Os ofrecemos un nuevo capítulo de la vida del emperador Carlos I de España y V de Alemania, cuya biografía publicamos por cortesía del escritor extremeño Víctor Fernández Correas, autor de las novelas La conspiración de Yuste, La tribu maldita y Se llamaba Manuel.
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¡QUE VIENE, QUE VIENE, SSSHH, SSSHH, SSSHH!
Víctor Fernández Correas
Víctor Fernández Correas
Solimán el Magnífico y su recuerdo acojonaban mucho en Europa. Y más si se encontraba a sus puertas. Para llamar a las de Viena le faltaba poco menos que el pelo de un calvo, y eso fue lo que le hizo saber mi colega Carlos a su amada Isabel allá por el 6 de abril de 1532 de la siguiente manera: «…las nuevas venidas del turco se continúan y por todos los avisos que se tienen se certifica y averigua que hace muy grandes aparejos, así de armada de mar para enviar en los nuestros reinos de Nápoles y Sicilia, como de exército de tierra, para venir [con] su persona por la parte de Hungría»; noticias de las que mi colega tuvo noticia por medio del embajador de Venecia en Constantinopla, que se jugó la vida por poner en aviso a la Europa cristiana de lo que se le venía encima. Algo con peor cara que los pollos de más de uno y de dos centros comerciales.
Así que, a mi colega se le presentaba la oportunidad de presentarse ante la Europa cristiana como su gran adalid. O yo, o el desastre, y el desastre eran Solimán el Magnífico y sus huestes, lo mejor de cada casa. Con eso se presentó en Ratisbona, donde tocaba Dieta, para decirle a todos ―católicos y luteranos― que lo que se les venía no era para seguir haciendo el gilipollas por pensar esto y lo otro acerca de la religión. Que era cosa seria, vamos. Muy seria.
Y lo consiguió. Ya estuvo a punto de hacerlo en la Dieta de Augsburgo, donde se reconocieron sus esfuerzos por lograr la paz. Ahora, era el miedo al turco el que le permitiría aglutinar los esfuerzos y ánimos de unos y de otros para hacerle frente.
Claro que eso exigía perras para armar una fuerza lo suficientemente poderosa como para hacer pensar a Solimán que aquello no iba a ser tan sencillo como parecía. Se lo dijo así de clarinete mi colega a la emperatriz por carta: «…la potencia de este enemigo es tan grande, como es notorio, y si nos hallase desapercibidos, esto de acá y todo lo demás de la Christiandad vendría en mucho peligro». En resumidas cuentas, o le daban un ejército de verdad, o de Viena, primero, y del resto del imperio no iba a quedar ni los restos. Avisados quedáis, vino a decir con aquellas líneas.
Esto, hacia a abril de 1532 desde Ratisbona. En consecuencia, la Dieta le contestó que vengan unas perras para contratar lo que usted estime oportuno; lo que, sumado a las procedentes de distintas partes del imperio, se tradujo en un ejército de unos 100.000 hombres. Y eso le ponía al emperador más caliente que el palo de un churrero, y no se cortó de confesárselo a su amada por carta: «Y de la resistencia que se ha de fazer por tierra, he concluido en esta Dieta que el imperio ayuda con 29.000 infantes y cinco mil caballos, sin otras ayudas otras ayudas particulares que spero que harán los príncipes y cibdades. Ponerse ha diligencia en juntarlo todo y yo de mi parte haré fasta 30.000 jinetes y veinte mil de caballo, en cuyo número entrará la infantería española que tengo en Italia y alguna qantidad de italianos…». Peña suficiente para esperar la llegada de Solimán el Magnífico y su ejército. Y con ganas.
A todo aquello se le sumaron apoyos recibidos de todas partes: desde Flandes, tropas recabadas por su hermana María de Hungría, que se unieron a las checas proporcionadas por su hermano Fernando. Y a su lado, para afrontar el encuentro con el turco, como haría en tantas y tantas otras ocasiones, Fernando Álvarez de Toledo, el duque de Alba, que tampoco quiso perderse la ocasión y llegó al encuentro del emperador en Ratisbona tras cruzar Francia entera en compañía de Garcilaso de la Vega; encuentro que este poeta puso en negro sobre blanco de esta manera:
Soldados a cascoporro, pasta para aburrir ―hubo también aportaciones de última hora, como los 100.000 ducados aportados por el rey de Portugal, o los 500.000 que aún restaban en Simancas del rescate de los príncipes franceses―… Como para no acojonar también al turco. Y realmente lo conseguiría.
Hacia septiembre de 1532, ese inmenso ingente de tropas se puso en marcha al conocer que Solimán se acercaba a Viena; pero desconociendo el percal de verdad, que no era el mejor para el turco, precisamente, pues lo que no esperaba es que una china en su camino, como era Güns, una fortaleza a apenas 100 kilómetros de Viena, soportara un heroico asedio que duró casi un mes ―desde el 3 hasta el 28 de agosto―, lo que salvó a aquélla de sufrir un nuevo cerco por parte del turco. Ciudad ―Viena, insisto― que también esperaba a Solimán armada hasta los dientes, a lo que se unía que las tropas del turco no estuvieran tan bien pertrechadas como aquél esperaba lejos de sus bases de aprovisionamiento. Y sí, Güns terminó rindiéndose, pero eso eran migajas para Solimán, que devastó lo que pudo por el lugar, pero olvidándose de Viena, su verdadero objetivo. Se quedaba con las ganas de marcarse allí un vals, que mirad que siempre lo recomienda Leonard Cohen en alguna que otra canción. La vida.
En su renuncia a darle a los vieneses sus buenos deseos se cuenta que tuvo mucho que ver la inesperada presencia de un embajador francés apellidado Rincón, que fue a verle cuando todavía se encontraba en Belgrado. ¿Qué le dijo aquel diplomático español al servicio de Francisco I? Que se cortase de marchar sobre Viena, que no le esperaban con los brazos abiertos. Solimán le contestó que ni de coña, que lo tenía todo listo; y que, de hacerlo, eso significaría que temía a Carlos de España ―que así le conocía ya el turco.
Sea lo que fuere, entre que el aprovisionamiento de sus tropas no era el mejor y que venía Carlos hacia él, Solimán decidió retirarse, pero de una manera muy sibilina: propagó que sus tropas habían salido al encuentro de las del emperador y al no encontrarlas, se dio la vuelta; cuando lo cierto era lo contrario, que se dio el piro al conocer que mi colega avanzaba decidido hacia Viena para encontrarse con él.
El 27 de septiembre de 1532, Carlos anunciaba que no había lugar a la batalla, que el turco se había marchado con viento fresco; lo que no le impidió presentarse como vencedor del asunto y, en consecuencia, garante de la Cristiandad, que ya tenía quien la defendiera. Tan contento estaba, que le escribió estas líneas a su amada Isabel: «…la honra y victoria que Dios nos ha dado en haber ha comenzado a echar de la tierra [a] este enemigo común de la Christiandad».
Nada le impedía ya regresar a España, encontrarse con su amada y pegarse unos cuantos homenajes para celebrar el asunto, que habían sido muchos y largos los meses de ausencia. Lo que no esperaba, sin embargo, era encontrarse con la Isabel que se encontró. Pero, eso, ya para la siguiente.
Así que, a mi colega se le presentaba la oportunidad de presentarse ante la Europa cristiana como su gran adalid. O yo, o el desastre, y el desastre eran Solimán el Magnífico y sus huestes, lo mejor de cada casa. Con eso se presentó en Ratisbona, donde tocaba Dieta, para decirle a todos ―católicos y luteranos― que lo que se les venía no era para seguir haciendo el gilipollas por pensar esto y lo otro acerca de la religión. Que era cosa seria, vamos. Muy seria.
Y lo consiguió. Ya estuvo a punto de hacerlo en la Dieta de Augsburgo, donde se reconocieron sus esfuerzos por lograr la paz. Ahora, era el miedo al turco el que le permitiría aglutinar los esfuerzos y ánimos de unos y de otros para hacerle frente.
Claro que eso exigía perras para armar una fuerza lo suficientemente poderosa como para hacer pensar a Solimán que aquello no iba a ser tan sencillo como parecía. Se lo dijo así de clarinete mi colega a la emperatriz por carta: «…la potencia de este enemigo es tan grande, como es notorio, y si nos hallase desapercibidos, esto de acá y todo lo demás de la Christiandad vendría en mucho peligro». En resumidas cuentas, o le daban un ejército de verdad, o de Viena, primero, y del resto del imperio no iba a quedar ni los restos. Avisados quedáis, vino a decir con aquellas líneas.
Esto, hacia a abril de 1532 desde Ratisbona. En consecuencia, la Dieta le contestó que vengan unas perras para contratar lo que usted estime oportuno; lo que, sumado a las procedentes de distintas partes del imperio, se tradujo en un ejército de unos 100.000 hombres. Y eso le ponía al emperador más caliente que el palo de un churrero, y no se cortó de confesárselo a su amada por carta: «Y de la resistencia que se ha de fazer por tierra, he concluido en esta Dieta que el imperio ayuda con 29.000 infantes y cinco mil caballos, sin otras ayudas otras ayudas particulares que spero que harán los príncipes y cibdades. Ponerse ha diligencia en juntarlo todo y yo de mi parte haré fasta 30.000 jinetes y veinte mil de caballo, en cuyo número entrará la infantería española que tengo en Italia y alguna qantidad de italianos…». Peña suficiente para esperar la llegada de Solimán el Magnífico y su ejército. Y con ganas.
A todo aquello se le sumaron apoyos recibidos de todas partes: desde Flandes, tropas recabadas por su hermana María de Hungría, que se unieron a las checas proporcionadas por su hermano Fernando. Y a su lado, para afrontar el encuentro con el turco, como haría en tantas y tantas otras ocasiones, Fernando Álvarez de Toledo, el duque de Alba, que tampoco quiso perderse la ocasión y llegó al encuentro del emperador en Ratisbona tras cruzar Francia entera en compañía de Garcilaso de la Vega; encuentro que este poeta puso en negro sobre blanco de esta manera:
«Con amorosos ojos delante
Carlos, César triunfante, lo abrazabacuando desembarcaba en Ratisbona.»
Hacia septiembre de 1532, ese inmenso ingente de tropas se puso en marcha al conocer que Solimán se acercaba a Viena; pero desconociendo el percal de verdad, que no era el mejor para el turco, precisamente, pues lo que no esperaba es que una china en su camino, como era Güns, una fortaleza a apenas 100 kilómetros de Viena, soportara un heroico asedio que duró casi un mes ―desde el 3 hasta el 28 de agosto―, lo que salvó a aquélla de sufrir un nuevo cerco por parte del turco. Ciudad ―Viena, insisto― que también esperaba a Solimán armada hasta los dientes, a lo que se unía que las tropas del turco no estuvieran tan bien pertrechadas como aquél esperaba lejos de sus bases de aprovisionamiento. Y sí, Güns terminó rindiéndose, pero eso eran migajas para Solimán, que devastó lo que pudo por el lugar, pero olvidándose de Viena, su verdadero objetivo. Se quedaba con las ganas de marcarse allí un vals, que mirad que siempre lo recomienda Leonard Cohen en alguna que otra canción. La vida.
En su renuncia a darle a los vieneses sus buenos deseos se cuenta que tuvo mucho que ver la inesperada presencia de un embajador francés apellidado Rincón, que fue a verle cuando todavía se encontraba en Belgrado. ¿Qué le dijo aquel diplomático español al servicio de Francisco I? Que se cortase de marchar sobre Viena, que no le esperaban con los brazos abiertos. Solimán le contestó que ni de coña, que lo tenía todo listo; y que, de hacerlo, eso significaría que temía a Carlos de España ―que así le conocía ya el turco.
Sea lo que fuere, entre que el aprovisionamiento de sus tropas no era el mejor y que venía Carlos hacia él, Solimán decidió retirarse, pero de una manera muy sibilina: propagó que sus tropas habían salido al encuentro de las del emperador y al no encontrarlas, se dio la vuelta; cuando lo cierto era lo contrario, que se dio el piro al conocer que mi colega avanzaba decidido hacia Viena para encontrarse con él.
El 27 de septiembre de 1532, Carlos anunciaba que no había lugar a la batalla, que el turco se había marchado con viento fresco; lo que no le impidió presentarse como vencedor del asunto y, en consecuencia, garante de la Cristiandad, que ya tenía quien la defendiera. Tan contento estaba, que le escribió estas líneas a su amada Isabel: «…la honra y victoria que Dios nos ha dado en haber ha comenzado a echar de la tierra [a] este enemigo común de la Christiandad».
Nada le impedía ya regresar a España, encontrarse con su amada y pegarse unos cuantos homenajes para celebrar el asunto, que habían sido muchos y largos los meses de ausencia. Lo que no esperaba, sin embargo, era encontrarse con la Isabel que se encontró. Pero, eso, ya para la siguiente.
© Víctor Fernández Correas
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| Carlos I de España - Bernard van Orley - |
Víctor Fernández Correas nació en 1974 y le dio por empezar a escribir a eso de mediados del año 2000, que fue cuando ganó un certamen de relato corto en su pueblo, Valverde de la Vera (Cáceres). Repitió al año siguiente y también ganó. Y asimismo fuera de su pueblo –por ver si sonaba la flauta-, como le ocurrió con el Primer Certamen de Relato Corto «Princesa Jariza» de Jaraíz de La Vera en ese mismo 2001. En 2008 se publicó su primera novela, La conspiración de Yuste, editada por La esfera de los libros. Cuatro años después, en 2012, volvió a aparecer en el mercado literario con La tribu maldita, editada por Temas de hoy (Editorial Planeta). En 2018 ha publicado Se llamaba Manuel (Versátil Ediciones) y recientemente ha terminado una cuarta que saldrá en 2020. También ha colaborado en la antología Cervantes tiene quien le escriba, editada por Ediciones Traspiés en 2016, con el relato «La del alba fue».
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