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«Banana Dream», microrrelato de Sergi Bellver

El siguiente relato, publicado con permiso de su autor -Sergi Bellver-, está incluido en «Agua dura» (Ediciones del Viento, 2013).
 

BANANA DREAM
Sergi Bellver
La sala de los espejos del palacio Doria-Pamphili amaneció infestada de ratas. Cientos de ellas se amontonaban sobre los muebles o colgaban en racimos de las lámparas. En la cámara contigua, bajo el retrato de Inocencio X de Velázquez, los guardas encontraron un gato aterrorizado, rodeado por las ratas. Por fortuna, ni un rasguño en el cuadro. Se decidió no abrir el museo aquella mañana y el asunto no trascendió a la prensa.

Días más tarde, cuando comenzó a circular por Internet el vídeo de dos encapuchados soltando una jauría de galgos en el Prado, salió a la luz el suceso de la galería romana. Pronto, un caballo apareció en el Orsay de París, un oso fue reducido con dardos anestésicos en el Hermitage de San Petersburgo y, en Oslo, hallaron un alce bramando junto a «El grito» de Munch. Y siempre, a los pocos días, otro vídeo en la red, sin mensaje ni demandas. Simplemente, lo hacían.

La «performance» fue durante meses todo un reto para las autoridades. Nadie entendía cómo aquellos encapuchados podían burlar las medidas de seguridad de los museos más importantes del mundo para no robar jamás un cuadro. En el atrio del MoMA de Nueva York, sobre el obelisco roto, liberaron una pareja de águilas reales. Y delante de la Tate Modern de Londres, entre el puente del Milenio y el teatro de Shakespeare, dejaron varada una orca. Los activistas por los derechos animales, los medios y las redes sociales se dividieron entre quienes denunciaban o admiraban en todo aquello la acción de militantes radicales. Un reputado crítico de arte publicó un ensayo sobre el supuesto mensaje de los encapuchados, de quienes surgieron torpes imitadores con sus mascotas, que no lograron sino poner más nerviosos a los equipos de seguridad. Todo acabó, sin embargo, una madrugada en el Art Center de Des Moines, Iowa, cuando la policía sorprendió en su huída a los intrusos y, entre el revoloteo de cientos de palomas, creyó abatir a tiros a uno de ellos frente al Inocencio X de Francis Bacon. De milagro, ni un excremento de paloma en el cuadro, desde el que el rostro desencajado del Papa parecía gritarle también, como el agente que acababa de dispararle, al chimpancé adulto que se desangraba en el suelo, todavía con una cámara de vídeo entre las manos
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Sergi Bellver (Barcelona, 1971). Es autor del libro de relatos Agua dura (Ediciones del Viento, 2013). Sus cuentos han aparecido en una decena de antologías en España y Latinoamérica. Ha escrito crítica literaria para medios como el suplemento Cultura/s del diario La Vanguardia o la revista Qué Leer, y ha trabajado como editor, profesor de narrativa, periodista cultural, guionista y librero. Editó los libros colectivos Chéjov comentado (2010), Mi madre es un pez (2011; con Juan Soto Ivars) y Madrid, Nebraska (2014), y ha prologado nuevas traducciones de El jugador, de Dostoievski, y, en catalán, de La metamorfosis, de Kafka. Colabora en el proyecto editorial Avispero.

«Señales de vida», microrrelato de Sergi Bellver

El siguiente relato, publicado con permiso de su autor -Sergi Bellver-, está incluido en «Agua dura» (Ediciones del Viento, 2013).
 

SEÑALES DE VIDA
Sergi Bellver
Trabajan en el instituto anatómico, rastrean respuestas entre la carne fría de los muertos y, desde hace un tiempo, evitan las preguntas de los demás forenses. La primera vez sobrevino tras examinar a una joven ―envenenada, bellísima―, al quedarse a solas en la sala de autopsias. En el beso se buscaron pronto la lengua con los dientes y al instante se reconocieron lobos del mismo clan. Desde entonces, cada vez que terminan en una cama, un baño público o el asiento de un coche, se montan como perros, sin ladrar. Muerden. Se dicen así el deseo, entre colmillos y sin cuidado, igual que los niños se llevan el mundo a la boca para aprenderlo. A la vez jauría y presa, se tientan a mordiscos para saberse vivos. Durante el día estudian el idioma de la muerte en la carroña de cada drama anónimo, pero de noche son aves atrapadas en una red, dos pieles hambrientas de placer y daño. En ocasiones, como depredadores que, con delicadeza, llevaran a su cachorro en la boca, juegan con el sexo del otro y con los dientes lo sujetan o lo abarcan hasta que la lengua obtiene respuesta y tiembla el cuerpo. Casi siempre, sin embargo, les domina la fiebre hasta buscarse a dentelladas la carne caliente de nalgas, espalda o nuca, donde dejan la marca del clan. Al día siguiente ―magullados, luminosos―, para evitar las preguntas de los demás, enmascaran con algún pañuelo al cuello esos rastros de vida entre cadáveres.


Sergi Bellver (Barcelona, 1971). Es autor del libro de relatos Agua dura (Ediciones del Viento, 2013). Sus cuentos han aparecido en una decena de antologías en España y Latinoamérica. Ha escrito crítica literaria para medios como el suplemento Cultura/s del diario La Vanguardia o la revista Qué Leer, y ha trabajado como editor, profesor de narrativa, periodista cultural, guionista y librero. Editó los libros colectivos Chéjov comentado (2010), Mi madre es un pez (2011; con Juan Soto Ivars) y Madrid, Nebraska (2014), y ha prologado nuevas traducciones de El jugador, de Dostoievski, y, en catalán, de La metamorfosis, de Kafka. Colabora en el proyecto editorial Avispero.