Harry Hole. La imperfección perfecta, por Mariola Díaz-Cano Arévalo

Harry Hole. La imperfección perfecta.
Mariola Díaz-Cano Arévalo
Cuando nuestro colega Javier, anfitrión de esta insigne Glorieta, nos invitó en mayo para esta VI Semana Negra en la Glorieta y vi Investigadores célebres como sección de estreno no me lo pensé al responderle en un segundo: Harry Hole. O Harry para los amigos. Que son millones los que tiene por este universo negro ese enorme y caótico policía alcohólico de Oslo. Quizás es el ángel más caído de ese universo, pero también el más querido. Y lo que tuve yo fue poco seso. Es lo que ocurre cuando te arrastra la pasión más absoluta, que no sabes en qué jardines te metes. O sí, pero… qué más da.

A primeros de octubre le pedí a Javier que me diera un poco de margen hasta finales para mandarle este texto: Jo Nesbø, el padre de la CRIATURA, venía a Madrid, a Getafe Negro otra vez y a presentar su nueva novela Cuchillo, ya la duodécima de la serie. Así me daba tiempo a conocerlo y sacar impresiones sobre él.




Pues ya las tengo. Y veo que el jardín se ha convertido en un inmenso bosque, pese a las veces que me he adentrado en él. Porque no será la primera ni la última que hablo o escribo sobre este personaje que ya hace mucho que trascendió a su existencia en papel. Pero ahora, bien grabada en retinas y memoria esa engañosa —por tremendamente carismática— fragilidad que emana su creador, me quedo sin palabras suficientes para abordar una semblanza canónica sobre este animal literario salido de su imaginación.

Así que hablaré de él como ese amigo con el que me encuentro cada dos años más o menos para tomarnos una(s) cerveza(s) en el Schrøder y ver cómo le va. Si le va y hasta cuándo. Y, desde luego, con la tremenda resaca emocional según acabo de dejarlo después de los terribles tajos de ese Cuchillo, ya no sé si puede tocar más fondo. Él y nosotros. Tantas heridas como lleva… y tan graves y dolorosas. El único consuelo es que aún no está vencido. O eso parece.

Desde su 1,93, ya acariciando unos más que tortuosos y torturados cincuenta años, puede ver todavía el mundo a sus pies, aunque los haya tenido varias veces en el otro. Pero su padre todopoderoso juega con la tragedia que, al fin y al cabo, suele ser la vida donde la felicidad apenas dura unos instantes. Y a Harry le ha dado muy muy muy pocos para que, en la gran paradoja que es, nos dé a nosotros muchos de los más únicos y mejores que se puedan leer en esta vida tan breve.

El caso es que, como tantos millones de amigos suyos más, conocí a Harry en su tercera vida, Petirrojo, la que le dio la fama y que su padre considera su favorita por llevar su barniz más personal. Y ya llevaba mucho mundo recorrido y mucha tralla con poco más de treinta años. Como alcóholico —por ese gen de su abuelo bebedor— y como un policía y un hombre tan incontrolable, intuitivo, brillante e imprevisible, casi medio salvaje consigo mismo más que con los demás, pero también profundamente romántico. Un regalo, vaya, una hermosísima joya de perfecta imperfección humana con enormes hechuras de papel, tan frágil como él y como ese
Nesbø de carne mortal.

Porque eso fue lo que nos quedó por decirle los días que lo tuvimos aquí. Da igual si llega un momento en que lo haga desaparecer, señor
Nesbø. Y también da igual que, con toda la razón, siga escribiendo lo que le dé la gana sin dejarse influir por nuestras almas atormentadas tanto o más que la de Harry.

Él ya no se irá. Nos lo ha dejado para siempre en esas páginas. Vivirá en este mundo mucho después de que nos hayamos ido nosotros, o hasta que se acabe el propio mundo. Pero, mientras, permanecerá ahí, para que sigan leyendo su paradoja constante de hacer sufrir por disfrutar sufriendo.

Porque a Harry sí se lo hemos dicho muchas veces así.

No te preocupes, tío, tú tira, que nosotros estamos aquí. Para lo que necesites. Porque eres único. Por carisma y poder de fascinación. Por todo.
Que te caes, nos caemos contigo y nos levantamos juntos. 
Que hay que ahogarse en una piscina o bajo un alud de nieve, pues sin problema. Que hay que meterse una diabólica manzana en la boca y desgarrarse la cara para poder quitársela, o colocarse una dentadura de metal para acabar con un asesino y tener que probar su sangre… No pasa nada. Vamos, me la pongo las veces que hagan falta. Y la manzanita. Y ahí voy hacia el camión que te viene de frente. Cómo no, si tengo una brecha muy real en la cabeza por haberme comido otro.
Que hay que ayudar a recoger pedazos de ti cuando encontraste aquellos. O meterse en un frigorífico para evitar salir volando a causa de una explosión mientras salvas a esa rata de compañero. Que hay que perder un dedo (y los diez o los veinte), que hay que chutarse caballo o fumarse todo el opio de Hong Kong… Lo que tú digas, Harry. Que lo que sea, tío. De verdad.
Y, sobre todo, que hay que enamorarse hasta los huesos… Hombre, por Dios, ¿de ti? A los cinco minutos. Y sin vuelta atrás y para siempre. Sin remedio ni solución.
Porque con oírte (porque se te oye) frases como estas…

«—[…] recuerda que vas a tener malos días.
—¿Los hay de otro tipo?».

Cucarachas
«No sé. Me gusta estar solo. Quizás también por gustarme mi propia imagen de ser un solitario… Creo que tienes que encontrar algo sobre ti mismo que te guste para sobrevivir. Algunos dicen que estar solo es antisocial y egoísta. Pero eres independiente y no arrastras a otros cuesta abajo contigo si ese es el camino que llevas. Mucha gente tiene miedo de estar sola. Pero a mí me hace fuerte, libre e invulnerable».
El redentor
«—¿Cuál es el motivo de tu infelicidad, Harry?
—Que quiero a alguien que me quiere a mí».
El muñeco de nieve
«—La humana es una especie herida y pervertida […]. Y no hay cura, solo alivio».
Fantasma
«—Estaba soñando contigo.
[…]
—¿Conmigo? Eso es malgastar tus sueños. Yo soy tuyo».
La sed
¿Cómo no te vas a enamorar? De ti y contigo. Como Rakel. Pero también como todas las que lo han hecho en la ficción y en la realidad.

Y ahora ¿cómo no vamos a llorar tus mismas lágrimas? Solo te late la mitad del corazón, pero es que a nosotros nos lo robaste entero. Que cada vez que terminamos una de tus vidas no nos notamos el pulso.

Pero ahí sigues. Pese al dolor, la incredulidad del horror y la traición. Como nosotros. Tantas pérdidas, tanta tragedia clásica que le gusta a ese Nesbø tan desquiciado y psicópata como suave, tranquilo y pacífico, tanto ir él hacia la luz, como dijo el otro día, pero mandarte a ti a la oscuridad.

No, no lo consigue. Por mucho que nos ignore, que te ignore a ti, tu humanidad de papel brilla sin cesar. Repito: hasta cuando sea.

Y por fin pude saludarte después de tantos tragos y emociones, tanta sangre y tanto sentimiento encontrado. Fue en una fugaz pero fija mirada cruzada con ese fulano falsamente tirillas y poca cosa que te engendró. Pero es que nadie que no sea él podría haberlo hecho. De modo que hay que agradecérselo, es lo justo, aunque salga el instinto asesino también, como así le dije en parla sajona: I don’t know if I want to kill you or to kiss you (no sé si quiero matarte o besarte). Y luego, ante su sonrisa canalla, solo me faltó echarme a sus pies mientras repetía tusen takk con mi mejor acento vikingo.

En fin, que acabo con la frase de otro padre, el literario, Olav Hole, que seguro que todos pronunciamos en voz alta al leerla en El leopardo.

«—[…] Te quiero. Siempre. Borracho o sobrio. Ni siquiera ha sido difícil. Aunque eras muy combativo. Te enfrentabas a la mayoría, incluido tú mismo. Pero quererte es lo más fácil que he hecho en la vida, Harry».
Y así es. Lo más fácil. Porque solo se te puede querer.

Puedes acceder al programa de la SEMANA NEGRA EN LA GLORIETA, festival virtual del género negro celebrado del 21 al 27 de noviembre en el blog de Historia y Literatura CITA EN LA GLORIETA, pinchando AQUÍ.



Mariola Díaz-Cano Arévalo es filóloga inglesa y trabaja como correctora de textos y traductora. Escribe desde la infancia y tiene varias influencias literarias, sobre todo de géneros como los de aventuras, histórico y romántico, pero siente especial preferencia por la novela negra. Ha publicado su primer libro, Marie, con Ediciones Atlantis, una historia con mezcla de todos esos géneros.

Entre sus escritores favoritos destacan Robert L. Stevenson, Walter Scott, Alejandro Dumas, Jane Austen, Charlotte Brontë, Edgard A. Poe o Patrick O'Brian, y más contemporáneos, Arturo Pérez-Reverte, Víctor del Árbol, Santiago Posteguillo, James Ellroy y Jo Nesbø, entre otros muchos más.

También colabora como redactora en el blog Actualidad Literatura, además de publicar artículos sobre temas variados (música, libros, cine, actualidad) en su blog personal, MDCA - Qué hay de lo mío. Y casi toda su obra escrita puede encontrarse en su web Mariola Díaz-Cano Arévalo — novelas y relatos. En ella se pueden leer muchos relatos cortos y sobre sus próximas novelas pendientes de publicar.