«Tambores vacíos», relato de Laura Pérez Caballero

Os ofrecemos, por cortesía de su editor, David Gómez Hidalgo, uno de los relatos de Vindicta (III Antología Negrocriminal Cruce de Caminos).

La autora de este relato, Laura Pérez Caballero, nació en Mieres, Asturias, villa en la que reside en la actualidad. Cursó estudios universitarios en Oviedo y comenzó a escribir relatos y cuentos en la adolescencia haciéndose con premios como el Certamen Palacio Valdés de Marmolejo, Jaén; un primer premio en la fundación de Derechos civiles de Madrid; I Certamen "Todos somos iguales, todos somos diferentes" contra el racismo y la xenofobia.  De los relatos pasó a escribir novelas cortas. En estos momentos cuenta con veinte obras autopublicadas en amazon, desde novelas young adult, novela contemporánea, historias cortas, relatos, microrrelatos....


TAMBORES VACÍOS
David Gómez Hidalgo
Angelines no había dudado durante un solo segundo en sus cuarenta y tres años de vida de que era una mujer estúpida.
 

Siempre había sido así: poco lenta; comenzó a hablar más tarde que la mayoría de los bebés; iba a trompicones por la vida, rezagada tras sus compañeras. No pillaba los chistes, ni las indirectas, para qué hablar de las ironías. Tampoco entendía la mayoría de los libros, y se quedaba boquiabierta ante aquellas películas que todos veneraban y de las que ella no se enteraba de nada.
 

Por eso se sorprendió tanto cuando, aquel once de marzo, se enteró de que su marido había sido detenido acusado del asesinato de aquella mujer de veinticinco años de la que decían que era su amante.
 

El inspector Trujillo le dio la noticia y le preguntó si estaba enterada de que su marido tenía una amante.
 

Angelines negó con la cabeza, los ojos bajos por la vergüenza, sabiendo lo que aquel hombre estaba pensando de ella.
 

—Es su esposa, no tiene obligación de testificar en su contra.
 

Era su mujer desde hacía veinte años, cuando vio a su padre suspirar aliviado porque se iba a casar con Carlos Cifuentes Altea, un importante financiero que aseguraría, al menos, la comodidad económica de su hija boba.
 

Angelines salió de la comisaría de vuelta a casa, un cuarto piso en el barrio Salamanca de Madrid, donde sentía que hasta el portero la miraba con cierta burla y tristeza cada vez que la saludaba.
 

«Tú eres tonta»; debía ser la frase que más veces había escuchado repetida en boca de sus padres, su hermano menor, sus profesoras, compañeras, incluso en alguna entrevista de trabajo cuando aún intentaba trabajar.  Una vez, también la escuchó de la boca de una cajera de supermercado a la que, sin embargo, fue ella quien acabó pidiendo disculpas.
 

El inspector, en cambio, no era un hombre acostumbrado a pedir disculpas ni a ceder ante una acumulación de pruebas tan obvias como las que le ofrecía aquel caso.
 

La mujer asesinada y Carlos Cifuentes eran amantes desde hacía unos tres años. El pequeño apartamento de la mujer, en Chueca, estaba lleno de sus huellas dactilares y la única coartada que el hombre había dado para zafarse del crimen había sido descartada.
 

Cuatro hombres de negocios en una timba de póker jugándose las comisiones de los clientes a las dos de la madrugada no era algo que los otros tres participantes fueran a admitir con facilidad.
 

Quizá eso era lo que hacía sospechar al inspector sobre la inocencia real que el acusado se empeñaba en defender. Sin embargo, por más que él aseguró que aquella práctica era una rutina desde hacía un par de años, los otros tres se apañaron para conseguir coartadas que les libraran de tal acusación.
 

Carlos Cifuentes juró y perjuró que aquel día no había estado con la víctima en ningún momento, y que no tenía ni la más mínima idea de quién podía haberla asesinado.
 

—¿Cree que su mujer estaba al tanto de que tenía una amante?
 

A pesar de su situación, Carlos Cifuentes se permitió soltar una carcajada.
 

—¿Ha hablado con mi mujer?
 

El inspector contestó tajante.
 

—Sí, he hablado con ella.
—¿Y qué le ha dicho?
—Eso no tiene importancia, le preguntó a usted lo que piensa.
 

Carlos Cifuentes chasqueó la lengua con desprecio.
 

—Esa no se enteraría ni aunque la hubiese metido en mi propia casa.
 

Allí estaba Angelines, en su casa, sumergida en un baño espumoso, haciendo recuento de su vida. Su paso por el Colegio del Sagrado Corazón, su paso por el instituto privado Padre Misericordioso donde consiguió su título de bachiller al cumplir los diecisiete a pesar de no haber aprobado ni una, su llegada a la Universidad Juan Carlos I, donde su estupidez fue sustituida por un físico envidiable con el que había pasado de un pretendiente a otro igual que una pelota de ping-pong para  acabar siendo reemplazada siempre por otra más perspicaz que ella, hasta conocer al afamado financiero en aquella fiesta donde se reunían antiguos amigos de Económicas y a la que ni siquiera recordaba quién la había invitado.
 

Siempre se había sentido pequeña, tan torpe, tan incapaz de fingir como lo hacía el resto.
 

Ahora Carlos estaba arrestado. Los periódicos y los telediarios darían la noticia. Ella sería la tonta cornuda, pero  no se sorprendería  nadie, de eso estaba segura. La comidilla sería Carlos. Podía escuchar los comentarios durante las cenas y las fiestas en los chalet de la Sierra, susurrando primero y hablando sin ningún complejo, después, de quién iba a esperarse que Carlos hubiese resultado ser un asesino. «Y no solo de las finanzas…», apostillaría Armando Calderón, para terminar todos celebrando la broma con una risotada obscena.
 

Cuando al cabo de unas horas volvió a la comisaría y preguntó por el Inspector Trujillo, este no pudo dejar de sorprenderse de nuevo ante su aspecto.
 

Cuando la habían llevado a declarar, la primera vez, se había esperado a una mujer dura, maquillada en extremo, con aquel tono de piel moreno de rayos UVA que caracterizaba a las mujeres del barrio de Salamanca, y se había encontrado una mujer titubeante con un aspecto aniñado a pesar de tener más de cuarenta años.
 

Un tambor vacío. Así llamaba su padre a esa clase de personas. Eran un revólver sin balas.
Había respondido a sus preguntas con síes y noes, la mayoría de las veces inclinando o girando la cabeza, y cuando le dijo que habían terminado apenas sostuvo su mirada.
 

—Siento mucho no haber sido de gran ayuda.
 

Se disculpaba por el interrogatorio, pero al inspector le dio la sensación de que era la típica mujer que se disculpaba simplemente por ocupar un lugar en la vida.
 

El inspector la hizo pasar a su despacho, le indicó  con una mano una silla para que se sentara.
 

Angelines lo hizo e, inmediatamente, rebuscó impaciente en su bolso hasta sacar una serie de resguardos bancarios.
 

—Después de llegar a casa me puse a pensar en lo de la amante, en cómo podía no haberme dado cuenta antes —extendió cuatro resguardos de pago con tarjeta sobre la mesa—. Estos resguardos los encontré en los bolsillos de sus americanas, antes de enviarlas a la tintorería. Nunca los miraba, nunca he entendido muy bien las cuentas, él es el financiero y es quien se ocupa de todas esas cosas.
 

El inspector ojeó los resguardos.
 

—Señora, ¿usted tiene claro que no hay razón alguna para que declare en contra de su marido? La ley la protege de ello.
 

Angelines parecía confundida.
 

—Bueno, yo… pensé que debería ayudar, en lo posible, a esclarecer el caso, pero parece que me he equivocado de nuevo.
 

El inspector la observó un momento en silencio, calibrando cada uno de sus movimientos, el de sus pupilas, el de sus manos sobre el regazo. Entrecerró los ojos, confundido.
 

—¿Ha leído usted Presunto inocente?
 

Angelines negó con la cabeza.
 

—No me gustan los libros.
—Y eso ¿por qué?
—Me hacen sentir más tonta de lo que ya soy.
 

El inspector Trujillo se dejó atravesar por un sentimiento de ternura y de alerta. Ya había pasado mucho tiempo, pero recordaba con amargura que él había estado enamorado de una mujer como Angelines. El inspector Trujillo no quería ser presuntuoso, pero imaginaba lo que encontraría en aquellos extractos. Y así fue.
 

El último de ellos, el más reciente, el que marcaba la fecha del mismo día en el que se cometió el asesinato, pertenecía a una elegante joyería.
 

No tardó más de una hora en presentarse en la misma con el resguardo para comprobar que, efectivamente, la compra se correspondía con la valiosa gargantilla que la mujer todavía guardaba en su caja, depositada sobre su mesilla de noche.
 

—¿Tienen cámaras?
 

La dependienta asintió.
 

—Tiene suerte, es un circuito cerrado y se comienza a grabar sobre lo grabado cada cuarenta y ocho horas. Acompáñeme.
 

Mientras la seguía a través de un estrecho y corto pasillo hasta un pequeño despacho en el que se hallaba el monitor, preguntó:
 

—¿Recuerda si fue un hombre quien la compró o si fue una mujer?
 

La dependienta buscaba en el vídeo el corte que marcaba la hora del ticket
 

—Fue un hombre.
 

El inspector notó un ligero golpe en su vanidad, pero aun así no perdió la esperanza hasta ver la imagen de Carlos Cifuentes Altea entrando en la joyería y hacer todos los trámites hasta comprar la gargantilla y salir con la misma ya en sus manos.
 

—Muchas gracias, tendré que confiscar el vídeo.
 

El círculo se cerraba sobre Carlos, aunque él siguiera persistiendo en su inocencia y asegurara que ni había visto a su amante durante aquel día ni había comprado ninguna joya.
 

Casi un mes después, en un caluroso día de abril, Angelines escogió una cafetería acristalada frente a La Sagrada Familia, en Barcelona. Pidió un té con hielo y preguntó dónde encontrar los baños al camarero.
 

Con paso lento desapareció por una de las puertas.
 

Cuando estaba a punto de salir, un hombre entró en el servicio.
 

—Creo que se ha equivocado de baños, señora.
 

Angelines se sonrojó.
 

—Lo siento, qué tonta soy.
 

Volvió a su mesa, en la que había dejado los hielos derritiéndose en el líquido ardiente de la infusión.
 

El hombre que había entrado al baño se sentó frente a ella.
 

—Un café —dijo sonriendo al  camarero.
—¿Todo bien? —preguntó Angelines.
—Perfecto —dijo el hombre—. Es usted una mujer muy inteligente.
 

Angelines se sonrojó de nuevo.
 

—Y usted un hombre muy amable.
 

Todavía no podía creerse que todo hubiese salido tan bien. Por eso se sorprendió tanto aquel once de marzo. Lo más peligroso había sido arriesgarse a hacerlo mientras Carlos estaba en la timba, dando por hecho que ninguno de los participantes corroborarían su coartada con tal de no descubrirse ellos mismos. Pero Angelines llevaba demasiados años tratando con ese tipo de gente, algo tenía que haber aprendido a pesar de ser tan corta.
 

También fue una suerte que, después de llamarle tantas y tantas veces estúpida, su marido hubiese sido tan ingenuo poniendo como clave de su Visa Oro la fecha del cumpleaños de su madre, a la que Carlos adoraba. Fue el primer código con el que probó Angelines. Lo que más le había costado había sido encontrar a un hombre con un parecido físico tan llamativo como el de su marido y, además, convencerle para llevar a cabo su plan, haciéndole vestirse con las ropas de Carlos y comprar aquella gargantilla con su Visa. Ahora que él había recogido el dinero de detrás de la cisterna, en el baño, los dos estaban en paz.
 

Sentado en la terraza de la misma cafetería, el inspector Trujillo vio salir primero al hombre. Seguía sorprendido por el parecido físico con Carlos Cifuentes Altea, de hecho, cuando le había visto aparecer para entrar al local se había llevado un buen sobresalto. Luego había sonreído.
 

Poco después del hombre, Angelines abandonó la cafetería con el mismo paso lento y tranquilo con el que había entrado.
 

El inspector Trujillo se dijo que aquel era el momento para detenerla. Para dejarle claro que no había sido tan lista como ella pensaba.
 

Sin embargo no lo hizo. Se estaba tan bien en aquella terraza, bajo el tibio sol de abril y con aquellas vistas. Aún tenía su carajillo sin tocar y su cigarrillo no se había consumido del todo.
 

Tampoco era tan importante que, por una vez, alguien se sintiera más listo que él. ¿Y quién podía merecérselo más que aquella mujer?
 

No, no era un revólver vacío, era una ruleta rusa a la que la vida había ido haciendo girar y girar el tambor hasta colocar la bala en el lugar adecuado.
 

El inspector le dio una calada larga a su cigarrillo y siguió con la vista a Angelines, hasta que esta se entremezcló y se confundió entre los turistas que visitaban La Sagrada Familia, diluyéndose entre la gente, como hacía mucho, mucho tiempo atrás, se había diluido aquella otra mujer de la que el inspector Trujillo estuvo enamorado con locura.
Reseña de «Vindicta»,  por Miguel Izu
En España, escribir relatos o cuentos ha tenido tradicionalmente poco predicamento, por alguna razón todo el prestigio del género narrativo se ha acumulado en la novela. Parecería que escribir una narración corta es un entretenimiento de autores poco trabajadores o con facultades limitadas, lo cual está muy alejado de la realidad. Recordemos aquella frase de Blaise Pascal, “disculpe si he escrito esta carta tan larga, no he tenido tiempo de hacerla más corta”. Esta marginalidad del relato es [...]