaba exquisitamente decorado a juego con el ambiente.
—Vaya…
—¿Verdad que es maravilloso? Aquí puedes comer y beber saboreando el pasado —dijo con un guiño.
Una vez sentados, el sumiller les acercó la carta de vinos, que dejó sobre la mesa junto a la de las comidas.
—Tienen menú específico de vinos —se sorprendió.
—Sí, e incluyen uno nuestro —presumió ella con orgullo—. Busca en la página de los Ribera del Guadiana.
—¿El Camasón?
Gema asintió.
—Es un vino con un período de tres meses en barrica de roble francés, lo justo para que tome el toque de madera. Ha sido elegido como uno de los mejores caldos jóvenes del año pasado en varias guías oficiales. Es más, creo que deberíamos pedirlo.
—¿A qué se debe el nombre?
—Al embalse romano que se ubicó en las cercanías del viñedo. Pero espera, se me ocurre una idea mejor. Tenemos un reserva espectacular. Aunque no aparece aquí reseñado, lo han utilizado para algunas catas especiales. Lo sé porque yo misma me encargué del envío. Seguro que les queda alguno.
—Está bien. Teniendo a una experta a mi lado, me dejaré guiar.
—Se llama Torre de Los Mojicones, y es nuestro producto estrella.
—Ya, igual que la bodega. Pero admíteme que eso de mojicones también suena un poco raro, ¿eh? —bromeó.
—Es por la torre símbolo del pueblo, ¿no lo sabías? Si hasta forma parte del escudo heráldico de Torremejía. Cuentan los historiadores que fue edificada para defender la calzada romana de los bandidos que desvalijaban a los caminantes. Y es también nuestra principal seña de identidad, claro. Ahora la verás en la etiqueta.
Aunque se encontraba gratamente sorprendido por la sensualidad y los conocimientos de su acompañante, Mati no estaba dispuesto a dejarse engatusar. Al menos, no lo suficiente como para olvidar su misión. Cuando Gema le insinuó aquella cita bajo el pretexto de poder contarle más detalles de la bodega, supo que no podía desaprovechar la oportunidad. Nada mejor que un ambiente distendido, lejos del entorno laboral y las miradas de los curiosos para soltar la lengua sobre lo que a él más le interesaba en aquel momento.
Una vez que el sumiller trajo la botella y la descorchó miró interrogante a Mati, quien la señaló a ella, que asintió con mirada experta. Esperó a que vertiera el oscuro líquido en la ancha copa y, tras alzarla escrutándola minuciosamente y hacerla rotar durante unos segundos, Gema se la aproximó e inspiró su interior, para finalmente tomar un sorbo. Ambos la observaban expectantes hasta que ella emitió un pequeño gemido de satisfacción.
—Impecable, como siempre —murmuró complacida.
El sumiller rellenó ambas copas y se alejó. Mati se animó a probar, pero ella le frenó con un suave ademán—. Primero has de disfrutar. Utiliza tus sentidos para captar su esencia. Examina el color, qué granate tan intenso. No es muy común encontrarlo. Y ahora distingue el tono más atejado del ribete.
—¿Atejado? ¿Ribete?
—El ribete es el borde del vino en la copa. Si la inclinas un poco más lo verás mejor.
Mati asintió obediente y para su sorpresa, notó la diferencia de colores.
—Vaya, nunca me había fijado en eso.
—Pues te da una información muy importante sobre la edad del vino y su estado de evolución. Pasemos a la siguiente fase: haz que gire para que vaya soltando sus aromas.
Mati trató torpemente de imitar su gesto, y lo único que consiguió fue bambolear peligrosamente el líquido, que a punto estuvo de salirse de la copa.
—No, mira, prueba así —colocando su mano suavemente sobre la de él, dejó que los dedos de ambos se posaran sobre la base de la copa sin levantar ésta de la mesa, y con pequeñas rotaciones hizo girar el caldo en su interior.
—Vaya, ahora sí parece fácil —admitió Mati, consciente de cómo ella retenía su mano sobre la de él más tiempo del necesario.
—Acércatelo e inspira profundamente. Ya te aviso de que no es el mejor lugar, pues en restaurante los aromas se mezclan con los de las comidas, perfumes y resto de olores, pero aun así un olfato acostumbrado puede diferenciar su compleja fragancia de frutos del bosque y ciruela.
Él hizo lo que le decía, tratando sin éxito de distinguir siquiera algún rastro de olor afrutado. Se encogió de hombros y continuó escuchándola.
—¿Algo más?
—En equilibrio con un goloso fondo de vainilla y toffee —prosiguió sin notar la ironía, ya embalada—, y por supuesto el roble proveniente de la crianza en barrica. Y ahora, cuando lo paladees, notarás que en boca es un vino con una gran personalidad y fuerte estructura. Da un sorbo, pero no lo tragues enseguida, deja que recorra tu boca, que la seduzca. Toda seducción necesita su tiempo —terminó susurrando.
—Quizá me sabe un poco a madera —admitió tras un esfuerzo de concentración, no del todo convencido.
—Has notado la barrica. Bien, ha envejecido dieciocho meses en ella. Poco a poco —sonrió—. Además en este caso es un tonel muy especial, made in Extremadura. Concretamente de los robledos del valle del Ambroz, que proporcionan un sabor más fuerte, similar al roble americano, muy prestigiado y mucho más caro que el de la tierra. Lo hemos probado con este reserva y ha funcionado estupendamente, aunque de momento somos de los pocos que hemos arriesgado. En fin. Podría seguir sacándole matices y virtudes al vino, como el aroma anisado en retronasal que incita a seguir bebiendo, pero no quiero aburrirte.
—No me aburres, es sólo que ya me gustaría a mí poder percibir tantas cosas. Todo debe disfrutarse el doble con un olfato y un paladar tan fino.
—Bueno, no se me da mal pero lo cierto es que con este caldo llevo ventaja. Básicamente te he contado lo que dice nuestro enólogo de él.
Mati rio abiertamente y ambos brindaron por una agradable velada.
Dejó que ella eligiera también unos guisos que maridaran con el vino, magret de pato para ella y carrillada ibérica con queso de la serena para él.
—Creo que voy a tener que aprender yo esto del maridaje —apuntó más animado un rato después, mientras saboreaba el gustoso caldo entre un pedazo y otro de la carrillada.
—Es algo magnífico, te enseña cómo sacar el máximo partido a cada plato y a cada vino, potenciando los sabores. Un correcto maridaje realza toda experiencia gastronómica, pero requiere tiempo y entrenamiento para saber elegir la combinación más idónea. Conocer cómo está elaborado cada producto, captar las diferencias si ha sido cocinado de una u otra forma, a veces sutiles pero importantes… en fin, es todo un mundo.
—Parece difícil.
—No, si te gusta el buen comer. Pero hay otra opción.
—¿Cuál? —preguntó interesado.
—Siempre puedes seguir dejando que yo pida por ti.
—Esa es una opción interesante. Sobre todo porque soy demasiado perezoso.
Ella soltó una carcajada y él aprovechó el momento de distensión. La botella ya iba por la mitad y el coqueteo comenzaba a rebasar el terreno de las indirectas. “Es el momento de reconducir esto”, se dijo.
—Pero habíamos quedado para hablar de la bodega, ¿no? De momento no hemos hecho más que recrearnos al más puro estilo bon vivant. Tendrás que contarme algo para que pueda justificarme con mis jefes.
—¿Qué quieres que te cuente? Ya ves que me apasiona mi trabajo, a pesar de que la familia que lo regenta está llena de capullos. El padre lo era y el hijo no se queda atrás. Son unos anticuados que nada más que piensan en hacerse ricos a costa de explotar a todo el que pueden, pero no tienen ni idea del mercado, ni de cómo motivar a sus trabajadores. Es más, yo creo que si son expertos en algo, es en desmotivación.
Mati la miró sorprendido. El vino había contribuido a soltar la afilada lengua de su acompañante. “Mejor para mí”, pensó. “Ahora sólo tengo que espolearla”.
—Bah, no hay jefe bueno. Todos son unos capullos, en eso no creas que sois especiales.
—No —se puso seria por un instante—. No es el primer sitio donde trabajo, y no siempre es así. Aquí nos controlan hasta en el más mínimo movimiento, como si estuviéramos constantemente tratando de escaquearnos. Si no fuera porque nos apasiona lo que hacemos, muchos ya nos hubiéramos ido, créeme.
—Por eso y porque no está la cosa como para encontrar otro empleo, supongo.
—Claro —admitió—. Y ellos lo saben y tensan la cuerda. Si tienes que ir al médico necesariamente en horario laboral, has de justificar hasta el último minuto y recuperar ese tiempo después. No veas ya si te pones malo y no vas. Ay de ti. O si te surge algún imprevisto, más te vale que alguien pueda hacerse cargo por ti. Como con los niños. A los padres no les dejan cogerse ni el permiso de paternidad. Les dicen que se dejen de hostias, que quien tiene que dar la teta es la madre y que ellos no pueden desaparecer de allí quince días.
—Si eso es ilegal…
—Pues claro que lo es, ¿pero tú de dónde te has caído? Si no hacen caso ya saben que tendrán que buscarse otro trabajo para dar de comer al crío. Encontrarán cualquier excusa para echarles en cuanto puedan. Y con las mujeres ni te cuento. Como operarias prefieren a las mayores, que ya tienen los hijos criados, pero si contratan a alguna joven tienen buen cuidado de hacer contratos temporales muy cortos, que puedan finalizar en cuanto vean que les está creciendo la tripa. Y luego si te he visto no me acuerdo. La legalidad en el trabajo es para los privilegiados, Matías.
—Habría que denunciarlo.
—Pues ya me dirás quién lo hace —Gema ya estaba lanzada —. Pero no es sólo con estas cosas, el día a día también te lo hacen insoportable. Si pudieran serían como esos antiguos capataces que pegaban un latigazo si te enderezabas por un momento mientras recogías la cosecha. Suerte que hemos avanzado y algún derecho tenemos.
—¿Y los rumanos? Ésos tienen menos todavía, ¿no? —tanteó.
—No, esos pobres desgraciados no tenían donde agarrarse. Les pagaba cuatro duros por el jornal y sin protestar.
—Ya… Y tú, ¿qué opinas de eso?
—Pues qué voy a opinar, que no me parece bien. Ni por ellos, porque no hay derecho a que estén viviendo en chabolas en mitad del campo, ni por la gente del pueblo que se ha quedado sin nada. Aquí se lleva haciendo vino desde el tiempo de los romanos, ¿sabes? Las familias, la que más y la que menos, entienden más de uvas y de cosecha de lo que puedan asimilar unos recién llegados en toda su vida. Y muchos han tenido que irse del pueblo porque no podían competir con ellos. Con ese mísero jornal nadie puede pagar la hipoteca, las facturas y el colegio de los niños.
— Tienes razón —concedió —. Vaya piezas esos Flores, no hay por dónde cogerlos. Hasta he oído algún rumor de una chica a la que hicieron la vida imposible…
—¿Una chica? ¿Y a quién no?
—Sí, una que trabajó antes que tú allí. Bueno, igual coincidiste con ella. Se llamaba María, creo… —se hizo el despistado.
—María Rivera, la enóloga —Gema frunció el ceño—. Ya sé a lo que te refieres. Una historia un poco fea.
Mati permaneció en silencio. Alcanzó su copa y saboreó un trago de vino. Por lo poco que comenzaba a conocerla, sabía que no hacía falta que la instigara para que siguiera hablando.
—Sí que coincidimos, pero no llegamos a intimar. Acusó a don Luis de haber abusado de ella, aunque yo creo que se lo inventó para sacarle los cuartos. Él era un viejo verde que estaba forrado y ella una chica mona, así que quiso aprovecharse pero le salió mal. Fin del cuento.
—Entiendo. Pero es que suena un poco raro, aparece de repente, la contratan, y luego vuelve a desaparecer con el mismo misterio.
—Eso es verdad, siempre hubo una cosa que no me cuadró demasiado —reconoció.
—¿Qué?
—Tenía un currículo espectacular. Mejor expediente de su promoción en Químicas y con el máster de la Rovira i Virgili en Enología. Y en la zona de la que venía hay muchísimas bodegas. Podría haberse quedado en Marqués de Riscal o López de Heredia, en Cvne o quizá en Viña Real. ¿Por qué venirse hasta aquí? No es que nuestros vinos tengan nada que envidiarles, ojo —remarcó— pero aquellas son marcas consagradas, están a otro nivel.
—¿Otro nivel?
—¿Te gusta el fútbol? —preguntó ella a su vez arqueando una ceja.
—Claro —contestó extrañado ante el cambio de tercio.
—Pues mira, esas bodegas son como los galácticos del Madrid o del Barça, y nosotros no hemos llegado ni a segunda división. Y la diferencia no está en la calidad del líquido, al menos no esa diferencia tan desorbitada. ¿Sabes dónde está?
Negó con la cabeza.
—Donde siempre, Matías, donde siempre. La diferencia, el problema, es el que siempre ha sido para los extremeños. Que no nos lo creemos. Vamos a un bar y pedimos un Rioja o un Ribera del Duero. ¿Te das cuenta? Hay magníficos vinos que se producen aquí, de los que viven tantas familias extremeñas, y que la mayoría de la gente ni siquiera está capacitada para distinguir de los otros, pero no se les ocurre pedirlos porque piensan que son peores, y a la gente le gusta presumir, simular que sabe del tema, y por supuesto demostrar que puede pagarlo. Mira, si yo me voy de turismo a Zamora, pues claro que me pido un Toro, y si viajo a las Canarias no me vengo sin unas botellas de ese malvasía espectacular de tierras volcánicas. Pero si estoy en Extremadura con todo lo que aquí tenemos, vamos, no me jodas… Un Matanegra de Los Balancines, un Torre Julia de Las Granadas, un Viña Puebla de Toribio, o si te van más los vinos jóvenes están las magníficas añadas de Carabal, Coloma o Habla del silencio sin ir más lejos. En fin, que hay miles de opciones. ¿Pero entiendes lo que quiero decir? —se interrumpió, habida cuenta de su entusiasmo.
Entendía, sí. Hizo un gesto afirmativo, recordando con embarazo cuántas veces él mismo se había decantado por uno de los caldos de renombre. Pero Gema se estaba apasionando y perdía de nuevo el hilo que a él le interesaba.
—Entonces, ¿por qué fue a parar a vuestra bodega?
Le miró como si no comprendiera.
—La chica aquélla, María.
—Ah, pues yo qué sé. Pero mira, si tienes tanto interés, búscala y pregúntaselo. Apuesto a que volvió a su tierra y está trabajando en una de esas bodegas de ensueño.
—Estás muy guapa —no pudo dejar de decir, realmente impresionado.
—Muchas gracias —su sonrisa se acentuó de una manera terriblemente seductora, dejando a la vista una fila de blanquísimos dientes—. ¿Conocías este lugar?
—No, y me parece extraordinario.
—Es uno de mis sitios preferidos —admitió ella—. Pero espera a subir arriba.
—¿Arriba?
—Sí, esto es el bar, aquí sirven las tapas y raciones.
Mati la siguió por las escaleras mientras repasaba subrepticiamente su figura, que se contoneaba de forma coqueta sabiéndose observada. La planta superior era efectivamente aún más espléndida. El lateral izquierdo seguía dejando el arco de catorce metros de altitud totalmente a la vista, y el conjunto estaba exquisitamente decorado a juego con el ambiente.
—Vaya…
—¿Verdad que es maravilloso? Aquí puedes comer y beber saboreando el pasado —dijo con un guiño.
Una vez sentados, el sumiller les acercó la carta de vinos, que dejó sobre la mesa junto a la de las comidas.
—Tienen menú específico de vinos —se sorprendió.
—Sí, e incluyen uno nuestro —presumió ella con orgullo—. Busca en la página de los Ribera del Guadiana.
—¿El Camasón?
Gema asintió.
—Es un vino con un período de tres meses en barrica de roble francés, lo justo para que tome el toque de madera. Ha sido elegido como uno de los mejores caldos jóvenes del año pasado en varias guías oficiales. Es más, creo que deberíamos pedirlo.
—¿A qué se debe el nombre?
—Al embalse romano que se ubicó en las cercanías del viñedo. Pero espera, se me ocurre una idea mejor. Tenemos un reserva espectacular. Aunque no aparece aquí reseñado, lo han utilizado para algunas catas especiales. Lo sé porque yo misma me encargué del envío. Seguro que les queda alguno.
—Está bien. Teniendo a una experta a mi lado, me dejaré guiar.
—Se llama Torre de Los Mojicones, y es nuestro producto estrella.
—Ya, igual que la bodega. Pero admíteme que eso de mojicones también suena un poco raro, ¿eh? —bromeó.
—Es por la torre símbolo del pueblo, ¿no lo sabías? Si hasta forma parte del escudo heráldico de Torremejía. Cuentan los historiadores que fue edificada para defender la calzada romana de los bandidos que desvalijaban a los caminantes. Y es también nuestra principal seña de identidad, claro. Ahora la verás en la etiqueta.
Aunque se encontraba gratamente sorprendido por la sensualidad y los conocimientos de su acompañante, Mati no estaba dispuesto a dejarse engatusar. Al menos, no lo suficiente como para olvidar su misión. Cuando Gema le insinuó aquella cita bajo el pretexto de poder contarle más detalles de la bodega, supo que no podía desaprovechar la oportunidad. Nada mejor que un ambiente distendido, lejos del entorno laboral y las miradas de los curiosos para soltar la lengua sobre lo que a él más le interesaba en aquel momento.
Una vez que el sumiller trajo la botella y la descorchó miró interrogante a Mati, quien la señaló a ella, que asintió con mirada experta. Esperó a que vertiera el oscuro líquido en la ancha copa y, tras alzarla escrutándola minuciosamente y hacerla rotar durante unos segundos, Gema se la aproximó e inspiró su interior, para finalmente tomar un sorbo. Ambos la observaban expectantes hasta que ella emitió un pequeño gemido de satisfacción.
—Impecable, como siempre —murmuró complacida.
El sumiller rellenó ambas copas y se alejó. Mati se animó a probar, pero ella le frenó con un suave ademán—. Primero has de disfrutar. Utiliza tus sentidos para captar su esencia. Examina el color, qué granate tan intenso. No es muy común encontrarlo. Y ahora distingue el tono más atejado del ribete.
—¿Atejado? ¿Ribete?
—El ribete es el borde del vino en la copa. Si la inclinas un poco más lo verás mejor.
Mati asintió obediente y para su sorpresa, notó la diferencia de colores.
—Vaya, nunca me había fijado en eso.
—Pues te da una información muy importante sobre la edad del vino y su estado de evolución. Pasemos a la siguiente fase: haz que gire para que vaya soltando sus aromas.
Mati trató torpemente de imitar su gesto, y lo único que consiguió fue bambolear peligrosamente el líquido, que a punto estuvo de salirse de la copa.
—No, mira, prueba así —colocando su mano suavemente sobre la de él, dejó que los dedos de ambos se posaran sobre la base de la copa sin levantar ésta de la mesa, y con pequeñas rotaciones hizo girar el caldo en su interior.
—Vaya, ahora sí parece fácil —admitió Mati, consciente de cómo ella retenía su mano sobre la de él más tiempo del necesario.
—Acércatelo e inspira profundamente. Ya te aviso de que no es el mejor lugar, pues en restaurante los aromas se mezclan con los de las comidas, perfumes y resto de olores, pero aun así un olfato acostumbrado puede diferenciar su compleja fragancia de frutos del bosque y ciruela.
Él hizo lo que le decía, tratando sin éxito de distinguir siquiera algún rastro de olor afrutado. Se encogió de hombros y continuó escuchándola.
—¿Algo más?
—En equilibrio con un goloso fondo de vainilla y toffee —prosiguió sin notar la ironía, ya embalada—, y por supuesto el roble proveniente de la crianza en barrica. Y ahora, cuando lo paladees, notarás que en boca es un vino con una gran personalidad y fuerte estructura. Da un sorbo, pero no lo tragues enseguida, deja que recorra tu boca, que la seduzca. Toda seducción necesita su tiempo —terminó susurrando.
—Quizá me sabe un poco a madera —admitió tras un esfuerzo de concentración, no del todo convencido.
—Has notado la barrica. Bien, ha envejecido dieciocho meses en ella. Poco a poco —sonrió—. Además en este caso es un tonel muy especial, made in Extremadura. Concretamente de los robledos del valle del Ambroz, que proporcionan un sabor más fuerte, similar al roble americano, muy prestigiado y mucho más caro que el de la tierra. Lo hemos probado con este reserva y ha funcionado estupendamente, aunque de momento somos de los pocos que hemos arriesgado. En fin. Podría seguir sacándole matices y virtudes al vino, como el aroma anisado en retronasal que incita a seguir bebiendo, pero no quiero aburrirte.
—No me aburres, es sólo que ya me gustaría a mí poder percibir tantas cosas. Todo debe disfrutarse el doble con un olfato y un paladar tan fino.
—Bueno, no se me da mal pero lo cierto es que con este caldo llevo ventaja. Básicamente te he contado lo que dice nuestro enólogo de él.
Mati rio abiertamente y ambos brindaron por una agradable velada.
Dejó que ella eligiera también unos guisos que maridaran con el vino, magret de pato para ella y carrillada ibérica con queso de la serena para él.
—Creo que voy a tener que aprender yo esto del maridaje —apuntó más animado un rato después, mientras saboreaba el gustoso caldo entre un pedazo y otro de la carrillada.
—Es algo magnífico, te enseña cómo sacar el máximo partido a cada plato y a cada vino, potenciando los sabores. Un correcto maridaje realza toda experiencia gastronómica, pero requiere tiempo y entrenamiento para saber elegir la combinación más idónea. Conocer cómo está elaborado cada producto, captar las diferencias si ha sido cocinado de una u otra forma, a veces sutiles pero importantes… en fin, es todo un mundo.
—Parece difícil.
—No, si te gusta el buen comer. Pero hay otra opción.
—¿Cuál? —preguntó interesado.
—Siempre puedes seguir dejando que yo pida por ti.
—Esa es una opción interesante. Sobre todo porque soy demasiado perezoso.
Ella soltó una carcajada y él aprovechó el momento de distensión. La botella ya iba por la mitad y el coqueteo comenzaba a rebasar el terreno de las indirectas. “Es el momento de reconducir esto”, se dijo.
—Pero habíamos quedado para hablar de la bodega, ¿no? De momento no hemos hecho más que recrearnos al más puro estilo bon vivant. Tendrás que contarme algo para que pueda justificarme con mis jefes.
—¿Qué quieres que te cuente? Ya ves que me apasiona mi trabajo, a pesar de que la familia que lo regenta está llena de capullos. El padre lo era y el hijo no se queda atrás. Son unos anticuados que nada más que piensan en hacerse ricos a costa de explotar a todo el que pueden, pero no tienen ni idea del mercado, ni de cómo motivar a sus trabajadores. Es más, yo creo que si son expertos en algo, es en desmotivación.
Mati la miró sorprendido. El vino había contribuido a soltar la afilada lengua de su acompañante. “Mejor para mí”, pensó. “Ahora sólo tengo que espolearla”.
—Bah, no hay jefe bueno. Todos son unos capullos, en eso no creas que sois especiales.
—No —se puso seria por un instante—. No es el primer sitio donde trabajo, y no siempre es así. Aquí nos controlan hasta en el más mínimo movimiento, como si estuviéramos constantemente tratando de escaquearnos. Si no fuera porque nos apasiona lo que hacemos, muchos ya nos hubiéramos ido, créeme.
—Por eso y porque no está la cosa como para encontrar otro empleo, supongo.
—Claro —admitió—. Y ellos lo saben y tensan la cuerda. Si tienes que ir al médico necesariamente en horario laboral, has de justificar hasta el último minuto y recuperar ese tiempo después. No veas ya si te pones malo y no vas. Ay de ti. O si te surge algún imprevisto, más te vale que alguien pueda hacerse cargo por ti. Como con los niños. A los padres no les dejan cogerse ni el permiso de paternidad. Les dicen que se dejen de hostias, que quien tiene que dar la teta es la madre y que ellos no pueden desaparecer de allí quince días.
—Si eso es ilegal…
—Pues claro que lo es, ¿pero tú de dónde te has caído? Si no hacen caso ya saben que tendrán que buscarse otro trabajo para dar de comer al crío. Encontrarán cualquier excusa para echarles en cuanto puedan. Y con las mujeres ni te cuento. Como operarias prefieren a las mayores, que ya tienen los hijos criados, pero si contratan a alguna joven tienen buen cuidado de hacer contratos temporales muy cortos, que puedan finalizar en cuanto vean que les está creciendo la tripa. Y luego si te he visto no me acuerdo. La legalidad en el trabajo es para los privilegiados, Matías.
—Habría que denunciarlo.
—Pues ya me dirás quién lo hace —Gema ya estaba lanzada —. Pero no es sólo con estas cosas, el día a día también te lo hacen insoportable. Si pudieran serían como esos antiguos capataces que pegaban un latigazo si te enderezabas por un momento mientras recogías la cosecha. Suerte que hemos avanzado y algún derecho tenemos.
—¿Y los rumanos? Ésos tienen menos todavía, ¿no? —tanteó.
—No, esos pobres desgraciados no tenían donde agarrarse. Les pagaba cuatro duros por el jornal y sin protestar.
—Ya… Y tú, ¿qué opinas de eso?
—Pues qué voy a opinar, que no me parece bien. Ni por ellos, porque no hay derecho a que estén viviendo en chabolas en mitad del campo, ni por la gente del pueblo que se ha quedado sin nada. Aquí se lleva haciendo vino desde el tiempo de los romanos, ¿sabes? Las familias, la que más y la que menos, entienden más de uvas y de cosecha de lo que puedan asimilar unos recién llegados en toda su vida. Y muchos han tenido que irse del pueblo porque no podían competir con ellos. Con ese mísero jornal nadie puede pagar la hipoteca, las facturas y el colegio de los niños.
— Tienes razón —concedió —. Vaya piezas esos Flores, no hay por dónde cogerlos. Hasta he oído algún rumor de una chica a la que hicieron la vida imposible…
—¿Una chica? ¿Y a quién no?
—Sí, una que trabajó antes que tú allí. Bueno, igual coincidiste con ella. Se llamaba María, creo… —se hizo el despistado.
—María Rivera, la enóloga —Gema frunció el ceño—. Ya sé a lo que te refieres. Una historia un poco fea.
Mati permaneció en silencio. Alcanzó su copa y saboreó un trago de vino. Por lo poco que comenzaba a conocerla, sabía que no hacía falta que la instigara para que siguiera hablando.
—Sí que coincidimos, pero no llegamos a intimar. Acusó a don Luis de haber abusado de ella, aunque yo creo que se lo inventó para sacarle los cuartos. Él era un viejo verde que estaba forrado y ella una chica mona, así que quiso aprovecharse pero le salió mal. Fin del cuento.
—Entiendo. Pero es que suena un poco raro, aparece de repente, la contratan, y luego vuelve a desaparecer con el mismo misterio.
—Eso es verdad, siempre hubo una cosa que no me cuadró demasiado —reconoció.
—¿Qué?
—Tenía un currículo espectacular. Mejor expediente de su promoción en Químicas y con el máster de la Rovira i Virgili en Enología. Y en la zona de la que venía hay muchísimas bodegas. Podría haberse quedado en Marqués de Riscal o López de Heredia, en Cvne o quizá en Viña Real. ¿Por qué venirse hasta aquí? No es que nuestros vinos tengan nada que envidiarles, ojo —remarcó— pero aquellas son marcas consagradas, están a otro nivel.
—¿Otro nivel?
—¿Te gusta el fútbol? —preguntó ella a su vez arqueando una ceja.
—Claro —contestó extrañado ante el cambio de tercio.
—Pues mira, esas bodegas son como los galácticos del Madrid o del Barça, y nosotros no hemos llegado ni a segunda división. Y la diferencia no está en la calidad del líquido, al menos no esa diferencia tan desorbitada. ¿Sabes dónde está?
Negó con la cabeza.
—Donde siempre, Matías, donde siempre. La diferencia, el problema, es el que siempre ha sido para los extremeños. Que no nos lo creemos. Vamos a un bar y pedimos un Rioja o un Ribera del Duero. ¿Te das cuenta? Hay magníficos vinos que se producen aquí, de los que viven tantas familias extremeñas, y que la mayoría de la gente ni siquiera está capacitada para distinguir de los otros, pero no se les ocurre pedirlos porque piensan que son peores, y a la gente le gusta presumir, simular que sabe del tema, y por supuesto demostrar que puede pagarlo. Mira, si yo me voy de turismo a Zamora, pues claro que me pido un Toro, y si viajo a las Canarias no me vengo sin unas botellas de ese malvasía espectacular de tierras volcánicas. Pero si estoy en Extremadura con todo lo que aquí tenemos, vamos, no me jodas… Un Matanegra de Los Balancines, un Torre Julia de Las Granadas, un Viña Puebla de Toribio, o si te van más los vinos jóvenes están las magníficas añadas de Carabal, Coloma o Habla del silencio sin ir más lejos. En fin, que hay miles de opciones. ¿Pero entiendes lo que quiero decir? —se interrumpió, habida cuenta de su entusiasmo.
Entendía, sí. Hizo un gesto afirmativo, recordando con embarazo cuántas veces él mismo se había decantado por uno de los caldos de renombre. Pero Gema se estaba apasionando y perdía de nuevo el hilo que a él le interesaba.
—Entonces, ¿por qué fue a parar a vuestra bodega?
Le miró como si no comprendiera.
—La chica aquélla, María.
—Ah, pues yo qué sé. Pero mira, si tienes tanto interés, búscala y pregúntaselo. Apuesto a que volvió a su tierra y está trabajando en una de esas bodegas de ensueño.
Puedes leer el relato escrito por Susana Martín Gijón para la II SEMANA NEGRA EN LA GLORIETA, pinchando en la imagen.
es autora de la serie policiaca Más que cuerpos, también conocida como saga del trébol y compuesta hasta la fecha por las novelas Más que cuerpos (2013), Desde la eternidad (2014), Vino y pólvora (2016) y las novelas cortas Pensión Salamanca (2016) y Destino Gijón (2016), protagonizadas por la policía Annika Kaunda. En 2015 publicó Náufragos, novela finalista en prestigiosos certámenes como el Premio Literario Felipe Trigo o La Trama de Ediciones B.
Combina su afición al noir con el relato, género en el que ha cosechado diversos galardones como el del Círculo de Bellas Artes de Tenerife, el del concurso de Relatos para la Igualdad del Ayuntamiento de Burgos, un premio de la Asociación de Escritores y Artistas Españoles, o el de relato policiaco del Festival Granada Noir.
Ha participado como jurado en numerosos certámenes, entre ellos los concursos de microrrelatos "Alza tu voz contra la trata de mujeres y niñas" y "Tú también tienes algo que decir contra la violencia de género", o el certamen literario para personas mayores "Experiencia y Vida".
Licenciada en Derecho con posgrados en Derecho Internacional Público y Cooperación para el Desarrollo, ejerció la labor de Directora del Instituto de la Juventud de Extremadura y ha sido Presidenta del Comité contra el Racismo, la Xenofobia y la Intolerancia. Colabora en plataformas nacionales e internacionales como la Asociación por la Cultura Clásicas y Modernas y la Red de Mujeres Jóvenes Africanas y Españolas, y forma parte de la directiva de la Asociación de Escritores Extremeños.
Como autora y conferencista ha participado en festivales y congresos literarios tales como el Congreso Internacional de Literatura Medellín Negro en Colombia, el Congreso de Novela y Cine Negro de Salamanca, la veterana Semana Negra de Gijón, el festival de novela policiaca Getafe Negro o el Festival Atlántico del Género Negro Tenerife Noir.
Combina su afición al noir con el relato, género en el que ha cosechado diversos galardones como el del Círculo de Bellas Artes de Tenerife, el del concurso de Relatos para la Igualdad del Ayuntamiento de Burgos, un premio de la Asociación de Escritores y Artistas Españoles, o el de relato policiaco del Festival Granada Noir.
Ha participado como jurado en numerosos certámenes, entre ellos los concursos de microrrelatos "Alza tu voz contra la trata de mujeres y niñas" y "Tú también tienes algo que decir contra la violencia de género", o el certamen literario para personas mayores "Experiencia y Vida".
Licenciada en Derecho con posgrados en Derecho Internacional Público y Cooperación para el Desarrollo, ejerció la labor de Directora del Instituto de la Juventud de Extremadura y ha sido Presidenta del Comité contra el Racismo, la Xenofobia y la Intolerancia. Colabora en plataformas nacionales e internacionales como la Asociación por la Cultura Clásicas y Modernas y la Red de Mujeres Jóvenes Africanas y Españolas, y forma parte de la directiva de la Asociación de Escritores Extremeños.
Como autora y conferencista ha participado en festivales y congresos literarios tales como el Congreso Internacional de Literatura Medellín Negro en Colombia, el Congreso de Novela y Cine Negro de Salamanca, la veterana Semana Negra de Gijón, el festival de novela policiaca Getafe Negro o el Festival Atlántico del Género Negro Tenerife Noir.


