«Asesinato en Portobelo», de Osvaldo Reyes». Fragmentos
Se despidió efusivamente de ambos, tras cumplir la petición del joven, y se dirigió a otra de las mesas, con la tranquilidad de que no sería cuestionado de la misma forma el resto del día. En pocas palabras les había recordado a todos los presentes que podía cobrar lo que quisiera y que ellos no podían hacer nada al respecto. Todos en el hostal habían pasado por delante de la gigantesca carpa que, a la entrada del pueblo, servía de refugio a las pobres almas que no consiguieron aposento a tiempo, ya fuera por falta de programación o dinero. Si alguien dejaba su hostal lo tenía sin cuidado. Alquilaría la habitación vacante en poco tiempo, a un precio tres veces mayor si así quería.
El que parecía ser el jefe del trío se acercó. Vestía de negro de pies a cabeza. Jubón, coleto, calzas y zapatos. Llevaba una capa de igual color, tal vez hasta un poco más oscura, que parecía estar construida de las mismas sombras de la noche. Su rostro quedó tan cerca que pudo distinguir sus facciones a pesar de la falta de iluminación. Era un hombre de unos cuarenta años, con un bigote corto y barba pequeña cuidados con el esmero que solo el dinero puede conseguir.
—Vuestra merced debería saber que vagar de noche sin protección —dijo con una voz grave, como un pedazo de madera seca frotándose contra otro— es invitar una cuchillada en el costado.
Sin mayor ceremonia alargó la mano y le quitó la bolsa con las monedas del cinturón. Lorenzo trató de detenerlo, pero justo en ese momento sintió la punta de metal presionar la piel de su barriga. Sus ojos se desviaron a la espada corta que llevaba el hombre en su mano. Era recta, delgada y no dudaba que filosa hasta la empuñadura.
—¿Me estáis robando? —preguntó. Solo después que las palabras salieron de sus labios fue que se percató de lo tonto que sonaba.
—En realidad —respondió el hombre sopesando la bolsa— estamos haciendo justicia. Debe saber que los juegos de azar están prohibidos por real cédula. La pena por tales actos, manantiales de vicios y delitos, está pactada en mil pesos de oro o seis años de presidio, si no puede pagar.
Cristóbal abrió los ojos, sobresaltado. Con la espalda arqueada, apenas tocando la cama, se sostuvo con ambos brazos atento a los ruidos del exterior. La ausencia de viento servía para resaltar todos los sonidos que nacían de la noche. Se había acostumbrado a dormir arrullado por el desquiciante llamado de los monos aulladores y los loros que decidían entablar conversación a cualquier hora. Era por eso que estaba asustado. El ruido que lo despertó era diferente.
Una explosión aislada. Luego, varias más.
Disparos.
Un negro con un grillete asido al pie, un preso más que hacía las veces de verdugo mientras cumplía su condena, se acercó al acusado y lo empezó a desnudar. El hombre trató de evitarlo, pero atado de pies y manos le fue imposible. Gritó que no era necesario. Que ya había dicho lo que sabía de todo el asunto, pero el oidor se mantuvo impávido mientras se cumplía su orden. Cuando lo tuvo en paños menores el negro se detuvo. No era la primera vez y conocía el proceso.
El oidor Gómez Suárez de Figueroa indicó que dejaran entrar al médico. La puerta de la cárcel se abrió con lentitud, los goznes chirriando durante todo el movimiento como si el dolor de tormentos previos de alguna forma los hubiera contaminado. Una figura menuda entró y estudió al hombre que se revolvía en brazos del verdugo.
Hernán Asensio, en su función de escribano, siguió el proceso de transcribir en frases las imágenes de un evento que hubiera preferido no presenciar. Si había alguien que merecía el castigo era ese hombre, pero no por eso era más fácil.
—El médico y cirujano —escribió— presta juramento a Dios y a una cruz, declarando y reconociendo fiel y legalmente que el reo Gaspar Magalla está apto y sin lesión alguna para darle tormento.
«Asesinato en Portobelo», 2019, pág. 12
El que parecía ser el jefe del trío se acercó. Vestía de negro de pies a cabeza. Jubón, coleto, calzas y zapatos. Llevaba una capa de igual color, tal vez hasta un poco más oscura, que parecía estar construida de las mismas sombras de la noche. Su rostro quedó tan cerca que pudo distinguir sus facciones a pesar de la falta de iluminación. Era un hombre de unos cuarenta años, con un bigote corto y barba pequeña cuidados con el esmero que solo el dinero puede conseguir.
—Vuestra merced debería saber que vagar de noche sin protección —dijo con una voz grave, como un pedazo de madera seca frotándose contra otro— es invitar una cuchillada en el costado.
Sin mayor ceremonia alargó la mano y le quitó la bolsa con las monedas del cinturón. Lorenzo trató de detenerlo, pero justo en ese momento sintió la punta de metal presionar la piel de su barriga. Sus ojos se desviaron a la espada corta que llevaba el hombre en su mano. Era recta, delgada y no dudaba que filosa hasta la empuñadura.
—¿Me estáis robando? —preguntó. Solo después que las palabras salieron de sus labios fue que se percató de lo tonto que sonaba.
—En realidad —respondió el hombre sopesando la bolsa— estamos haciendo justicia. Debe saber que los juegos de azar están prohibidos por real cédula. La pena por tales actos, manantiales de vicios y delitos, está pactada en mil pesos de oro o seis años de presidio, si no puede pagar.
«Asesinato en Portobelo», 2019, pág. 29
Cristóbal abrió los ojos, sobresaltado. Con la espalda arqueada, apenas tocando la cama, se sostuvo con ambos brazos atento a los ruidos del exterior. La ausencia de viento servía para resaltar todos los sonidos que nacían de la noche. Se había acostumbrado a dormir arrullado por el desquiciante llamado de los monos aulladores y los loros que decidían entablar conversación a cualquier hora. Era por eso que estaba asustado. El ruido que lo despertó era diferente.
Una explosión aislada. Luego, varias más.
Disparos.
«Asesinato en Portobelo», 2019, pág. 45
Un negro con un grillete asido al pie, un preso más que hacía las veces de verdugo mientras cumplía su condena, se acercó al acusado y lo empezó a desnudar. El hombre trató de evitarlo, pero atado de pies y manos le fue imposible. Gritó que no era necesario. Que ya había dicho lo que sabía de todo el asunto, pero el oidor se mantuvo impávido mientras se cumplía su orden. Cuando lo tuvo en paños menores el negro se detuvo. No era la primera vez y conocía el proceso.
El oidor Gómez Suárez de Figueroa indicó que dejaran entrar al médico. La puerta de la cárcel se abrió con lentitud, los goznes chirriando durante todo el movimiento como si el dolor de tormentos previos de alguna forma los hubiera contaminado. Una figura menuda entró y estudió al hombre que se revolvía en brazos del verdugo.
Hernán Asensio, en su función de escribano, siguió el proceso de transcribir en frases las imágenes de un evento que hubiera preferido no presenciar. Si había alguien que merecía el castigo era ese hombre, pero no por eso era más fácil.
—El médico y cirujano —escribió— presta juramento a Dios y a una cruz, declarando y reconociendo fiel y legalmente que el reo Gaspar Magalla está apto y sin lesión alguna para darle tormento.
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«Asesinato en Portobelo», 2019, pág. 45
Osvaldo Reyes (Panamá, 1971)
estudió medicina en la Universidad de Panamá y luego se especializó en Ginecología y Obstetricia en la Maternidad María Cantera de Remón. Actualmente labora como médico especialista en la Maternidad del Hospital Santo Tomás, donde también ejerce funciones como Coordinador de Investigaciones. Es profesor de la Cátedra de Obstetricia de la Universidad de Panamá y miembro del Sistema Nacional de Investigadores.
Ferviente lector y escritor del género negro, con ocho libros (El Efecto Maquiavelo, En los umbrales del Hades, Pena de muerte, La estaca en la cruz, Sacrificio, El canto de las gaviotas, El cactus de madera y Asesinato en Portobelo) y dos colecciones de cuentos (13 gotas de sangre y 13 candidatos para un homicidio) publicados a la fecha. Sus relatos forman partes de diferentes antologías (Escrito en el agua, Pólvora y sangre, Círculo de Lovecraft # 9) y es ganador del Primer Premio de Narrativa Corta (2017) del Panama Horror Film Fest. Osvaldo Reyes coordina la jornada dedicada al género negro en Latinoamércia de nuestra Semana Negra en la Glorieta.
Ferviente lector y escritor del género negro, con ocho libros (El Efecto Maquiavelo, En los umbrales del Hades, Pena de muerte, La estaca en la cruz, Sacrificio, El canto de las gaviotas, El cactus de madera y Asesinato en Portobelo) y dos colecciones de cuentos (13 gotas de sangre y 13 candidatos para un homicidio) publicados a la fecha. Sus relatos forman partes de diferentes antologías (Escrito en el agua, Pólvora y sangre, Círculo de Lovecraft # 9) y es ganador del Primer Premio de Narrativa Corta (2017) del Panama Horror Film Fest. Osvaldo Reyes coordina la jornada dedicada al género negro en Latinoamércia de nuestra Semana Negra en la Glorieta.

