Reseña de «No llorar», de Lydie Salvayre

Esta reseña forma parte de la serie «La Guerra Civil Española en la Literatura», escrita por José María Velasco. Puedes acceder a la relación de libros seleccionados pinchando AQUÍ.

RESEÑA DE «NO LLORAR», DE LYDIE SALVAYRE, por
José María Velasco
Al tratar el tema de la Guerra Civil ciertos escritores españoles se acartonan por el miedo a que les tilden de maniqueos. Para evitarlo sólo hay que dejarse llevar por la naturalidad de los hechos pequeños: una conversación oída en una cafetería basta para bajar los hermosos ideales a la tierra sangrienta, basta llamar a las cosas por su nombre: “Facha es una palabra que, pronunciada con la che española, se arroja como un escupitajo. Los fachas en el pueblo, que no son muchos, coinciden en considerar que: NO HAY MEJOR ROJO QUE UN ROJO MUERTO”.

“Ya estamos otra vez con la típica historia de rojos y fachas” dirán los campeones de la desmemoria. Que digan lo que quieran. No llorar es una buena novela. No lo es cuando nos relata la historia de George Bernanos, el escritor francés que “se declara monárquico, católico y heredero de las tradiciones” y que, como veremos en una trama paralela, abandona su apoyo inicial por los nacionales para describir todo el horror de sus asesinatos en su obra Los grandes cementerios bajo la luna. Tampoco es una buena novela cuando nos presenta un contexto histórico que podría ser desconocido y necesario para un lector francés, pero que nada aporta en nuestro país. En cambio, es una novela maravillosa cuando se centra en la visión poderosísima de su propia madre. 

“Sufre trastornos de memoria y la impronta de todos los acontecimientos que vivió entre la guerra y el momento presente se han borrado para siempre. En cambio conserva totalmente intactos los recuerdos de aquel verano del 36 en que tuvo lugar lo imaginable”.
La descripción de lo inimaginable que hace Lydie Salvayre es un bello ejercicio sobre cómo expresar sentimientos a través de las imágenes y palabras. Curiosamente las palabras toman forma en la grandilocuencia, en los “tópicos efímeros”, en la mente libertaria del hermano de la protagonista:
“Palabras tan nuevas y audaces que enardecen su ánimo juvenil. Palabras inmensas, palabras rimbombantes, palabras ardientes, palabras sublimes, palabras para un mundo que comienza: revolución, libertad, fraternidad, comunidad, esas palabras que, acentuadas en español en la última sílaba, suenan como un puñetazo en la cara”.
Solo alguien que no tiene el castellano como su primera lengua puede darnos un punto de vista como ése. Solo alguien que ha escuchado muchas veces una historia maravillosamente contada puede transmitirla con esa fuerza, con la fuerza de los recuerdos de aquel verano que perviven en su madre, la fuerza que fue más allá de los grandes ideales y 
“la embaucadora propaganda de los comisarios políticos con acento ruso y gafas redondas”
y se manifestó a través de las imágenes más sencillas, más naturales y, sin duda, las más poderosas para el recuerdo: 
“Y todo cuanto vive, los minúsculos eventos que conforman el tejido ordinario de la vida, el agua saliendo del grifo, una cerveza fresca en la terraza de un café, se convierten de pronto en otros tantos prodigios”.
Porque aquel verano del 36 fue el “tiempo de las grandes frases”, el de los crímenes más sanguinarios e impunes, el de las esperanzas arruinadas, pero también el verano de los prodigios que permitieron, a adolescentes como Montse, la protagonista, escapar de la cerrazón pueblerina y descubrir las puertas giratorias de los hoteles, los cines gratuitos, las terrazas en las que podían beber gratis un vaso de agua, los váteres con cisterna y tapa abatible, las bombillas en las habitaciones y el agua corriente.

Es ahí cuando el lector se siente atrapado por el personaje, cuando vive su historia con todo detalle. No ya la de los grandes personajes conocidos de los libros, sino la de los hombres y mujeres humildes, los que son como nuestra madre o nuestra abuela o nuestros tíos, los que nos contaron historias similares, los que apenas pudieron disfrutar de los prodigios para ser arrojados sin piedad a una vida de horror, guerra y dictadura.

A los campeones de la desmemoria no les gustará No llorar, pero con esta novela yo he descubierto una voz nueva.  Hay tres categorías de escritores: los que cuentan historias, los que te hacen vivirlas y los que te las susurran al oído porque están tan cerca que describen vivencias inolvidables. Las imágenes que pervivieron en el recuerdo de la protagonista siguen susurrando en mis oídos.



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José María Velasco (Málaga, 1968)
Escribir poemas solo era un juego de la adolescencia y la primera juventud. Vivo en Barcelona desde hace más de 30 años. En 2008 tras décadas sin escribir (nunca ha sido mi oficio), decidí tomarme un año sabático para investigar la historia más hermosa que me habían contado: la de mi abuela, que purgó en una cárcel franquista el pecado de estar casada con uno de los primeros maquis que hubo en nuestro país, perteneciente al único grupo que le preocupó a Franco. Ocho años más tarde aún me peleo con una novela que cuenta su historia y con un blog DORMIDAS EN EL CAJON  DEL OLVIDO.

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