Reseña de «Los viejos papeles», de David G. Panadero

RESEÑA DE «LOS VIEJOS PAPELES», DE DAVID G. PANADERO (Editorial Cuadernos del Laberinto, 2016)
Manu López Marañón
Ahora que es costumbre publicar mamotretos que superen las 500 páginas so pena de ser olímpicamente desdeñado por el visitante de librerías, ahora que los escasos aficionados a la lectura nos hemos acostumbrado a hacer pesas mientras pasamos hojas (nuestra actividad se convirtió, gracias a estos tochos, en una especie de «sedentarismo musculado»), ahora que, en fin, corres el riesgo de ser aún más ignorado si cabe cuando decides expresar tu mundo narrativo con concisión, pues entonces viene David G. Panadero (Madrid, 1974) y para su debut presenta una obra de 125 páginas, que son las que tiene –ni una más ni una menos– «Los viejos papeles». ¿Temeraria voluntad de pasar desapercibido? ¿De querer ser un autor conscientemente minoritario? ¿O ganas de marcar la diferencia? Supongo que una mezcla de todo habrá pasado por la transgresora cabeza de tan singular autor a la hora de entregar a la imprenta esta novela sin etiquetas (ni negra, ni breve; ni rosa, ni histórica), y cuya lectura resulta, adelantémoslo, atractiva a más no poder.

En «El fantasma del cine Roxy» (1985) Juan Marsé enfrenta a un reputado novelista con un testarudo director de cine. Reunidos en la terraza del escritor tratan de dar forma a un guion que rodará el cineasta. La falta de empatía, una no encubierta desconfianza y hasta las sangrantes descalificaciones entre ambos creadores presidían este relato, en el que apenas se daba forma fílmica a un argumento que, por otra parte, no iba más allá de un refrito de las obsesiones literarias del propio Marsé.

Considerado el cuento más aburrido de Julio Cortázar, en «Los pasos en la huella» (1974), su protagonista, un prestigioso crítico persigue los rastros dejados por un olvidado poeta porteño. La verdad de las relaciones del vate con una mujer decisiva en su vida, desvelada gracias a unas cartas, arrojaba una insospechada luz sobre su más bien repugnante personalidad.

Por último la novela de Miguel Sánchez-Ostiz, «La gran ilusión» (premio Herralde 1989, uno de esos títulos que dejan impronta y por los que no pasa el tiempo pero sí un injusto olvido) contaba la historia de tres amigos en el sur de Francia (uno, el típico macho dominante; otro con talento literario y, por último, el que rehúye salir del terruño: el más práctico de todos). Sus evoluciones, triunfos y fracasos, así como las traiciones que se infringen (mortal alguna de ellas), constituyen una cínica radiografía de la amistad masculina.

A la hora de abrir un libro cada cual tiene su acervo de referencias, un bagaje que –de forma consciente o inconsciente– viertes sobre la nueva lectura y que, a menudo, resulta incompartible. Así, para mi asombro, encuentro en la contraportada de «Los viejos papeles» que se compara la obra de G. Panadero con la narrativa de Buzzati… ¡y con las películas de Sergio Leone!... No es difícil imaginar igualmente a ese reseñador llevándose sus manos a la cabeza al descubrir cómo las influencias de Marsé, Cortázar y Sánchez-Ostiz resultan tan innegables, para alguien, en «Los viejos papeles». Ricardo Piglia dijo que «escribir es un intento inútil de olvidar lo que está escrito»; parafraseando al genio argentino podría afirmarse que leer es un intento inútil de olvidar lo que se ha leído.

En «Los viejos papeles» Arturo Iglesias investiga para «La novela popular bajo el franquismo», ensayo suyo sobre un mundo hoy desaparecido: aquel de las novelas de quiosco –o de a duro– que tan populares fueron, tanto por tramas (del Oeste o de gánsteres, con sus infaltables ensaladas de tiros: las editoriales Bruguera y Rollán buscaban lo seguro) como por precio (en el cuento de Marsé se dice que en una librería-papelería de Barcelona podías llevarte 8 por 5 céntimos). Superviviente de aquella época de hambre, frío y carestías es Mateo Duque, quien firmaba como «Matt Duke». Un curro estajanovista de contratos leoninos lo obligaban a despachar 6 novelas en 2 meses…, algo solo posible mediante masivas ingestas de centrominas. Arturo descubre cómo Mateo fue amigo de sus padres, Juan y Victoria, y, ya entrado en confianzas, propone al autor rematar una novela suya, inacabada. «Yo la asesina», frenética historia de venganzas y traiciones, ata a Arturo Iglesias y Mateo Duque en maratonianas sesiones donde Mateo juega el rol del maestro talentoso y Arturo el del aprendiz. Esta estrecha colaboración para dotar de entidad a la novela (el esbozo de su protagonista –la neoyorquina Violent Vicky– ocupa jornadas enteras, casi tantas como las invertidas para armar la trama), este pulso creativo, se ve interrumpido por la irrupción del pasado: un pasado en forma de posguerra con luchas obreras, detenciones y estancias en la DGS, e ingresos en Carabanchel.

No ha tenido problema G. Panadero a la hora de completar un argumento que fluye con entereza. El tono de «Los viejos papeles» ofrece el ritmo preciso para que la anécdota funcione, transformándose y ramificándose hasta el nivel de complicación requerido por su inspirado creador. Cualquier novela de esta extensión suele desarrollar dos historias: una evidente y la otra secreta, siendo que la historia secreta acaba configurando la clave de la narración. «Los viejos papeles» incluye datos escondidos con significación suficiente para impregnar a la historia que se cuenta, para darle el suspense requerido. La incertidumbre que G. Panadero da a aquello que realmente ocurre la obtiene silenciando (en algunos casos –bien cierto es– retrasando unas cuantas páginas) lo que falta y obligando al lector a intervenir en la historia, completándola.

Por el autor sé que esta versión de «Los viejos papeles» publicada en 2016 procede de una anterior edición. Me comentó también David cómo la impresión pretérita ha sido convenientemente depurada. Dura labor. No es fácil renunciar a lo que no conviene a la prosa de uno, sobre todo desechar los hallazgos que brillan con luz propia pero no tienen nada que hacer en ese texto. Y es que la resistencia a suprimir estupendos fragmentos suele ser la perdición de muchos... G. Panadero ha sabido emplear con brío su bisturí para esculpir esta inolvidable opera prima.


Puedes escuchar la intervención de David G. Panadero para clausurar la II SEMANA NEGRA EN LA GLORIETA, celebrada del 21 al 27 de Mayo de 2017, en la que nos habla sobre el artículo «El arquetipo del detective-dandi», de Inés Mendoza, pinchando AQUÍ.

Muchas gracias por visitar La Glorieta.

nació en Bilbao en 1966 y es diplomado en Relaciones Laborales y máster en Prevención (especialidad Seguridad e Higiene en el Trabajo). Residió un año en Buenos Aires tras ser becado por el Gobierno Vasco para llevar a cabo un trabajo sobre la legislación laboral argentina. En la actualidad se dedica en exclusiva a escribir guiones cinematográficos y a la literatura. En 2015 ha editado con Ediciones Oblicuas su primera novela, “Alcohol de 99º”. Recientemente ha terminado “Prosas para eunucos”, un libro de relatos en busca de editorial. Además de para Cita en la Glorieta, también reseña para las revistas Calibre. 38 y Moon Magazine.


¿NOS ECHAS UNA MANO?
Si te gusta alguna de las secciones de este blog, ayúdanos a crecer, compartiendo CITA EN LA GLORIETA en las Redes Sociales.

También puedes seguirnos pinchando AQUÍ.

¡Muchas gracias por la ayuda!

Javier Alonso García-Pozuelo