La conflictividad social en Barcelona en 1854, por Eduardo Montagut

[…] ¡Obreros catalanes y españoles todos! Ya se acabaron aquellos tiempos de barbarie en que el feudalismo sembraba el odio entre dos feudos, entre dos ciudades, entre dos pueblos. […] todos somos hermanos, vuestra causa es la nuestra. De los intereses vuestros como de los nuestros depende la suerte y el porvenir de todos. Los pueblos son todos solidarios: lo es la Humanidad entera.

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La conflictividad social en Barcelona en el año 1854
Eduardo Montagut
El año 1854 fue especialmente conflictivo en una Barcelona cada día más industrial y moderna, comenzando antes de la Vicalvarada que terminó con el monopolio moderado en el poder, dando comienzo al Bienio Progresista, pero siguiendo durante todo el año, y después hasta 1856, es decir, durante toda esta etapa del reinado de Isabel II. En este artículo abordaremos los problemas sociales del primer año.

En el inicio de la primavera, un conflicto en la empresa La España Industrial, una de las principales fábricas catalanas, se saldó con la detención de unos cincuenta trabajadores. Este hecho encendió la mecha del movimiento obrero y se proclamó el 23 de marzo una huelga general en Barcelona, que se extendió por otras localidades del entorno de la capital catalana. El conflicto concluyó el 3 de abril por un conjunto de causas. Las autoridades prometieron estudiar las reivindicaciones obreras, basadas en dos puntos: libertad de los detenidos, y regreso a las condiciones laborales y salariales del año 1842. Pero también hubo otra causa que ayudó a pacificar la situación. Los obreros fueron acusados por la prensa y autoridades de ayudar a la reacción carlista con su actitud.

Pero la paz social en la Cataluña no duró mucho tiempo porque en el mes de julio, mientras se desarrollaba la Vicalvarada en el centro de España, estalló una nueva huelga. Efectivamente, el 14 de julio los obreros se declararon en huelga, y con su acción influyeron para que la guarnición militar barcelonesa terminara por adherirse al pronunciamiento de signo progresista contra el gobierno. Los hiladores y los tejedores fueron los más activos, y los que no regresaron al trabajo después de asegurada la victoria del pronunciamiento en toda España.  Algunas fábricas fueron incendiadas y se destruyeron muchas selfactinas (máquinas automáticas de hilar, habiendo un modelo catalán más antiguo, conocido como bergadana), en una suerte de retorno a prácticas propias del ludismo de décadas anteriores.




El capitán general publicó un bando en el que amenazaba con el fusilamiento a los saboteadores. Llegó a ejecutar a tres personas al poco de ser detenidas. Pero no consiguió frenar a los trabajadores. La huelga se extendió por Mataró, Manresa y Valls. El día 18 de julio se publicó otro bando conminando a los obreros a que regresaran a sus puestos de trabajo, pero no tuvo éxito. Es evidente que esta resistencia era fruto del nivel de organización al que habían llegado los obreros. Pensemos que el boicot a las selfactinas había sido ordenado desde la Comisión de Trabajadores de las fábricas de hilados, donde destacaba la figura de José Barceló. Fue el comienzo de un período en el que la organización obrera estaba desarrollándose de una forma evidente.

Por fin, el capitán general La Rocha publicó un tercer bando el día 25 de julio que supuso una cesión ante la resistencia obrera, ya que prohibió la utilización de las sefalctinas. Los tejedores volvieron al trabajo. Habían conseguido, además, una mejora salarial y la formación de una comisión paritaria para resolver futuros conflictos. Pero el caso de los hiladores era más complejo porque sus patronos eran los más directamente afectados por la prohibición del empleo de selfactinas. Al no poder emplearlas decidieron el cierre patronal.
 

Gracias a la labor mediadora del nuevo gobernador civil de Barcelona, Pascual Madoz, se llegó a un acuerdo entre patronos y obreros. En una comisión paritaria que presidió en el mes de agosto se acordó que las sefalctinas volverían a ser empleadas y los obreros conseguirían un aumento salarial. La epidemia de cólera que se desató en aquel verano ayudó a acercar posturas, sin lugar a dudas. En septiembre, Madoz envió una circular a las autoridades locales para que se remitieran al Gobierno Civil los estatutos de las sociedades obreras y cuanta documentación acopiaran sobre dichas organizaciones: miembros, reuniones, objetivos, etc. El poder, aunque ahora ocupado por los progresistas, seguía muy interesado en el conocimiento y control de los instrumentos organizativos del creciente movimiento obrero. Una cuestión era tolerar las sociedades de socorro mutuo, y otra muy distinta aquellas organizaciones que buscaban la organización de la clase obrera para conseguir mejoras salariales y de vida. Los progresistas no iban a ser especialmente más tolerantes que los moderados en esta cuestión. Habría que esperar al surgimiento de los demócratas.


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Eduardo Montagut (Madrid, 1965)
es Doctor en Historia por la UAM y profesor de Secundaria en un Instituto de Alcalá de Henares en la especialidad de Geografía e Historia. Socio de las ilustradas Reales Sociedades de Amigos del País de Madrid y Bascongada, pertenece también a la ARMH, y mantiene un constante compromiso por la memoria histórica. Pertenece al Grupo de Memoria Histórica del PSOE y tiene la responsabilidad de Educación, Cultura y Memoria Histórica en la Ejecutiva de la Agrupación Socialista de Chamartín (PSOE-M). Colabora diariamente en diversos medios digitales con artículos de Historia y Política. Tiene publicados un libro sobre los árboles y la Ilustración, y diversos artículos sobre la enseñanza de la agricultura en los siglos XVIII y XIX, así como, sobre Historia social.