Biografía de Carlos I de España (XXXIX Parte), por Víctor Fernández Correas

Os ofrecemos un nuevo capítulo de la vida del emperador Carlos I de España y V de Alemania, cuya biografía publicamos por cortesía del escritor extremeño Víctor Fernández Correas, autor de las novelas La conspiración de Yuste, La tribu maldita y Se llamaba Manuel.


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TÓMALA, QUE TÓMALA, QUE TOMATÁ
Víctor Fernández Correas
Por concretar en las primeras líneas de este nuevo capítulo de la vida de mi colega Carlos, lo que se propuso tomar —lo tenía entre ceja y ceja— era La Goleta. Le dejamos en la anterior entrega más caliente que el palo de un churrero con eso de darle Barbarroja hasta en el cielo de la boca y más allá. Así que durante meses se dedicó a reunir a las mejores tropas de sus dos penínsulas —la Ibérica y la Itálica— con tal de no ceder ante el impulso de las huestes del turco.

El objetivo era Túnez, y desde Cagliari salió el contingente de tropas allí convocado hacia el 14 de junio. Para aburrir aquel contingente. Se me rían con aquello, ahora, de la madre de todas las batallas, tropas aquí y tropas allá, maquíllate, maquíllate. Si desplegamos un mapa del Mediterráneo sobre cualquier mesa, no encontraríamos con las naves vizcaínas y los galeones portugueses, que se juntaron en Gibraltar; que luego se unieron a los navíos surtos en Málaga para subir hasta Barcelona, y el traslado posterior de todas aquellas naves a Cagliari, donde se unirían a las italianas. Lo que Vermeyen inmortalizó en sus cartones para tapices. Un primor.

La Goleta, decía. Y luego ya vendría Túnez, que después de la línea había que seguir para bingo. La cabeza de puente imperial se estableció en Puerto Farina, ante las ruinas de Cartago, donde Barbarroja opuso la misma resistencia que un cordero asado en cualquier mesa junto con una buena botella de vino; pues prefirió concentrar su resistencia en La Goleta. Cartago, ni más ni menos. Que a mi colega le ponía como una moto eso de heredar la gloria del imperio romano. El simbolismo y tal. Después vino lo que Manuel Fernández Álvarez llamó la conversión del emperador Carlos V en el último cruzado. Leña al turco y todo eso.

Una vez afianzada aquella cabeza de puente, y antes de marchar hacia su objetivo, había que procurar mantener abierta la comunicación marítima, vía por la que el emperador esperaba aprovisionar a su ejército. De lo que se encargó Andrea Doria, que logró embotellar a la flota de Barbarroja en el puerto de La Goleta.

Si la cosa por mar parecía sencilla, por tierra era bien distinta. Junio en África es mucho peor que Torremolinos, con un calor que te pasas y la sed causando estragos entre la infantería. En consecuencia, alcanzar los muros de La Goleta se convirtió en un esfuerzo titánico, pero se consiguió. Y, una vez alcanzados, no os creáis que aquello fue subirlos con escalas, sus y a por ellos, no. Para empezar, la artillería imperial estuvo durante seis horas, seis, bombardeándolos con la ayuda de la flota, con las galeras relevándose de ocho en ocho. En total, cerca de 4 000 disparos en poco más de seis horas. Visto desde nuestra época, poco más que los fuegos artificiales de cualquier pueblo, pero algo prodigioso en aquellos tiempos.

Con ello se consiguió el objetivo, que no era otro que abrir una brecha en la muralla de La Goleta y abatir su torreón; batalla en la que los españoles —con muchas ganas de conquistar el favor del emperador— se batieron el cobre como nadie. Y aquello, entonces, se convirtió en un sindiós: escalas por aquí de los imperiales, arcabuzazos por allá de los turcos apostados en lo alto de las murallas —y con lo que se terciara con tal de evitar el asalto—. Hasta que Pedro Gaitán, un soldado español, consiguió coronar el castillo de La Goleta con la bandera imperial. Game over, que dicen los ingleses.

En la toma de La Goleta la palmaron muchos soldados imperiales y no menos fueron heridos. Uno de ellos fue Garcilaso de la Vega, uno de aquellos soldados, que quiso recordar ese momento ya para la historia con estos versos:
¿Quién no vio desparcir su sangre al hierro
del enemigo? ¿Quién no vio su vida
perder mil veces y escapar por yerro?
¿De cuántos queda y quedará perdida
la casa y la mujer y la memoria
y de otros la hacienda despendida?
En definitiva, gloria hubo mucha y para repartir. Así lo manifestó el emperador de su propio puño y letra a sus embajadores, para que la noticia de la victoria sobre Barbarroja la conociera la cristiandad con todo lujo de detalles; a los que anunció que la cosa no quedaría ahí, pues todavía restaba Túnez.
 
Y a por ella se fue con la alegría de la noticia recibida del nacimiento de su hija Juana. En el horizonte, pues, Túnez. Tocaba jugar para bingo.
© Víctor Fernández Correas

Carlos I de España
- Bernard van Orley -

Víctor Fernández Correas nac en 1974 y le dio por empezar a escribir a eso de mediados del año 2000, que fue cuando ganó un certamen de relato corto en su pueblo, Valverde de la Vera (Cáceres). Repitió al año siguiente y también ganó. Y asimismo fuera de su pueblo –por ver si sonaba la flauta-, como le ocurrió con el Primer Certamen de Relato Corto «Princesa Jariza» de Jaraíz de La Vera en ese mismo 2001. En 2008 se publicó su primera novela, La conspiración de Yuste, editada por La esfera de los libros. Cuatro años después, en 2012, volv a aparecer en el mercado literario con La tribu maldita, editada por Temas de hoy (Editorial Planeta). En 2018 ha publicado Se llamaba Manuel (Versátil Ediciones) y recientemente ha terminado una cuarta que saldrá en 2020. También ha colaborado en la antología Cervantes tiene quien le escriba, editada por Ediciones Traspiés en 2016, con el relato «La del alba fue».



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