Reseña de «La muerte del Minotauro», de Patricio Peñalver

RESEÑA DE «LA MUERTE DEL MINOTAURO», DE PATRICIO PEÑALVER (Espuela de plata, 2017)
Manu López Marañón
Periodista de columna y reportero para los principales diarios regionales y nacionales, Patricio Peñalver (Murcia, 1953) ha sido galardonado con el premio Carburo de Oro concedido, en 2009, por el Festival Internacional del Cante de las Minas de la Unión y, ya dentro del periodismo, con el trofeo Pencho Cros en 2015. Es autor de tres novelas, «Una novela sin nombre» (del año 2000, con la que obtuvo el premio Autor Revelación del año), «El murmullo de las estaciones» (2002) y «Tiempo de transición» (2013).

Para la cuarta ha elegido Peñalver el mundo taurino, temática poco frecuentada  por nuestras letras. El cuentista y novelista vitoriano Ignacio Aldecoa, en lo que iba a haber sido la trilogía «La España inmóvil» (que se quedó en un díptico formado por «El fulgor y la sangre» y «Con el viento solano»), tras reflejar en sus páginas a la Guardia Civil y a los gitanos, pretendió novelar a la torería en una obra que hasta tenía título («Los pozos») y que quedó reducida a un relato, de igual nombre, publicado en 1963.

Hay en «La muerte del Minotauro» mucho de aquella «épica de los oficios» que tanto entusiasmaba a Aldecoa. Así «Gran Sol», editada en 1957, narraba quince días de uno de los viajes del barco Aril a los bancos del Great Sole. Jornadas monótonas primero, de mar picada luego, y que terminaban en accidente por un cable que, con la red llena, cedía costando la vida al patrón. La soledad, la convivencia no siempre fácil y, sobre todo, el trabajo en común de los trece hombres que formaban el equipaje del pequeño pesquero, constituían la materia de la narración.

En la novela de Peñalver un torero y su cuadrilla, a la que se une el padre del diestro en calidad de apoderado, de gira por Colombia y Méjico, comparten corridas y habitaciones de hotel, interminables partidas de cartas, escapadas nocturnas… y mujeres fantasmales y carnales.

Su protagonista, el diestro madrileño Antonio Rodríguez (matador «de arte» en lo más alto del escalafón y que tiene en Antoñete, Curro Romero y Rafael de Paula a sus dioses tutelares), es un lector voraz e introvertido al que escasa gracia hace dejar la habitación una vez ha concluido las lidias. Antonio se muestra principalmente dolorido por su reciente ruptura con la cantaora Lucía Vargas. Angustiado también porque su principal rival en las plazas –José Delgado– pueda despojarle del cetro, esta figura reúne una complicada psicología que queda reflejada en su hablar y en sus comportamientos.

Procedimiento de caracterización que el autor utiliza, en la medida en que ello resulte posible, con la cuadrilla.

Así, hay cuatro tipos perfectamente dibujados. Aparte de Antonio Rodríguez está el mozo de espadas, José Vargas (hermano de Lucía, un gay a quien gusta perderse por antros de ambiente y que sufre atroces pesadillas con minotauros que deben ser sometidos por el capote en localidades tan literarias como Macondo y Comala), el banderillero Pepe «el Mosca», el chistoso del grupo, e Isidro Pérez «el picaor», sentencioso en el decir (conformando ambos las dos caras de la moneda). A ellos se une el chofer de la furgoneta, Rubén Velasco, que conduce a las plazas al maestro y su cuadrilla. Este guapo filólogo hispánico liga con las camareras del hotel (de quienes extrae útiles informaciones sobre el lugar en el que se encuentren) y siempre aparece regido por un oportuno sentido común.

Resulta inevitable, en estas coexistencias forzadas entre hombres, sacar a colación al cineasta Howard Hawks, quien retrató a la perfección en títulos como Solo los ángeles tienen alas y Hatari! las luces y sombras de tales convivencias.

Recurriendo tanto a evocaciones lejanas (la infancia de Antonio Rodríguez en un periférico barrio madrileño) como a otras más cercanas (su triunfo en Las Ventas de 1997 o las recientes fiestas de San Fermín, donde el diestro se ha reencontrado con su mayor fan, una francesa de proustiano nombre: Odette), Peñalver, sin el menor alarde de artificio, con retención y naturalidad de mano maestra, trenza una obra muy diferente a lo que hoy se lleva.

Desde su fundación, la novela es un género voluntariamente impuro, que admite discursos ajenos a su esencia. La estructura deshilvanada, que podría considerarse una falta de control por parte del autor, ha contribuido a crear un género flexible y abierto a muy diversos estímulos –un género refractario a la reductora idea de «perfección formal»– y ha autorizado a muchos autores a incorporar narrativas variadas al cuerpo de la novela. Peñalver ha sabido liberarse de las rémoras formales y «profesionales» del redactor concienzudo y demasiado consciente de su oficio: en él, por el contrario, se percibe un saludable retorno a la vieja tradición cervantina del pastiche que sus lectores sin duda celebrarán.

Es esta una obra presidida por «lo taurino». Ello es indiscutible. Muchas páginas de estricta tauromaquia glosan rivalidades taurinas como las de Joselito y Belmonte –y que encuentran correlato en la de Antonio Rodríguez y José Delgado–, o esas otras que recuerdan faenas míticas como las protagonizadas por César Rincón en Las Ventas durante 1991; y eso por no nombrar las nociones del toreo según Antonio Rodríguez, como la que por ejemplo dicta en la página 191: 

«Mi concepción del toreo tiene que ver con lo puro. Me considero un purista y me gusta el arte en todos los sentidos. Pero para eso se necesita un toro con características determinadas. Eso no quiere decir que yo ante un toro difícil al que le pueda sacar partido no le eche valor y reaños para lidiarlo».
En un libro acaparado por el toro, hay algo en él, sin embargo, que lo hace ir más allá, casi trascendiéndolo… Porque lo que a «La muerte del Minotauro» da un empaque aún mayor acaban siendo esas variadísimas disquisiciones mantenidas entre sus personajes. Por la novela entran y salen, como en un enloquecido carrusel, todo tipo de sujetos, dueños cada uno de sus particularidades, expuestas éstas en diálogos muy certeros, bien oídos. Mientras Antonio Rodríguez relee en su solitaria habitación «Cien años de soledad» o escucha a Camarón, sus subalternos dilapidan la noche dándole fuerte al mus o al julepe en las cafeterías de los hoteles. Allí se discute de cualquier cosa: a las consideraciones taurinas (¿deben torear las mujeres?) siguen controversias filosóficas y hasta literarias. Así, se cruzan insultos con británicos que despotrican contra la fiesta de los toros; clientes que explican las peculiaridades de Macondo y Comala son relevados por comentarios sobre Prosper Mérimée y sus temerarias apreciaciones sobre los toreros; los términos taurinos que aparecen en la conversación habitual de los españoles son recolectados por Rubén, quien da buena muestra de ellos a nada que se lo pidan; son recurrentes las citas a Federico García Lorca; el mundo del cante jondo y su duende (extensible al toreo), conocido por un experto como Patricio Peñalver, entran a chorro por su novela con contagiante intensidad… Todos estos asuntos aparecen, y otros más, pero nunca recargados con el peso muerto del detallismo naturalista que podría temerse. Con su suma el autor logra acercarse a la concisión, a la veracidad, a la energía viril, algo que, en perfecta correspondencia con el tema principal –el taurino–, caracteriza a las obras verdaderamente grandes.

Ambientada en 2001, las referencias a aquella España del segundo gobierno de Aznar (con el euro recién llegado y en la que todavía se hablaba en pesetas) se cuelan comentarios de la nueva ley de partidos (que ilegalizó a Herri Batasuna). Los primeros hits de Shakira (es la época del álbum «Laundry service») se escuchan por cualquier esquina y Lucía Vargas, el gran amor del torero Antonio Rodríguez, logra el éxito clamoroso con su segundo disco.

El temido extravío del mozo de espadas en la noche bogotana hace suponer que haya sido víctima de un secuestro (o algo bastante peor). A pesar de ello, la corrida en el albero de Santamaría que enfrenta –en otro «verano peligroso»– a Rodríguez y Delgado acaba celebrándose como un homenaje a José Vargas, a quien se ha dado por muerto. Antonio Rodríguez logra un éxito clamoroso, rotundo. Al final de la dantesca tarde se encadenan sobrecogedores y asombrosos acontecimientos que dejan al lector literalmente estupefacto y que mejor no adelantar para que, ahora mismo, corra a su librería más próxima a por esta novela ejemplar: «La muerte del Minotauro».


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nació en Bilbao en 1966 y es diplomado en Relaciones Laborales y máster en Prevención (especialidad Seguridad e Higiene en el Trabajo). Residió un año en Buenos Aires tras ser becado por el Gobierno Vasco para llevar a cabo un trabajo sobre la legislación laboral argentina. En la actualidad se dedica en exclusiva a escribir guiones cinematográficos y a la literatura. En 2015 ha editado con Ediciones Oblicuas su primera novela, “Alcohol de 99º”. Recientemente ha terminado “Prosas para eunucos”, un libro de relatos en busca de editorial. Además de para Cita en la Glorieta, también reseña para las revistas Calibre. 38 y Moon Magazine.


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Javier Alonso García-Pozuelo