«El hacedor de titulares», de Álex Oviedo y Elena Sierra - Reseña y entrevista

RESEÑA DE «EL HACEDOR DE TITULARES», de Álex Oviedo y Elena Sierra. El Desvelo Ediciones (2018)
Manu López Marañón
La periodista cultural Elena Sierra (Bilbao, 1978) manda sus atinadas reseñas y entrevistas literarias (así como artículos culturales de variada temática) al suplemento literario de El Correo –Territorios– y también a Pérgola, el suplemento cultural de Bilbao, un periódico mensualmente publicado por el Ayuntamiento de esa villa. Elena Sierra es asimismo autora de Nicolás Mª de Urgoiti (Muelle de Uribitarte Editores, 2015), una completa biografía sobre el creador del imperio La Papelera Española que fundó después periódicos de la categoría de El Sol, La Esfera y Mundo Gráfico (por si esto no fuera bastante, más tarde puso en pie la editorial Espasa Calpé). El hacedor de titulares (la parte que le corresponda) es la inicial incursión de Elena en la ficción.

Álex Oviedo (Bilbao, 1968) tiene una presencia decisiva, tanto por la cantidad como por la calidad de sus colaboraciones, en la citada Pérgola, donde se encarga de reseñar, personalmente y con valiente rigor, a escritores no tan conocidos que publican en editoriales casi desconocidas: no somos pocos los que hemos tenido la primera –y muchas veces, última– reseña en papel de periódico de nuestro libro gracias a ese encomiable empeño de Álex Oviedo a la hora de visibilizar a tanto autor que no ha tenido la fortuna de editar en ese grupo editorial que no hace falta nombrar. Autor de varias novelas (yo sólo conocía Cuerpos de mujer bajo la lluvia, una deliciosa y melancólica novela corta), El hacedor de titulares (la parte que le corresponda) supone la primera experiencia de Álex en la autoría a cuatro manos.

La decisiva importancia de nuestros autores de hoy como periodistas culturales en Vizcaya requería estas notas biográficas, más amplias de lo habitual en Cita en la Glorieta.

Durante su intervención en la última edición de los «Encuentros sobre género negro Bruma Negra» Álex Oviedo hizo hincapié en resaltar cómo El hacedor de titulares, aun pudiéndose englobar dentro del canon noir, era bastante más que una novela de investigación criminal. Y tras haberla leído le doy la razón.


Para empezar, la investigación policial sobre el asesinato –¿o suicidio?–, en un lujoso hotel, del prolífico escritor colombiano Gumersindo Gutiérrez ha sido sustituida por eso que viene en llamarse «periodismo de investigación» y en donde un periodista (dos en esta novela) se encarga de husmear y rastrear los indicios y evidencias del caso hasta conseguir su resolución. La policía tiene un papel secundario y aparece subordinada a los avances de Alberto Pilares –periodista cultural de La Provincia– y Erika Doval –periodista de La Gaceta–. Ambos unen su oficio e instinto de plumillas para desentrañar la muy extraña muerte de quien, entre otros best sellers, ha escrito La pasión dormida de la selva, novela que narraba los amores entre un terrorista de las FARC y su secuestrada.

Dijo Joyce: «Un escritor no debe nunca escribir sobre lo extraordinario: eso queda para el periodista». En el caso de El hacedor de titulares encontramos una variopinta mezcolanza: los «autores» de la novela (entrecomillo porque hay giro –y de los buenos– en los párrafos finales) son, a la vez, periodistas y narradores; los protagonistas principales, Alberto y Erika, son periodistas pero, al mismo tiempo, protagonizan una ficción… Semejante delicioso juego policíaco-literario, nada forzado ni inadecuado, se nos sirve en una apetitosa bandeja en la que lo extraordinario destaca hasta que el desenlace lo desentraña con esa aparente simpleza que solo los muy experimentados son capaces de (re)crear.

Alberto Pilares y Erika Doval pronto ponen boca arriba importantes bazas ocultas de esta peculiar partida entre el lector y ellos: el colombiano Gumersindo Gutiérrez en realidad era Víctor Monleón, autor salmantino de novelas de escaso éxito, separado que deja tres hijos y una ambiciosa mujer a la espera de disfrutar de sus ahora cuantiosos derechos de autor. El inesperado éxito de la novela selvática motiva el cambio de nacionalidad y de look de este Víctor/Gumersindo, ya que desde ese instante empieza a ataviarse con grandes sombreros tipo «Cocodrilo Dundee» y a vestir como un tronado aventurero en busca de griales.

Otra línea de investigación, en teoría alejada del crimen en el hotel, lleva a Alberto y Erika a desentrañar los chanchullos que se han producido en dos museos, el de Arte contemporáneo y el de la Moda –este aún sin inaugurar, pero que ya ha generado sus propios desfalcos–. Directores de pinacoteca (Leandro Millares), directores financieros (Eleazar Aymerich), consejeras (Amparo Viteri), ediles (Luis Delano) y, hasta arquitectos cubanos más falsos que los filetes de ternera que fríen en La Habana (Ataulfo Rodrigues), se las componen estupendamente para saquear las arcas de ambos museos. Alberto Pilares y Erika Doval, tras no pocos sudores, ensamblan la trama del asesinato con la de los expolios… Y el ávido lector asiste gozoso al desenredo del caso… giro póstumo incluido.

Pero, por muy entretenida y bien urdida que esté la trama de investigación –y tal y como avanzó el propio Álex–, El hacedor de titulares ofrece la particularidad de complementar los hallazgos detectivescos con variadas perlas que suponen altos en el camino o, si lo prefieren, tiempos muertos que dosifican la acción, permitiéndonos la interrupción para reflexionar sobre esos latigazos que los autores propinan sobre el lomo de su libro. Desarrollaré esto en la entrevista, pero adelanto cómo la mayoría de zarpazos hacen referencia al mundo cultural: presentaciones de libros, prácticas del periodismo escrito, arte actual, las páginas culturales, las editoriales, etcétera.

Se convierte así El hacedor de titulares en texto obligado para los aspirantes a ingresar en cualquier Facultad de Ciencias de la Información de nuestro país (nada mejor que leer este libro para saber dónde se mete uno…) y –en general– para aquellos interesados en comprender el agónico momento en que vive la cultura española. Una lectura desencantada pero que –sin duda– les resultará muy útil.





Entrevista de Manu López Marañón:

1. Me llama la atención algo que, supongo, será un dilema en el escritor que se dedica también profesionalmente a la crítica literaria: entendiendo que aprecia la labor periodística y los recursos económicos que le aporta, creo que, por otra parte, debe lamentar no poder dedicarse a su trabajo de ficción sin interrupciones. ¿Cómo resuelven los escritores y críticos Álex Oviedo y Elena Sierra esta cotidiana esquizofrenia laboral?
 
Álex Oviedo (ÁO): Me sorprende que ciertas obras tengan el éxito de ventas que tienen, pero creo que es a lo más que llega esa esquizofrenia laboral. Normalmente critico (o comento) libros de editoriales más pequeñas, a veces no tan independientes como dicen, porque entiendo que su catálogo es el que más se puede acercar a lo que me interesa leer. No siempre es así, pero es lo que tiene la creación y los gustos. Sobre lo de lamentar no dedicarme profesionalmente a la ficción, me he planteado alguna vez si podría hacerlo (ya he visto que no), pero escribiría entonces con menos libertad. Y no sé si me adaptaría a los ritmos de tener que publicar un libro al año para seguir el ritmo del mercado. Quizás sea una excusa que me pongo, no sé.

Elena Sierra (ES): Uf, yo no tengo de eso porque, afortunadamente, el trabajo que (de momento) hago es el que me gusta. Me gusta de verdad. Es lo que quiero seguir haciendo.  Y la novela es el resultado de un juego, uno bonito, pero en mi caso no pasa de ahí. Lo que me gustaría es tener más tiempo para leer por leer...

2. En el capítulo 2 de El hacedor de titulares se crítica las presentaciones de libros, vividas con intensidad por cualquier autor. Por desgracia, la personalidad que se ha elegido para dar lustre suele llegar (y más si es una estrella mediática) sin haber abierto el libro. Yo sólo tengo constancia de dos autores que se preparen lo que vienen a presentar: son el novelista Alberto Pasamontes (Alcohol de 99º, en Madrid) y la poeta Itziar Mínguez (Cuerpos de mujer bajo la lluvia, en Bilbao). ¿Se os ocurren formas de motivar a estos presentadores «de lujo» para que aparezcan con el libro siquiera ojeado? ¿Consideráis que una buena presentación abre puertas o quizás es algo secundario en unos actos donde prima más el roce social y las bandejas de canapés?
 
ÁO: El ejemplo de Itziar Mínguez Arnáiz con Cuerpos de mujer bajo la lluvia es paradigmático: una escritora que no sólo analizó al detalle la novela sino que lo hizo con mucho acierto. Fue un lujo tenerla como presentadora. Los escritores nos empeñamos en presentar nuestras obras ante el público cuando sabemos que a las de autores desconocidos sólo acuden los amigos, familiares y algún despistado. Y si hay canapés, los asiduos a merendar y beber de gañote. Presentar un libro ante tu público es avivar esa vanidad que tenemos los escritores. La cruda realidad la descubrimos al salir de la zona de confort: entonces a las presentaciones apenas acude media docena de personas; incluso suele haber más gente tras la mesa que entre el público.

ES: Tal vez haya que pasar de los relumbrones, digo,  y confiar en la gente que te quiere, ¿no? No se apuntará todo el mundo, pero seguro que lo pasáis mejor. Se crea algo distinto. Una buena presentación depende más de eso que de otra cosa. Que te lo diga Alex, que lleva a un montón de gente a las suyas y así hemos vendido ya como 50 ejemplares. Jaja.

3. En el capítulo 18 leemos: «Las páginas culturales son como los anuncios por palabras, sólo interesan a quienes van a comprar un coche o a mantener una relación sexual de pago». ¿Consideráis realmente que las páginas culturales sirven para bien poco?
 
ÁO: Seguramente como cualquier otra sección del periódico: en mi caso, las páginas de deporte o política me las paso apenas sin mirar, mientras que sí me detengo en las de cultura. Muchas veces me han felicitado al verme en el periódico, aunque no supieran realmente por qué me entrevistaban.

ES: Ese tipo de reflexiones de los personajes son el reflejo de la amargura que sienten por las condiciones en las que hacen su trabajo. Por otro lado, cada vez se compran menos periódicos. ¿Es porque no son útiles? No creo. Sirven para lo que sirven y a quien le sirven. A mí me gustan y me parecen interesantes, y el periodismo me sigue pareciendo necesario. ¡Incluso el cultural!

4. También en ese capítulo vemos una contundente definición del «periodismo de almanaque» o noticias de teletipo (o agencia) sin creatividad ni contraste de fuentes. Esto genera historias que se leen con la misma rapidez que se olvidan. ¿Es habitual en los diarios recurrir a ese periodismo «en diferido»? ¿Os veis obligados a practicarlo?
 
ÁO: La definición «periodismo de almanaque» se la debemos a un buen periodista amigo nuestro, Jöel López Astorkiza, con el que coincidimos muchos años entrevistando a escritores. Ese tipo de periodismo tan habitual en este tiempo de Internet en el que lo importante es contar una noticia sin que importe realmente su veracidad (quizás de ahí la proliferación de las famosas fake news que ha popularizado Trump a base de twits). Durante algunos años trabajé en una redacción en la que nos limitábamos a plasmar lo que nos mandaban las agencias o gabinetes de prensa (los partidos políticos nos acribillaban con material inútil pero que nos permitía llenar los vacíos del domingo con titulares en plan Fulano critica a Mengano). En esas ocasiones ni siquiera era necesario contrastar las fuentes, algo fundamental para un periodista que se precie. El periodismo cultural es distinto, porque hablas con los artistas y lo que escribes requiere de más creatividad. El espacio que tengas para desarrollar tu artículo o entrevista es ya otro cantar.

ES: Todo está relacionado con lo mismo: la precariedad, la falta de medios, los recortes. Sí, se practica. En la tele se ve en la cantidad de sucesos tontos que se emiten porque existe un video grabado con un móvil. Aquí, como Alex, yo diré que me salva que no trabajo al día ni en una redacción. Si no, seguramente tendría que comerme mis palabras... O pensaría lo contrario.

5. Una frase genial de Juan Madrid incluida en El hacedor de titulares: «El problema de este país es que en cuanto te destacas un poco en seguida te hacen redactor jefe. En Estados Unidos si eres un buen reportero sigues trabajando como tal hasta que te jubilas. Eso sí, cobrando según tu valía. En España te dan un cargo y dejan que vayas muriéndote de asco sin permitir desarrollar tus aptitudes». Se comenta por sí sola, pero, otra vez, buscamos vuestras aportaciones profesionales.
 
ÁO: Esa frase nos la dijo a Jöel López Astorkiza y a mí cuando le entrevistamos al alimón con motivo de la presentación de una de sus novelas, ahora no recuerdo cuál. Y me gustó porque creo que tiene razón. Hay un principio sobre este tema que me parece genial. Se llama principio de Peter, formulado por Laurence J. Peter, un catedrático de la universidad del Sur de California que viene a decir que las personas que realizan bien su trabajo son promocionadas a niveles de mayor responsabilidad hasta alcanzar su máximo nivel de incompetencia. Según Peter todo puesto tiende a ser ocupado por alguien incompetente para desempeñar sus obligaciones mientras el trabajo es realizado por esos trabajadores que no han alcanzado aún su nivel de incompetencia. Algo muy habitual en la Administración o en los partidos políticos, pero también en otros gremios.
ES: Lo terrible es tirar el talento a la basura, en esta profesión y en cualquiera. Y recompensar las miserias, con la famosa técnica de la patada pa'arriba, en esta profesión y en cualquiera.
 
6. Añora Alberto Pilares dos estilos de periodista: 1) Cary Grant en Luna nueva, la película de Howard Hawks (yo habría nombrado, de paso, una de sus secuelas: Primera plana de Billy Wilder) y 2) Edward Asner en la serie de los 80 Lou Grant. Echa de menos también este periodista de ficción los tiempos de las máquinas de escribir y el humazo de tabaco en las redacciones. ¿Alguno de vosotros es nostálgico de esas formas de entender el periodismo? 
ÁO: Se trata de nostalgia, sin duda, porque la crítica que hacen Howard Hawks o Billy Wilder del mundo de la prensa es despiadada. Hace poco volví a ver Luna nueva y no salimos bien parados ni la prensa ni los políticos. Puede que eche de menos ese tipo de periodismo o que lo haya mitificado.

ES: Nostálgica del humo no, jamás, impósibol. Lo que ganamos en salud y ahorramos en champú con la Ley del Tabaco, se queje quien se queje. Y de que no hubiera un ordenador por cabeza tampoco. ¿De que no se pudiera consultar el archivo sin moverse de la silla? Noooo. ¿De no poder acceder a lo que está publicando otra gente en otros lugares en un click? Habría que estar como un silbo. En cuanto a la persona que ejerce, creo que hay mucha capaz, digna y de confianza. Que no va a llamar a tu puerta o aparecer en tu tablet por arte de magia, eso seguro: tendrás que ir tú a buscarla, preocuparte, hacerte responsable, comparar...

7. Recuerda Alberto las vocaciones periodísticas que obligaban a pisar la calle (como la de aquel Zavalita de Conversación en la Catedral, la monumental obra maestra de Vargas Llosa…), y lamenta que hoy se trabaje más con noticias de agencia porque esos periodistas «sin tiempo para nada» se han reconvertido en voceros de partidos políticos o agentes sociales, cuando no en portavoces de cualquier institución. Pensando en los estudiantes de Ciencias de la Información, ¿adivináis otras salidas más estimulantes para motivar a ejercer la profesión periodística?
 
ÁO: Cuando la prensa se convirtió en un negocio para inversores dejó de atender a lo informativo. La última película de Spielberg, Los papeles del Pentágono, lo muestra a la perfección. El periodista clásico era el que pateaba la calle y metía el dedo en el ojo o en la llaga. De ahí que murieran —y sigan muriendo en muchos países— tantos profesionales. La libertad de prensa es molesta. Los gobiernos, grandes empresas, partidos políticos o agentes sociales entendieron hace mucho que es necesario controlar la información. Eso no quita para que no haya buenos profesionales, como se demuestra a diario, gente que cree en el periodismo. ¿Estímulo para un estudiante de Ciencias de la Información? Querer serlo. Es lo único que vale.

ES: Creo que la tele les estimula mucho. Y las redes. Jaja. Yo soy de otra escuela, ni mejor ni peor, la de mi época; pero lo que tengo claro es que son la curiosidad y la idea del interés público -no, no es cotilleo ni morbo, es otra cosa, la función social- los que deben estimular a quienes se dedican al periodismo.

8. Capítulo 22: «Las editoriales acaban funcionando como agencias de viajes que convocan a los periodistas especializados para llevarlos a un hotel en la costa donde se entrega un premio literario, les dan de cenar y les regalan un bolso de viaje.» Se dice después «que hay también promociones más económicas, así libros acompañados de dulces, corazoncitos luminosos e incluso bolas chinas». Con la crisis, «el grupo Planeta ha pasado de regalar, en el quincuagésimo aniversario de su principal Premio, un reproductor de dvd a entregar relojes-despertador». Nos reímos por no llorar. Por favor, aclarar qué cuota hay de legítimas exageraciones novelescas en todo este circo tan ajeno a lo literario.
 
ÁO: Hay un punto de exageración en la novela, por supuesto, pero a partir de la promoción real que utilizaban muchas editoriales para dar a conocer a sus autores ante los medios o ante el público. A veces, además de esos regalos llevaban a la prensa a conocer el campo de concentración de Mathausen días antes de la aparición de una novela sobre nazis o a Nueva York a seguir la pista de la autora de éxito que abrirá el próximo número de un suplemento dominical. Es parte de la promoción.

ES: Llegué tarde... Pero algo me contaron. Hubo una época que parece pura exageración, aquella en la que los laboratorios se llevaban a nuestros médicos a hoteles de cinco estrellas al Caribe para hablarles de no sé qué nuevo medicamento. Y a los políticos les regalaban chalets, ¿no? ¿O eran másters? País...

9. Respecto a las pequeñas editoriales tan de moda (independientes, de coedición, de autoedición, etc.) y abundantes, –y que tan nefasto servicio ofrecen a quienes recurren a ellas–, explicáis cómo recurrir a Internet para promocionarse es su principal medio y os preguntáis si realmente la red sirve para una efectiva difusión de la literatura. Parece que pensáis que no, que aunque un autor salga en blogs o páginas webs culturales eso, en realidad, no sirve, y que la única salida para su visibilidad sea lograr la complicidad con libreros y medios de comunicación escrita (aunque en ellos cada vez haya menor espacio para los libros). Desarrollar un poco estos temas que tanto interés ofrece a quienes estamos obligados a recurrir a esas editoriales.
 
ÁO: Internet o las redes sociales sirven para dar visibilidad a los escritores. Y para que tus seguidores sepan que has publicado una obra. Que aparezcas repetidamente en Facebook o Twiter no significa que tu novela se vaya a vender mejor. Como tampoco salir en prensa asegura las ventas. La complicidad del librero sí ayuda a que el libro se mueva, porque permite una mejor colocación en la librería y puede recomendarlo a un futuro lector. Sin embargo, la cantidad de novedades semanales hacen difícil esta posibilidad. Al final lo que funciona es el boca a boca, la recomendación de los prescriptores. Si un libro gusta se acaba vendiendo, aunque para eso el lector tiene que encontrarlo en las librerías.

ES: A estas alturas yo me pregunto qué es la visibilidad, y siempre cuál es el objetivo. Cuando yo busco información de un autor o autora en la red, me puedo encontrar el mismo texto 20 veces (en blogs o páginas diferentes que se supone que crean contenido diferente). El mismo. No puede ser. No son 20 impactos, es un horror. Y a veces es la contraportada del libro. Ese es para mí el gran problema de las redes. Pero es el mismo que en las redacciones: pensar que se puede hacer un buen producto sin invertir nada, ni tiempo ni dinero (la primera sola o ambas cosas, aunque la primera sola es también a menudo la segunda). Para quien se quiera ofender, añado: me refiero a una parte enorme de los contenidos que pululan, no a todos. Y me remito a la respuesta de Alex: consigue que la gente de la librería te quiera y tendrás ganado un buen trecho.

10. Para terminar. Os pedimos una valoración de cómo ha resultado escribir al alimón El hacedor de titulares. También queremos saber si tenéis previstas más colaboraciones novelísticas y vuestros planes de futuro a nivel individual. 
ÁO: El hacedor de titulares fue un juego entre Elena y yo que nos resultó divertido; fue fácil porque íbamos añadiendo piezas a la historia a partir de anécdotas periodísticas que habíamos vivido. Yo lo viví como un entretenimiento de dos periodistas con una mirada similar e irónica ante la precariedad laboral y la realidad social del momento. Quizás lo más complicado fue darle una unidad, que no se notase demasiado que estaba escrita por dos personas. Nos han preguntado varias veces si Erika Doval y Alberto Pilares protagonizarán otra historia... Son personajes que resultan atractivos. También si repetiremos la escritura al alimón. Quién sabe. De momento yo acabo de terminar de corregir una novela de corte más político que está en manos de mi editor, y he empezado otra con Alberto Pilares como personaje. El tiempo dirá si está en ella Erika Doval.

ES: Fue gracioso. Que hubiera otra persona en la misma faena me sirvió para ponerme un objetivo de ficción durante un tiempo, cosa que no había hecho antes. Y para reírme mucho y exorcizar mucho demonio. Qué más le puedes pedir a un libro. Bueno, hay mucho más, pero no era el caso. El futuro, espero, estará lleno de reseñas, críticas, entrevistas, reportajes... Las que yo escribiré sobre quienes escribís, actuáis, cantáis, dirigís. Ya tengo el bolso lleno de libros. Me voy a leer otro rato
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nació en Bilbao en 1966 y es diplomado en Relaciones Laborales y máster en Prevención (especialidad Seguridad e Higiene en el Trabajo). Residió un año en Buenos Aires tras ser becado por el Gobierno Vasco para llevar a cabo un trabajo sobre la legislación laboral argentina. En la actualidad se dedica en exclusiva a escribir guiones cinematográficos y a la literatura. En 2015 ha editado con Ediciones Oblicuas su primera novela, “Alcohol de 99º”. Recientemente ha terminado “Prosas para eunucos”, un libro de relatos en busca de editorial. Además de para Cita en la Glorieta, también reseña para las revistas Calibre. 38 y Moon Magazine.


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Javier Alonso García-Pozuelo