Os ofrecemos un nuevo capítulo de la vida del emperador Carlos I de España y V de Alemania, cuya biografía publicamos por cortesía del escritor extremeño Víctor Fernández Correas, autor de las novelas La conspiración de Yuste, La tribu maldita y Se llamaba Manuel.
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MI QUERIDA ESPAÑA, ESTA ESPAÑA MÍA, ESTA ESPAÑA NUESTRA (y IV)
Víctor Fernández Correas
Víctor Fernández Correas
Dejábamos en la última entrega de esta que es la vida del emperador Carlos al colega casado y bien casado y ya con un churumbel a cuestas ―el futuro Felipe II―, al que había que criar; con la corona imperial ceñida en la cabeza, corona que le colocó el mismísimo Papa Clemente VII, que ya poco se atrevía a rechistar después del saqueo de Roma ―con huida vergonzosa de su Santidad al Castillo de Sant’Angelo incluida― perpetrado por las tropas imperiales; y con Italia pacificada, y asimismo la cosa tranquila con Francisco I de Francia. Que no era poco.
Así que es momento de regresar a España y ver cómo se encontraba el patio, porque él todavía andaba por Italia y con Alemania en la mirada, donde el patio andaba revuelto por culpa de Lutero y otros menesteres. ¿Y aquí? Pues más o menos. Como que no se tiraban cohetes ni había verbenas con eso de la grandeza imperial. Los pecheros castellanos, levantinos o andaluces tenían otras preocupaciones. Para todos ellos, la primera era algo que llevarse a la boca al día siguiente, toda vez que aquella grandeza significaba muchas perras ―que el asunto había que mantenerlo―, y Carlos no cesaba de pedirle más y más a su mujer, la emperatriz Isabel; y los segundos y terceros bastante tenían con rezar para que al argelino y sus corsarios ―Barbarroja y sus aliados seguían haciendo de las suyas― no les dieran por asolar sus costas y, de paso, llevarse a unos cuantos para sus prisiones con los gastos pagados en unos cautiverios emocionantes a más no poder.
Perras y más perras reclamaba Carlos para sostener aquel tinglado imperial; pues banqueros como los Grimaldi ― ¿suena de algo el apellido?―, por citar a algunos, le reclamaban el cumplimiento inmediato de los asientos prestados; y a marinos como a Andrea Doria había que pagarle sus galeras, que tampoco era plan de que el hombre las cediera y no viera ni un maravedí por el uso de sus embarcaciones. Todo eso, a comienzos de 1530; dineros que salieron de las cuentas del clero castellano, pero no tanto como quería el emperador ―se le pidieron 700.000 florines y apoquinó 420.000, y ni uno más. Y bastante. Que, de inicio, ofreció 300.000―.
Por otro lado, lo del argelino y sus corsarios que contaba líneas más arriba era el pan nuestro de cada día. Barbarroja mandó a uno de sus lugartenientes, llamado Cachidiablo por los españoles, a ver qué pescaba por el Levante; donde encontró el apoyo de los moriscos de la zona, muchos de ellos deseosos de marcharse para Argel y vivir allí en libertad. El tal Cachidiablo se largó a Formentera con el botín obtenido después de pegarse una vuelta por el literal levantino, que fue grande en población cautiva y en lo que rapiñó, y hacia allá se decidió enviar una pequeña armada compuesta por ocho galeras al mando de Portuondo para darle sopas con ondas al susodicho Cachidiablo; de las cuales cinco encallaron en el viaje y las tres que quedaron le duraron un suspiro al tal Cachidiablo, cuya tropa dio matarile a Portuondo y a muchos de los suyos.
En consecuencia, la cosa se ponía fea en el Mediterráneo, con la emperatriz Isabel pidiendo a su marido que pusiera paz en el asunto y que fuera contra Argel. No le hizo ―o no pudo― hacerle caso. Cuando se lo hizo, la emperatriz ya llevaba dos años criando malvas. La culpa la tenía Alemania, con la amenaza del turco por un lado y Lutero por otro.
Pero eso, ya como que para otro día.
Así que es momento de regresar a España y ver cómo se encontraba el patio, porque él todavía andaba por Italia y con Alemania en la mirada, donde el patio andaba revuelto por culpa de Lutero y otros menesteres. ¿Y aquí? Pues más o menos. Como que no se tiraban cohetes ni había verbenas con eso de la grandeza imperial. Los pecheros castellanos, levantinos o andaluces tenían otras preocupaciones. Para todos ellos, la primera era algo que llevarse a la boca al día siguiente, toda vez que aquella grandeza significaba muchas perras ―que el asunto había que mantenerlo―, y Carlos no cesaba de pedirle más y más a su mujer, la emperatriz Isabel; y los segundos y terceros bastante tenían con rezar para que al argelino y sus corsarios ―Barbarroja y sus aliados seguían haciendo de las suyas― no les dieran por asolar sus costas y, de paso, llevarse a unos cuantos para sus prisiones con los gastos pagados en unos cautiverios emocionantes a más no poder.
Perras y más perras reclamaba Carlos para sostener aquel tinglado imperial; pues banqueros como los Grimaldi ― ¿suena de algo el apellido?―, por citar a algunos, le reclamaban el cumplimiento inmediato de los asientos prestados; y a marinos como a Andrea Doria había que pagarle sus galeras, que tampoco era plan de que el hombre las cediera y no viera ni un maravedí por el uso de sus embarcaciones. Todo eso, a comienzos de 1530; dineros que salieron de las cuentas del clero castellano, pero no tanto como quería el emperador ―se le pidieron 700.000 florines y apoquinó 420.000, y ni uno más. Y bastante. Que, de inicio, ofreció 300.000―.
Por otro lado, lo del argelino y sus corsarios que contaba líneas más arriba era el pan nuestro de cada día. Barbarroja mandó a uno de sus lugartenientes, llamado Cachidiablo por los españoles, a ver qué pescaba por el Levante; donde encontró el apoyo de los moriscos de la zona, muchos de ellos deseosos de marcharse para Argel y vivir allí en libertad. El tal Cachidiablo se largó a Formentera con el botín obtenido después de pegarse una vuelta por el literal levantino, que fue grande en población cautiva y en lo que rapiñó, y hacia allá se decidió enviar una pequeña armada compuesta por ocho galeras al mando de Portuondo para darle sopas con ondas al susodicho Cachidiablo; de las cuales cinco encallaron en el viaje y las tres que quedaron le duraron un suspiro al tal Cachidiablo, cuya tropa dio matarile a Portuondo y a muchos de los suyos.
En consecuencia, la cosa se ponía fea en el Mediterráneo, con la emperatriz Isabel pidiendo a su marido que pusiera paz en el asunto y que fuera contra Argel. No le hizo ―o no pudo― hacerle caso. Cuando se lo hizo, la emperatriz ya llevaba dos años criando malvas. La culpa la tenía Alemania, con la amenaza del turco por un lado y Lutero por otro.
Pero eso, ya como que para otro día.
© Víctor Fernández Correas
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| Carlos I de España - Bernard van Orley - |
Víctor Fernández Correas nació en 1974 y le dio por empezar a escribir a eso de mediados del año 2000, que fue cuando ganó un certamen de relato corto en su pueblo, Valverde de la Vera (Cáceres). Repitió al año siguiente y también ganó. Y asimismo fuera de su pueblo –por ver si sonaba la flauta-, como le ocurrió con el Primer Certamen de Relato Corto «Princesa Jariza» de Jaraíz de La Vera en ese mismo 2001. En 2008 se publicó su primera novela, La conspiración de Yuste, editada por La esfera de los libros. Cuatro años después, en 2012, volvió a aparecer en el mercado literario con La tribu maldita, editada por Temas de hoy (Editorial Planeta). En 2018 ha publicado Se llamaba Manuel (Versátil Ediciones) y recientemente ha terminado una cuarta que saldrá en 2020. También ha colaborado en la antología Cervantes tiene quien le escriba, editada por Ediciones Traspiés en 2016, con el relato «La del alba fue».
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