Os ofrecemos una nueva entrega de Historia del Siglo XIX escrita para CITA EN LA GLORIETA por Eduardo Montagut y Javier Alonso García-Pozuelo. Puedes acceder a todos los artículos publicados hasta la fecha pinchando AQUÍ.
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La evolución política en la Guerra de la Independencia hasta las Cortes de Cádiz, por Eduardo Montagut
Los españoles se dividieron ante el ejército invasor y el rey José I: patriotas y afrancesados. Los patriotas eran defensores de la Monarquía borbónica y contrarios a la ocupación francesa y al gobierno josefino. Pero, en su seno había dos posturas irreconciliables que no derivaron en conflicto durante la guerra porque el objetivo común era ganarla pero que al finalizar terminó por cristalizar: liberales y absolutistas. Los liberales fueron los españoles que vieron en la invasión la oportunidad para poder emprender profundas reformas en todos los ámbitos, y establecer un nuevo modelo de Monarquía y de Estado, bajo los principios del liberalismo. Los absolutistas, además de contrarios a los franceses por la ocupación de España lo eran, especialmente, de las ideas de la Revolución francesa y del liberalismo. Pretendían mantener el sistema del Antiguo Régimen incólume, como en el pasado, sin reformas.
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| Retrato de José I - Joseph Flaugier (c. 1809)- |
Los afrancesados formaban un grupo heterogéneo. Un sector se comprometió sinceramente con José I y colaboró con el gobierno josefino, ocupando distintas responsabilidades y cargos. Pensaban que José Bonaparte podría llevar a cabo las reformas ilustradas que no se habían emprendido o culminado en el pasado con los Borbones, pero sin llegar a los profundos cambios que defendían los liberales. Muchos de los ilustrados abrazaron esta causa. Destacaron personajes como Llorente, Azanza o Meléndez Valdés. Otros, en cambio, abrazaron la causa por oportunismo e interés, rozando siempre la ambigüedad y pretendiendo mantener su estatus social y político. Los afrancesados sufrieron persecución política al terminar la guerra.
El proceso político que desembocó en el inicio de la Revolución liberal-burguesa comenzó a gestarse en las juntas, que se formaron en muchas ciudades ante el vacío de poder producido por la invasión. Estas juntas locales dieron lugar a otras provinciales y, por fin, a la Junta Central, formada en septiembre de 1808. Las juntas reflejaron la voluntad popular frente a los franceses, y fueron la base del principio de soberanía nacional. Las juntas estuvieron integradas por representantes de las autoridades del Antiguo Régimen (altos eclesiásticos, corregidores, alta oficialidad militar y figuras de cierto prestigio demostrado en la resistencia al invasor). En las juntas también se integraron oficiales de menor graduación, periodistas, escritores, médicos y abogados. La diversidad en su composición se mantuvo en las provinciales y hasta en la Central, donde estuvieron presentes figuras como el conde de Floridablanca o Jovellanos, así como personajes valedores de reformas intensas, como el escritor Manuel José Quintana. Al final, los defensores de los cambios profundos en todos los ámbitos terminaron por llevar la iniciativa.
De forma paralela se desarrolló la guerrilla, instrumento que canalizó el deseo del pueblo de luchar contra el invasor. Se trataría, pues, de un fenómeno de resistencia popular, embrión del futuro ejército y que surgió de forma espontánea, aunque terminó por estar regulada, en cierta medida, por la Junta Central. En algún momento llegó a haber dieciséis grandes partidas y otras menores con hasta 55.000 hombres. La base social de las guerrillas debemos encontrarla en el mundo rural. En algunos casos la frontera entre la lucha y el bandolerismo no estuvo muy clara. La guerrilla empleaba una táctica que desmoralizaba al ejército francés: ataques a pequeños destacamentos, robos en intendencia y de armas, muertes de soldados rezagados, etc.. Al conocer el terreno podían atacar, huir y esconderse sin dificultad. Contaban con el apoyo popular para poder emprender estas acciones y subsistir.
Los miembros más activos de la Junta Central pretendían llevar a cabo reformas de signo liberal y para realizarlas consideraron que el medio más idóneo era que fueran elaboradas en unas Cortes generales, elegidas por sufragio universal, masculino e indirecto, donde estuviera representada la nación y no los estamentos como en las Cortes del Antiguo Régimen. Al final, lo consiguieron y comenzaron el proceso de convocatoria de unas Cortes que en 1810 se reunieron en Cádiz.
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Javier Alonso García-Pozuelo
Javier Alonso García-Pozuelo
Eduardo Montagut (Madrid, 1965)
es Doctor en Historia por la UAM y profesor de Secundaria en un Instituto de Alcalá de Henares en la especialidad de Geografía e Historia. Socio de las ilustradas Reales Sociedades de Amigos del País de Madrid y Bascongada, pertenece también a la ARMH, y mantiene un constante compromiso por la memoria histórica. Pertenece al Grupo de Memoria Histórica del PSOE y tiene la responsabilidad de Educación, Cultura y Memoria Histórica en la Ejecutiva de la Agrupación Socialista de Chamartín (PSOE-M). Colabora diariamente en diversos medios digitales con artículos de Historia y Política. Tiene publicados un libro sobre los árboles y la Ilustración, y diversos artículos sobre la enseñanza de la agricultura en los siglos XVIII y XIX, así como, sobre Historia social.

