Biografía de Carlos I de España (XL Parte), por Víctor Fernández Correas

Os ofrecemos un nuevo capítulo de la vida del emperador Carlos I de España y V de Alemania, cuya biografía publicamos por cortesía del escritor extremeño Víctor Fernández Correas, autor de las novelas La conspiración de Yuste, La tribu maldita y Se llamaba Manuel.


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Víctor Fernández Correas
Lo de la toma de la Goleta no fue celebrado por igual en todo el Mediterráneo, no os creáis. Fin a la gran amenaza y todo eso, pues según. En Italia dieron palmas con orejas, en especial Sicilia y Nápoles. Carolus Africanus, llegaron a llamar a mi colega Carlos. Imaginaos. Pero en Francia, la otra gran nación cuyas tierras lame aquel mar… ¡Ay, en Francia!

Francisco I estaba más caliente que el palo de un churrero. Eso de ver cómo el eje Marsella-Argel quedara debilitado a la par que el poder imperial se hiciera más y más grande, le sentó como una patada en la entrepierna. Y más al conocer el emperador algunas cosillas de sus tejemanejes con el infiel. Líneas más adelante os lo contaré.

En consecuencia, guerra en el horizonte.

Entre que Francisco no estaba dispuesto a pasar por alto lo de La Goleta y que todavía le dolía la pérdida del Milanesado, pues eso, leña al manzano —léase Carlos V—, que estaba engordando. Lo primero que hizo el francés fue preparar un ejército nacional a imagen y semejanza de los Tercios del emperador. Gente curtida, afín. Fieros y duros como los españoles, pero en francés. Lo segundo, aliarse con todo bicho viviente para darle cera de la buena a aquel manzano. Es decir, con Enrique VIII —al que le prometió la ayuda de La Sorbona en su divorcio de Catalina de Aragón—; con los príncipes alemanes, apoyando a la Liga de Esmalcalda, la unión de aquellos príncipes para tocarle los cojones al emperador —de ella hablaremos en próximas entregas. Tranquilidad—; y —cómo no— con el mismísimo Papa, Clemente VII, al que prometió que casaría a su hijo Enrique —el futuro Enrique II— con la sobrina de su Santidad, Catalina de Médicis.

¿Y el emperador? Conocía el paño más que de sobra, así que decidió darse una vuelta por las tierras que le esperaban como agua de mayo, esto es Sicilia y Nápoles, que ya habría tiempo de ocuparse del francés; donde le brindaron un recibimiento del copón: arcos triunfales en honor de Carolus Africanus por aquí, vítores y elogios por allá… Y dinero a espuertas para comenzar a preparar la guerra con Francisco I, que tampoco venía mal. El Reino de Nápoles, muchos de cuyos hijos participaron en la toma de La Goleta, le soltó 1 500 000 ducados —una pasta gansa—, mientras que de Sicilia se trajo otros 150 000 por cortesía de sus Estados del Reino.

Dinero que, insisto, le vino de vicio para preparar el enésimo enfrentamiento con el francés, que tenía el hombre el cuerpo jotero. Más si cabe cuando conoció que aquel tipo ya había invadido el ducado de Saboya, cuyos duques eran aliados del emperador. Por lo que no tuvo más remedio que coger la pluma y contarle a su amada Isabel que no regresaría en su compañía tal como le había prometido; y que el rencuentro se tendría que retrasar algo más. Que ganas de estar con ella tenía un rato, pero el francés no hacía más que tocarle los cojones y había que pararlo sí o sí. De la carta que el emperador escribió a Isabel merece la pena rescatar este fragmento: «…Y por eso, señora, no son menester aquí soledades ni requiebros. Ensanche ese corazón para sufrir lo que Dios ordenare…». Chiribitas en los ojos, es poco.

Que mi colega le tenía ganas al francés se ve de aquí a Lima, pero lo que le puso como una moto fue apoderarse en Túnez de cierta correspondencia que constataba la alianza Marsella-Argel entre Francisco I y Barbarroja, y eso sí que no, vamos. Un cristiano aliándose con un infiel con tal de tocarle los cojones. Que no, que no.

Vamos, que iba a ver guerra era tan cierto como que el sol sale por el oriente y se pone por el occidente. Pero sucedió un acontecimiento inesperado, porque la muerte es así. Quien la palmó fue el Papa Clemente VIII, al que sustituyó Paulo III. Y, claro, la pregunta que todos se hicieron fue la misma que te estarás haciendo tú mientras lees estas líneas. Y este, ¿a quién apoyaría? Lo primero que conoció Carlos es que su Santidad quería actuar como árbitro en el nuevo enfrentamiento entre los dos monarcas más importantes de la época con permiso de Enrique VIII.

Y con tal de cumplir con su papel, su Santidad le invitó a Roma, a lo que Carlos respondió que sí, que vale; y de paso, pidió al General de la Orden Franciscana que indagara un poco en el percal para saber qué atenerse. Y lo que aquél le transmitió es que Paulo III había conseguido parar los pies al francés hasta ver en qué quedaba su labor de mediación. Pues vale.

Después de cubrirse la espalda y de asegurar su posición en el Milanesado por si al francés le daba por incumplir su promesa y recuperarlo por sus santas narices, mi colega Carlos acudió a Roma. Como digo, lo hizo cubriéndose la espalda y con la mosca tras la oreja, pues sí conoció que el Papa había ayudado al francés de manera indirecta disponiendo éste de los diezmos eclesiásticos sin protesta del Papa, pero negando a Antonio de Leyva, capitán general de la Liga defensiva, que hiciera levas en tierras pontificias.

Ya en Roma, y tras ser recibido por todo lo alto —que para eso era Roma—, tuvo lugar la esperada entrevista entre Carlos y Paulo III, que mantuvieron en la Basílica de San Pedro después de esperarlo su Santidad en la plaza del mismo nombre. En aquella entrevista Carlos le echó en cara que, mientras él luchaba contra los infieles, al francés no se le caían los anillos por aliarse con Barbarroja, ni tampoco le hacía ascos a invadir el ducado de Saboya, o a amenazar al Milanesado por mucho que hubiera una tregua en vigor.

En fin, que se iba a dar de hostias una vez más con el francés lo tenía tan claro como aprovechar un par de días para darse un garbeo de incógnito por las calles de Roma y así disfrutar de sus maravillas; y también para disfrutar de su Semana Santa. Incluso, hasta se cuenta que lavó los pies a doce pobres de solemnidad en un gesto cristiano a más no poder.

Hostias, decía, para concluir. Unas cuantas hubo. Pero de ellas os hablaré en el siguiente capítulo.
© Víctor Fernández Correas

Carlos I de España
- Bernard van Orley -

Víctor Fernández Correas nac en 1974 y le dio por empezar a escribir a eso de mediados del año 2000, que fue cuando ganó un certamen de relato corto en su pueblo, Valverde de la Vera (Cáceres). Repitió al año siguiente y también ganó. Y asimismo fuera de su pueblo –por ver si sonaba la flauta-, como le ocurrió con el Primer Certamen de Relato Corto «Princesa Jariza» de Jaraíz de La Vera en ese mismo 2001. En 2008 se publicó su primera novela, La conspiración de Yuste, editada por La esfera de los libros. Cuatro años después, en 2012, volv a aparecer en el mercado literario con La tribu maldita, editada por Temas de hoy (Editorial Planeta). En 2018 ha publicado Se llamaba Manuel (Versátil Ediciones) y recientemente ha terminado una cuarta que saldrá en 2020. También ha colaborado en la antología Cervantes tiene quien le escriba, editada por Ediciones Traspiés en 2016, con el relato «La del alba fue».



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