Os ofrecemos un nuevo capítulo de la vida del emperador Carlos I de España y V de Alemania, cuya biografía publicamos por cortesía del escritor extremeño Víctor Fernández Correas, autor de las novelas La conspiración de Yuste, La tribu maldita y Se llamaba Manuel.
Puedes leer las entregas previas pinchando AQUÍ.
Pintor que sigues el rumbo de tantos pintores viejos
Víctor Fernández Correas
Víctor Fernández Correas
Decíamos en la anterior entrega de esta vida de mi colega Carlos que echó un ratino por Italia antes de regresar a España y reencontrarse con su amada Isabel. Por un lado, cosas que tenía que darle a la de sin hueso con su Santidad, Clemente VII. Por otro, ya que se encontraba en Bolonia, para ver qué le podía pintar Tiziano.
Tiziano. Palabras mayores.
Que tenía que tratar con Clemente VII estaba cristalino, como le responde el teniente Daniel Kaffee —Tom Cruise– al coronel Nathan R. Jessup —un descomunal Jack Nicholson— en ‘Algunos hombres buenos’; porque a oídos de mi colega le había llegado que andaba tonteando de nuevo con el francés –Francisco I–, y no estaba dispuesto a que su Santidad se los tocara de nuevo, hablando en plata, como relaté en la anterior entrega. Pero, ya que estaba en Bolonia, por qué no echar un rato con Tiziano. Como tonto.
A ver cómo cuento esto, que el asunto tiene su miga y hay algunos que no lo ven así y otros sí: parece ser —recalco parece– que mi colega Carlos ya llevaba tiempo con la idea en la cabeza de tener a un pintor bueno, bueno a su servicio. Hasta entonces se había puesto en manos de Van Orley, pintor de cámara de la princesa Margarita de Austria desde 1518. Le hizo varios retratos que ahora se pueden contemplar en la National Gallery de Edimburgo o en el Louvre de París. Que sí, aseado y tal, pero no es lo que mi colega buscaba con afán. Van Orley no era retratista, sino pintor de escenas religiosas. Y para colmo, sospechoso de beber los vientos, que diría el periodista deportivo, por las ideas reformistas. Yuyu, en consecuencia.
También pasó por los pinceles de Lucas Cranach, el Viejo —retrato que se puede contemplar en el Thyssen de Madrid—, cuyo resultado le hizo la misma gracia que una patada en los huevos. Así que decidió que no quería volver a verlo ni en pintura, y nunca mejor dicho; y por los de Durero. ¡Oh! El gran Durero, ni más ni menos. Ya le hizo un grabado del copón nada más ser elegido mi colega como emperador, pero en 1528 la palmó, así que buscaba un pintor que le pintara como lo que era, un césar moderno fetén.
Lo de la visita a Tiziano no era otra cosa que estrechar lazos entre ambos, porque conocerse, como que ya se conocían de antes. En concreto, desde 1530, durante otro viaje de mi colega a Italia, cuando fueron presentados por el duque de Mantua. De aquella audiencia se sacó Tiziano un esbozo, que es el que se conserva en el Museo de Besançon, de un cuadro que nunca llegó a materializarse porque mi colega se metió en las dietas de Augsburgo y Ratisbona debido a la amenaza del turco. Sin sospechar que ya habría tiempo de pintarlo, aunque en ese instante lo que sí sospechara es que se iba a quedar sin cuadro como servidor de ustedes sin abuela.
Era ahora, pues, con el patio más tranquilo, tres años después, en 1533, cuando la entrevista tenía sentido; y porque Tiziano transitaba por la madurez de su genio creativo, con joyas ya a su espalda como el retrato de El hombre del guante. En resumidas cuentas, un maestro de la Escuela Veneciana. Un puto crack, que se dice ahora.
Con lo que se descolgó mi colega, recordando aquel encuentro propiciado por el de Mantua, fue con un retrato de cuerpo entero a lo cortesano, con perro incluido —cuadro que se puede admirar en el Museo del Prado—, y que Tiziano se atuviera a las líneas de otro cuadro ya pintado por el austriaco Jacob Seisenegger durante la estancia de mi colega en Linz el año anterior —para quien le interese, lo tenéis expuesto en el Museo de Bellas Artes de Viena—. Que pintes algo como eso, y luego, ya si eso, pues eso. Más o menos.
Y cuando vio el resultado, ni que decir que mi colega dio palmas con las orejas, y que olvidó el de Seisenegger echando leches. De la figura fría e insípida del austriaco, a la luminosa que sale de los pinceles de Tiziano, en la que se atisba el césar que buscaba mi colega; y que anticipa lo que vendría después, que eso ya sí que es hors de categorie, como dicen en Francia. Fuera de categoría, vamos. Lo que le pintó Tiziano no era un cuadro más, sino la obra de un genio; y más sabiendo que se lo rifaban las pequeñas cortes renacentistas, y también toda Europa Occidental.
Un pintor que, desde ese primer cuadro realizado, supo captar el sentimiento de su firmeza, y hasta la arrogancia de quien estaba convencido de haber sido elegido para una misión en lo universal. Y mi colega, encantado de tenerlo a su servicio como pintor de cámara. Tanto lo estaba, que se cuenta —la veracidad de esta anécdota está puesta en duda, ahí dejo el detalle— que estando en su taller en cierta ocasión, a Tiziano se le cayó un pincel al suelo, y fue mi colega quién se agachó para recogerlo y entregárselo como signo de rendición absoluta a su arte y genio.
Quince años después vendría lo de Mülhberg, que Tiziano dejó retratado para la eternidad. Pero de eso ya hablaremos llegado el momento.
Tiziano. Palabras mayores.
Que tenía que tratar con Clemente VII estaba cristalino, como le responde el teniente Daniel Kaffee —Tom Cruise– al coronel Nathan R. Jessup —un descomunal Jack Nicholson— en ‘Algunos hombres buenos’; porque a oídos de mi colega le había llegado que andaba tonteando de nuevo con el francés –Francisco I–, y no estaba dispuesto a que su Santidad se los tocara de nuevo, hablando en plata, como relaté en la anterior entrega. Pero, ya que estaba en Bolonia, por qué no echar un rato con Tiziano. Como tonto.
A ver cómo cuento esto, que el asunto tiene su miga y hay algunos que no lo ven así y otros sí: parece ser —recalco parece– que mi colega Carlos ya llevaba tiempo con la idea en la cabeza de tener a un pintor bueno, bueno a su servicio. Hasta entonces se había puesto en manos de Van Orley, pintor de cámara de la princesa Margarita de Austria desde 1518. Le hizo varios retratos que ahora se pueden contemplar en la National Gallery de Edimburgo o en el Louvre de París. Que sí, aseado y tal, pero no es lo que mi colega buscaba con afán. Van Orley no era retratista, sino pintor de escenas religiosas. Y para colmo, sospechoso de beber los vientos, que diría el periodista deportivo, por las ideas reformistas. Yuyu, en consecuencia.
También pasó por los pinceles de Lucas Cranach, el Viejo —retrato que se puede contemplar en el Thyssen de Madrid—, cuyo resultado le hizo la misma gracia que una patada en los huevos. Así que decidió que no quería volver a verlo ni en pintura, y nunca mejor dicho; y por los de Durero. ¡Oh! El gran Durero, ni más ni menos. Ya le hizo un grabado del copón nada más ser elegido mi colega como emperador, pero en 1528 la palmó, así que buscaba un pintor que le pintara como lo que era, un césar moderno fetén.
Lo de la visita a Tiziano no era otra cosa que estrechar lazos entre ambos, porque conocerse, como que ya se conocían de antes. En concreto, desde 1530, durante otro viaje de mi colega a Italia, cuando fueron presentados por el duque de Mantua. De aquella audiencia se sacó Tiziano un esbozo, que es el que se conserva en el Museo de Besançon, de un cuadro que nunca llegó a materializarse porque mi colega se metió en las dietas de Augsburgo y Ratisbona debido a la amenaza del turco. Sin sospechar que ya habría tiempo de pintarlo, aunque en ese instante lo que sí sospechara es que se iba a quedar sin cuadro como servidor de ustedes sin abuela.
Era ahora, pues, con el patio más tranquilo, tres años después, en 1533, cuando la entrevista tenía sentido; y porque Tiziano transitaba por la madurez de su genio creativo, con joyas ya a su espalda como el retrato de El hombre del guante. En resumidas cuentas, un maestro de la Escuela Veneciana. Un puto crack, que se dice ahora.
Con lo que se descolgó mi colega, recordando aquel encuentro propiciado por el de Mantua, fue con un retrato de cuerpo entero a lo cortesano, con perro incluido —cuadro que se puede admirar en el Museo del Prado—, y que Tiziano se atuviera a las líneas de otro cuadro ya pintado por el austriaco Jacob Seisenegger durante la estancia de mi colega en Linz el año anterior —para quien le interese, lo tenéis expuesto en el Museo de Bellas Artes de Viena—. Que pintes algo como eso, y luego, ya si eso, pues eso. Más o menos.
Y cuando vio el resultado, ni que decir que mi colega dio palmas con las orejas, y que olvidó el de Seisenegger echando leches. De la figura fría e insípida del austriaco, a la luminosa que sale de los pinceles de Tiziano, en la que se atisba el césar que buscaba mi colega; y que anticipa lo que vendría después, que eso ya sí que es hors de categorie, como dicen en Francia. Fuera de categoría, vamos. Lo que le pintó Tiziano no era un cuadro más, sino la obra de un genio; y más sabiendo que se lo rifaban las pequeñas cortes renacentistas, y también toda Europa Occidental.
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| Ritratto di Carlo V seduto -Tiziano- 1548 |
Un pintor que, desde ese primer cuadro realizado, supo captar el sentimiento de su firmeza, y hasta la arrogancia de quien estaba convencido de haber sido elegido para una misión en lo universal. Y mi colega, encantado de tenerlo a su servicio como pintor de cámara. Tanto lo estaba, que se cuenta —la veracidad de esta anécdota está puesta en duda, ahí dejo el detalle— que estando en su taller en cierta ocasión, a Tiziano se le cayó un pincel al suelo, y fue mi colega quién se agachó para recogerlo y entregárselo como signo de rendición absoluta a su arte y genio.
Quince años después vendría lo de Mülhberg, que Tiziano dejó retratado para la eternidad. Pero de eso ya hablaremos llegado el momento.
© Víctor Fernández Correas
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| Carlos I de España - Bernard van Orley - |
Víctor Fernández Correas nació en 1974 y le dio por empezar a escribir a eso de mediados del año 2000, que fue cuando ganó un certamen de relato corto en su pueblo, Valverde de la Vera (Cáceres). Repitió al año siguiente y también ganó. Y asimismo fuera de su pueblo –por ver si sonaba la flauta-, como le ocurrió con el Primer Certamen de Relato Corto «Princesa Jariza» de Jaraíz de La Vera en ese mismo 2001. En 2008 se publicó su primera novela, La conspiración de Yuste, editada por La esfera de los libros. Cuatro años después, en 2012, volvió a aparecer en el mercado literario con La tribu maldita, editada por Temas de hoy (Editorial Planeta). En 2018 ha publicado Se llamaba Manuel (Versátil Ediciones) y recientemente ha terminado una cuarta que saldrá en 2020. También ha colaborado en la antología Cervantes tiene quien le escriba, editada por Ediciones Traspiés en 2016, con el relato «La del alba fue».
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