Biografía de Carlos I de España (XIX Parte), por Víctor Fernández Correas

Os ofrecemos un nuevo capítulo de la vida del emperador Carlos I de España y V de Alemania, cuya biografía publicamos por cortesía del escritor extremeño Víctor Fernández Correas, autor de las novelas La conspiración de Yuste y La tribu maldita.


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¡NOS VAMOS DE BODA!
Víctor Fernández Correas
Dejamos en la anterior entrega de esta vida de mi colega Carlos a éste henchido de gloria tras derrotar a Francisco I en Pavía. Después lo tuvo preso en Madrid durante unos meses y luego, una vez libre, se la jugó como todos preveían. Pero había que casarlo de una vez, no se le fuera a pasar el arroz —y con ello, la ausencia de un heredero; las Cortes, de los nervios, etcétera—. Que ya andaba por los 26 tacos de almanaque, como dice mi admirado Pérez-Reverte. Pues eso. Pero…

¿Recordáis cuando visitó a Enrique VIII y firmó una alianza con él para contener al francés? Una de las condiciones expuestas en dicha alianza era el casamiento de mi colega con María, la hija del inglés. Lo de los matrimonios con ingleses venía de lejos —su tía Catalina, hija de Isabel y Fernando, es un buen ejemplo—, pero María tenía poco más de diez años en ese momento. Y había otro asunto: la falta de perras para acometer proyectos de todo tipo y tapar agujeros, que haberlos los había, y muchos y gordos. Así que desde los Países Bajos se sugirió otra posibilidad: tirar de la vía portuguesa. Vía que contentaba a todos.

Primero, a los mismos portugueses, que venían reclamándola desde hacía tiempo; segundo, a las Cortes castellanas, que ansiaban una boda que, además, trajera consigo una buena inyección económica a las arcas de la corona. Así que, de perras, los portugueses andaban más que sobrados. Y había candidata lista para el casamiento: Isabel, hija de Juan III, monarca luso. Por lo tanto, ¿Isabel o María? He ahí la cuestión. La decisión le correspondía a Carlos, que ya había manifestado en España más inclinado por la vía portuguesa, pero que tampoco deseaba contrariar a su primo, Enrique VIII.

¿Qué tenía a favor Isabel? Muchas cosas, además de las perras. Era guapa, se manejaba en castellano con soltura y de ella hablaba bien todo el mundo. Incluso los comuneros, para quienes la infanta portuguesa era “muy excelente persona e muy hermosa”. Además, su carácter era grave y prudente, aspecto en el que recordaba a Isabel, la abuela de Carlos. Mejor elogio, imposible. En definitiva, la elección estaba hecha: Isabel. El mismo Carlos decidió cerrar las negociaciones de su boda con Portugal, mientras solventaba el percal con su primo, Enrique VIII, como buenamente se podía.

En consecuencia, el 17 de octubre de 1525 se firmaron las capitulaciones matrimoniales, que fijaban las condiciones económicas del enlace: 900.000 doblas de oro castellanas a percibir por Isabel —a 365 maravedíes la dobla. O sea, un pastizal—. A ello hay que unir otras 300.000 pagadas para Isabel según lo dispuesto en la dispensa papal, puesto que Carlos e Isabel eran primos. Grosso modo, porque en esto luego hay flecos que, de citarlos todos, estaríamos hasta el año que viene hablando de ellos, como poco.

¿Qué faltaba? La boda. En Sevilla, nada menos. Pero hasta llegar allí, Isabel se pegó un viaje de los que hacen época, y nunca mejor dicho. Arrancó en la villa portuguesa de Almeirim y lo hizo acompañada de un cortejo a la altura del viaje. “E con ellos toda la flor de Portugal”, recogen las crónicas de la época. Al que esperaba en la frontera entre ambos países otro castellano de parecida magnitud o más, y que se hizo cargo de la infanta el 7 de febrero de 1526. “Iba la Emperatriz dentro de una litera de brocado muy rico… Dos caballos muy hermosos la traían…”. Pues eso, de época.

Pero cuando parecía que la boda se celebraría de inmediato, Carlos dio la orden de que el cortejo se adentrara en territorio español despacito, como canta Luis Fonsi, y en cortas etapas. Que le diera tiempo de resolver todos los jaleos provocados por Francisco I y su falta de palabra. Y esto provocó cierto resquemor entre los portugueses: que si Carlos no estaba ilusionado, que si Isabel no era más que una molestia para él con lo liado que estaba…

El 3 de marzo de 1526 entró Isabel en Sevilla por la puerta de la Macarena vestida toda de raso blanco y oro, hermosa hasta decir basta, tocada con una gorra de raso blanco y en ella una pluma de lo mismo. Ciudad que se volcó en el recibimiento como ninguna otra para mostrarle su cariño. E Isabel, tan contenta… Pero Carlos no llegaba. Y la sensación de desaire no hacía más que crecer entre los portugueses y también en ella misma.

No lo hizo hasta el día 10. El recibimiento, propio de un Emperador: paso por debajo de siete arcos triunfales, todos con leyendas cargadas de simbología de lo que el pueblo esperaba de su reinado. Y se fue a verla de inmediato al Alcázar, donde se alojaba Isabel. En el camino, las dudas lógicas: ¿cómo sería? ¿Sería tan guapa como le habían dicho? Etcétera. Las mismas que tenía ella. Cuando se vieron, cuentan las crónicas que “cuando entró [Carlos] en el Alcázar era ya dos horas de la noche, y entró con muchas hachas. Y cuando llegó al aposento de la Emperatriz e se vieron, la Emperatriz se hincó de rodillas e porfió mucho por le besar la mano. El Emperador se abajó mucho a la levantar, abrazándola, e la besó e la tomó por la mano e se entraron en otra cámara e se sentaron…”.

En resumen, fue una boda por todo lo alto y el amor que se profesaban duraría toda la vida. Y como el calor empezaba a arreciar en Sevilla, la pareja decidió pasar su luna de miel en Granada. Días de felicidad, de vino y rosas, etcétera, donde satisfarían lo que más ansiaban las Cortes: un heredero
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© Víctor Fernández Correas

Carlos I de España
- Bernard van Orley -

Víctor Fernández Correas nac en 1974 y le dio por empezar a escribir a eso de mediados del año 2000, que fue cuando ganó un certamen de relato corto en su pueblo, Valverde de la Vera (Cáceres). Repitió al año siguiente y también ganó. Y asimismo fuera de su pueblo –por ver si sonaba la flauta-, como le ocurrió con el Primer Certamen de Relato Corto «Princesa Jariza» de Jaraíz de La Vera en ese mismo 2001. En 2008 se publicó su primera novela, La conspiración de Yuste, editada por La esfera de los libros. Cuatro años después, en 2012, volv a aparecer en el mercado literario con La tribu maldita, editada por Temas de hoy (Editorial Planeta). Hace unos meses terminó una tercera pendiente de publicar y ahora está con una cuarta encima de la mesa. También ha colaborado en la antología Cervantes tiene quien le escriba, editada por Ediciones Traspiés en 2016, con el relato «La del alba fue».



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