Os ofrecemos un nuevo capítulo de la vida del emperador Carlos I de España y V de Alemania, cuya biografía publicamos por cortesía del escritor extremeño Víctor Fernández Correas, autor de las novelas La conspiración de Yuste, La tribu maldita y Se llamaba Manuel.
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De gira por Castilla la Vieja
Víctor Fernández Correas
Víctor Fernández Correas
En la entrega anterior a la última de esta vida de mi colega Carlos, lo dejé de vuelta a España tras un periplo por tierras alemanas para apaciguar la cosa con el Turco, que siempre que podía daba por saco con gracia, salero y olé, pero en plan turco; y por las italianas, para darle un rato a la de sin hueso con su Santidad Clemente VII y, de paso, encargarle alguna que otra pintura al maestro Tiziano, a ver qué tal pintaba el muchacho y tal.
Con Isabel y sus retoños a su lado, y tras presidir las Cortes celebradas en Monzón en junio de 1533, que se alargarían todo el año —con susto incluido para mi colega por culpa de un parraque que le dio a la emperatriz mientras le aguardaba en Barcelona, donde tuvo que acudir a uña de caballo porque los médicos no estaban seguros de que se librara de ponerse a criar malvas, cosa que no ocurrió—, era momento de darse un garbeo por Castilla la Vieja, que tantas ganas tenían de verle por allí, todo lo contrario que unos años atrás.
En consecuencia, 1534 es el año de la gira por aquellas tierras.
¡Ah, Castilla la Vieja! Esa tierra que Unamuno, siglos más tarde, describiría como «Castilla / tú me levantas, tierra de castilla / en la rugosa palma de tu mano / al cielo que te enciende y te refresca / al cielo, tu amo». Pues a esa, digo, regresaba trece años después de sofocar lo de los Comuneros a sangre y fuego. Tonterías, las justas, pensó por entonces, y así acabó la cosa como acabó.
Para empezar la visita, Ávila, y después, de corrido, Salamanca, Zamora, Valladolid —pasando por Mojados, donde estaba su madre, que había abandonado su encierro de Tordersillas por un tiempo— y Palencia. Recibimiento por todo lo alto en todas, gastándose las ciudades los cuartos a conciencia para decorar calles y fachadas, y demostrarle que las cosas parecían haber cambiado, aunque no del todo. Opiniones contrarias al recibimiento las hubo, todo hay que decirlo. En Zamora, el conde de Alba de Aliste no se calló y dejó bien claro que nada de recibimientos como si no hubiera un mañana. Pero más por el asunto de las perras. Que tanto dispendio en telas y demás no lo veía de recibo, el amigo.
Pues era así. Llegaba el emperador, y su recibimiento no podía ser el mismo que el tributado a un cualquiera. Hablaba antes de Zamora, y lo que se le pedía a modo de decoración —como al resto de villas y ciudades— no era moco de pavo: que si terciopelo carmesí, que si paños de brocado, que si damasco blanco… Normal que el referido conde liara la que lio. Exigencias que se trasladaban también a la seguridad. La visita comenzó en junio de 1534, pero desde febrero ya se empezaron a expedir normas a cumplir para que la visita fuera lo más placentera posible. Un ejemplo: a Olmedo, por acta del Concejo del 16 de febrero, se le pedía «en ver los pobres y Bagamundos y muchachos que stán sin amos y ladronçillos». O sea, nada de pordioseros y expertos en aligerar bolsas ajenas mientras el emperador estuviera por allí.
Porque el colega no iba él solito, sino que acudía donde fuera con buena parte de la Corte —el resto se había quedado en Barcelona haciendo compañía a la emperatriz—; e iba, como decía antes, para pedirles un esfuerzo más a los castellanos—lo que ahora se llama sacrificios—, y más sabiendo que Castilla tenía la mitad de los votos en las siguientes Cortes a celebrar, así que venía bien que le vieran, que le preguntaran y tal, con tal de conseguir lo que se proponía para darle a Barbarroja en Argel hasta en el cielo de la boca. No obstante, en su favor hay que reconocerle que acudía con los deberes hechos, respaldada su imagen por mantener a raya al francés —expulsados los suyos de Navarra—, recuperar Fuenterrabía —ahora, Hondarribia— para la causa, y reforzar su poder en Italia y centro de Europa. O sea, el emperador, en lo más alto.
Por lo tanto, bien pensada pensaba que estaba esa visita, porque estando en plena gira le llegó la noticia de que el susodicho se había apoderado de Túnez; y, a su vez, sus naves andaban liándola parda por el mediodía de Italia. La ocasión y todo eso.
Con todo, lo peor fue recibir noticia desde Barcelona de la pérdida del nuevo hijo que esperaba la emperatriz; que nació muerto —se cuenta— debido a causas de todo tipo: una caída en el mismo palacio cuando acudía a ver a su hijo Felipe, el traqueteo de tanto ir y venir por esos mundos de Dios con aquella Corte itinerante de la que formaba parte, o la congoja que le entró al conocer que la peste causaba estragos en Valladolid, tierra por la que andaba su amado.
En definitiva, un nuevo drama, y la emperatriz cada vez más débil.
Y en el horizonte, Túnez y Barbarroja.
Se mascaba la tragedia, por un lado, y por otro asomaba la gloria. ¿A qué corresponde una cosa y a qué otra?
Eso, ya, para otras entregas.
Con Isabel y sus retoños a su lado, y tras presidir las Cortes celebradas en Monzón en junio de 1533, que se alargarían todo el año —con susto incluido para mi colega por culpa de un parraque que le dio a la emperatriz mientras le aguardaba en Barcelona, donde tuvo que acudir a uña de caballo porque los médicos no estaban seguros de que se librara de ponerse a criar malvas, cosa que no ocurrió—, era momento de darse un garbeo por Castilla la Vieja, que tantas ganas tenían de verle por allí, todo lo contrario que unos años atrás.
En consecuencia, 1534 es el año de la gira por aquellas tierras.
¡Ah, Castilla la Vieja! Esa tierra que Unamuno, siglos más tarde, describiría como «Castilla / tú me levantas, tierra de castilla / en la rugosa palma de tu mano / al cielo que te enciende y te refresca / al cielo, tu amo». Pues a esa, digo, regresaba trece años después de sofocar lo de los Comuneros a sangre y fuego. Tonterías, las justas, pensó por entonces, y así acabó la cosa como acabó.
Para empezar la visita, Ávila, y después, de corrido, Salamanca, Zamora, Valladolid —pasando por Mojados, donde estaba su madre, que había abandonado su encierro de Tordersillas por un tiempo— y Palencia. Recibimiento por todo lo alto en todas, gastándose las ciudades los cuartos a conciencia para decorar calles y fachadas, y demostrarle que las cosas parecían haber cambiado, aunque no del todo. Opiniones contrarias al recibimiento las hubo, todo hay que decirlo. En Zamora, el conde de Alba de Aliste no se calló y dejó bien claro que nada de recibimientos como si no hubiera un mañana. Pero más por el asunto de las perras. Que tanto dispendio en telas y demás no lo veía de recibo, el amigo.
Pues era así. Llegaba el emperador, y su recibimiento no podía ser el mismo que el tributado a un cualquiera. Hablaba antes de Zamora, y lo que se le pedía a modo de decoración —como al resto de villas y ciudades— no era moco de pavo: que si terciopelo carmesí, que si paños de brocado, que si damasco blanco… Normal que el referido conde liara la que lio. Exigencias que se trasladaban también a la seguridad. La visita comenzó en junio de 1534, pero desde febrero ya se empezaron a expedir normas a cumplir para que la visita fuera lo más placentera posible. Un ejemplo: a Olmedo, por acta del Concejo del 16 de febrero, se le pedía «en ver los pobres y Bagamundos y muchachos que stán sin amos y ladronçillos». O sea, nada de pordioseros y expertos en aligerar bolsas ajenas mientras el emperador estuviera por allí.
Porque el colega no iba él solito, sino que acudía donde fuera con buena parte de la Corte —el resto se había quedado en Barcelona haciendo compañía a la emperatriz—; e iba, como decía antes, para pedirles un esfuerzo más a los castellanos—lo que ahora se llama sacrificios—, y más sabiendo que Castilla tenía la mitad de los votos en las siguientes Cortes a celebrar, así que venía bien que le vieran, que le preguntaran y tal, con tal de conseguir lo que se proponía para darle a Barbarroja en Argel hasta en el cielo de la boca. No obstante, en su favor hay que reconocerle que acudía con los deberes hechos, respaldada su imagen por mantener a raya al francés —expulsados los suyos de Navarra—, recuperar Fuenterrabía —ahora, Hondarribia— para la causa, y reforzar su poder en Italia y centro de Europa. O sea, el emperador, en lo más alto.
Por lo tanto, bien pensada pensaba que estaba esa visita, porque estando en plena gira le llegó la noticia de que el susodicho se había apoderado de Túnez; y, a su vez, sus naves andaban liándola parda por el mediodía de Italia. La ocasión y todo eso.
Con todo, lo peor fue recibir noticia desde Barcelona de la pérdida del nuevo hijo que esperaba la emperatriz; que nació muerto —se cuenta— debido a causas de todo tipo: una caída en el mismo palacio cuando acudía a ver a su hijo Felipe, el traqueteo de tanto ir y venir por esos mundos de Dios con aquella Corte itinerante de la que formaba parte, o la congoja que le entró al conocer que la peste causaba estragos en Valladolid, tierra por la que andaba su amado.
En definitiva, un nuevo drama, y la emperatriz cada vez más débil.
Y en el horizonte, Túnez y Barbarroja.
Se mascaba la tragedia, por un lado, y por otro asomaba la gloria. ¿A qué corresponde una cosa y a qué otra?
Eso, ya, para otras entregas.
© Víctor Fernández Correas
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| Carlos I de España - Bernard van Orley - |
Víctor Fernández Correas nació en 1974 y le dio por empezar a escribir a eso de mediados del año 2000, que fue cuando ganó un certamen de relato corto en su pueblo, Valverde de la Vera (Cáceres). Repitió al año siguiente y también ganó. Y asimismo fuera de su pueblo –por ver si sonaba la flauta-, como le ocurrió con el Primer Certamen de Relato Corto «Princesa Jariza» de Jaraíz de La Vera en ese mismo 2001. En 2008 se publicó su primera novela, La conspiración de Yuste, editada por La esfera de los libros. Cuatro años después, en 2012, volvió a aparecer en el mercado literario con La tribu maldita, editada por Temas de hoy (Editorial Planeta). En 2018 ha publicado Se llamaba Manuel (Versátil Ediciones) y recientemente ha terminado una cuarta que saldrá en 2020. También ha colaborado en la antología Cervantes tiene quien le escriba, editada por Ediciones Traspiés en 2016, con el relato «La del alba fue».
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