Biografía de Carlos I de España (XVIII Parte), por Víctor Fernández Correas

Os ofrecemos un nuevo capítulo de la vida del emperador Carlos I de España y V de Alemania, cuya biografía publicamos por cortesía del escritor extremeño Víctor Fernández Correas, autor de las novelas La conspiración de Yuste y La tribu maldita.


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UNA PENSIÓN COMPLETA EN MADRID
Víctor Fernández Correas
Dejamos a Carlos al final del capítulo pasado dando palmas con las orejas tras la derrota y captura de Francisco I a cargo de las tropas que aguantaron a las huestes francesas en Pavía. Y había que darlas toda vez que, por falta de dineros —el pan nuestro de cada día—, no quedaba más remedio que licenciar a las tropas —no sólo españolas, sino también italianas, alemanas, de los Países Bajos…—. Pero ocurrió lo de siempre, que si no hay lo que hay que tener y tal, y en un golpe de mano derrotaron a los franceses y se llevaron el Premio Gordo del sorteo, que era su monarca preso; captura debida a un soldado llamado Juan de Urbieta. En Madrid hasta tiene una calle a su nombre.
   
Y del Castillo de Pizzighettone, en Milán, Francisco I salió rumbo a Barcelona, donde desembarcó el 19 de junio de 1525. Y de allí, siempre por mar, hasta Valencia; en Requena lo recibió un cortejo enviado por Carlos y presidido por el obispo de Ávila; y entró en Madrid el 12 de agosto, con las calles atestadas de gente. El rey de Francia prisionero, ahí es nada. ¿Y Carlos? Dando palmas con las orejas, repito. Un gran golpe de mano, el suyo.
   
Ahora, la estancia de Francisco I en Madrid dio para mucho. Pero que para mucho. Para empezar, ¿dónde pasó su cautiverio? La creencia popular mantiene que en la Torre de Lujanes, en la actual Plaza de la Villa. Creencia popular, repito, alimentada por autores como el Maestro Gil González Dávila, entre otros. En su Teatro de las grandezas de la Villa de Madrid llega a escribir en 1622 que «llegó el Rey Francisco preso á Madrid, y las casas donde estuvo aposentado están en la parroquia de San Salvador, y eran de Fernando Luján, mientras no le pasaron á Palacio». Sin embargo, no son pocos los historiadores y escritores —Francisco Guicciardico, Ponto Rentero Delfio, Esapion Dupleix, Andrés de Chesnales…— que ubican dicho cautiverio en el Alcázar —el poeta Luis Zapata, en su Carlo famoso, de 1566, explica que el francés «de allí en Madrid el Rey fué aposentado en el Alcázar Real con su corona, a donde fué servido y fué tratado». Aceptemos, pues, Alcázar como animal de compañía.

Segundo, las negociaciones para su liberación. Hors catégorie, que dicen en la tierra de Francisco I. Carlos pidió recuperar el ducado de Borgoña a cambio de dejarle libre, a lo que el francés respondió que verdes las habían segado; y que eso suponía borrar casi medio siglo de la historia de Francia, desde los tiempos de Luis XI, de un plumazo. Y Carlos insistiendo en la idea, que era lo menos que merecía por haber desechado la idea de invadir Francia. Algo así como da gracias a las gracias y aquí paz y después, gloria. Y ni paz ni gloria.

Así que los meses fueron pasando sin que ninguno de los dos se apease de su burra respectiva. Meses en los que se temió por la vida del francés, que cayó enfermo al sentirse privado de lo que consideraba el bien más preciado del hombre: la libertad. Y no es que estuviera recluido en una celda de dos por dos y con una cama y debajo de ella el orinal, no, pues hasta se le permitía salir a cazar según la jornada. Pero no llevaba bien eso de verse encerrado entre cuatro paredes, por muy grandes que fueran la del Alcázar.

Y fue enterarse Carlos de que el francés podía espicharla en cualquier momento por culpa de la pena del cautiverio, y acudir a Madrid a visitarlo. Sí, porque hasta entonces había permanecido en Toledo. Es decir, que no se vieron las caras durante varios meses. Sólo cuando aconteció la referida circunstancia, a Carlos le entraron sudores fríos. ¿Y si Francisco I moría por culpa del cautiverio? ¿Y si pasaba a la historia como un carcelero cruel? Había que ir a Madrid sí o sí para consolarlo.

El encuentro fue para verlo: Carlos entró en los aposentos de Francisco I, se quitó el sombrero y se abrazó a él. Y el francés, incorporándose, le hizo una reverencia mientras repetía una y otra vez que era su esclavo, a lo que Carlos, conmovido, replicó    —lo dice su cronista Sandoval—: “No, sino libre, amigo y hermano”. A lo que añadió que deseaba que se pusiese bien, que todo se arreglaría, etcétera. Todo esto, a finales de septiembre de 1525.

Total, que Francisco I empezó a mejorar, lo que coincidió con la llegada a Madrid de su hermana, Margarita de Angulema, duquesa viuda de Alençon, para negociar la liberación. Eso sí, no como exigía Carlos. Así que vuelta a empezar. Y viendo el percal, al francés hasta se le ocurrió escapar. ¿Cómo? Pensó en pagar a un esclavo negro que le surtía la chimenea de leña para que se hiciese pasar por él, metido en la cama, mientras se escapaba del Alcázar con la cara tiznada. El plan fracasó, así que le soltó a Carlos aquello de “pues así nos podemos tirar hasta que queramos”. Ni él entregaría el ducado de Borgoña, ni Carlos pensaba renunciar a él. Pero…
 

A mediados de noviembre, Francisco I cambió de táctica.

—Vuestro es el ducado a cambio de mi libertad, pero con una condición.
—Decid.
—Para entregároslo he de hacerlo desde Francia, y en libertad.
—¿Veis este dedo? —le mostró Carlos el índice de su mano derecha—. ¡Pues subid y bailad en él!
 
Como prueba de mi buena voluntad, estoy dispuesto a entregar a mis dos hijos como rehenes y a casarme con vuestra hermana mayor, Leonor.
   
¿Eran o no buenas condiciones? Pues Carlos seguía con el índice levantado. “Que sí, que vale, pero jurad lo pactado sobre el Evangelio y dad vuestra palabra de caballero de que, si a los seis meses no he recuperado el ducado de Borgoña, volveréis a Madrid para ser otra vez mi prisionero”. Tal cual.

Lo que se firmó en el llamado Tratado de Madrid el 14 de enero de 1526. Y todos contentos. Desde entonces y hasta la partida de Francisco I comieron y cenaron varias veces, se entrevistaron en no pocas ocasiones, y también salieron juntos de Madrid en compañía de Leonor y de Germana de Foix –sí, la de Germana, ¡ay mi Germana, manojito de claveles!–. ¿Que hubo lote? Pues no, porque tras la firma del tratado y la boda –en Illescas. Cinco días transcurrieron entre una cosa y otra–, Carlos se encargó de que al francés y a su hermana “sólo les dejasen hablar, pero que no se pudiesen apartar”. ¿La razón? Que no se fiaba de Francisco. Y eso que, después de la boda, le prometió cumplir todo lo pactado y hasta le animó a someter juntos Venecia y a repartirse los Estados pontificios. La respuesta de Carlos: que él no se quedaba con lo que no era suyo.

Finalmente, el 8 de marzo, Francisco I llegó a Fuenterrabía —y Carlos, en Toledo—, mientras Leonor esperaba en Vitoria el cumplimiento de lo pactado antes de entrar en Francia; de donde llegaron, poco a poco, los hijos del francés.

Bien. Parece que se cumplió lo pactado… Pues no. Antes de la firma del Tratado de Madrid, Francisco I se guardó las espaldas con una protesta notarial en secreto y ante algunos de sus servidores, que daba por anulado un Tratado que, adujo, se vio obligado a firmar en prisión. Tela
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© Víctor Fernández Correas

Carlos I de España
- Bernard van Orley -

Víctor Fernández Correas nac en 1974 y le dio por empezar a escribir a eso de mediados del año 2000, que fue cuando ganó un certamen de relato corto en su pueblo, Valverde de la Vera (Cáceres). Repitió al año siguiente y también ganó. Y asimismo fuera de su pueblo –por ver si sonaba la flauta-, como le ocurrió con el Primer Certamen de Relato Corto «Princesa Jariza» de Jaraíz de La Vera en ese mismo 2001. En 2008 se publicó su primera novela, La conspiración de Yuste, editada por La esfera de los libros. Cuatro años después, en 2012, volv a aparecer en el mercado literario con La tribu maldita, editada por Temas de hoy (Editorial Planeta). Hace unos meses terminó una tercera pendiente de publicar y ahora está con una cuarta encima de la mesa. También ha colaborado en la antología Cervantes tiene quien le escriba, editada por Ediciones Traspiés en 2016, con el relato «La del alba fue».



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