Biografía de Carlos I de España (XVII Parte), por Víctor Fernández Correas

Os ofrecemos un nuevo capítulo de la vida del emperador Carlos I de España y V de Alemania, cuya biografía publicamos por cortesía del escritor extremeño Víctor Fernández Correas, autor de las novelas La conspiración de Yuste y La tribu maldita.


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PAVÍA, O LO QUE TIENE TOCAR DEMASIADO LOS BEMOLES
Víctor Fernández Correas
Ya advertimos en la última entrega de esta vida de Carlos que le llegaban momentos importantes. Y Pavía es de los más grandes y destacados. El culpable, Francisco I, que se comportó como aquellos secundarios que le ponían al inmenso ―en todos los sentidos― Carlo PedersoliBud Spencer para la cosa del cine―: dale al torno, Perico, y venga a tocarle las narices. Y la cámara mostrándonos cómo se le iba poniendo cara de ajoporro hasta que, por una cualquiera, se desataba la catarsis de la guasca. ¡Bum, bum! A repartir, y como aspas de molino.

Pues Francisco I, lo mismo con Carlos. Desde 1515, cuando se le metió el norte de Italia entre ceja y ceja para celebrar su ascensión al trono de Francia; luego, aliándose con Turquía ―que ya eran ganas de tocarle los bemoles a Carlos― para contrarrestar el poder e influencia del ya Emperador; para continuar con lo de Fuenterrabía, que ya contamos en la anterior entrega de esta vida. Francisco I metiéndose en su jardín como Pedro por su casa. Casa que, Carlos, como también vimos en la referida entrega, se encargo de calmar y de ordenar ―Germanías, rebelión de las Comunidades― antes de centrarse en el asunto del francés. Que no era moco de pavo.

En primer lugar, Carlos se aplicó en la recuperación de Fuenterrabía. Cuatro días de bombardeos. 60 grandes piezas de artillería cantando día y noche y que no dejaron piedra sobre piedra, más el vaciado del agua de los fosos para asegurar el asalto a la ciudad. Los sitiados se rindieron y, según cuenta Sandoval, cronista del Emperador, «se hizo en toda España gran demostración de alegría, porque tenían estos reinos por afrenta e ignominia que franceses tuviesen un palmo de tierra en ellos». Pues eso.

En segundo lugar, la llegada de un nuevo aliado como era el duque de Borbón, que decidió jugar la carta del Emperador en lugar de ser fiel a su rey, Francisco I. Carlos le otorgó el mando supremo del ejército emplazado en el Norte de Italia, y el duque no tardó en invadir Provenza para, así, provocar un alzamiento contra el rey francés. Lo que fracasó de manera estrepitosa aún habiendo llegado hasta Marsella. Sólo se conquistó la plaza de Tolón, y hubo que abandonarla deprisa y corriendo porque al rey galo se le puso en la entrepierna conquistar Milán, así que el duque de Borbón tuvo que volver sobre sus pasos y centrarse en lo que le interesaba, que era la defensa de las posesiones italianas de Carlos.

Que lo de Italia se lo había tomado en serio Francisco I lo prueba que cruzó los Alpes con un poderoso ejército y entró en Milán el 26 de octubre de 1524. Como consecuencia, Roma ―donde ya era Papa Clemente VII― y Venecia abandonaron la alianza firmada con el Emperador para echarse en brazos del francés, con el que cerraron una alianza el 12 de diciembre de 1524. Un cisco de tres pares de narices. Y en todo esto, un valiente, Antonio de Leyva, resistiendo en Pavía, atrincherado en dicha plaza como gato panza arriba. Venid a mí que yo os diré lo que cuesta conquistar esto. Más o menos.

¿Qué hizo Carlos? Acudir a Tordesillas a ver a su madre, donde pasó una larga temporada ―la mayor de todas las que estuvo allí―. Más de un mes, desde el 3 de octubre hasta el 5 de noviembre de 1524. ¿Para? Para ver qué pasaba con su hermana menor, Catalina, y con quién la casaba. Y el elegido fue el rey portugués, Juan III; lo que abriría las puertas a su futura boda con Isabel de Portugal, de lo que hablaremos largo y tendido en futuras entregas de este que es el repaso a su vida.

¿Y lo de Italia? A ello vamos, no me seáis impacientes. Todo lo ocurrido le permitió cerciorarse de que Francisco I era muy poderoso, pero también que las fuerzas que tenía allí no eran tan fuertes como pensaba, y más tras las deserciones de pontificios y venecianos. Así que había que sacar lo mejor para derrotar al rey galo. Lograrlo suponía, además de darle un escarmiento, su consagración como Emperador y ponerle en bandeja la tercera corona imperial, que le impondría el Papa. El verdadero Emperador de la Cristiandad. Ahí es nada.   

Pero Carlos no lo pasó nada bien durante aquellos meses. Lo prueba que él mismo dejó escritas las preocupaciones que le embargaban, que eran muchas. A saber: la angustiosa situación de sus tropas en Italia, con Leyva defendiendo como podía el último reducto imperial, y con un empeoramiento de las relaciones internacionales. A la deserción de pontificios y venecianos de sus filas se sumaba que su tío Enrique VIII no le estaba ayudando como esperaba. ¿La solución? Una paz con Francia. Cómo lograrla era harina de otro costal toda vez que, por muy interesado que estuviera Carlos ―que lo estaba―, había que convencer a la otra parte ―a Francisco I―. Y eso era difícil, por no decir imposible. No había más remedio que luchar contra los franceses, sacar dinero hasta de debajo de las piedras para que el virrey de Nápoles, Lannoy, mantuviera en pie a su ejército para batallar al francés. Dinero, decía. ¿De dónde sacarlo? De Portugal, casándose con Isabel, su princesa. Claro que eso suponía romper la promesa contraída con Enrique VIII de casarse con su hija, María Tudor. Esas cosas de la Edad Media. Un cisco de padre y
muy señor mío, repito.

Y Carlos, que por entonces soñaba con hacer algo grande
eso con lo que pasar a la historia, que le diera fama y gloria eternas, veía pasar el tiempo con preocupación. Y sufre un desfallecimiento. La única manera de salir adelante, de conseguir la gloria soñada, pasaba por marchar personalmente a Italia y hacer frente a Francisco I. Eso sí, dejando arreglados los asuntos que tenía abiertos con portugueses ―boda― y Enrique VIII ―futura boda―, y también quién se hacía cargo de los asuntos españoles durante su ausencia.

Pero llegó lo que nadie esperaba, y en el día de su cumpleaños: 24 de febrero de 1525. Sus ejércitos no sólo derrotaron a los franceses en Pavía, sino que también habían hecho prisionero a su rey. Sí, a Francisco I. Con un par. Y todo a resultas de una batalla que los generales imperiales se vieron obligados a buscar pues, de no hacerlo, no les quedaba más remedio que licenciar a las tropas por falta de dinero.

Una victoria que trajo consigo muchas consecuencias. Entre otras, una larga pensión completa de Francisco I en Madrid a cargo de Carlos. De lo que hablaremos en la siguiente entrega.


© Víctor Fernández Correas

Carlos I de España
- Bernard van Orley -

Víctor Fernández Correas nac en 1974 y le dio por empezar a escribir a eso de mediados del año 2000, que fue cuando ganó un certamen de relato corto en su pueblo, Valverde de la Vera (Cáceres). Repitió al año siguiente y también ganó. Y asimismo fuera de su pueblo –por ver si sonaba la flauta-, como le ocurrió con el Primer Certamen de Relato Corto «Princesa Jariza» de Jaraíz de La Vera en ese mismo 2001. En 2008 se publicó su primera novela, La conspiración de Yuste, editada por La esfera de los libros. Cuatro años después, en 2012, volv a aparecer en el mercado literario con La tribu maldita, editada por Temas de hoy (Editorial Planeta). Hace unos meses terminó una tercera pendiente de publicar y ahora está con una cuarta encima de la mesa. También ha colaborado en la antología Cervantes tiene quien le escriba, editada por Ediciones Traspiés en 2016, con el relato «La del alba fue».



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