Biografía de Carlos I de España (XXI Parte), por Víctor Fernández Correas

Os ofrecemos un nuevo capítulo de la vida del emperador Carlos I de España y V de Alemania, cuya biografía publicamos por cortesía del escritor extremeño Víctor Fernández Correas, autor de las novelas La conspiración de Yuste, La tribu maldita y Se llamaba Manuel.


Puedes leer las entregas previas pinchando AQUÍ.

HABEMUS HEREDERO
Víctor Fernández Correas
Dejamos en la anterior entrega de este repaso a la vida de mi colega Carlos a los tortolitos —él y su amada Isabel— abandonando —con pena, con mucha pena— Granada para acudir a Valladolid, donde se celebrarían Cortes en 1527.

Que
Carlos convocara Cortes mosqueó a más de uno y de dos —se convocaban cada tres años, y ese plazo no se cumplía en 1527—, pero el percal exterior estaba de chúpame y moja. A saber: Francia levantándose de sus miserias tras el apresamiento de su rey, Francisco, y echando mano de la diplomacia para aliarse con el otro gran monarca del momento y, para más inri, familiar de Carlos: Enrique VIII; los pequeños —pero potentados— estados italianos, temerosos del poder adquirido por el emperador, aliándose para hacerle frente. Incluidos Venecia —siempre recelosa de la pujanza española— y la misma Roma del Papa Clemente VII entre aquellos Estados; y Solimán el Magnífico, el Turco, que dejaba de ser enemigo de Francia para convertirse —¿adivináis? — en su mejor aliado. ¿La culpa? Pavía, pero también el hecho de que Francisco no fuera el emperador, tal y como aquél esperaba. De preparar una cruzada enorme contra el Turco, en caso de ceñir la corona imperial, ahora pasaba a incitar —y animar. Además, a saco— a Solimán a que le tocara los bemoles a Carlos de todas las maneras habidas y por haber. Y si le echaba imaginación al asunto, mejor que mejor. Y Solimán lo haría en Hungría.

Éste era, pues, en resumen, el panorama que se le presentaba a
Carlos. Normal que convocara Cortes en Valladolid; a donde, por cierto, se trasladó la corte del emperador, en pleno invierno y portando como portaba la emperatriz, Isabel, al heredero del trono.
   
Porque Isabel venía embarazada. ¡Ole con ole! Y en Valladolid entró tal que un 22 de febrero ante la expectación popular, que la vio pasar por sus calles en litera llevada a hombros de veinticuatro porteadores —rotando. No penséis que la llevaban todos a cuestas—. Con tanto cuidado la transportaban, que un testigo del momento refirió haber presenciado más un cortejo fúnebre que la llegada de la emperatriz, de ahí que dejara para la historia la siguiente frase: “Nunca vi un espectáculo semejante”.
   
Valladolid, mes de febrero, un frío que pela. Calor, el justo. Ella, acostumbrada a Lisboa, que había disfrutado de Sevilla y Granada, iba a dar a luz en Valladolid. Pero a todo se hace el cuerpo, y el 21 de mayo de 1527 parió al heredero de
Carlos, que recibió por nombre Felipe tras un parto que duró cerca de diecisiete horas. Sí, diecisiete: desde la aparición de los primeros síntomas antes de la medianoche hasta bien entrado el mediodía del día siguiente. Doloroso, muy doloroso. Y sin que la emperatriz emitiera ni una sola queja. Es más, al ser instada a que no reprimiera sus gritos –«grite, buena mujer, que le irá bien» y esas cosas—, ella respondió que antes, muerta. “Eu morrerey, mais non gritarey”, dijo en portugués. Cristalino.
   
Y fue un varón, Felipe, la criatura a la que la emperatriz dio a luz a eso de las cuatro de la tarde del día referido. Y
Carlos, encantado de la vida. ¡Varón, nada menos! Que dedicó las siguientes jornadas a enviar cartas por toda España para anunciar la buena nueva. Nacimiento que fue celebrado con alborozo por todo el pueblo y que culminó el 5 de junio, con el bautizo de Felipe en la iglesia de San Pablo.
   
Por cierto, que la elección del nombre también tuvo su miga, pues el pueblo y presentes en la iglesia —lo narra el cronista Sandoval— esperaban escuchar el nombre de Fernando, por el abuelo de Carlos —el Católico— y la legendaria figura del tercero de la saga, al que se apodó el Santo. Hasta el duque de Alba, muy suyo, llegó a gritar en plena iglesia: “Fernando ha el nombre”. Que, finalmente, fue Felipe en homenaje a su padre fallecido tan joven.
   
Y el nacimiento del heredero se celebró de manera fastuosa a pesar de algunos negros nubarrones en el horizonte —Solimán, el Turco, tocando los bemoles en Hungría, y a lo bestia tras la carnicería de Mohacs, ocurrida en agosto del año anterior—, hasta que llegó la noticia del asalto de las tropas imperiales a la Roma del Papa tras poner cerco a la ciudad. Y su santidad, hecho prisionero. Y el jefe de dichas tropas, el duque de Borgoña, muerto en el empeño.
   
Y ya se sabe que no hay peor cosa que un ejército sin dueño ni control.

Pero eso lo contaremos en el siguiente capítulo
.

© Víctor Fernández Correas

Carlos I de España
- Bernard van Orley -

Víctor Fernández Correas nac en 1974 y le dio por empezar a escribir a eso de mediados del año 2000, que fue cuando ganó un certamen de relato corto en su pueblo, Valverde de la Vera (Cáceres). Repitió al año siguiente y también ganó. Y asimismo fuera de su pueblo –por ver si sonaba la flauta-, como le ocurrió con el Primer Certamen de Relato Corto «Princesa Jariza» de Jaraíz de La Vera en ese mismo 2001. En 2008 se publicó su primera novela, La conspiración de Yuste, editada por La esfera de los libros. Cuatro años después, en 2012, volv a aparecer en el mercado literario con La tribu maldita, editada por Temas de hoy (Editorial Planeta). En 2018 ha publicado Se llamaba Manuel (Versátil Ediciones) y ya está con una cuarta encima de la mesa. También ha colaborado en la antología Cervantes tiene quien le escriba, editada por Ediciones Traspiés en 2016, con el relato «La del alba fue».



¿NOS ECHAS UNA MANO?
Si te gusta alguna de las secciones de CITA EN LA GLORIETA, ayúdanos a crecer, siguiendo el blog. Puedes hacerlo pinchando AQUÍ.

¡Muchas gracias!