Biografía de Carlos I de España (XXXII Parte), por Víctor Fernández Correas

Os ofrecemos un nuevo capítulo de la vida del emperador Carlos I de España y V de Alemania, cuya biografía publicamos por cortesía del escritor extremeño Víctor Fernández Correas, autor de las novelas La conspiración de Yuste, La tribu maldita y Se llamaba Manuel.


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LA DISTANCIA ES COMO EL VIENTO
Víctor Fernández Correas
Después de lo de Augsburgo, Carlos tenía unas ganas locas de volver para casa, esto es, España, y ver a la Isabel de sus amores todo lo que pudiera, pero no pudo. El imperio es así. Tardó una temporada larga en regresar y echarse a sus brazos.

Primero, por lo de los protestantes, a los que ya habrá que empezar a llamar herejes, tal como eran considerados; contra los que algunos le pedían que prudencia y dejara pasar el tiempo, que ya había bastante con las ganas de jarana que traería Solimán el Magnífico para la primavera. Es entonces cuando aquí entra en danza una figura clave en este asunto, el cardenal García de Loaysa, un fraile ascendido desde Roma hasta lo más alto, y que le insistió en que nada de paciencia: leña al manzano, que estaba maduro. Vamos, caña a los herejes como si no hubiera un mañana, y muerto el perro se acabó la rabia, por resumir. Nada de persuadir; y, asimismo, que, si Su Santidad no se decidía a convocar Concilio, al menos que él, como emperador, quedara como dueño de una Alemania amenazada por la herejía.
   
Ni que decir que, tras la Dieta, no hubo entente cordial entre luteranos y Roma y que ésta mantuvo su condena al luteranismo hasta que, en 1999, a Juan Pablo II le dio por decir que ya vale de tanta tontería, que ya somos mayorcitos todos y vamos a llevarnos bien, firmando un acuerdo en Augsburgo por aquella fecha que establecía una paz que, para mi colega, llegaba con 500 años de retraso. Pero, como se suele decir, nunca es tarde si la dicha es buena.
   
Y luego estaba la cuestión de reorganizar el imperio en Alemania. Tal como quedaba el patio tras la Dieta de Augsburgo, las esperanzas de mi colega de tenerlo controlado eran las mismas que las de uno que espera que le toque el gordo de Navidad sin comprar décimo alguno. Nulas, vamos. Lo único que pudo sacar de aquella Dieta fue algunos arreglos gubernativos en torno a la cámara de Justicia del Imperio, aunar voluntades contra el turco, y preparar la elección de su hermano Fernando como rey de Romanos; quien se encargaría de representarle cuando él se ausentara del imperio, o sea, cuando le tocara pasarse por los Países Bajos, España o Italia.
   
De todo esto quedaban dos claras: que Fernando quedaba encarrillado para sucederle llegado el momento ―lo que acabó pasando―, más siendo coronado rey de Romanos en Aquisgrán el 11 de enero de 1531; y la pasta que había sacado de la Dieta, suficiente como para armar un ejército de 40.000 soldados y 8.000 jinetes durante seis meses, listo para cuando al turco se le ocurriera darse otro garbeo por la Europa continental, lo que no ocurrió en 1531, sino en 1532.
   
Y para rematar este guirigay, va su tía, Margarita de Austria, y la palma. La persona que le había criado cuando sus padres pusieron rumbo a España en 1505 para controlar el patio; y a la que mi colega lo único que podía achacarle era su simpatía por la Reforma. Hasta el punto, que Lutero le dedicó una versión que había hecho de los cuatro salmos en 1526. Que ya había que tener cojones después de los de Worms; y sobre lo que Margarita le dio las oportunas explicaciones. Es más, la prueba de que la cosa no había generado recelos entre ambos es que Carlos la reclamó a su verita, sin saberlo, cinco meses antes de que Margarita se marchara para el otro barrio, lo que prueba la estima que tenía por ella y sus consejos.
   
En consecuencia, y con este percal, ¿cómo diantres iba a volver mi colega a casa? Había que ir a los Países Bajos a ver cómo resolvía lo de su tía Margarita, que para eso era la regente en su ausencia ―la elegida fue su hermana María, reina de Hungría, a la que recordaréis por la que montó Solimán en la batalla de Mohács en 1526, cuando se cargó a su esposo Luis II, entre otros―; y prepararse para el nuevo intento de aquel turco de expandir sus dominios, al que se le había metido entre las piernas conquistar Viena remontando el Danubio.
   
Por lo tanto, entre Carlos e Isabel hubo cartas y más cartas para intentar relajar el abismo de la distancia, pues lo de volver a España ― «la cosa que más deseo», llegaría a decirle en una de aquellas muchas cartas. «Porque demás de por mi contentamiento es la cosa que más deseo mi vuelta, principalmente por verla y estar con ella», le dictaría a su secretario en otra―, iba para largo. Pero largo, largo.
   
Cartas, palabras de amor, etcétera. Y amor, aunque de otra manera, también estaba deseando darle, y traía mucho consigo, Solimán el Magnífico. Lo que contaré en el siguiente episodio.
© Víctor Fernández Correas

Carlos I de España
- Bernard van Orley -

Víctor Fernández Correas nac en 1974 y le dio por empezar a escribir a eso de mediados del año 2000, que fue cuando ganó un certamen de relato corto en su pueblo, Valverde de la Vera (Cáceres). Repitió al año siguiente y también ganó. Y asimismo fuera de su pueblo –por ver si sonaba la flauta-, como le ocurrió con el Primer Certamen de Relato Corto «Princesa Jariza» de Jaraíz de La Vera en ese mismo 2001. En 2008 se publicó su primera novela, La conspiración de Yuste, editada por La esfera de los libros. Cuatro años después, en 2012, volv a aparecer en el mercado literario con La tribu maldita, editada por Temas de hoy (Editorial Planeta). En 2018 ha publicado Se llamaba Manuel (Versátil Ediciones) y recientemente ha terminado una cuarta que saldrá en 2020. También ha colaborado en la antología Cervantes tiene quien le escriba, editada por Ediciones Traspiés en 2016, con el relato «La del alba fue».



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