Biografía de Carlos I de España (XXIII Parte), por Víctor Fernández Correas

Os ofrecemos un nuevo capítulo de la vida del emperador Carlos I de España y V de Alemania, cuya biografía publicamos por cortesía del escritor extremeño Víctor Fernández Correas, autor de las novelas La conspiración de Yuste, La tribu maldita y Se llamaba Manuel.


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PÓNGAME UNA CORONA, POR FAVOR
Víctor Fernández Correas
Dejábamos en la última entrega de esta vida del emperador Carlos a éste disfrutando de su retoño/heredero, llamado Felipe, y espantado por los ecos que le llegaron desde Roma, donde parte de su ejército la lio parda poniendo cerco a la ciudad primero y saqueándola después, sin misericordia alguna. Esas cosas que pasan: dejas sueltos a unos soldados, y eso.

Que Italia tenía peor pinta que los pavos de algunos centros comerciales en víspera de Nochebuena es algo que no se le escapaba a nadie, y menos al emperador, así que tras dejar cerrados ciertos cabos sueltos que tenía por ahí —una tregua con Inglaterra, esbozo de intento de invasión incluido que fue frenado gracias al buen hacer de Margarita de Saboya, tía de Carlos y Gobernadora de los Países Bajos; y un nuevo intento de apaciguar a Francisco I, como siempre a lo suyo, con la Paz de Cambray, en 1529—, allá que se marchó. A Italia, digo.

Clemente VII, Papa Santo de Roma, andaba en libertad desde diciembre de 1527, y tanto a aquél como a Carlos les interesaba poner fin a sus diferencias; a lo que hay que sumar el gran deseo del segundo de convertirse, al fin, en emperador de la cristiandad. Sí, ya era emperador, pero aún no lo había coronado su Santidad —las tiranteces entre ambos, el cautiverio de Clemente VIII… Que no hubo tiempo, vamos—, y pocas cosas perseguía tanto como ser reconocido a ojos de la Iglesia como el emperador, el único y verdadero. Y aquí paz y después gloria. En consecuencia, y al igual que Carlomagno, él también quería presentarse en Roma para ver cómo andaba lo suyo. Pero, a diferencia de su antecesor, se tuvo que conformar con Bolonia.

El tema que enfrentaba a ambos era la pacificación de la península, con Florencia pisándole el callo a Clemente VII —más bien al de su familia—, por lo que le pidió que diera cera a la ciudad hasta que a los florentinos se les quitaran las ganas de seguir tocando las narices a la familia de su Santidad; cosa que a Carlos no le acababa de agradar visto lo ocurrido en Roma con su ejército, haciendo de las suyas por esos mundos de Italia. A lo que había que añadir lo del Ducado de Milán, la manzana de la discordia entre franceses e imperiales, y un acuerdo con Venecia —siempre en todas las salsas— que se tradujo, tras una negociación de alto calado diplomático, en la formación de la Liga Defensiva de Italia que formaron el propio Papa, Venecia, Fernando —hermano de Carlos V— y las repúblicas de Génova, Siena y Lucca, por citar a sus miembros más destacados; y a la que posteriormente se uniría el susodicho ducado milanés tras otra operación diplomática que, si hacemos caso al cronista Sepúlveda, sentó poco menos que una patada en la entrepierna a sus soldados, con su capitán Antonio Leyva al frente de ellos. En conclusión, una liga concebida para liberar a Italia de nuevas invasiones en un tiempo en que, sobre todo, a Barbarroja y sus secuaces les gustaba salir a dar un garbeo por el Mediterráneo de cuando en cuando, para ver qué rapiñaban.
   
Total, que diez años después de su primera coronación como emperador en Aquisgrán —1520—, y retrasándola hasta el día de su cumpleaños —24 de febrero— porque él lo valía, Carlos fue coronado como emperador de la Cristiandad en Bolonia. Ungido con el óleo consagrado por el cardenal Farnesio y tras recibir los símbolos de su poder —la espada, el globo, el cetro y, finalmente, la corona imperial— de manos de su Santidad, Clemente VII, el pueblo presente en la coronación prorrumpió en vítores y gritos en favor del emperador, mientras sonaban trompetas por doquier y hacían su salva los cañones. De película.
   
En definitiva, empezaba una nueva etapa para Carlos. Sosegada Italia, creada la liga defensiva italiana para defenderla del Turco y coronado como emperador por su Santidad —lo que le legitimaba como defensor de la Cristiandad ante el Luteranismo, que comenzaba a enseñar la patita más de la cuenta—, era momento de dedicarse al imperio en cuerpo y alma. Lo que contaremos en la próxima entrega de esta vida del emperador Carlos V
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© Víctor Fernández Correas

Carlos I de España
- Bernard van Orley -

Víctor Fernández Correas nac en 1974 y le dio por empezar a escribir a eso de mediados del año 2000, que fue cuando ganó un certamen de relato corto en su pueblo, Valverde de la Vera (Cáceres). Repitió al año siguiente y también ganó. Y asimismo fuera de su pueblo –por ver si sonaba la flauta-, como le ocurrió con el Primer Certamen de Relato Corto «Princesa Jariza» de Jaraíz de La Vera en ese mismo 2001. En 2008 se publicó su primera novela, La conspiración de Yuste, editada por La esfera de los libros. Cuatro años después, en 2012, volv a aparecer en el mercado literario con La tribu maldita, editada por Temas de hoy (Editorial Planeta). En 2018 ha publicado Se llamaba Manuel (Versátil Ediciones) y ya está con una cuarta encima de la mesa. También ha colaborado en la antología Cervantes tiene quien le escriba, editada por Ediciones Traspiés en 2016, con el relato «La del alba fue».



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